Llega un momento en que las palabras ya no obran magia, y
los silencios son incapaces de sostenerse. Se precisa de un solo hecho que sea
capaz de validar tanta palabra perdida entre motas incorpóreas.
Miedo a dar el paso, el inicio a esta elección que dejará
atrás pérdidas irreales.
Observadora entre pausas pero nunca obrando en afán de
consecuencia se encontraba Gabriela. Unos dirían que era prudente, muchos otros
retraída, ella sabía que todo aquello era una máscara que mostraba a un público
reservado a no escuchar.
No podía permitírselo, por alguna extraña razón se sentía
diferente al resto. Dentro de ella habitaban emociones necesitadas de erupción,
secuencias cometidas que si lograban hacer acto de presencia se apoderarían de
ella, arrollando cualquier posibilidad de volver atrás.
Pero el cambio estaba ahí. Una noche que ahora la contempla,
imagen etérea, botas altas, labios de melocotón, aguijones, ambigüedad que
aguarda entre sombras. Avergonzada por la necesidad al mismo tiempo se ahoga por el propio
egoísmo.
Un solo error y sería condenada, es inútil. Se acerca a
ella sigilosamente con una intensidad que la doblega, haciéndola estremecer,
sentir que cada centímetro de su piel es entregado. Urge, sí el deseo,
a saciarse con la secuencia originaria, en su ahora.
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Hola gatito.
