lunes, 11 de junio de 2018

El ungüento

Empezó con un leve adormecimiento, para que se me espabilara el brazo me pasaba el día dando golpes al aire, algo bastante incómodo ya que trabajo de cajera en un supermercado y pasar los productos por la cinta; queráis o no se convertía en una tarea complicada —lo de colocar los productos en las bolsas, no; por mucho que pique, este asunto queda exonerado de nuestras obligaciones— Dad fe de ello. 

Al principio los clientes más discurridos aquellos que siguen y se comportan con una rutina adiestrada, digna de la mejor élite del ejército: misma hora, mismos productos, mismas conversaciones; eternas quejas. Parece ser que sus infortunios nunca desaparecen. Porque a ver, hay que ser clara, a la vida le encanta dar pullitas, pero es que hay gente que le gusta regodearse en la desgracia. 
 
Lo que os decía, al principio estos clientes se preocuparon, entiendo que fue a raíz de que después de tantos años siguiendo un patrón, les rompí el ritmo adquirido. Cualquier cambio precipitado puede destrozar a uno. Y estos pobres, no estaban o no lograban acostumbrarse a la nueva sintonía, porque de música clásica no entiendo nada, pero mi movimiento era algo así como el de un director de orquesta. La inquietud fue máxima, no creí ser un bien tan preciado para los que desde ese momento consideraría como a mis adorables clientes. Fijaros si el asunto llegó lejos, que un día a la salida de mi turno fui acorralada por varios de ellos. 
 
 
Chillaban, se ponían palabras unos encima de otros, una jauría daba menos miedo que ese espectáculo. La cuestión es que no entendía nada de lo que decían, e importante debía ser, ya que no estaban cumpliendo con su designado y estimado horario.

—¡A callar! —grité.  

Silencio sepulcral y varios pares de ojos me observaron, bueno menos los de Antonio, es que se quedó calvo por allí la época de los 80 y para que no se le note <o eso debe creer> se lo deja crecer desde el cogote. Su producto estrella y aunque esté feo que yo lo diga, es un bote de gel fijador extra fuerte; así puede colocárselo con mucho mimo hacia delante. Señalando a una de esas pullas que da la vida, ese día hacía una brisilla agradable, menos para él, que se estaba aguantando el tocho de pelo como podía; asemejándose a un apurado cíclope.  

—Pili, tu serás la portavoz. A ver, ¿qué pasa? —No diré que la escogí por preferencia, ni siquiera por una estima sincera, pero es la típica clienta quejicosa que por cualquier tontería te amenaza con poner una hoja de reclamaciones e ir con el cuento al encargado. Y hoy por hoy, y con una hipoteca que es igualita a una condena, le tengo un cariño casi reverencial a mi puesto de trabajo. Su hinchamiento me dio la razón, ¡qué orgullo, por favor!  

—Gracias, a ver señorita María —es muy formal la Pili —Llevamos semanas dándonos cuenta de su movimiento de brazo, y en resulta todos hemos coincidido que deberíamos ayudarla—. ¿Lo veis? Formal, formal. Por desgracia toda esa educación que tiene cuando habla, la pierde con las malas intenciones.  

—Ah, ya… ¿y cuál creéis que es la solución? —Musité no muy convencida, total perdidos al río.  

—Como ya sabrá señorita María, las familias que remontan a esta vecindad son muy antiguas. Nuestros tatarabuelos fueron los primeros en fundar esta barriada y así ha perdurado a lo largo de los años. Todo aquel que ha acabado residiendo aquí, nunca se ha marchado. Dejándonos en herencia viejos remedios; entienda que a este valioso legado le debemos respeto… 

La mujer me estaba dando la chapa que daba gusto y después de estar ocho horas de pie en el mismo habitáculo, en lo único que pensaba era en que quería irme a casa, comerme los macarrones a la boloñesa que tenía en la nevera… no, no, primero me prepararía un baño espumoso, sí, eso. Qué gustito.   

—Señorita, ¿me está escuchando? —Refunfuñó molesta.  

—Oh, si, discúlpeme es que hoy hemos tenido que reponer producto y estoy un poco cansada. Prosiga, prosiga.  

—Como le decía, por el aprecio que le tenemos y como muestra de bienvenida y fidelidad. Le hacemos entrega de este ungüento. 

—Perdone —la corté— llevo trabajando en el supermercado ocho años, ¿qué es eso de la bienvenida? ¿Y el ungüento? ¿Qué ungüento? —Que tuviera que aguantarlos en el horario de trabajo estaba bien, pero en mi tiempo libre la paciencia estaba muy falta de cortesía. 

—Ese carácter señorita ha sido una de las principales razones por las que hemos tardado tanto en darle la bienvenida —replicó, muy digan ella —Tenga, póngaselo cada noche y verá como en unos días sus molestias desaparecen.  

Lo cogí porque quería irme de allí cuanto antes, pero estaba hastiada a más no poder. Con el enfado me subí al coche, al salir del aparcamiento miré por el retrovisor y me di cuenta que seguían allí, murmurando. ¿Qué era eso? Se me puso la piel de gallina. En ese momento tomé la decisión de que debería buscar un nuevo trabajo. Después del baño y la cena, actualizaría mi currículum.
 
 
Diez días más tarde.  

No me siento igual, del brazo eso sí, a penas noto molestia. Me despierto a la misma hora, ejecuto todas las obligaciones sin pestañear. Estoy segura de que si me dedicara a la natación sincronizada se me daría muy bien. Cada día saludo a las mismas personas, les comento el buen día que hace, ayer llovía a mares; aún así repetí lo del buen día. Cada vez que a mi mente aparece un pensamiento de que algo no va bien, este desaparece. Como veis no pienso mucho. Ahora entiendo mejor a mis vecinos, sí, desde hace cuatro días dejaron de ser mis clientes, me he trasladado a vivir al barrio. Pili dice que la nueva cajera es más dócil, que esta vez no costará tanto. El vecindario está de acuerdo.

Finalmente todo está bien.
 

martes, 5 de junio de 2018

Por siempre jamás

En cuanto nos advertimos, nos enamoramos. Podría decirse que es un hecho excesivamente manido, pero qué queréis que os diga, es la verdad. 

Nadie me había comprendido como lo hizo él. Y eso que nuestro primer encuentro y la situación en sí, fue un tanto extraña, incómoda por mi parte, poco corriente por la suya. Señalándolo desde la opinión generalizada de la sociedad, esa que nos tiene marcados por cánones de normalidad y buen ver. Allí estaba yo; sosteniendo una pala y mi querido amor observando la hazaña sin abrir boca. 

A ver, no voy a mentir, ya he tenido otras relaciones y en aquellos momentos del pasado también creí estar cien por cien enamorada, poco sabedora de lo que eso significa. Porque yo cuando siento, siento de manera excesiva, descontrolada, exhalo credulidad por donde piso, pero no duraron mucho. Como os digo toda la culpa la tiene la sociedad y no yo; eso nunca. Es ella la que tiene la manía de tildar de gente rara a los que no seguimos el camino marcado. ¿Y qué camino es ese? ¡Vete tú a saber! En el pasado siempre he tenido problemas para confraternizar con otros, interactuar o ya dramatizando: lograr algún tipo de conversación medio decente. Eso ha acabado por convertirse en un problema serio de socialización, en consecuencia, he tenido que soportar demasiadas veces que se me tachara y vapuleara, y yo; y el mundo interior que he ido cosechando no ha necesitado de muchas excusas para alejarse.

Lo que os decía, él por fin era: ÉL, en mayúscula. Tirando a la factoría Disney a la papelera de reciclaje, porque tengo mucha conciencia del medio ambiente y reseteando cualquier canal propio de esas mentiras para no dar pie a más milongas, existía, al fin, sí; un príncipe a mi medida. Mitad ogro, mitad humanoide descarriado. Descarriado, mmmm… qué palabra más dulce, como mi precioso hombretón. Bueno, ¡basta! No voy a seguir por ahí que seguro que más de una intenta arrebatármelo, y éste es mío. 

 
Allí nos encontrábamos la pala, él y claro, yo; bueno tampoco deberíamos olvidarnos de mi lucido delirio. El fondo quizás no fuera el más acertado, las urracas chirriaban con un digno cabreo, si me ponía en su pellejo seguro que yo estaría igual, la falta de comida suele generar muy mal carácter y estas famélicas pequeñajas estaban esperando su festín.

Recuerdo que se acercó y levantó la mano, pero no fue un saludo corriente, el movimiento se parecía más a el de un noble que quiere que le besen el dorsal. Fue entonces cuando miré la escena desde todos los ángulos, es algo que hago desde niña, desvanecerme y admirar el espectáculo, pero esta vez era diferente, sentía un fuerte arraigo interior, el corazón batallaba a toda leche. Esperé que no se notara mucho, ni tampoco que lo había reconocido como mi otra mitad; a ver, no quería que sintiera que ya tenía todo el camino hecho. Soy muy digna aquí donde me veis. Calculé mentalmente y hasta hice trampa, lo confieso; conté con los dedos. Valoré el tiempo que tardaría en hablar con coherencia y no balbucear ñoñerías. Y cuando al fin logré sostenerme entre la contradicción, fui al grano.
 
—Ei, ¿Qué tal? —Directa, y clara. Un diez para mí.

No dijo nada, nada de nada. El tío era más tenebroso que el escenario en el que nos encontrábamos, y yo cada vez me sentía más atraída. No podía evitarlo, mi última pareja al conocer mis hobbies desapareció del barrio, sin más. Nada más se supo. Bueno más tarde lo localicé, pero de eso ya si lo preferís hablamos otro día. Así que al ver a alguien tan digno, que ni se inmutaba con el panorama; lo poco que podía hacer por él era amarlo.
 
—¿Eres nuevo por la zona? —Cada vez mejor. Ver maratones de telebasura estaba dando sus frutos.

Nada, ni mu. Se me terminaba el repertorio. Y como os dije al principio, aunque con mis coloquios anteriores no os lo haya parecido, no se me da bien la comunicación. Tenía que brillar. Las palabras empezaban a atragantarse y era consciente de que eso pronto haría mella entre los dos.

—Bueno… pues… supongo que… —caída en picado.

Empezaba a sentir la pérdida y era consciente de que no podría arreglarlo, a parte claro, debía tomar una importante decisión. Al fin y al cabo había visto como enterraba a Jonathan, mi último amor verdadero. Sí ese, el desaparecido. ¡Ja!

Me arrancó la pala de las manos y dijo.

—Este es mi territorio, a estas urracas las alimento solo yo, si quieres que compartamos suelo deberás pagarlo.

Supongo que otra de las cosas que no soporto de esta sociedad es que te subestime, así que; Él porque nunca llegué a conocer su verdadero nombre y Jonathan comparten desde ese día y para siempre lecho conyugal.