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miércoles, 21 de mayo de 2025

Escondido entre escombros

 



No se dio cuenta o no fue plenamente consciente del armazón en el que residía, hacía años que no creaba vínculos, no era por egoísmo, simplemente no se veía capaz, todo colapsó a raíz de un desafortunado comentario, juicio que sintió unilateral, cruento. Lo bloqueó. Con el tiempo aquellos que conservaba se iban esparciendo, delimitando en correspondencia. <<Aquí no me encontrarán>> Y como un mantra ninguneado, fue cavando su propia tumba.

Estaba cómodo en esa realidad desprovista de emociones, nada daba, pero tampoco exigía.   

Hasta que recibió una llamada, una que por poco no llega a responder.

—Nando, ¿te has enterado?

—No, dime.

—Gracia murió el mes pasado.

No recordaba cómo siguió la conversación, le invadió una neblina, que lo dejó ciego y sordo en el proceso. Desconectó. Olvidó los siguientes días, el mundo se evaporó y luego de la nada, su corazón empezó a bombear. Despertó en la precariedad, lo efímero, intentó revivir cuando fue la última vez que había hablado con ella. Un portazo, otra pulsación. Una discusión, otra más. Recriminaciones, más palpitaciones. Y la culpa. Se ancló en ese momento y no en todo lo compartido, solo en la última escena donde herirse era lo esperado.

Por primera vez en años observó a su alrededor, y se vio solo, pero no esa soledad en la que uno está cómodo, no, una que ahoga, que reniega por la frialdad en la que coexiste.

Si era posible, desapareció más, ave herida que desconoce la raíz de su dolor, pero se camufla en la incertidumbre de los escombros cosechados. De un rencor que lentamente se posa y quiebra en una vacilación helada. Y mira atrás, reinventa, se miente y analiza crípticamente la razón de que todo acabara.

<<Llegas tarde>>, <<Nunca quieres hacer nada>>, <<Oye, préstame atención>>, <<Déjalo, es como si le hablara a la pared>>, <<¿Por qué eres tan frío?>>, <<¡Cómo hemos llegado a esto!>>, <<Voy a quedarme unos días en casa de Manuela>>, <<Tenemos que hablar>>.

Frases sueltas que sobresalían, desidia que siempre olió a final. Él de luto, ella iniciando. Más resentimiento, más desnutrición. Y el golpe, estallido de una pérdida que nunca podría revertirse. Una disculpa sin respuesta. Más culpa. De la nada una admisión, ninguno de los dos merecía ese desenlace, y empezó a inmortalizar otras escenas. El primer beso, ralentizó. Un viaje rápido de fin de semana, sufragó. Su sonrisa, avivó.

E intentó exhumar aquello que siempre lo acompañaría, le costó años comprender que nunca podría renegar del pasado, pero sí anticipar, comprender, que no hubo verdugos, solo un lapso que los unió, para más tarde marchar a contracorriente.

 

 

Hola, a todos.

No os pasa que leéis una historia, veis una película o entrevista, algo, lo que sea; y, ahí se queda, se fija con fiereza. Con lo poco que enciendo la caja tonta, pero el otro día puse HBO, ahora MAX, mañana quién sabe; y me decidí por una serie. Evasión, ¡Ja! Una simple frase y mi mente voló a su aire. Hablaba sobre el luto, cómo se convive con él, ésta resaltaba que uno recuerda siempre el último momento, lo que dijimos o hicimos, restando u olvidando todo lo demás.

Con este relato intento mostrar lo efímera que es la existencia y el anclaje que nos cede esa fragilidad.

Gracias por vuestro tiempo.

Besos, y más abrazos.



domingo, 9 de marzo de 2025

Perdón y culpa, el abrazo

 


''Entre los charcos

y las tristezas

de las aceras

hay alfombras

de hojas ocres

para mis pies cansados.

Hojas que evocan

y despiertan

otros otoños

cuando fantaseaba

con futuros hermosos

que luego nunca sucedieron.

Si pudiera

volvería a entonces

aunque fuera por unos minutos

y me daría un abrazo interminable.

Alfombras mágicas

de nostálgicas hojas ocres

para estos pies que tanto han caminado.''

TORO SALVAJE



Cada semana regreso a este parque, me quedo fijo, como una planta silvestre que en algún momento decidió echar raíces, escuchando gritos, risas, a veces si me quedo amarrado más tiempo del permitido, veo como Nacho me hace señales para que me una a los juegos, ahí es cuando se fisura el duermevela con el que contemplo la escena. 

La ilusión nos empobrece, empequeñece, como seres que han venido a este mundo a descubrirlo desde ángulos imperfectos, aristas que nos maltratan en el constante desdén. Amar, bello verbo, melodía que nos zambulle en el ideal de un adormecimiento. Y se regresa a la primera fragancia, el olor inconfundible de la seguridad. El tacto y suavidad con el que se ansiaba su reencuentro. De la existencia sin la pretensión del miedo. De un ahora que sin remordimiento busca sus razones. Y entregué, como debe ser, no en la lejanía contemplativa. Pero como un lazo invisible, también deserté, abandoné, viviendo en una continua bipolaridad de razón y sentimiento, fluctuando en ella con una facilidad no comprendida, ni tampoco requerida. Se me llamó egoísta en demasiadas ocasiones. Y, yo, cruel en raciocinio pregunté que era exactamente esa palabra, su significado, traicionando las explicaciones. La culpa.

Mis manos, como el espíritu, las fui moldeando a las necesidades primarias, llegué a ser el mejor amigo, el mejor hijo, el mejor amante, más tarde, el repudio. El encogimiento. Pero la juventud era la ventaja en la que vegetaba sin temor a que un nuevo día me la arrebatara, y lo hizo. No sé como sucedió, un día desperté y todo había cambiado.

Últimamente solo encuentro consuelo entre estos cuatro columpios, y rememoro con un anhelo que roza la locura los primeros amores, besos tiernos, desesperados. También el rechazo, la pérdida. Aquellos amigos que hoy no están. Todo ha quedado en simples avatares que se anclaron a la memoria.

Una vez leí que las personas con alzhéimer recuerdan más el pasado que el presente, la respuesta era metódica, aséptica, fría: simple en contexto, la enfermedad afecta la parte del cerebro responsable de los recuerdos recientes, en realidad creo que es porque el ayer siempre será más profundo, liviano, emotivo. Y de algún modo, aunque nos perdamos en este camino llamado vida, siempre nos quedará un ayer menos trémulo, más venerado.

Me casé joven, como se hacían las cosas en otra época que hoy se remonta prehistórica, el desgaste fue aflorando a la lentitud de un buen guiso, quizás podríamos haber dejado ese mal sabor de boca, ser francos, pero nos permitimos añadir más años a una ecuación que nunca tendría solución. Y en esa decadencia conocí a una mujer, era bella, risueña, ensalzaba cada parte que había quedado marchita. Cometí el error de no ser franco, valiente, menos humano. Y las perdí. Dañé la confianza de ambas, quebré la mía. 

Después de eso, peregrino en libertad, me envolví en otras tantas historias, a cuál menos certera, la dicha solo florecía en los instantes de éxtasis, del sueño de un posible. Luego, la suciedad nos impregnaba transitando en lo lúgubre de esta soledad.

Es la hora, al fin noto aquello que durante estaciones ha estado entumecido, ha llegado el momento de decir adiós. Hoy será la última vez que venga a este parque, y no porque deje de cobijarme en el recuerdo, más bien porque la penitencia, el castigo, ha terminado. Es la hora de decir adiós.

Tal vez solo sea un necio, pero en este despertar me anclo en la esperanza de un imposible, porque este viaje, éste, es a mí a quién corresponde abrazarlo. 


 

Hola, a todos.

Hoy traigo un relato duro o melancólico, lo sé, últimamente ando algo convulsa, así que mis letras me acompañan en sentimiento, pero espero que percibáis ese grito de esperanza, de volver a empezar. El ser humano tiene una asombrosa capacidad de anclarse y fortalecerse en la culpa, siendo muchas veces extremadamente verdugo consigo mismo.

Muchas gracias por vuestro tiempo.

Besos, y abrazos.



jueves, 7 de enero de 2021

Tibieza

 



Brota el desapego, de aquel, aquél; silencio compactado en la mentira, del retorno que nunca debió descubrirse. Necesidad, la caricia de la palabra que traiciona la belleza, hormigueo incesante, miedo, ingratitud a la ingratitud y más mentiras, continuas, abrasadoras, temerosas que terminan por verse envueltas en la nostalgia del pasado, del fracaso sufragado por la culpa. Ahí, es ahí donde uno se encuentra. Viciada, rebajada y en la sombra.

 

¿Qué se añora? ¿Qué?

 

Burla por todas aquellas hojas que se aglomeraron ansiosas de ser, de tocarse entre las distintas emociones, puntos indefinidos que finalmente fueron convertidos en inexistencia, hipocresía. Y es que el amor a la escritura no debe ser mostrado de esta manera. Pecado sumado a otros desajustes y a la tara de la desidia. Promesas rotas, lazos quebrados que enardecen en cada mutismo. Y aun sabiendo que no se tiene derecho, regresa, esta vez más escondida que en su ayer, menos pulcra, honrosa y digna. Está aquí, sencillamente aquí.



jueves, 24 de octubre de 2019

El quebranto de Cayetana


Añoranza del pasado, incorpórea belleza. Sutilezas de otros tiempos. Retrospecciones que desencadenan plenitud en este hoy que se alimenta de los constantes cambios. Recuerdos capaces de emocionar y proporcionar alimento al espíritu. La pérdida. El ayer. Las preguntas que no tienen respuesta, que no prestan a la calma. Cayetana amó, pero no supo perder. En secreto admiraba todo aquel capaz de continuar con su vida, sin cuestionar las razones que los habían llevado a esa situación, en cambio ella solo deseaba volver atrás, descaminar sus pasos para revivir e intentar hacerlo mejor o quizás solo para sentir que importaba. De ahí los errores cometidos, lo que más tarde no tuvo que suceder.
 
―Mamá, este es el cuarto mensaje que os dejo en el contestador. Por favor, devolvedme la llamada. Es urgente, de verdad. Esta vez si lo es. Tengo, tengo… que daros una importante noticia. Sí, justo eso. Necesito, yo, yo… solo llamadme, ¿vale?
 
Pero esa llamada nunca obtuvo respuesta. Por más que insistió, por más mensajes que dejó, nunca le fue devuelta.
 
 

Día 11.
 
<<Es el momento>> <<Tengo que hacerlo>> <<De hoy no pasa>> Como un mantra, Cayetana se repetía esas frases una y otra vez. Llevaba sin saber nada de sus padres cerca de dos semanas, tampoco había logrado comunicarse con los pocos amigos que le quedaban. Después de su última relación, todo había ido a menos, con la partida de Emilio, llegó el fracaso. Por primera vez sintiéndose enamorada confió plenamente en sus sentimientos y en esa relación, era todo nuevo, intenso, ansiado y con una incomprensión desmedida fue agarrando todo lo que transcurría a su paso, no le importó renunciar a su esencia, a lo que representaba, tampoco a su mundo, en su mente solo visualizaba la cimentación de un conjunto, pero lo que no percibió, de lo que no se dio cuenta es que las bases de éste tenían una única dirección; él. Cuando ya no quedó nada de lo que ella simbolizaba, la relación fracasó. Quedando desolada, se alojó en la desconfianza de no verse capaz de creer en nada, en nadie, esa fue una de las razones que la llevó a apartarse de todo y todos. No fue inmediato, el proceso lento pero seguro en la que poco a poco se iba reconfortando en la tristeza hizo que estás emociones  se fueran sublevando, ganando terreno, hasta que llegó el momento en que no le permitieron seguir con su vida. Perdió el trabajo, uno del que tiempo atrás sintió orgullo, ya que empezó nada más terminar los estudios y con los años se ganó el respeto de sus superiores, alcanzando así un cargo de más responsabilidad. Los conocidos se fueron apartando, la primera etapa fue la pena y esta anduvo acompañada de consejos y comprensión, más tarde aconteció el rencor, ¿por qué seguía en aquella situación? Ya era hora de salir a flote, no era la primera relación que fracasaba. Cayetana lo sabía, pero ante la confusión no hallaba consuelo, solo desventura. Así que con el tiempo y para no tenerse que justificar fue cerrándose en un caparazón de desazón y ahogo. Construyéndose un mundo en el que coexistía la penumbra y la indiferencia, un lúgubre hogar a puerta cerrada del que pocos tenían permitido el acceso. 
 
Día 15.
 
<<Puedes hacerlo>> <<Hazlo>> Llevaba dos días intentándolo, agarrando con fuerza el bolso, como si este pudiera salvarla. Sin ingresos, el sustento dependía en gran parte de la bondad de sus padres y Maite, su mejor amiga de la infancia. Eran los únicos que todavía la tenían presente, los que la cuidaban y procuraban que no muriera de hambre. Pero llevaba muchos días que no podía contactar con ellos, y la vergüenza de su situación le impedía llamar a otros para pedir socorro. ¿Qué les diría? Que llevaba meses recluida en aquella casa, que tenía pavor a salir a la calle, y que la vieran, la juzgaran. No podía, ya había perdido demasiado. Lo único que le quedaba era la dignidad y su olvido. Así que allí estaba, camuflada en la valentía que no quería surgir, en el miedo atroz a afrentarse a la realidad y es que no podía salir, le era imposible. Pero no tenía alimentos, en su despensa apenas quedaba nada. ¿Cuántos días podía sobrevivir una persona sin comer? Si tuviera internet podría averiguarlo, así por lo menos certificaría el día y hora de su muerte. Pero, no; triste realidad en la que se amparaba. Había sido una mujer con proyecciones claras, capaz, desde el principio supo lo que quería estudiar, donde quería trabajar, unos padres generosos y amigos que creyó los mejores, su vida siempre había estado encauzada, era perfecta. No se reconocía. Y lo peor es que no podía culparlo a él, Emilio y su abandono, por más que quisiera señalarlo era ella la que se destruyó desde el principio y eso hacía que no fuera capaz de superar las mentiras, el egoísmo y la manipulación de los últimos tres años. Era un castigo a sí misma por permitir que la moldeara a su antojo y cuando ya no quedaba ni una brizna de su esencia, este se marchara alegando que no podía conformarse con tan poco. Darse cuenta, ser consciente de que todo lo que hizo solo tenía un propósito, que ella se lo permitió, fue el desencadenante que hizo que algo dentro de Cayetana se rompiera. Y ahora, ¿qué quedaba? ¿Quién era? No había siquiera partida a la que dirigirse. No podía hacerlo. Solo oscuridad. <<Mañana, sí; al día siguiente lo volveré a intentar>>
 
Día 18.
 
Lo sabía. Cogió el teléfono, dejaría el último mensaje a sus padres. Sentía cercano su final. Le dolía y notaba como el aire que inhalaba era el último. La pesadez de sus miembros, el adormecimiento de pensamiento era el aviso de que el final cercaba sobre ella. Intentó marcar el número, pero fue incapaz, no lo recordaba, era como si su mente también fuera consciente de que ya no había continuidad. La culpabilidad de pronto la afrentó, sus padres, ellos siempre la habían querido, sin límite, sin importar cuantos errores había cometido, el perdón era anclado por su amor. Por más que lo probó, no pudo. <<¡No! Ellos se merecen más de mí>> Con ese pensamiento se arrastró hacia la puerta, gastando los últimos vestigios de energía para pedir ayuda, pero no tenía fuerzas y por más que lo intentaba, no  lo conseguía. Era imposible, moriría allí como una cobarde que se había dejado vencer por el miedo, recluida en su propia cárcel imaginaria, esas paredes que en otra época la habían visto reír ahora se alejarían de ella con pena e incomprensión.  <<¡No!>> No podría despedirse, no les diría cuanto lo sentía. La inmensidad de ese hecho fue el que le proporcionó el último impulso, al ponerse en pie, abrió y salió.
 
―¡Hija! ¡Hija! Por fin. Cogedla, cogedla. Por dios, ¡Juan! Llamad a una ambulancia, ¡rápido! Tranquila pequeña estamos contigo. Todo irá bien.
 
Acunada en los brazos de su madre, miró por última vez hacia su celda y con hilo de voz dijo. ―Sacadme de aquí, yo, yo no quiero volver. No quiero.
 
―No lo harás cariño, llevamos días esperando a que salieras. Pobrecita mi niña, lo siento tanto, siento que no hayamos hecho nada, pero tenías que ser tú quien abriera esa puerta. Ahora eres libre.
 

 
 

lunes, 24 de septiembre de 2018

El círculo del amor




Vacío mi alma y saboreo su nombre. Amapola. Ella. Hay días donde el recuerdo se presta al habla. Almaceno insignificantes momentos y otros que debí cercarlos quedaron escurridos en la ceguera del deseo adolescente.
Después de pasar varios años de su corta existencia dando tumbos de un lugar a otro, con una madre que confundía el amor de un hombre, con la necesidad de no sentirse sola. Ésta, finalmente, optó por renunciar al único amor verdadero que hallaría en su vida.
Todo el pueblo hablaba sobre aquello, es lo que suele pasar en las comunidades pequeñas, observar y criticar es más sencillo que admirar los errores propios. Prejuzgar antes si quiera que a uno lo señalen. La hija de Asunción después de tantos años había vuelto al pueblo y no a pedir ayuda o quizás a preocuparse de una mujer mayor que necesitaba ya de cuidados, sino que vino para abandonar a su hija. Se había enamorado, otra vez; y sentía celos de ésta.
Durante un tiempo ambas mujeres, abuela y nieta se desvanecieron. Asunción debía tener miedo de que en el pueblo las señalaran, pero no podían esconderse enteramente, así que al tiempo se descubrió. Sola, en un banco de la plaza, lugar que frecuentábamos los más jóvenes, nos observaba de reojo, pero el miedo infundado de los que se suponía que la querían le impedía relacionarse con el resto. No diré que fui yo el que propició el encuentro, nunca tuve esa clase de valor por el que a uno lo admiran. Fue mi hermano. Se acercó temblorosa, despertando en mí sentimientos que hasta la fecha desconocía, ternura y protección. Francisco al darse cuenta de su estado y para reconfortarla le apretó el hombro y de nuevo sentí otro extraño sentimiento, celos, de no ser yo el que la resguardara. Pocos días bastaron para que se integrara. Era bonita, dulce, portadora de una tímida sonrisa que cuando salía a relucir mostraba unos preciosos hoyuelos, símbolo de una niñez perdida.
En ese momento agradecí al destino y sus extrañas razones, a partir de allí nos hicimos inseparables, venía casi todas las tardes a casa, nos pasábamos horas sin hacer poco más que balancearnos en el columpio del jardín trasero, solos. Ahora que lo recuerdo, nunca supe más de ella que lo que mi madre le explicaba a mi padre, habladurías; de esas que guardan un halo de maldad a la par que lástima. Poco me importaba.
Entre silencio y silencio lanzaba pesarosos suspiros, fueron estos los que terminaron de adueñarse de mi corazón. La necesidad que se estaba despertando crecía con más voluntad. Tenerla cerca, oler el perfume que despendía, a flores, a piel limpia. Hizo que los largos meses que se sucedieron me descubriera expuesto, molesto. El letargo de la niñez se desvanecía. Amapola hizo que deseara, que la deseara. Pero no parecía darse cuenta de ello o no quería, yo por el contrario moría de ganas de mostrarle mis sentimientos, mi necesidad, el ciego y anhelante amor que me desequilibraba. Pero el miedo a una negativa, a perder aquello que simbolizábamos me impedía dar ese paso.
No hizo falta.
Una simple nota sellaría el futuro de ambos o quizás solo el mío. El encuentro fue rápido, precipitado, apenas guardo un digno recuerdo de aquella noche, donde la magia debería habernos alcanzado, yo era joven, muy joven. Ella también, pero en aquel arrebato se notaba más acostumbrada a lo que yo en ese momento le entregaba. No pude más que seguirla en aquella basta precipitación, avergonzado del poco control ofrecido, un reclamo del que no me arrepiento, pero del que sí debí intuir las señales, los mensajes contradictorios que enviaba.
Durante semanas no supe nada de Amapola, lo intenté, pero desapareció. Horrorizado creí lo peor, miles de conjeturas y desvaríos rondaban incesantes por mi cabeza: había sido poco cuidadoso, seguro que le habría hecho daño, me amonestaba y castigaba. En ese lapso de tiempo mi vida se convirtió en un infierno, no podía dormir, no sabía qué hacer, solo quería disculparme, verla. Saber de ella, confirmar que estaba bien. Estar a su voluntad. Le hubiese dado todo lo que era, si con ello podía ganarme su perdón y volver de nuevo a compartir todos aquellos silencios. 
El destino obró de nuevo sin que yo hiciera nada por contradecirlo y quizás concediéndome el reclamo que con tanta esperanza solicitaba. Una tarde apareció su abuela, me miró con desprecio y solo quiso hablar con mi madre. No pintaba nada, sentí que no era así que tenía mucho que decir. Si ella estaba allí, era a causa de los errores cometidos, yo podría yo… pero no se me permitió la entrada, simplemente se me dio una orden, la cual acaté.
Nos casamos, estaba embarazada. Nuestro matrimonio era una ilusión por mi parte, una reconciliación por la suya. Nunca más volvió a pasar lo de aquella noche, tenía miedo de volver a perderla, así que bajo el abandono escondí el abrigo del deseo, Amapola a su vez, se excusó con el embarazo o puede que en el despreció que sentía hacia mí. La culpa y el remordimiento es un pago demasiado alto.
No diré que aquello fue lo que esperé de un matrimonio, yo crecí en un hogar donde siempre existió el cariño y la muestra de él, por el contrario en el nuestro apenas se intercambian concisas palabra. Lo único que abracé con fuerza fue el regalo que me dio, mi hija. Me alimentaba del inmenso amor que sentía por ella, de la alegría de verla crecer, adoraba la viveza y consuelo que desprendía y mi alma se contentaba con aquello. Con el infinito afecto que completaba a mi solitario corazón. Era lo único que amedrantaba a esta efímera e insustancial existencia. Lo que no comprendía era porque nuestra hija no quería estar con su madre. Aquello fue lo que empezó a romper nuestra mentira, a ella, a nuestra pequeña Julia no podía culparla. Pero nunca se lo dije. Simplemente la distancia que había entre nosotros se amplió.
 



Los años pasaron. Durante una época quise creer que el tiempo curaría el error, que un día miraría a su hija y se enamoraría perdidamente de ella y quizás, solo quizás también lo haría de mí. Un sentimiento desesperado del que nunca se ha sentido querido, allí me encontraba. Frágil ante el inexistente atisbo de anhelo. Pero lo único que conseguimos fue alejarnos más. El yerro que sentí durante tanto tiempo se fue apaciguando y ante nosotros se manifestaron otros sentimientos, rencor y desconocimiento. En aquella etapa de descubrimiento al fin pude abandonar a la culpa. Empecé a darme cuenta de pequeños detalles, sonrisas que otros se ganaban y por el contrario las castas y ásperas miradas que a nosotros se nos ofrecía. Caricias veladas en escuetos saludos, que aguardaban más pasión del que nunca tuvimos. He de confesar que perdí el poco respeto que podía tenerle, odié los segundos de aire compartido y desprecié sentir que había sido una simplemente moneda, una oportunidad. Un iluso que creyó ser un monstruo.
Y el valor al fin me alcanzó.
—Amapola, tenemos que hablar. —Temblaba de miedo, pero esta vez no había ninguna mano que reconfortara. En realidad nunca la hubo.
—Ahora no puedo, he quedado que me recogería tu hermano, para llevarme… con tu madre. Ya sabes que los miércoles vamos al centro juntas.
—Hoy no irás.
—¿Perdona? —me miró después de meses sin hacerlo, con incredulidad, pero allí estaba, una mirada; lo que siempre deseé— No digas tonterías, me esperan.
—Hoy no irás —repetí— tenemos que hablar. Esto —nos señalé a ambos— no funciona, la realidad es que nunca lo ha hecho y ya no puedo seguir enamorado de una imagen proyectada, de esta mentira que hemos creado y de la culpa que me ha corroído durante diez años. Tú quisiste que aquello pasara, lo propiciaste. Nunca entenderé las razones ¿por qué? Dímelo.
—Tengo que irme, Fran me espera. —cogió el bolso a toda prisa, quería huir.
—¡No! —Grité y entonces lo supe, todo encajó. Todas sus sonrisas, sus palabras, sus gestos solo tenían un portador. Volví al pasado a aquellas tardes que venía a casa, las que creí que era por mí, los suspiros que lanzaba mirando hacia la casa. Todo se materializó. —Es de Francisco.
—¿El qué?
—La niñ… -No me dejó terminar.
—¿Qué? Cállate no digas eso. ¡Cállate!
Nunca comprenderé porque reaccioné con tanta tranquilidad, no entré en cólera ni arrebaté con todo lo que nos rodeaba, supongo que ante mí se liberó el remordimiento que tanto tiempo me había ahogado, por fin podía respirar y la condena de aquel niño que un día fui se apaciguó, se perdonó. Solo quería saber la verdad.
—¿Seguís viéndoos? —No contestó, pero su cara la delató.
—Dime entonces, ¿por qué no te casaste con él? ¿Por qué me engañasteis?
—Él… él no quería hacerse cargo y yo tenía miedo, ya sé lo que es vivir de un lado a otro, conformándote con cualquier cosa, y tú… tú me mirabas con añoranza, no podía, no quería…
—Entonces, solo se trataba de ti.
—Y el bebé, la niña merecía más de lo que yo tuve.
—¿Yo no merecía nada?
—Intenté quererte.
—No es verdad, no lo hiciste. ¿Por qué sigues con él?
—No fue inmediato, tardé meses en volver a aceptarlo. Pero es que yo, yo… le amo. —Ese fue el único momento en que la vi avergonzarse.
—Pero él no, te recuerdo que se casó con otra. —Fui cruel, pero la realidad era necesaria. Después de haber sido un peón, ni siquiera existía entre ellos algo que fuera real. Algo que merecería o justificara el dolor de otros.
—Sé lo que soy para él, pero igualmente lo acepto. —Le caían las lágrimas puede que por verse descubierta o porque todo ante ella se desmoronaba. Pero en ese punto solo veía que ya no era mi responsabilidad y lo sentía, pero durante todos estos años no tuvieron ningún reparo o lástima de lo que pudiera sentir.
Temí que esperara que todo siguiera igual, lo nuestro nunca existió y lo único que me importaba era la niña, mi hija, porque sí lo era, desde el momento en que me enteré del embarazo.
—Esto se ha acabado, si así me lo pides y por respeto a nuestra hija Julia, no explicaré las razones. Puedes ir a vivir y hacer con tu vida lo que quieras, pero no seguirás bajo este techo, tú lo has dicho; la niña merece más de lo que tú tuviste. Ahora eso sí, cuando veas a mi hermano dile que no quiero que volváis a acercaros a nosotros.
—¡Por favor! No digas eso, yo, lo haré mejor ahora. Cuidaré de ti y de la niña te lo prometo, pero no me dejes. —La realidad del futuro le sobrevino con ansiedad.
—¿Qué no te deje? ¿Cuándo hemos estado juntos? Una sola noche. De la que obtuve una penitencia de dolor e ignorancia, me hiciste creer que había cometido una atrocidad. Ya he pagado ese precio, Amapola. No estoy dispuesto a aceptar nada más. Pudiste decirme la verdad, no hubiera permitido que te quedaras sola. Pero tu elección fue someterme y maltratarme haciendo creer  lo peor. Y no solo eso, ¡joder! Es mi hermano. ¿Crees si quiera que quiera o pueda estar cerca de ti? Vete y te prometo que te seguiré respetando como la madre de Julia. Pero no te atrevas a pedir nada más. Nunca. —Se marchó.
No he vuelto a saber de ella, no se quedó en el pueblo, supuse que mi hermano se desquitó y la volvió abandonar a su suerte, para Francisco estar con Amapola nunca fue una opción. No le importó que ella lo antepusiera ante otros. Ante todo. Que su amor hacia él fuera de renuncia a los demás. No he vuelto a hablar con mi hermano, el egoísmo tiene diferentes capas, en él descubrí demasiadas, dudo que un día pueda perdonarlo. Nuestra hija dejó de preguntar por su madre a los pocos meses, los lazos que creó con ella fueron frágiles, nunca supo proveer y recibir amor. A veces me pregunto si es que no le enseñaron lo que significaba el amor, luego al revivir el tiempo que pasó con nosotros comprendo que confundió lo que éste simbolizaba. Por eso solo espero que allí donde esté, sepa cuidarse y valerse por sí misma. Ya no puedo guardarle rencor.
Han pasado muchos años, los recuerdos se entremezclan en este hoy, donde mi pequeña Julia cumple veintisiete años, es una mujer inteligente, independiente, amable y cariñosa. Estoy orgulloso de ver en lo que se ha convertido, pero sobre todo agradecido, porque ella, mi querida hija, ha roto ese círculo amargo donde el egoísmo residía con fuerza e imposibilitaba amar correctamente.
 

martes, 26 de junio de 2018

La sombra del recuerdo

Aguarda entre la bruma de aquella inhóspita y desencantada sala. Desconocidos sonríen sin comprensión, la soledad les aprisiona en su cerco. Quebranto del llanto y su desconsuelo que se desvanece entre posibilidades que fenecerán al alba, pero no importa, no. Ilusión pasajera, demorada por el fútil mañana sin nombre. El desahogo les prestará las alas para continuar. Mentiras e indigentes conversaciones, bálsamo para este tiempo que demora en segundos perdidos, copas y pausas mal asimiladas. El presente es lo único que les queda. Todos los movimientos obtienen la respuesta buscada. No hay sorpresas, es un camino conocido. La medida es la única regla a seguir. Allí solitarias almas esperan la señal. Una mujer cabizbaja, el pelo le tapa gran parte de la cara, pero se intuye un perfil agradable. Está sola. Y parece que nadie más que él se ha dado cuenta de ese detalle. El molesto humo de un cigarro hace bizquear a nuestro perspicaz caballero. Parpadea y ya no está. —No importa­— Puede tomar otra copa, lo percibe; hoy es su noche.




Un misterioso sonido lo dirige hacia la antesala. Ella, sí; su suerte de la noche. Un viejo tocadiscos que conoció de otros tiempos, despierta de su abandono con un leve gruñido; óxido, como todo lo que les rodea. Suenan los acordes de Floyd Lee y su desgarradora voz. Es entonces cuando empieza la íntima danza, lánguidos movimientos, cadencia, sensualidad que se pavonea. Solos, los dos, nadie más puede admirar la belleza de ese momento. Ella se gira y lo mira, sus ojos; brillan bajo los focos de la oscuridad y él como si de una fuerza inexplicable tratara se acerca fascinado. 

Hola muñeca, te vi sola; en aquella mesa. —Señala la dirección. No hay esfuerzo, ni tampoco pretensión.

—Lo sé —asiéndole del cuello le susurra—No hablemos, hoy no; por favor. Muévete cariño y si te portas como yo espero, te prometo que esta noche nunca la olvidarás.  

Durante minutos solo se escucha la música, movimientos rítmicos, respiraciones que ansían su fin. La palabra aquí no ampara el recuerdo del todo, no es necesaria, ni útil. De repente es consciente de su suerte y la rectitud del miedo lo abriga con fuerza, los demonios son celosos, merodean en la inconsciencia, desalentados, truncados, acechan en la viveza y corroen en desapego, no puede perder esta oportunidad.  

—No vivo muy lejos. ¿Te apetece tomar la última copa en mi casa?

—Tienes mucha prisa. Estoy bien aquí, no debes preocuparte, yo ya te escogí; no iré a ningún sitio sin ti. 

No le preocupa que pueda leerlo con tanta facilidad, con un suspiro se recupera, mudando del malestar y conquistando de nuevo a la fortuna. Pero no lo entiende. ¿Por qué esperar? Desea besarla, acariciarla, tocarla y no lo hará en presencia de otros. Eso le pone nervioso. Hace muchos años que se siente así; perturbado, desubicado, solo.  

—Hace demasiado tiempo que estás aquí. —Le dice.  

Debe estar perdiendo facultades, no puede permitirse ser tan transparente, nadie debería verlo tan de cerca, ni saber quién es, sus pensamientos le pertenecen. Su oscuridad no es compartida.  

—Quizá, pero contigo sé que lo olvidaré todo. 

Con una risa le hace saber que no puede engañarla, que poco importa lo que diga o haga, ella está allí por las mismas razones. 

—Entonces, ¿por qué te engañas?

—No te entiendo, ¿qué quieres decir?

—Ya lo sabes. —Exhala pesarosa.

—No dime. —Algo le dice que no debería insistir.

—En fin, creí que esta noche no sería como las otras. ¿Lo recuerdas? Si, lo haces. No sé porque siempre lo niegas, nuestra justa sentencia. Cada madrugada lo rememoramos y más tarde simplemente desaparecemos. Nadie nos recuerda, no existimos, somos una pesadilla de un tiempo que se perdió entre sombras, con mentiras y angustia, un mal pensamiento. Estamos predestinados a revivir la misma escena una y otra vez, hasta que nos perdonemos y sabemos que eso nunca, nunca sucederá. Así que Carlos, hazme un favor; hoy no hablemos, por un instante solo quiero bailar.

—¿Cómo sabes mi nombre? ¿A qué estás jugando? ¡Suéltame! ¡Suéltame, joder! No sé de qué hablas. Te he dicho que me sueltes. Estás loca, ¡loca!

—Shhh… tranquilo, ya empieza. Atento, reconoce lo que hicimos.

 


La entrada del primer rayo de luz los volvió unos espectadores, ante ellos se proyectó a dos jóvenes que entraban en el bar, iban armados, sin ninguna lógica ni razón empezaron a disparar a todos los parroquianos, reían, chillaban, disfrutaban de la masacre, pero cometieron un error; una bala fue directa al conducto de gas y lo hizo explosionar. En ese momento la secuencia se precipitó, el crepitar del fuego lo corroyó todo a su paso, los gritos fueron la única seña de un tiempo en el que existió vida. 

—Hasta mañana querido amor, espero que llegue el día en que podamos decirnos adiós. 

  
Relato presentado en el: , concurso literario mensual.
 

miércoles, 2 de agosto de 2017

La canción





Otra vez, aquí. Merodeadores.
Acechando con un sigilo impredecible, creen que no sé que me observan, que no los presiento, cercanos, contradictorios, crueles. Repitiendo esa maléfica canción, la que me había hecho creer que tenía el derecho a olvidarlos, que al fin podía permitir no tenerlos tan presentes. Pero no, me lo hacen saber. El tiempo ni perdona, ni olvida. Me reconocen, siempre me reconocen y regresan a mí, sin perdón, sin excusas, sin palabras.
Es entonces cuando el silencio grita y su peor momento aguarda en la noche. No descanso, los viejos trucos ya no sirven, hace tiempo que dejaron de funcionar, lamparilla, televisor, voz baja, no, ellos están ahí. Espectadores entre las sombras, curiosos en la desgracia que andan paleando. Susurran, rechinan, no tengo derecho a olvidar y yo me rindo, les cedo este pulso que creí haber ganado.
Es entonces ante la agonía que me destruye que remuevo, dando un giro a esta miseria en la que estoy envuelta, ¡Detente!, ¡Detente! Es imposible, no quieren.
Lo permito, cojo el camino fácil y ganan, de nuevo me someto ante ellos. Y las veo entre la oscuridad, las diviso a ellas, a sus sonrisas tétricas cargadas de carcoma pestilente. Porque lo saben, tienen el poder, siempre lo tendrán. Soy parte de esa esencia manchada, sospechas que nunca desaparecerán.
Y no busco el perdón de otros, es el mío el que ruego. La salvación del alma perdida es la que purga entre todo este desconcierto.
Deseché el amor, no lo defendí, y hoy esa pena anhelante del pasado me consume. Sus caras son bocetos inanimados que el tiempo se empeña en desdibujar, sus voces un timbre extinguido del que solo aguardo un grito. El de mi destrucción.
—¡No te marches, mamá! ¡Por favor!
El egoísmo fue más fuerte y ahora en la soledad, pago esa pena. No existe clemencia para esta causa, ni excusa, ni lamento. Porque hoy lo sé, los pasos recorridos no pueden mirar hacia atrás. 
 
 

jueves, 3 de marzo de 2016

Fulgor

Existe un antiguo cuento, pero muy, muy antiguo, en el que se relata la historia de la culpa esta obró y midió un cruel castigo. Eternamente rencorosa y perenne en su desdicha, no quería olvidar los sucesos que la corroían y por eso la creó a ella a la soledad. 

Así lograría nutrirse eternamente en su desgracia, siendo al fin un ente real palpable a su dolor conseguiría hacerla visible al público que pululaba queriéndola salvar, y advertirían que ya estaba perdida. 
 
Pero algo en su proceso debió fallar y sus cálculos no fueron del todo acertados. Ya que soledad no solo se alimentaba de culpa, sino que también de la nostalgia de un tiempo donde los colores brillaban de una manera imposible de olvidar, esos viejos recuerdos le alimentaban el alma con efímeras sonrisas y lo más temible, querer regresar.
 
La culpa por su parte no quiso rendirse y luchó cada vez con más influencia, anclándose de una manera enfermiza en su alma, reprochándole a cada segundo sus caídas y miedos.
Pero es que a soledad le era imposible no recordar y soñar que un tiempo pasado podía ser futuro y poco a poco la luz la empezó a inundar.
 
Un eco en su interior se alzó fortalecido y de él brotó la esperanza.
 
No existía runa capaz de combatir contra eso y una culpa cada vez más débil y pequeña se rindió, pero en un último aliento de furia le hizo saber: 
 
La eternidad nos acompañará para formar parte la una de la otra, en el momento que olvides, retornaré.
 
Lo que ella no sabía es que soledad ya había aprendido que no existiría miedo que fuera capaz de privarla a seguir, y que cada batalla ganada sería un paso dado hacia un interior guarnecido.

 


También lo podéis leer en: https://elpoderdelasletras.wordpress.com/