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lunes, 30 de mayo de 2022

Las argucias de los Pseudologos

 


El silencio ruge, grita, viéndose expuesto por el disfraz que ha fraguado de su propia existencia. Creyéndose exonerado, cuando es la corrosión quien ensalza sus pulsaciones. Cadencia que aprisiona entre garras, extirpa el sobrante que mina la vida. Invierte los fragmentos donde su palabra aguarda encadenada. En la opulencia prevalece la existencia equivocada, errónea. No recuerda nombres, rostros, solo pasajes de otros tiempos que alimentaron su aliento.

Desecho, quebranto ensombrecido, máscaras preservadoras que velan en la lógica, exigiendo identidad, pero aun desplegándose punzante, la insolencia no sustenta el capricho. Retumban las voces, inquieren, hurgan, pero no atienden, no.

Destrona la veracidad, venciendo en la plenitud del disimulo, contradiciéndose mil veces hasta el asiento. Renaciendo en la turbación pacta la pérdida, desfigurando en ese proceso la emoción, y es entonces cuando ilustra la herida, y sí, allí está. Escondido entre capas de vocablos que no auxiliaron más que con engaños. Doblez que germinará como ave peregrina empobrecida. Amparada y oculta.


martes, 29 de marzo de 2022

La codicia del alma

 


Sádicamente invoco el recuerdo de aquellos días, la impasibilidad que sentí, y que hoy siguen conservando mis entrañas, como una diabólica dualidad, virulenta y cruel que se adueñó y de la que por un extraño secreto, nunca lograré extirpar.

Aquel recinto, frío, abandonado donde pequeñas motas acompañaban a una luz casi inexistente. Un eco doloroso provocó que por instinto palpara todo mi cuerpo en busca de heridas, pero era algo interior, supuraba hacia fuera, torpe y agónico. Lentamente hice amago de moverme, quedando de golpe paralizada, un pitido confuso impedía que recordara, pero en la memoria selectiva o de instinto de supervivencia un indicativo exclamaba con fuerza que no avanzara. Las extremidades las sentía pesarosas, el cuerpo demacrado y deshidratado, ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?

Dentro de aquel letargo no hallaba más que silencio y oscuridad.

¿Quién era?

Inmóvil, fija entre pensamientos que se desvanecían antes siquiera de poder alcanzarlos y atesorando una brumosa realidad, espesura de un miedo irracional que helaba desde dentro. El corazón bombeaba con fuerza descomunal, el desconocimiento iniciaba una guerra que en breve se convertiría en ataque de pánico, respiración errática, sudor frío, y una sensación de pérdida de conocimiento, que quizás, si lo obtenía, podría descansar. Y bien sabía que en ese momento quería huir de cualquier manera.

Pero también había algo dentro de mí que gritaba, ¡sé valiente! ¡Lucha! Aunque el valor se esfumaba nada más concebirlo. Pasaron minutos, horas, no sabría decir cuánto tiempo antes de decidirme. Medio a gatas, arrastrándome, palpé suelo, paredes buscando una salida, cada movimiento arañaba la piel, sintiendo como ésta se desgarraba, sí estaba herida y el trauma impedía que recordara lo sucedido. Entonces ocurrió, con el peso accioné un azulejo, oí el clic, y lo supe, algo malo iba a suceder. Otra vez.

Se encendieron las luces, me costó habituarme a ellas, pero cuando lo conseguí pude ver una proyección que solo contenía una palabra.


PECADO


Y ahí la conciencia, se presentaron imágenes a tropel, sin sentido, unas a otras con una banda sonora espeluznante, provocaron lo que antes tanto ansié, caer desplomada. Sin sentido. Pero nada es eterno, y volví en sí, entonces escuché la voz. Esa perversidad que en otro tiempo amé, me hizo sentir tan gloriosa y ahora lo único que hurgaba era en pánico y repulsión. 

–Mi pequeña, veo que ya has vuelto a toquetear donde no debías, ¿Cuándo aprenderás? 

No le contesté, el valor perdido vino reconciliado con rabia, si gozase de fuerza le hubiese escupido a la cara, pero no iba a entrar en su juego, no esta vez. Sabía lo que quería, lo que esperaba, y las pocas fuerzas que todavía conservaba atesoraban dignidad y ésta, por mucho que en otro tiempo las perdí, habían vuelto, era lo único que me quedaba e iba a perecer, sí, pero por elección. 

–Vaya, vaya, así que no contestas. Sabes que me molesta que no me dirijas la palabra, me ofendes. Está bien, tú lo has querido. 

Y empezó de nuevo, ese juego maquiavélico de preguntas de las que no esperaba respuesta, de las que solo mostraba la naturaleza de mi ser, uno corrupto, despojado de toda bondad, y lloré, lloré sin lagrimas porque fui consciente de que en realidad no era tan opuesta a mi verdugo. Cuando se cansó, apagó las luces, sabía que volvería, esa recreación nunca iba a terminar, no hasta que consiguiera su ansiado desenlace. Y de alguna manera, era plenamente consciente que pronto sería la replica exacta del monstruo que él estaba formando. Solo tenía que aceptar esa realidad, para así lograr la libertad.

El orgullo, el poco que quedaba, no le cedía todo el poder, y bien sabía que en ese momento dejaría que amputara partes del cuerpo solo por unas gotas de agua.

Cuando la mente no se protegía en el abandono, evocaba otro tiempo, el cortejo con el que me encandiló, palabras adecuadas que sonaban a reto al comportamiento rebelde con el que convivía. Lugares idílicos donde la opulencia resplandecía por su belleza. Me creí tan lista, indestructible, única, especial, cuando solo fui una boba que se dejó manipular, él estudiaba a sus presas y resulté ser la más idónea. Una con un secreto a la que chantajear, maleable por el miedo que la aprisionaba. Como un roedor. En eso me convertí, en una rata de laboratorio, a la que enseñar el camino que debe seguir. Y todo porque en otro tiempo fui una ladrona.

No controlaba cuando estaba lucida o cuando me anclaba en los recuerdos, ni tampoco en lo que me estaba convirtiendo, ese desdoblamiento era confuso, irreal. No reconocía los instantes, las caras, solo la voz, el castigo que apresaba y al mismo tiempo daba esperanza y consuelo. Ansiaba el abrigo de una tregua y sin fuerzas, perdí. Dejé que venciera. Acepté el camino impuesto, ya no existía nada más que lo que él deseaba, anhelaba o reclamaba sobre los actos que a partir de ahí cometería.

Anuló las emociones, descodificó mi alma y terminé convertida en lo que soy. Una de sus siervas. Una esclava encargada de que mi avaro señor Mammon nunca sienta la pérdida de sus riquezas, codicia de los tesoros de la tierra. Infinito brillo que no contiene misericordia.  



lunes, 9 de diciembre de 2019

El último viaje


 


No recuerdo a mi padre, se marchó de casa cuando apenas tenía cuatro años, eso hace que a veces me pregunte cómo uno es capaz de resguardar los primeros recuerdos y otros en cambio se almacenan en algún oscuro lugar del que no existe acceso.

Es como si una parte de mi hubiera sido arrancada el mismo día de su partida, ese día en que no evoco siquiera su sonrisa, olor, voz, un simple abrazo, pero si vienen a mi flashes como los sonidos de la vía del tren, el aviso del próximo destino, el llanto de mi madre, de sus ruegos requiriendo que no nos abandonara. Como me empujaba hacía ese hombre sin rostro. Nada sirvió. A partir de ahí, todo se volvió negro, o quizás siempre fue así, una mujer miserable, amargada que buscaba cualquier excusa para despreciar o culpar. La pequeñez de los momentos en los que se abrigaba, en el falso amor y en el rencor de saber que ese hombre se había marchado para no volver, con otra familia a la que entregar lo que ella demandaba, y sobre todo que no sería nunca la elegida. Yo solo fui una ficha a la que manejar, todo valía para retenerlo, aunque solo se tratara de unos escasos años de idas y frías salidas. Nunca existió amor, tampoco necesidad. Supongo que por esa razón fui una niña solitaria, sumisa, que intentaba no molestar, jugar en el silencio de la contemplación, la anciana Greta, nuestra vecina, se asemejaba a ese carácter, observador y reservado, hablaba poco, y cuando lo hacía era para revelar detalles sobre el pasado, así que no me sorprendió el día que decidió explicarme la historia de cómo se conocieron mis padres. Él era comercial, de los que van de puerta en puerta ofreciendo cualquier producto que uno pueda imaginar, no debió percibir el error que cometería al llamar a la puerta de mi madre, tampoco sé si llegó a venderle algo, pero sí que iniciaron una mísera relación, una aventura que hubiera tenido un rápido fin si no se hubiera hecho público el embarazo.  Por eso sé que cuando ya no le serví a su propósito me detestó con más fuerza. Hizo que creciera con una animadversión a los trenes, estaciones ferroviarias o cualquier pase en el que existiría alguna vía, la razón, el odio al abandono, a la culpa, a la necesidad de señalar a un objeto para no hacerlo sobre ella misma, sobre él. Durante un tiempo quise anclarme en esas emociones, a esa enfermedad, buscando un punto de conexión, necesitaba  y pensaba, que era la única manera de conseguir su cariño. Me amparaba en la desdicha de creer que si me parecía a ella, llegaría el día que no necesitaría vivir en aquel recuerdo, en él, su marcha, y seríamos felices.

Con el tiempo ese inexistente lazo se fue rompiendo, la incomprensión y la escasa respuesta hizo que me descubriera sublevándome. Empecé coleccionando recortes de trenes, los guardaba como un tesoro, y los admiraba cada noche antes de dormir, esperando ansiosa el día que ella los encontrara, quería, necesitaba, ver su reacción, me hacía sentir rebelde, mezquina, feliz y un algo que todavía no era capaz de describir. Sabía lo que podía provocar ese secreto, pero no me importaba, era mío.

Durante años logré pasar tan desapercibida que mi sola presencia no formaba parte de aquel plano, nunca lo descubrió y sentí rechazo, incomodidad y rabia. Greta la observadora, sí notó el cambio del que me estaba despertando y así me lo hacía saber  <<Niña, tu mirada no es limpia. Algo tramas y no es bueno>> Yo sonreía y fingía que no entendía lo que quería decirme. Pero lo sabía, dentro de mi habitaba una necesidad mayor, el odio se alimentaba de más odio, ya no tenía que intentar parecerme a ella, poco a poco, simplemente me convertí en una versión peor. Jugaba a desestabilizarla, a incomodarla. Me gustaba ver que tenía ese tipo de poder, no era como ella, no gritaba, ni exigía, no, yo cavilaba, cada paso, movimiento y palabra era tan mesurada que la perturbaba sin darse cuenta desde donde le provenía el golpe. Por las noches inducida por el primer sueño le ponía sonidos de locomotoras, silbatos, al cabo de unas semanas empezó a estar más irritable de lo costumbre, su agitación se hizo más presente, más visible, dejó de dormir. Allí debí detenerme, pero verla empeorar, hacía que me sintiera bien, con una paz que me impedía parar, disfrutaba viéndola caer, hundirse y me justificaba, sí, lo hacía, por el dolor que me había infringido desde que nací. Así que seguí. Pero llegó el momento en que ese juego empezó a aburrirme, trastornarla se convirtió en algo demasiado sencillo, necesitaba de otros nuevos alicientes.

Fue entonces cuando recibió la nota: Cande, cometí un error al marcharme. Nunca debí subir a ese tren. Llegaré a las once de la noche. Estaré esperándote en la vía número cuatro. Te necesito.

No miró el remitente, tampoco se fijó en la letra, solo vio lo que anhelaba, ese día anduvo como loca haciendo planes, repitiendo sin parar que ella sabía que llegaría el día que regresaría. Así que no me esperó, ni vio venir el empujón que le di justo antes de que pasara el tren, el último. Ahora sé cuál es mi cometido, y esto solo acaba de empezar.   


 
Relato presentado en el: EL TINTERO DE ORO, concurso literario mensual.



jueves, 28 de noviembre de 2019

Obra inacabada




Burbujeaste ante mí, exasperada por la atención que otros no quisieron darte. Oliste la desesperación que habitaba en este juego inmundo de necesidades. Y yo, yo, me presté a ti, poseíste mis actos, deslizándote tan adentro que apretabas y ahogabas. Disfrutabas al saber qué poder se te había entregado. Fiel siervo, perro enamorado de lo que solo podré decir que tocó miseria. Y es que te amé, nada más verte, lo hice. Qué iluso, pueril e insostenible tener que creer que después de tanto tiempo se dibujaría ante mí un borroso trazo, etérea apariencia en la que me anclé, a ella, a los dos. Arrastrándome al creer que lo habíamos logrado. Triste mezquindad. Pero erraste, no debiste traicionar el amor, el nuestro, podía, sí, lo hice, permitir tus juegos sucios, pero era solo por la cobardía de creer que sino pecaba me abandonarías, pero tu insano egoísmo erigió otros escenarios en los que no quisiste hacerme partícipe, no iba, no podía permitir que jugaras con otros como lo hacías conmigo, todo eso nos pertenecía, era nuestro vínculo, lo único de lo que me proveíste y me negué a soltarlo. Poco importaron tus suplicas, justificaciones, la verdad es que en ese momento te vi pequeña, me diste pena, repulsión, por el contrario, yo, quedé liberado, por una vez sentí cual era mi dictamen, el renacimiento del conocimiento. He de agradecértelo, sí, gracias a ti sé cuál es mi camino. Tú siempre serás la primera, la mejor, me reconociste en el momento exacto en el que todo empezó, lo comprendiste, el despertar de tu obra, la mía, y entonces sonreíste.  
 

 

Relato presentado en el: EL TINTERO DE ORO, concurso literario mensual.

lunes, 11 de noviembre de 2019

La voz de Ingrid


Vacío que permanece sin vocablos, ni constancia. Silencio perturbado por la disculpa. Se muestra, decide que no quiere mantenerse hermética, callada. Explosiona en la reserva de su dejadez. Insidia de un mañana sin esperanza. La palabra habita enfermiza, procurándole un poder capaz de raspar la fortaleza. Miedo mostrado con saña, un ciclo que se despide sin oportunidades. Años  resguardada, permisión de un tiempo en el que se procuró olvido. Recuerdos reprimidos. Empeño por no nombrar. Pero no. Se desencadena, diluye bajo el mando de un egoísmo insano, alejando, consumiendo, exorcizando. Se evade del camino con la única verdad existente. Pérdida e incredulidad, hoy ha de decir adiós.

─Jaime, la niña. Han vuelto a llamar del colegio, esta vez ni siquiera he podido excusarla. Cada vez va a peor, y yo, yo… te lo juro cariño, me avergüenza decirlo, pero le tengo un miedo absoluto.

─Vamos Cande, son cosas de críos, no vayas hacer un mundo. Es más activa que el resto, eso mismo le pasaba a mi hermano Matías, tampoco es tan grave.

─Te recuerdo que tu hermano ha pasado más tiempo en la cárcel que siendo un ciudadano modelo, y no, no es como él. Ella es diferente… ¡mierda! Calla, calla, ya llega el autobús y no quiero que note nada raro, solo faltaría que se diera cuenta de lo que estamos hablando, la última vez no hizo más que observarme durante horas con una extraña sonrisa, a saber que estaba pensado, todavía se me eriza la piel al recordarlo. Así que conversa tú con ella, pregúntale, a ver qué razón nos da para que tengamos que volver a concertar cita con el tutor.

Naturaleza desestabilizada, aterradora muestra del precio para ser escuchada, repercusión y pauta de una eternidad que va acompañada del pecado, sucio, por la repulsa del odio y abandono. Regresa atrás, a veces, eso es alimento.

─Padre, madre. Buenas tardes.

─Mmm… Sí, sí, buenas tardes, hija.

─¿Sucede algo madre? La noto angustiada.

─¿Qué? No, claro que no. Tu padre, sí, él quiere hablar contigo. Voy a poner una lavadora, adiós.

─Padre, debería llevar a madre a un especialista, no creo que sea sano estar siempre tan exaltada. ¿No le parece?

─Ingrid, ayer hablamos de que no nos hablaras con tanto respeto, somos familia, hija. De esta manera solo haces que mamá se inquiete más, ¿no te parece?

─Comprendo, padre, intentaré mejorar mi conducta.

─No, quise. Pfff… olvídalo. A ver, han llamado del colegio, ¿qué ha pasado esta vez? Recuerda que ya te han echado de cinco centros, y hemos tenido que cambiar de ciudad varias veces, no podemos estar siempre yendo de un lado a otro, pequeña.

─Lo siento, padre. Pero esos niños no hay quien los soporte, a parte, no debieron coger mis cosas, ni siquiera rozarlas con sus sucias manos, pero ya lo he solucionado, dudo que lo vuelvan a intentar.

─¿Qué hiciste, hija?



Escondida, al acecho, coexistiendo en el centro de la miseria, allí, donde todo empezó y anida la oscuridad, es y será ama y señora de su voluntad. La temeridad emprende un nuevo camino y éste todo lo reclama.

─Me hice escuchar papá, siempre dices que todos tenemos voz y derecho, solo que yo he encontrado una manera más divertida de hacerlo.
 

lunes, 5 de noviembre de 2018

La huella del mañana






Como un susurro me poso en tu espalda, ágil y efímera naturaleza que encarna el deseo que dispenso por un simple roce. Delicada sombra que se adentra en los tortuosos sueños donde retengo la esencia de la necesidad. Soplo justo en ese punto donde tiempo atrás hacías que me estremeciera. Y siento la pérdida. Pérdida de ver la poca atención que muestras a estos apegos que con tanta pasión profeso a tu persona. A veces me lo concedes y asientes, es en ese precario segundo cuando al fin creo que lo notas, cada silencio, cada puntada de la memoria de nuestros cuerpos, lo que una vez retuvimos. Me estremezco y venero con la sutileza de un pasado que aguarda a la espera de aquél instante, de un hoy que tan lejano nos dejó en sentimiento, para así lograr que por fin te convenzas de que sigo cercana, a la espera, porque nunca me alejé del todo. De alguna manera siempre estaré atada a ti. 
 
Adormecida en el llanto del desconsuelo formo parte de una inmensidad que se sostiene entre muros desaplomados. En la devastación de las emociones corrompidas por el dolor. Esas que tan bien procuraste para ambos. 
 
Así que no me culpes, no. Te lo pido, por favor. El odio que profeso hacia las demás mujeres, esas que se postran en tu cama, que en vano intentan complacerte; como respuesta te diría: ellas no saben quién eres. A penas logran ver a través de todas esas capas con las que también logras cubrirte. A mí nunca pudiste engañarme, esa fue una de las razones por la que tu saña a la larga se convirtió en mi perdición. Una sonrisa que si se admira cercana, provoca destemplanza. Una calidez aprisionada en la mentira. Capas y capas, en las que es difícil adentrarse y descubrir todo el odio que anida en tu alma. En su ceguera tampoco entrevén el futuro que las acompañará, la humillación con la que más tarde lograrás someterlas.
 
Yo las libro de todos tus pecados, les hago un favor, a ellas, a ti; a mí. Alejarlas es fácil. Todo el mundo teme aquello que no conoce, que no puede comprender como verdad. Se avergüenzan del desconocimiento. De las palabras que no contienen lógica. Una taza que cae, una fotografía que reluce en la insensatez de ver reflejada otra cara. Risas lejanas. Un grifo que se abre. Es fácil. El miedo, a veces, es la virtud del salvador. 
 
Ahora después de tantos meses, empiezo a verte molesto, sí. Y eso por extraño que parezca no apacigua mi aliento, todo lo contrario, me procura fuerza para seguir en este punto. Este lugar que tan lejano debió quedarme y del que nunca debí ansiar cobijo. Porque amor, yo, no te abandonaré. Nunca. 
 
Aunque esta vez me inquietaste. Llevabas meses intentándolo, acechar a una nueva presa para llevarla más tarde a tu colección, no puedo negar que después de tanto tiempo podría agradecer un poco de compañía y así dejar de sentir esta soledad, este vacío que custodia mis días. Pero no puedo permitirlo, no. Y temí que en tu afán de logro, serías descuidado, que cometerías cualquier falta y te descubrirían. Eso no podemos permitirlo. Tú presente, querido, ha de ser otro. 
 
Cuando la vi, a ella, a tu última conquista, no diré que no me molestara, que no sintiera celos o temor a un posible y dramático desenlace. No puedo permitir que mi corta existencia sea un simple número al azar, si en algún momento de esta desventura fui una elección, seré la última. Yo me entregué por completo a tus horrores, así que si está en mi mano, te haré pagar el mismo precio. 
 
No esperaba lo que sucedió, reconocimiento, ser vista después de tanto tiempo, fue extraño, incómodo. La desidia en este plano habita con la fuerza de mi arraigo. Nunca creí que la suerte apareciera de esta manera, por fin existía la posibilidad de ser recompensada y que se me devolviera un pago que nunca quise concederte. Ella me ve, tiene percepción del mundo invisible. Ya no estoy sola. Mientras le explico de lo que eres capaz, me escucha con un brillo extraño en los ojos. Y tú, pobre infeliz, poco sabes del complot que estamos erigiendo en tu causa, ella, querido, es más sádica de lo que puedas imaginar. Me ha explicado sus planes, lo que te hará, pero no me importa, yo solo quiero tu alma. Lo que haga con tu cuerpo, es cosa suya. Tiembla amor. Bebe, saborea este té especiado que con tanta paciencia y mimo te está preparando, porque pronto, muy pronto, volveremos a estar juntos. Esto solo acaba de empezar.
 
 
 

martes, 26 de junio de 2018

La sombra del recuerdo

Aguarda entre la bruma de aquella inhóspita y desencantada sala. Desconocidos sonríen sin comprensión, la soledad les aprisiona en su cerco. Quebranto del llanto y su desconsuelo que se desvanece entre posibilidades que fenecerán al alba, pero no importa, no. Ilusión pasajera, demorada por el fútil mañana sin nombre. El desahogo les prestará las alas para continuar. Mentiras e indigentes conversaciones, bálsamo para este tiempo que demora en segundos perdidos, copas y pausas mal asimiladas. El presente es lo único que les queda. Todos los movimientos obtienen la respuesta buscada. No hay sorpresas, es un camino conocido. La medida es la única regla a seguir. Allí solitarias almas esperan la señal. Una mujer cabizbaja, el pelo le tapa gran parte de la cara, pero se intuye un perfil agradable. Está sola. Y parece que nadie más que él se ha dado cuenta de ese detalle. El molesto humo de un cigarro hace bizquear a nuestro perspicaz caballero. Parpadea y ya no está. —No importa­— Puede tomar otra copa, lo percibe; hoy es su noche.




Un misterioso sonido lo dirige hacia la antesala. Ella, sí; su suerte de la noche. Un viejo tocadiscos que conoció de otros tiempos, despierta de su abandono con un leve gruñido; óxido, como todo lo que les rodea. Suenan los acordes de Floyd Lee y su desgarradora voz. Es entonces cuando empieza la íntima danza, lánguidos movimientos, cadencia, sensualidad que se pavonea. Solos, los dos, nadie más puede admirar la belleza de ese momento. Ella se gira y lo mira, sus ojos; brillan bajo los focos de la oscuridad y él como si de una fuerza inexplicable tratara se acerca fascinado. 

—Hola muñeca, te vi sola; en aquella mesa. —Señala la dirección. No hay esfuerzo, ni tampoco pretensión.

—Lo sé —asiéndole del cuello le susurra—No hablemos, hoy no; por favor. Muévete cariño y si te portas como yo espero, te prometo que esta noche nunca la olvidarás.  

Durante minutos solo se escucha la música, movimientos rítmicos, respiraciones que ansían su fin. La palabra aquí no ampara el recuerdo del todo, no es necesaria, ni útil. De repente es consciente de su suerte y la rectitud del miedo lo abriga con fuerza, los demonios son celosos, merodean en la inconsciencia, desalentados, truncados, acechan en la viveza y corroen en desapego, no puede perder esta oportunidad.  

—No vivo muy lejos. ¿Te apetece tomar la última copa en mi casa?

—Tienes mucha prisa. Estoy bien aquí, no debes preocuparte, yo ya te escogí; no iré a ningún sitio sin ti. 

No le preocupa que pueda leerlo con tanta facilidad, con un suspiro se recupera, mudando del malestar y conquistando de nuevo a la fortuna. Pero no lo entiende. ¿Por qué esperar? Desea besarla, acariciarla, tocarla y no lo hará en presencia de otros. Eso le pone nervioso. Hace muchos años que se siente así; perturbado, desubicado, solo.  

—Hace demasiado tiempo que estás aquí. —Le dice.  

Debe estar perdiendo facultades, no puede permitirse ser tan transparente, nadie debería verlo tan de cerca, ni saber quién es, sus pensamientos le pertenecen. Su oscuridad no es compartida.  

—Quizá, pero contigo sé que lo olvidaré todo. 

Con una risa le hace saber que no puede engañarla, que poco importa lo que diga o haga, ella está allí por las mismas razones. 

—Entonces, ¿por qué te engañas?

—No te entiendo, ¿qué quieres decir?

—Ya lo sabes. —Exhala pesarosa.

—No dime. —Algo le dice que no debería insistir.

—En fin, creí que esta noche no sería como las otras. ¿Lo recuerdas? Si, lo haces. No sé porque siempre lo niegas, nuestra justa sentencia. Cada madrugada lo rememoramos y más tarde simplemente desaparecemos. Nadie nos recuerda, no existimos, somos una pesadilla de un tiempo que se perdió entre sombras, con mentiras y angustia, un mal pensamiento. Estamos predestinados a revivir la misma escena una y otra vez, hasta que nos perdonemos y sabemos que eso nunca, nunca sucederá. Así que Carlos, hazme un favor; hoy no hablemos, por un instante solo quiero bailar.

—¿Cómo sabes mi nombre? ¿A qué estás jugando? ¡Suéltame! ¡Suéltame, joder! No sé de qué hablas. Te he dicho que me sueltes. Estás loca, ¡loca!

—Shhh… tranquilo, ya empieza. Atento, reconoce lo que hicimos.

 


La entrada del primer rayo de luz los volvió unos espectadores, ante ellos se proyectó a dos jóvenes que entraban en el bar, iban armados, sin ninguna lógica ni razón empezaron a disparar a todos los parroquianos, reían, chillaban, disfrutaban de la masacre, pero cometieron un error; una bala fue directa al conducto de gas y lo hizo explosionar. En ese momento la secuencia se precipitó, el crepitar del fuego lo corroyó todo a su paso, los gritos fueron la única seña de un tiempo en el que existió vida. 

—Hasta mañana querido amor, espero que llegue el día en que podamos decirnos adiós. 

  
Relato presentado en el: , concurso literario mensual.
 

jueves, 5 de octubre de 2017

La secuencia de Marta



La primera vez que la vi lo supe. Fue un flechazo, no hubo palabras, no hicieron falta. Algo dentro de mí se despertó con una fuerza desesperada y desde ese momento, la necesité. Ella no se dio cuenta tan pronto o quizás no quiso hacerlo. Pero la verdad es que poco importaba, el hambre que yo sentía era más fuerte que la poca predisposición que ella pudiera poner. Coleccioné todo de Marta, sus gestos se convirtieron en el fetiche de nuestra relación. El que más me gustaba era su extraña forma al sonreír. Cuando algo le agradaba fruncía el labio de una manera muy peculiar, si no la conocías ese tic podía parecer otra cosa y luego llegaba aquella preciosa y amplia sonrisa. Mi sonrisa. Porque todo de ella era mío, desde entonces y para siempre. Ya había habido otras, pero ninguna igual. Lo sabía, no tenía dudas. 

Coincidíamos en la cafetería del centro comercial cercano a su casa. Marta pedía un té con leche, yo un café largo. Ella leía un libro, yo escribía en mi libreta todo lo que quería hacerle. Aquellos silencios eran agradables, en aquel momento compartir toda esa intimidad hacía que me sintiera completo, no podía pedir más. Y sabía que ella sentía lo mismo, se la veía relajada, feliz.

Al tiempo hubo pequeños cambios, la moda animalista llegó con fuerza y permitieron la entrada de mascotas, me pareció una desconsideración para los clientes habituales, pero aun así seguimos yendo cada tarde. Hasta que lo descubrí, me lo había estado ocultando y no me lo mostró hasta entonces, tenía un perro. Un perro. Soy alérgico al pelo de esos animales y ella debía haberlo sabido, yo conocía todo de nosotros, por el contrario Marta me había estado escondiendo a esa cosa. No me gustó, no podía consentir secretos entre nosotros. Todas las relaciones fracasan con la mentira y la nuestra desde ese momento dejó de ser tan idílica, me había fallado. Intenté acercarme para mostrar el desagrado que sentía, pero me ignoró, como siempre que intentaba que profundizáramos. Esa desconsideración fue la que lo desencadenó todo.

No podíamos compartir asiento en la barra, cada vez que me acercaba empezaban los picores y estornudos, entonces ella me miraba sin comprender que hacía yo allí. Ya no existían los silencios ni la intimidad, los tenía con ese animal que estaba alejándonos de nuestro maravilloso idilio. No podía permitirlo, no podía dejar que todo lo que habíamos creado terminara de esa manera, toda la culpa la tenía ese asqueroso chucho. Así que aquella tarde decidí no ir a nuestro templo, esperaba que me echara de menos tanto como yo lo hacía, con la misma desesperación. Al salir del trabajo la esperé durante horas en la puerta de su casa, allí sentado, en el primer escalón. Medité como arreglar todo lo que se había roto, apareció y nada más verme lo supe. Su cara no era placida, tenía un punto de terror en la mirada que paradójicamente en vez de molestarme, me excitó.

―Hola cariño, te estaba esperando.

―¿Cariño? Disculpe, usted… ¿Lo conozco? Un momento, sí, es, es… ¿No es el de la cafetería? ¿Qué hace aquí? Quiero decir, ¿cómo sabe dónde vivo? ¿Qué hace aquí? ¿Qué…?

Divagó y me preguntó tantas cosas a la vez, se la notaba nerviosa y eso para mis ojos la convertía en alguien más exquisito. El pánico rondaba sus facciones, el rictus de su sonrisa era frío y distante y yo necesitaba que me recibiera como merecía, quería ver el fruncido. Mi sonrisa. Empecé a alterarme y cuando eso pasa no soy la persona encantadora que tanto la deseaba, me convertía en un hombre peligroso y cruel.

―¿Así vas a recibirme? ¿Así?― Exigí humillado y despreciado.

―Pero, pero… es que no sé qué hace aquí. No lo conozco. Mire lo mejor es que se marche, por favor, váyase y le prometo que no llamaré a la policía, ¿de acuerdo?

―¡A mí no me hables así! ¿Cómo te atreves si quiera? Llevamos meses juntos, compartimos cada puta tarde.

Empecé a descontrolarme y lo notaba por como me miraba, con miedo, sí, con terror y angustia y ya no podía hacer nada, solo hacerla mía. Todo lo que había apuntado en la libreta, todo lo que había deseado hacerle, esa noche era nuestro momento, no teníamos más opciones. Debió notar el cambio, las respiraciones mudaron, la urgencia crispó en el aire allanando el cercano desenlace. Y entonces cometió la peor decisión de su vida, huir de mí. Es cuando el juego empezó, dejó de ser mi amada para convertirse en mi presa. 
 

Tres días más tarde.

―Señor Fernández, disculpe, quería comentarle que quizás la idea de traer mascotas a la cafetería no es buena idea. Desde que instauró la nueva norma muchos de los clientes fijos han ido fallando. Por ejemplo, se acuerda de aquella pareja tan extraña, la que llegaba junta pero no se dirigía la palabra en ningún momento, pues él hace cuatro días que no aparece y hoy será el tercero para ella. Señor Fernández, ¿me está escuchando?

―¡Dios mío, chico! Lee esta noticia.

<El asesino en serie apodado el Fetiche ha atacado de nuevo. A primera hora de esta mañana en la Comisaría Central han recibido una carta anónima, ésta informaba de la localización del cuerpo. Varios Agentes de la Ley se han personado en el Parque del Estanque para comprobar que la información recibida era certera. Allí efectivamente han encontrado el cuerpo sin vida de Marta Gutiérrez Barrobes, de 28 años. El modus operandi confirmaría que podría tratarse del Fetiche, siendo para este vil asesino su cuarta víctima. Las condiciones en las que han hallado el cuerpo han sido desoladoras para la familia. Los Agentes solicitan cualquier tipo de información de la que se disponga, exigen máxima colaboración ciudadana. Por ahora lo único que se conoce y así lo han confirmado familiares y amigos, es que la víctima no tenía pareja estable…>

―Es la chica, es ella… ¡La de la fotografía es ella!

―Llama a la policía, ¡debemos avisarlos! ¡Ahora mismo!  
 
Relato presentado en el: , concurso literario mensual.


martes, 30 de mayo de 2017

Resuello


Día 1
Aborrezco que otros tengan más razón que yo, siempre me viene a la cabeza una madre demasiado autoritaria, que nunca mostró afecto y comprensión. Me retuerzo en la incoherencia por saber que esta vez las palabras de Gabriel estaban por encima de las mías, y lo sé, no debí embarcarme en este propósito, pero necesitaba demostrarles que podía hacerlo y si era una locura, con más fuerza sería capaz de sacarla adelante, encontraría el punto de cordura en todo este proceso.
Ilusa y creída, una perfecta estúpida, yo una todopoderosa que no he necesitado nunca de nadie para ganarme un nombre y ahora veo como este baile está por concluir.
¡Qué dolor! Mis costillas, me oprimen, al oxígeno le cuesta entrar, en un esfuerzo severo estallo en carcajadas como si así lograra esclarecer un futuro tan negro como este lugar, sobrepasada por el agudo e insoportable sufrimiento, mi estabilidad mental se desequilibra. Un regusto a sangre pasea a sus anchas por el paladar, siempre he detestado ese sabor, como a hierro oxidado.
El tiempo pasa y sólo me hago una pregunta, ¿Cuánto aguantará mi cuerpo? ¿Y mi hora? Necesito saber cuando será, ni siquiera en el peor momento de mi triste existencia logro ser paciente ¡Ya! Que sea ya, por clemencia.
Maldito ego desconsiderado, quedará sobre la eternidad, cuando al fin encuentren mis huesos. El recuerdo de mi persona será, aquí yace Emma la necia. 

Día 3
Hoy lloro y lloro, lo hago en silencio sepulcral, un mutismo que pasea a sus anchas por la placida estancia de esta tumba autoimpuesta. Silencio, tanto silencio, que tiemblo incontrolablemente. Líquidos que ya no aguardan en mi cuerpo caen sobre las mejillas magulladas, viendo pasar el tiempo que no aflorará y vuelvo a compadecerme. Alma ennegrecida, logré mis metas acarreando faltas hacia otros, nadie más que estas lágrimas que derramo serán las que pesen sobre mi muerte.
De ayer no recuerdo nada, dormité gran parte del día, pero hoy por más que lo intento no consigo que eso suceda. Y lo deseo con todas mis fuerzas, una muerte dulce, sin dolor, sin agonía, pero es como si el karma me sonriera desde la distancia, anunciándome de que eso no iba a suceder.
Y hay algo que echo más en falta que nada y es la luz, sensación de candor, de abrazo, de vida. El tiempo termina, sólo pido la oportunidad de redimir, de volver a empezar, esta vez sé que lo haría bien, pero es tarde, ya no quedan opciones.

Día 4
Habito en un duermevela perenne, no logro reconocer cuando estoy consciente o es un sueño, el dolor de las costillas es apenas un cosquilleo y todo se desvanece como en un trance vacío de emociones, nada, quietud, eternidad sombría que acecha, reclamando lo que le pertenece y entonces lo veo, ¡Oh el final! Unas luces acuden en mi busca, es la hora, dejaré este mundo con tantos puntos suspensivos que compadezco la existencia ya vivida.
— ¡La he localizado! ¡Está aquí! ¡Aquí! Te tengo.


Día 2

En un tiempo pasado.
—       Sigue sin haber noticias de Emma, es como si se la hubiera tragado la tierra.
—       ¡Joder! No puede ser, tenemos que encontrarla, haced lo que sea necesario. Maldita mujer del demonio, terca e inconsciente.
—       Mis chicos ya lo hacen Gabriel, sólo podemos esperar.
Una hora más tarde.
—       Señor, han localizado la señal GPS del móvil.
—    ¿Dónde la sitúa?
—    En el Gran Pozo MTDE.
—       Llevadme hasta ella.
 

viernes, 9 de diciembre de 2016

La enviada


   

Mi nombre es Hipólito, soy el portero de unos cochambrosos apartamentos situados en la barriada del olvido, calle de la desesperanza, s/n, o lo que es lo mismo un subalterno mal pagado que realiza todo tipo de tareas para cuatro inquilinos más apurados que yo mismo. Me defino como un ser despreciable, carente de emociones y como recomendación os pediría que por favor no cometáis el nulo error de odiarme o recelarme, para vuestra desgracia no servirá de nada, mi coraza está salpicada en desgracia.

Disfruto por no decirlo de otra manera del mal ajeno, me complace ver como otros seres incurren en la fantasía de ver progreso, donde yo por el contrario vislumbro miseria y desaliento. Así pues, desde mi pequeña cabina, los observo como caen, lloran, sufren y esos sentimientos de pérdida constante, alimentan un alma negra y perturbada, la mía. 

Hasta que el juego cambió. Para que vuestras mentes logren comprenderlo os tengo que explicar la historia de Elsa, como ya he dicho no soy buena persona por lo que no juzguéis en vano mis actos guardaban sus razones. En aquellos momentos mis excusas eran valiosas armas y los propósitos que movieron las fichas un sustento para la oscuridad. 

Recuerdo la primera vez que la vi, entró en la barraca toda docilidad, de una naturaleza pétrea, un ángel venido a este mundo a amansar el dolor de otros. Me di cuenta enseguida que sería un problema, un futuro que había construido sólido y mordaz en manos de un alma noble.  

Flaqueza extrema, ropas anchas que en su intento de disfrazar mostraban más su delgadez. Un comportamiento huidizo, no me miró en ningún momento, por lo que pude recorrerla a placer. Entonces lo vi, un corte, un rosado y marcado corte en la muñeca derecha.  

¡Oh! Elsa, Elsa...
 
Una rápida firma en el contrato de alquiler y un mundo desaparecido.  

Nunca salía del apartamento, al tiempo lo comprendí. Un tipo osco y desnaturalizado rondaba por la zona, enseguida supe que era peligroso. Pues yo que me regocijo viendo el dolor que se infligen otros, nunca he sobrepasado esa línea invisible que marca la de un trastornado a un sociópata.
Estaba claro que el tipo era impulsivo, inestable y guardaba dentro de él mucho odio. Odio que no había más que reparar, poseía nombre y apellidos.  

En ese momento es cuando cometí la primera falta, no pude controlarme, durante días prometo que intenté acallar las voces que en mi cabeza me incitaban a ello, pero un día no las aguanté más y obré. Requería silenciarlas.

Me acerqué a él, le invité a un pitillo, bocanada a bocanada no dijimos palabra alguna, una vez consumida y lista mi marcha. Lo dije. 

— Apartamento 999. 

Curioso número pensaréis, pero no, la intención desde el principio fue justo esa. 

A partir de ese momento, día tras día, el tipo se colocaba delante la puerta de Elsa a esperar su premio, unas veces aporreaba la puerta con insultos y alguna que otra vaga amenaza, otras simplemente aguardaba allí creyendo que ella al no escuchar ruido saldría, pero no, siempre se mantenía escondida. Persianas bajadas, silencio mortífero, ciertamente no estaba disfrutando del proceso. Esperaba mucho más de todo aquello.  

Por lo que tuve que intervenir de nuevo y así cometer la segunda falta. Siendo francos todo aquello de mancharme las manos me tenía en vilo, unas veces sentía que traspasar la línea era toda una proeza que me estaba aliviando de la pesadumbre que corroía mi alma, otras una moral que hasta la fecha desconocía me susurraba que no debía avanzar, que frenara antes de que el goce fuera irremplazable.  

Voces interiores gritaban ¡Regresa! ¡Regresa! Pero no lo hice.  

— Señor, ¿sucede alguna cosa? 

Al advertirme se puso nervioso, casi parecía un crío, un sudor le anegaba frente y cuello, haciendo que el espectáculo fuera realmente asqueroso.  

— Ah, no, no. Es mi novia que… hace días que no sale del apartamento, ya sabe… bueno, estoy un poco nervioso. ¿Cree que podría abrir la puerta? Sólo es para comprobar que está bien, nada más. Por seguridad. 

— Sólo puedo hacerlo si realmente existe un peligro, ¿cree entonces que existe algún riesgo? O por el contrario, ¿existirá? Si es así podría abrir la puerta, pero debería darme una propina, ¿lo comprende no? Sólo soy el portero de este sitio, no puedo tomarme según qué licencias...  

Con el billete en la mano me vi el ganador de la partida. Ciertamente ser el que encajaba las piezas del puzzle nubló el enorme ego que habitaba dentro de mí, pero es que la hazaña me estaba reportando una sensación de felicidad plena.
 
Abrí la puerta, lo que encontré dentro sin duda no era lo que esperaba. 
 
 
 

Allí estaba. Estudiándome fijamente con una mirada severa, su figura antes etérea se había desdibujado para descubrirse ante nosotros con unas cinceladas alas negras que se abrían haciendo de todo aquello un digno espectáculo. Y me esperaba, pues así me lo hizo saber.  

— Por fin te dignas a entrar Hipólito. Sabía que llegaría el día, cuando encontraras una presa tan frágil como la imagen que habías gestado de la condenada Elsa, traspasarías la línea y obrarías con todo el mal que anida en ti. Ahora dime, que pensabas hacer esta vez, ¿mirar o actuar? 

— ¿Qué… qué… es todo esto? - no logré articular más palabras.

— ¡Qué lástima! ¿Viste Ángel? No lo vio venir. Se las ha dado toda su vida de analizar el entorno y esta vez ha sido justo éste el que se lo ha engullido. Siéntate, la tarde será larga querido y tenemos mucho que contarnos. Para empezar, la primera vez que nos vimos.

Miles de imágenes empezaron a pasar por mi cabeza, buscando algún recuerdo que me llevara hasta ella, pero sólo recordaba la firma del contrato, nada más. Veía el rencor, un resentimiento que sin duda iba a terminar conmigo. Sólo quedaba saber más, por lo que la escuché, no abrí boca, ni siquiera cuando Ángel sacó una alforja repleta de artilugios que parecían de otra época, sabía lo que me deparaba pero no tenía miedo, es más, iba a gozarlo. 

— Adelante… explícate.  

— Veo predisposición por tu parte, está bien, no esperaba menos de ti, así que no te haré esperar, empecemos. La primera vez que nos vimos tenías diecisiete años, vivías cerca de aquí, noto que sigues sin reconocerme, he cambiado desde entonces y también he hecho por modificar mi imagen, pelo, ropas, poses, ¿crees que quería ponértelo fácil? ¿No? Vaya que callado, está bien, sigamos… me gustaba verte desde la otra acera, como analizabas y controlabas a las personas que pasaban por este repugnante sitio, su sufrimiento era un bálsamo para tu alma. Y eso amigo, me llenaba de una curiosidad insana, a la vez por no decirlo de censura. Así que me obsesioné bastante con lo que representabas, hasta tal punto que investigué tu infancia, colegios, institutos, por donde hubieras pasado allí estaba yo libreta en mano haciendo preguntas, buscando algún trauma, razón o excusa que pudiera hacerme comprender tu forma de actuar, pero no, no encontré nada. Eres simplemente así, un ser oscuro. Una vez entendido eso, decidí que tenía que buscar la manera de hacerte salir del escondite, piensa Hipólito, piensa, ¿quién soy? 

Se quedó observándome en silencio, esperando una muestra de comprensión, simpatía o reconocimiento, no negaré que ya había averiguado de qué se trataba, pero quería verla encolerizar, eso me proporcionaría fuerza en esta batalla perdida.  

— Te tenía por alguien más inteligente, en fin… tanto tiempo preparando esto para ti, para ver que le pones tan poco entusiasmo. Todo esto hace que me aburra, Ángel cariño, haz que sufra un poquito, ¿quieres?  

De la alforja sacó unas tijeras con una punta corva, en ese momento juro que sí, me asusté, al fin y al cabo no tenía el alma tan muerta como creía.

— ¡Te recuerdo! ¡Te recuerdo! 

— ¡Oh! ¡Vaya! Pareces un animalillo asustado, está bien, lo de cortarte a cachitos lo dejaremos para más tarde, ¿te parece? 

— Sí, sí, por favor.  

— Bien, entonces dime lo que quiero saber.  

— Te veía siempre en la otra acera, sola, sin nadie alrededor. En su momento pensé que eras una presa perfecta, si hubieras vivido en mis dominios, pero teniéndote lejos no podía vigilar todos tus pasos, horarios, así que dejaste de interesarme rápidamente.  

Se acercó a mi como un gatito sumiso y me propinó una bofetada que me hizo sangrar el labio, sin duda el poco caso obtenido en un pasado la había enfurecido.  

— Así pues, ¿no te parecía interesante? 

Sentí que ganaba territorio por lo que seguí mostrándome desinteresado. 

— Como ves, no. 

Bajo pronóstico y con un autocontrol absoluto siguió como si nada.  

— Es una pena, juntos hubiéramos llegado lejos. Me sorprendió gratamente que solicitaras este puesto de trabajo y decidieras quedarte por la zona, ha hecho mucho más fácil mi tarea. Y ha demostrado lo que siempre supe de ti. Así que sólo queda por saber una cosa y es tu confirmación, ¿has traspasado la línea?  

— Antes de contestarte necesito que me lo digas, ¿qué eres? 

— Soy tu ángel de la guarda, siempre he estado cerca de ti, un ángel vengador que rompe con el mal que habita en los humanos y ahora contesta. ¿Has traspaso esa línea? 

— ¿Qué será de mí? 

— Ya hemos perdido mucho tiempo, ¿no crees? Sabes perfectamente que este es tu fin. ¿Y bien? 

— Sí confieso, la he traspasado.  

— Entonces que así sea. Desde este momento la vida que conociste dará a su fin, a partir de ahora deberás buscar a iguales y condenar sus faltas, pues esta será la única manera en la que lograrás redimir y salvar tu oscura alma.