Mostrando entradas con la etiqueta Miedo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miedo. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de noviembre de 2024

El bramido del Sr. González

 


Toda la vida infringiendo tormento, y ahora estaba en una situación en la que no disponía de ningún tipo de control. Vulnerable. Transpiraba miedo. Como un animal herido en una trampa mortal. La que en cada aliento se va despidiendo de la vida. Un ser infeccioso, carcomido ante la miseria de un último grito, desgarrado y con expectativa servicial. Quién diría que en ese momento recordaría a aquellas personas que debí amar, a las que deseché para crear un imperio de marfil. Mis manos manchadas de sangre las despreciaron, en el pasado la indulgencia me hubiese provocado urticaria, ahora, precisaba de su misericordia, de cobijo para no sentir esta pestilente soledad. Los únicos cercanos, urracas ilusionadas por ver y oír el último aliento. Satisfechos ante este final, el mío. Incitando al poco orgullo con el que residía, proveyéndome de fortaleza, bravura, pero ellos lo sabían, yo lo sabía. Quedaban semanas, días, quizás solo horas para el desenlace. Una última nota, canción de cuna donde el hambre me hizo hacer promesas, ahora el dinero cosechado no valía nada, las perspectivas se cernían en aquella habitación, el veredicto lo remataría. Y de repente una voz, la única que podía darme una escapatoria, la absolución y la promesa de venganza, no había aprendido nada. El arrepentimiento se extinguió al escuchar al Juez decir.

<<Condeno al Sr. González a la pena máxima…>>

 

Palabras: 228

 



Para participar en el reto, podéis entrar en el enlace: El Tintero de Oro, el tema a seguir es: MICRORRETOS: EL PERSONAJE Y SU ENTORNO.

Mil gracias por vuestro tiempo.

Besos, y abrazos.


miércoles, 8 de enero de 2020

Tierra árida





A partir de ese momento todo cambió. Una bofetada que desencadenó en un escenario atroz. Recuerdo el momento, como la familia quedó impregnada en la desdicha, en todo lo que tuvimos que pasar y en lo que terminamos convirtiéndonos.

 ─¿Mamá? ─grité.

No la encontraba, la busqué por toda la casa, pero no dio ninguna señal, así que subí y bajé las escaleras del primer piso alterado, asustado, nunca me dejaban solo y esa sensación de abandono, me produjo un miedo que en contra de dejarme paralizado me aceleró.

Hasta que la localicé, estaba en la cocina, debajo de la mesa en la que tan pocas veces celebrábamos nada. Sentada, agarrada a sus rodillas y meciéndose. Tenía siete años y todavía había cosas que no comprendía, otras en cambio, las había aprendido sin necesidad de que se me enseñara. Mi madre era una mujer hermética, con un carácter forjado a la poca muestra afectiva, pero allí estaba, balbuceando, llorando y diciendo palabras inconexas que no tenían ningún sentido. Como digo, ella era una mujer fuerte, con un temperamento que regalaba disciplina a todo aquel que se colocaba bajo su ala, pero viéndola allí, tan pequeña, me asustó, creí que se habría hecho daño, pero el respeto que le tenía me impedía siquiera cuidarla, solo había una persona capaz de reblandecer ese duro corazón, viéndola allí, tan accesible, caí en el error, uno de los pocos que cometería a lo largo de mi vida, formular una pregunta y tuve el privilegio si puede decirse así, de ser el último en nombrarlo.

─¿Voy a buscar a papá? ─los dedos quedaron marcados en mi cara, pero hubo algo mucho peor que ese golpe, su mirada, esa es la que quedará para siempre infiltrada en mi alma, porque era portadora de una clase de odio que desde ese momento y para siempre, permaneció en mí.  
 


 
Es extraño que a uno le hablen de otro tiempo, uno totalmente opuesto al que conoce o ha vivido. Mis hermanos lo hacían, me hablaban del viejo mundo, uno que parecía irreal. En mi caso fui un niño no esperado, aun así, me tuvieron, decidieron darme vida en éste mundo donde los apagones eléctricos, sequías y hambruna, lo convertían en precario y necesitado. Ellos hablaban de abundancia, de objetos extraños y comida preparada que se compraba en el supermercado. Sobre todo Gema y unas chocolatinas que tenían nube dentro, se te derretía la boca solo de pensar que uno podía comer cielo. Me encantaba escucharlos, aunque pensaba que estaban un poco locos, aun así, era de los pocos momentos donde los sueños si podían ser reales y nosotros portadores de todas las leyendas.

Cuando mi padre todavía vivía, nos decía que éramos unos privilegiados por tener techo, muchos otros se habían quedado sin, y habían muerto por ello. Así que había normas que debían seguirse a rajatabla, como que la casa no debía quedarse nunca vacía, si eso pasaba otros podrían ocuparla. Había semanas en las que no veías a nadie, otras en cambio aparecían saqueadores, estos se llevaban las pocas provisiones que tuviéramos. Aunque nunca empleaban fuerza bruta, teníamos una escopeta. Cuando esto sucedía Marcos, mi hermano mayor siempre terminaba enfrentándose a mi madre, no comprendía porque no usábamos ese poder en contra de todos aquellos ladrones. Ella y su fría calma, le respondía. << Hijo, no tenemos suficientes cartuchos para quitarnos la vida>>. Muchos años más tarde comprendí sus palabras, y la razón de quitarnos y no quitar. Esa arma, era el último privilegio del que disponíamos. Una elección a este feo mundo en el que nos tocaba vivir.

Cada día se seguía el mismo patrón, desenterrar nuestras pocas pertenencias. Desayunábamos parte de nuestras sobras, y más tarde, Marcos, Gema y mi madre se iban en busca de nuevas provisiones para pasar el día o con suerte un par, cualquier cosa de la que pudiéramos sacar provecho. Llevaba un tiempo quedándome solo, tenía once años y me sentía adulto, no estaban de acuerdo, la poca nutrición por ejemplo, hizo que tuviera un desarrollo tardío, pero la necesidad y tantas bocas que alimentar cegaban la realidad. Fue entonces cuando nuestra vida sufrió el segundo cambio o error, temiendo que este por desgracia, fuera el peor de todos.

Me quedé dormido, cuando desperté no tenía la escopeta entre mis brazos, delante había un hombre que me observaba fijamente, aguardamos en silencio durante los minutos más largos de mi vida, a cada segundo empequeñecía y temía lo peor. Pero ese lapsus de tiempo permanecí estoicamente sin pestañear, Gema, siempre me decía que lo peor que pueda hacer uno es mostrar miedo. Ese hombre por el contrario debía estar pensando cómo podría servirle de utilidad, se me había explicado que había saqueadores que el hambre los había vuelto completamente locos y se comían unos a los otros. Mientras pensaba en cómo iba a ser mi final, habló.

─¿Estás solo chico?

No dije nada, ni siquiera parpadee, estaba aterrado. Lo único que me importaba más que lo pudiera hacerme ese hombre es lo que le pasaría a mi familia.

─¿Eres sordo? ─insistió, esta vez molesto. Algo en mi forma de actuar debió darle la razón, y yo escogí hacerle creer que sí, que tenía razón, seguí en silencio, sin moverme ni mostrar ningún síntoma de comprensión, solo rogando para que ellos llegaran más tarde y que ese hombre cogiera lo que quisiera y se marchara.

─No lo esperaba… ─siguió hablando─ la verdad es que es una suerte haber encontrado esta choza, llevo días andando a la deriva, creí que moriría antes de… bueno, da igual, no sé porque te lo explico, total, tampoco me entiendes.

Volvió a quedarse en silencio. Nos miramos, los ojos me escocían del rato que llevaba sin parpadear. Entonces se levantó de golpe, creí que iba a pegarme, me cogió de la pechera de una manera muy violenta, pero no fue así, me hizo el gesto de comer con la mano. Quería comida y que yo le sirviera. Eso podía hacerlo, mi madre siempre decía que si los atendías bien más tarde se marchaban, solo que esta vez el arma la tenía él y no yo. Le di lo poco que quedó del desayuno y se abalanzó sobre la comida, aproveché ese momento para alejarme todo lo que pude de su agarre.

─Es increíble, no entiendo como has podido sobrevivir tu solo en este lugar. Pero… ¡bah! No sé porque insisto en hablarte. Si pudieras entenderme te diría que no tengo intención a hacerte daño, ojalá alguien te hubiera enseñado a leer los labios. ¡Mírame! ─gritó─ no quiero hacerte nada malo ─deletreó.

No sé si es que algo dentro de mí quería creerlo con todas sus fuerzas, aquel hombre era enorme, pero no se le veía que tuviera malas intenciones. Aunque claro, después de todo lo que me habían explicado, hasta la cara más bonachona podía terminar convirtiéndose en el ser humano más cruel. Así que intenté mantenerme alejado, conservando esa nueva mudez que había adquirido y esperando que éste decidiera irse, aunque esa parte empezaba a darme cuenta que no iba a suceder. Pasados los minutos dejó de prestarme atención y fue a dar una vuelta por la casa, supongo que buscando otros posibles de los que adueñarse, yo seguí allí medio plantado, medio acurrucado a la expectativa de que éste tomara el segundo paso, miré como pude y sin moverme mucho por la ventana, cuando el sol empezaba a caer era cuando mi familia llegaba a casa y vi que para eso no faltaba mucho.

─Sabes, chico. Hace muchos años aquí vivía una familia, Marta y Edgar ─al decir los nombres de mis padres me dieron ganas de gritar─ llevo años dando tumbos de un lado para otro, esperando encontrar alguna cara conocida, pero ya no queda nada, todo ha desaparecido. Solo nos queda sobrevivir día a día, nada, ya no hay nada.

Repitió tantas veces lo de que no quedaba nada expresándolo de una manera tan siniestra que creí que podía tomar la determinación de terminar con todo, quizás si le decía que mi madre seguía con vida, que sus hijos, yo, formábamos una familia, pero no me dio tiempo, antes de que siquiera hiciera el esfuerzo de mover los labios la puerta se abrió.

─¡Fran! ¿Dónde estás? Necesitamos ayuda, corre, ven, esta noche cenaremos como unos auténticos privilegiados ─la voz de mi madre sonaba alegre, pocas veces lo hacía, pronto dejaría de hacerlo.

Entonces apareció en la habitación donde estábamos ese grandullón que agarraba con fuerza la escopeta, y yo, agazapado y lleno de incertidumbre donde solo percibía que quizás tenía razón y ya no quedaba nada, todo había terminado, nunca conocería parte de las historias que me contaban mis hermanos, no comería chocolatinas con nube, todo y la nada había empezado en aquella ruinosa casa, y esperé lo peor, lo vi, y me acordé de mi padre del miedo que tuvo que pasar esos últimos segundos en los que reconoció su final.

─¿Marta? No puede ser, ¡dios! ¡Marta! ¿Eres tú?

 ─¿Felipe? ─Corrió hacía los brazos de ese hombre como si le fuera la vida, abrazándolo con fuerza y repitiendo sin parar su nombre.

─Ven aquí, cariño. Este es tu tío, ¿puedes creerlo? ¿Puedes?

─Así que no eres sordo, ¿eh? Tu chico es listo, Marta. Muy listo.

─Lo sé, lo sé.


 
Desde aquello han pasado tres años, pocas cosas han cambiado, seguimos con la misma rutina, solo que ahora somos uno más, mi tío Felipe se quedó a vivir con nosotros, nunca conoceré más que esta tierra árida en la que se ha convertido este mundo, pero puedo vivir e imaginar a partir de cada historia que me cuentan y sigo creyendo que están un poco locos, ¿el hombre pisó la luna? ¡Imposible! 

 

martes, 4 de septiembre de 2018

La hora del dolor

 


Fragilidad que se ampara en el desconsuelo. Aguarda salvaje, solitaria en el destierro de los sentimientos convulsos, ocasionados por la sutileza de la dejadez. Incomodidad que alumbra como una muestra contaminada del pasado. Sonrisas que se desnudan a destiempo, nostalgia de abrazos que difieren cautivos, perdidos. De aquél, aquél.
 
Aviva la mentira, subsiste entre calcomanías, en la hipocresía de los gestos que se alimentan del miedo. Ése que un día apareció y por alguna extraña razón ni quiso ni dejó que se marchara. No reniega de él, a veces le agradece las respiraciones que le concede; pesa, pero forma parte de este ahora indescifrable donde la culpa y el remordimiento le muestran lo que es. Una emoción perpetuadle, inanimada. Un triste holograma. Ser, sentir, perder; no, esta opción ya no existe. La comodidad quedó relegada e instituida como un mal hábito. Se estableció en un bando donde la ofensa quedó dilapidada.

Agudeza del destierro, pávida sombra. Un susurro, un canto a la niñez que recuerda la viveza y se adentra en un punto de no retorno. A aquél, aquél. Sueños lucidos, pesares sosegados en el silencio de la vergüenza. Hoy vuelve a mirar donde la oscuridad ansía con demora y lo que encuentra es el mismo eco desconsolado que nunca tendrá mañana. Que se abriga en la penumbra del llanto y vierte sin ternura su inquietud. Resguardada por la candidez de las consecuencias sigue siendo ese aquél inacabado.
 

martes, 30 de mayo de 2017

Resuello


Día 1
Aborrezco que otros tengan más razón que yo, siempre me viene a la cabeza una madre demasiado autoritaria, que nunca mostró afecto y comprensión. Me retuerzo en la incoherencia por saber que esta vez las palabras de Gabriel estaban por encima de las mías, y lo sé, no debí embarcarme en este propósito, pero necesitaba demostrarles que podía hacerlo y si era una locura, con más fuerza sería capaz de sacarla adelante, encontraría el punto de cordura en todo este proceso.
Ilusa y creída, una perfecta estúpida, yo una todopoderosa que no he necesitado nunca de nadie para ganarme un nombre y ahora veo como este baile está por concluir.
¡Qué dolor! Mis costillas, me oprimen, al oxígeno le cuesta entrar, en un esfuerzo severo estallo en carcajadas como si así lograra esclarecer un futuro tan negro como este lugar, sobrepasada por el agudo e insoportable sufrimiento, mi estabilidad mental se desequilibra. Un regusto a sangre pasea a sus anchas por el paladar, siempre he detestado ese sabor, como a hierro oxidado.
El tiempo pasa y sólo me hago una pregunta, ¿Cuánto aguantará mi cuerpo? ¿Y mi hora? Necesito saber cuando será, ni siquiera en el peor momento de mi triste existencia logro ser paciente ¡Ya! Que sea ya, por clemencia.
Maldito ego desconsiderado, quedará sobre la eternidad, cuando al fin encuentren mis huesos. El recuerdo de mi persona será, aquí yace Emma la necia. 

Día 3
Hoy lloro y lloro, lo hago en silencio sepulcral, un mutismo que pasea a sus anchas por la placida estancia de esta tumba autoimpuesta. Silencio, tanto silencio, que tiemblo incontrolablemente. Líquidos que ya no aguardan en mi cuerpo caen sobre las mejillas magulladas, viendo pasar el tiempo que no aflorará y vuelvo a compadecerme. Alma ennegrecida, logré mis metas acarreando faltas hacia otros, nadie más que estas lágrimas que derramo serán las que pesen sobre mi muerte.
De ayer no recuerdo nada, dormité gran parte del día, pero hoy por más que lo intento no consigo que eso suceda. Y lo deseo con todas mis fuerzas, una muerte dulce, sin dolor, sin agonía, pero es como si el karma me sonriera desde la distancia, anunciándome de que eso no iba a suceder.
Y hay algo que echo más en falta que nada y es la luz, sensación de candor, de abrazo, de vida. El tiempo termina, sólo pido la oportunidad de redimir, de volver a empezar, esta vez sé que lo haría bien, pero es tarde, ya no quedan opciones.

Día 4
Habito en un duermevela perenne, no logro reconocer cuando estoy consciente o es un sueño, el dolor de las costillas es apenas un cosquilleo y todo se desvanece como en un trance vacío de emociones, nada, quietud, eternidad sombría que acecha, reclamando lo que le pertenece y entonces lo veo, ¡Oh el final! Unas luces acuden en mi busca, es la hora, dejaré este mundo con tantos puntos suspensivos que compadezco la existencia ya vivida.
— ¡La he localizado! ¡Está aquí! ¡Aquí! Te tengo.


Día 2

En un tiempo pasado.
       Sigue sin haber noticias de Emma, es como si se la hubiera tragado la tierra.
       ¡Joder! No puede ser, tenemos que encontrarla, haced lo que sea necesario. Maldita mujer del demonio, terca e inconsciente.
       Mis chicos ya lo hacen Gabriel, sólo podemos esperar.
Una hora más tarde.
       Señor, han localizado la señal GPS del móvil.
—    ¿Dónde la sitúa?
—    En el Gran Pozo MTDE.
       Llevadme hasta ella.
 

viernes, 9 de diciembre de 2016

La enviada


   

Mi nombre es Hipólito, soy el portero de unos cochambrosos apartamentos situados en la barriada del olvido, calle de la desesperanza, s/n, o lo que es lo mismo un subalterno mal pagado que realiza todo tipo de tareas para cuatro inquilinos más apurados que yo mismo. Me defino como un ser despreciable, carente de emociones y como recomendación os pediría que por favor no cometáis el nulo error de odiarme o recelarme, para vuestra desgracia no servirá de nada, mi coraza está salpicada en desgracia.

Disfruto por no decirlo de otra manera del mal ajeno, me complace ver como otros seres incurren en la fantasía de ver progreso, donde yo por el contrario vislumbro miseria y desaliento. Así pues, desde mi pequeña cabina, los observo como caen, lloran, sufren y esos sentimientos de pérdida constante, alimentan un alma negra y perturbada, la mía. 

Hasta que el juego cambió. Para que vuestras mentes logren comprenderlo os tengo que explicar la historia de Elsa, como ya he dicho no soy buena persona por lo que no juzguéis en vano mis actos guardaban sus razones. En aquellos momentos mis excusas eran valiosas armas y los propósitos que movieron las fichas un sustento para la oscuridad. 

Recuerdo la primera vez que la vi, entró en la barraca toda docilidad, de una naturaleza pétrea, un ángel venido a este mundo a amansar el dolor de otros. Me di cuenta enseguida que sería un problema, un futuro que había construido sólido y mordaz en manos de un alma noble.  

Flaqueza extrema, ropas anchas que en su intento de disfrazar mostraban más su delgadez. Un comportamiento huidizo, no me miró en ningún momento, por lo que pude recorrerla a placer. Entonces lo vi, un corte, un rosado y marcado corte en la muñeca derecha.  

¡Oh! Elsa, Elsa...
 
Una rápida firma en el contrato de alquiler y un mundo desaparecido.  

Nunca salía del apartamento, al tiempo lo comprendí. Un tipo osco y desnaturalizado rondaba por la zona, enseguida supe que era peligroso. Pues yo que me regocijo viendo el dolor que se infligen otros, nunca he sobrepasado esa línea invisible que marca la de un trastornado a un sociópata.
Estaba claro que el tipo era impulsivo, inestable y guardaba dentro de él mucho odio. Odio que no había más que reparar, poseía nombre y apellidos.  

En ese momento es cuando cometí la primera falta, no pude controlarme, durante días prometo que intenté acallar las voces que en mi cabeza me incitaban a ello, pero un día no las aguanté más y obré. Requería silenciarlas.

Me acerqué a él, le invité a un pitillo, bocanada a bocanada no dijimos palabra alguna, una vez consumida y lista mi marcha. Lo dije. 

Apartamento 999. 

Curioso número pensaréis, pero no, la intención desde el principio fue justo esa. 

A partir de ese momento, día tras día, el tipo se colocaba delante la puerta de Elsa a esperar su premio, unas veces aporreaba la puerta con insultos y alguna que otra vaga amenaza, otras simplemente aguardaba allí creyendo que ella al no escuchar ruido saldría, pero no, siempre se mantenía escondida. Persianas bajadas, silencio mortífero, ciertamente no estaba disfrutando del proceso. Esperaba mucho más de todo aquello.  

Por lo que tuve que intervenir de nuevo y así cometer la segunda falta. Siendo francos todo aquello de mancharme las manos me tenía en vilo, unas veces sentía que traspasar la línea era toda una proeza que me estaba aliviando de la pesadumbre que corroía mi alma, otras una moral que hasta la fecha desconocía me susurraba que no debía avanzar, que frenara antes de que el goce fuera irremplazable.  

Voces interiores gritaban ¡Regresa! ¡Regresa! Pero no lo hice.  

— Señor, ¿sucede alguna cosa? 

Al advertirme se puso nervioso, casi parecía un crío, un sudor le anegaba frente y cuello, haciendo que el espectáculo fuera realmente asqueroso.  

— Ah, no, no. Es mi novia que… hace días que no sale del apartamento, ya sabe… bueno, estoy un poco nervioso. ¿Cree que podría abrir la puerta? Sólo es para comprobar que está bien, nada más. Por seguridad. 

— Sólo puedo hacerlo si realmente existe un peligro, ¿cree entonces que existe algún riesgo? O por el contrario, ¿existirá? Si es así podría abrir la puerta, pero debería darme una propina, ¿lo comprende no? Sólo soy el portero de este sitio, no puedo tomarme según qué licencias...  

Con el billete en la mano me vi el ganador de la partida. Ciertamente ser el que encajaba las piezas del puzzle nubló el enorme ego que habitaba dentro de mí, pero es que la hazaña me estaba reportando una sensación de felicidad plena.
 
Abrí la puerta, lo que encontré dentro sin duda no era lo que esperaba. 
 
 
 

Allí estaba. Estudiándome fijamente con una mirada severa, su figura antes etérea se había desdibujado para descubrirse ante nosotros con unas cinceladas alas negras que se abrían haciendo de todo aquello un digno espectáculo. Y me esperaba, pues así me lo hizo saber.  

— Por fin te dignas a entrar Hipólito. Sabía que llegaría el día, cuando encontraras una presa tan frágil como la imagen que habías gestado de la condenada Elsa, traspasarías la línea y obrarías con todo el mal que anida en ti. Ahora dime, que pensabas hacer esta vez, ¿mirar o actuar? 

— ¿Qué… qué… es todo esto? - no logré articular más palabras.

— ¡Qué lástima! ¿Viste Ángel? No lo vio venir. Se las ha dado toda su vida de analizar el entorno y esta vez ha sido justo éste el que se lo ha engullido. Siéntate, la tarde será larga querido y tenemos mucho que contarnos. Para empezar, la primera vez que nos vimos.

Miles de imágenes empezaron a pasar por mi cabeza, buscando algún recuerdo que me llevara hasta ella, pero sólo recordaba la firma del contrato, nada más. Veía el rencor, un resentimiento que sin duda iba a terminar conmigo. Sólo quedaba saber más, por lo que la escuché, no abrí boca, ni siquiera cuando Ángel sacó una alforja repleta de artilugios que parecían de otra época, sabía lo que me deparaba pero no tenía miedo, es más, iba a gozarlo. 

— Adelante… explícate.  

— Veo predisposición por tu parte, está bien, no esperaba menos de ti, así que no te haré esperar, empecemos. La primera vez que nos vimos tenías diecisiete años, vivías cerca de aquí, noto que sigues sin reconocerme, he cambiado desde entonces y también he hecho por modificar mi imagen, pelo, ropas, poses, ¿crees que quería ponértelo fácil? ¿No? Vaya que callado, está bien, sigamos… me gustaba verte desde la otra acera, como analizabas y controlabas a las personas que pasaban por este repugnante sitio, su sufrimiento era un bálsamo para tu alma. Y eso amigo, me llenaba de una curiosidad insana, a la vez por no decirlo de censura. Así que me obsesioné bastante con lo que representabas, hasta tal punto que investigué tu infancia, colegios, institutos, por donde hubieras pasado allí estaba yo libreta en mano haciendo preguntas, buscando algún trauma, razón o excusa que pudiera hacerme comprender tu forma de actuar, pero no, no encontré nada. Eres simplemente así, un ser oscuro. Una vez entendido eso, decidí que tenía que buscar la manera de hacerte salir del escondite, piensa Hipólito, piensa, ¿quién soy? 

Se quedó observándome en silencio, esperando una muestra de comprensión, simpatía o reconocimiento, no negaré que ya había averiguado de qué se trataba, pero quería verla encolerizar, eso me proporcionaría fuerza en esta batalla perdida.  

— Te tenía por alguien más inteligente, en fin… tanto tiempo preparando esto para ti, para ver que le pones tan poco entusiasmo. Todo esto hace que me aburra, Ángel cariño, haz que sufra un poquito, ¿quieres?  

De la alforja sacó unas tijeras con una punta corva, en ese momento juro que sí, me asusté, al fin y al cabo no tenía el alma tan muerta como creía.

— ¡Te recuerdo! ¡Te recuerdo! 

— ¡Oh! ¡Vaya! Pareces un animalillo asustado, está bien, lo de cortarte a cachitos lo dejaremos para más tarde, ¿te parece? 

— Sí, sí, por favor.  

— Bien, entonces dime lo que quiero saber.  

— Te veía siempre en la otra acera, sola, sin nadie alrededor. En su momento pensé que eras una presa perfecta, si hubieras vivido en mis dominios, pero teniéndote lejos no podía vigilar todos tus pasos, horarios, así que dejaste de interesarme rápidamente.  

Se acercó a mi como un gatito sumiso y me propinó una bofetada que me hizo sangrar el labio, sin duda el poco caso obtenido en un pasado la había enfurecido.  

— Así pues, ¿no te parecía interesante? 

Sentí que ganaba territorio por lo que seguí mostrándome desinteresado. 

— Como ves, no. 

Bajo pronóstico y con un autocontrol absoluto siguió como si nada.  

— Es una pena, juntos hubiéramos llegado lejos. Me sorprendió gratamente que solicitaras este puesto de trabajo y decidieras quedarte por la zona, ha hecho mucho más fácil mi tarea. Y ha demostrado lo que siempre supe de ti. Así que sólo queda por saber una cosa y es tu confirmación, ¿has traspasado la línea?  

— Antes de contestarte necesito que me lo digas, ¿qué eres? 

— Soy tu ángel de la guarda, siempre he estado cerca de ti, un ángel vengador que rompe con el mal que habita en los humanos y ahora contesta. ¿Has traspaso esa línea? 

— ¿Qué será de mí? 

— Ya hemos perdido mucho tiempo, ¿no crees? Sabes perfectamente que este es tu fin. ¿Y bien? 

— Sí confieso, la he traspasado.  

— Entonces que así sea. Desde este momento la vida que conociste dará a su fin, a partir de ahora deberás buscar a iguales y condenar sus faltas, pues esta será la única manera en la que lograrás redimir y salvar tu oscura alma.   

 

 

lunes, 21 de noviembre de 2016

El primogénito (versión extendida)





Podéis creer o no, lo que sí os confirmo es que si seguís leyendo perderéis esa opción, la de elegir.  

La finca de mis antepasados es una edificación añeja. A parte de mis abuelos, habitan en ella, humedades, ratas y sonidos que son imposibles de identificar, pero que han logrado perdurar en el tiempo y a su manera formar parte del mobiliario. Sillas que se arrastran, canicas que caen, un frío que hiela la sangre depende que sala.   

En el pueblo se la conoce como la casona del pacto, yo siempre creí que eran tonterías de gentes retrogradas, con poca cultura, que se aferra con mano de hierro a sus creencias. Ya no.  

Hace unas semanas recibí un mensaje de mi madre, me pedía que fuera a cuidar de los abuelos, no se encontraban bien. Puesto que mi vida está en un stand by infinito, era sin duda la persona idónea para el cargo. No lo pensé, ni valoré, necesitaba un cambio inmediato, por lo que actúe con un ansia desmedida. Mis prisas me la han jugado y ahora sé que todo aquello era una trampa urdida con un fin que no permitía replica.   

Nunca llegué a comprender porque mis padres no los sacaban de aquel sitio que se deterioraba junto a ellos, al fin y al cabo disponemos de una de las grandes fortunas mundiales. Ponían excusas de lo más cutres, nadie querría por decisión propia vivir de esa manera, sentí que los tenían relegados y abandonados así que acepté, llevaba tiempo sin vida a parte de un sofá que ya era poco cómodo y un televisor sin programación.  

Nada más llegar vi a unos ancianos activos y saludables, supuse que se trataba de una llamada de atención y yo podía iniciar mi transformación dándoles cariño.  

La vida allí era tranquila, no diré que aburrida porque venía de otra que daba realmente pena. Mis abuelos irradiaba un halo de luz esplendida, mérito mío pensé, ¡Ja! Iluso, siempre fui el más tonto de la familia. Pero yo en mi momento de ego inalcanzable no veía más que les hacía bien a unos pobres ancianitos. Si fui consciente de una cosa y era de la prisas que tenían porque aprendiera el funcionamiento de la finca, donde cortar la leña, las fechas del cultivo, el cuidado de los diferentes animales, que comían, como limpiarlos, hasta los partos. De la casa, se mezclaban las tareas de mantenimiento con realizar pequeñas y grandes obras, a latas de conserva y limpieza en general. Todo aquello me sobrepasaba en conocimiento, pero les veía tan ilusionados que cada día les atendía y dejaba que hicieran conmigo lo que quisieran.  

En pocas semanas ya controlaba la finca, mis manos empezaron a ser callosas, no me doblegaban las tareas a realizar, podía alimentarme sin necesidad de nadie, la verdad sentí orgullo propio. Me estaba haciendo un verdadero hombre. Me chocó que los abuelos paulatinamente fueran perdiendo interés por mí, contra más conocimiento adquiría menos atención recibía.  

Justo en ese momento fui consciente de la verdad, no había ido a salvar a nadie, sino a mí mismo. Era yo el que requería de atención urgente, mi soledad se había vestido de ansiedad por ser útil para alguien. 

Y esta misma camisa de necesidades me obligaba a buscarlos cada día con angustia, algo dentro de mí debía estar notando que una pieza del puzzle no terminaba de encajar. Por el contrario ellos se quejaban de mi dependencia y cada vez me costaba más encontrarlos, casi parecía que jugáramos al escondite. 

Hasta la mañana de la nota:  

<Hijo, compréndelo. Existe un pacto en nuestro linaje, éste exige que un primogénito perdure en la finca, así el resto goza de sus frutos.
Te lo encomendamos a ti.
¡Ah! No intentes salir, morirías asfixiado o peor exiliado en las sombras. Nosotros estamos bien, no nos busques.> 

Nada más, al parecer no merecía más explicación que esa. Una broma de mal gusto, que me sentó francamente mal.  

Subí acelerado a la habitación y llené el macuto con las cuatro pertenencias que tenía. No encontré las llaves del coche, ni tampoco el coche. ¿Sería posible que también me lo hubieran robado? Pero no iba aguantar por más tiempo en ese sitio, tenía que avisar a mis padres, los abuelos no estaban en sus cabales, decidí que iría al pueblo andando, los esperaría en el mesón, depende la hora hasta comería y luego volvería a lo que un día llamé vida.  

Con lo que no conté es que algo muy extraño pasaba, cada vez que me acercaba al portón de la valla, ésta se alejaba más y el aire en mis pulmones se esfumaba. Tonterías pensé, el disgusto porque me rechacen hasta mis propios abuelos. Pero fueron pasando las horas y la situación era la misma, yo acercándome, la puerta alejándose y el aire que llegaba a mis pulmones ya ni era una boqueada. No podía seguir, me sentía desfallecer.  

Dentro de mi lógica empecé a valorar que verdad habría en aquella nota, desde luego la broma estaba perfectamente ejecutada, pero para todo existe una respuesta sólo tenía que buscar la trampa.

A la mañana siguiente intenté volver a salir, pero sucedió lo mismo, más andaba, más lejos estaba la salida, mi respiración como la de un asmático, eso no estaba bien. Recorrí toda la finca buscando una salida, pero aquello era imposible.  

Estaba realmente asustado. Por no decir que me acojonaba que también fuera verdad lo de las sombras, en pocos días adquirí una visión camaleónica y no había punto que no observara al escuchar cualquier sonido.  

Todo aquello me hizo sentir como un ser fracasado, utilizado por un propósito monetario, era un instrumento para que otros vivieran a cuerpo de rey. No podía permitirlo, llegados a este punto me importaba muy poco lo que me sucediera, pero tenía algo muy claro y es que la ofensa la iban a pagar todos.  

Aún recuerdo la última noche, pasé el día bastante tranquilo, sólo algunos nervios de última hora promovidos por aquello de no saber que esperar. Pero nada que pudiera superar mis ganas de venganza. Me quedé esperando a que el sol desapareciera sentado en los escalones de la terraza. Una pena que no tuviera el suficiente tiempo para arreglar el que flojeaba, después de todo algo bueno había sacado y es que me había vuelto un auténtico manitas. Cuando ya estaba oscuro como una cueva de murciélagos fui en busca de las sombras.  

      ¿Hola? ¿holaaaa? ¿Hay alguien ahí? Sé que estáis aquí, os escucho murmurar. Va, salid por favor, tenemos que hablar.  

De repente se escuchó un carraspeo de ultratumba seguido de una vocecilla de un timbre agudo que para nada validaba el sonido anterior, aún hoy me pregunto si el que habló era él o ella. 

      Muchacho, ¿eres consciente que todo esto es un poco extraño? Deberías estar muerto de miedo y escondido en cualquier rincón.

      Si, ya me lo imagino, pero me mueven otras metas y urge que hablemos.

      Si nos haces perder el tiempo, habrá represalias.

      Estoy seguro de que saldréis muy favorecidos.

      Entonces, dinos. ¿De qué quieres hablar?  

Esto último lo dijo en un tono de grillo irritado, intenté concentrarme en el asunto no quería estropear más mi destino.

      Es sobre el pacto, he estado haciendo números y está totalmente obsoleto precisa de nuevas y mejores reglas. ¿Cuándo se realizó? No recuerdo ninguna generación de mis antepasados que no fuera rica, estoy seguro que habéis salido perjudicados. Un alma para extra alimentar a cientos de ellas, ¿no lo veis?

Se escuchó un clamor que afirmaba mis palabras. 

      Fue culpa de nuestro antecesor era demasiado blando, por suerte el de arriba lo quiso para él, creo que ahora se dedica a pintar alas.

      Pues va siendo hora de cambiar los tratos.

      Primero dinos, ¿qué es lo que ofreces?

      Finalizar de una vez por todas con esta alianza.

      Te hemos avisado, no nos hagas perder el tiempo. – dijo bastante enfadado.

      De verdad que no es mi intención, dejad que termine de exponerlo.

      Adelante, sigue.

      Ofrezco a toda mi familia a cambio de que el trato que una vez se firmó desaparezca.

      ¿Estás seguro de lo que dices?

      Sí, creo que va siendo hora que aprendan a moverse por otro tipo de intereses y si vosotros cumplís vuestra parte, tendré toda la vida para enseñarles.

      Te diría que no, pero ya son demasiados siglos sin vacaciones y estamos muy agotados. Así que...


 
Epílogo 

Han pasado tres años, al principio no se tomaron muy bien el cambio pero después de que la tozuda de tía Gertrudis muriera asfixiada, vieron que no había nada que hacer, desde entonces cada uno realiza sus tareas en la finca sin rechistar y me idolatran, como corresponde. 

Soy el que maneja los hilos, y no voy a negar que desde que realice estas pequeñísimas modificaciones, todas las carencias que un día tuve han desaparecido.

No he vuelto a sentirme ni solo, ni poco querido. Ahora sí que soy el primogénito.







 



 

 

Este relato se lo dedico Ramón Márquez Ruiz de Seres de Luz Blog y David Rubio, es por ellos y gracias a su maravillosa idea por la que he desarrollado unas cuantas líneas de más a esta historia El primogénito, ;)