Parece mentira, que yo, fielmente sierva del Grinch, me vea
escribiendo una entrada de retroceso, en la que la cercanía de la Navidad nos
acoge en sus garras y con ella no solo muestra los buenos propósitos, sino los
errores cometidos.
De tanto en tanto me dejo acoger por el silencio, los que me
leéis desde hace tiempo, bien que lo sabéis, me resguardo en un mundo interior
del que la emoción se mantiene latente, pero privada. Vendría a ser algo así
como la necesidad de un duelo, y no logro o alcanzo sobrevenirlo si no es en
soledad.
Seguramente y lo entiendo, vaya si lo comprendo, estas pausas hayan causado molestia, enfado o
incomprensión por eso os pido disculpas, la primera entrada después de tanta
carencia, dije todo lo contrario, que no las pediría, pero erré, porque no se
trataba de pedir disculpas a vosotros sino a mí misma. Como sabéis soy muy de
flagelarme. Por eso, y también porque no me importa rectificar, darme cuenta
cuando me equivoco, ni siquiera afrontar la realidad de una elección inexacta,
pero ante todo hay una cosa que no podría soportar y es provocar dolor con algo
tan bello como la palabra.
Y es que la escritura libera, pero a veces también muestra y
eso que nos es enseña es corrosivo, doloroso. Aviva un tipo de sufrimiento que
se resguarda en la emoción y bloquea el paso de tal manera que uno no alcanza
caminar y seguir, haciendo que se pregunte, ¿seguir el qué?
Cuando abrí el blog, madre
mía, parece que haya pasado una eternidad y no es así, fue en el año 2015,
la intención del mismo, si esta existía, fue la de hacer pequeñas reflexiones,
eso me llevó a conocer un mundo totalmente nuevo, amplio y si de algo estoy
cien por cien segura maravilloso, he
sido muy afortunada al toparme con todos vosotros los que estáis y los que por
una razón u otra ya no están tan presentes. Para lo que no lo sepáis, me costó
mucho tirarme a la piscina y abrir el blog, casi ni lo hago, si no llega a ser
por mi gran amiga Maria creo que esto no llega a suceder, no puedo saber si me
hubiera arrepentido porque lo que no se vive no puede echarse de menos, pero lo
que sí sé, es que hubiera sido un gran error. Poco a poco fui introduciendo,
cuentos, relatos, poesía y hasta fijaros que valiente puede ser una:
alguna reseña de libros, eso hizo que las reflexiones fueran quedando
apartadas, silenciadas, para la introspección privada, solitaria. Ya no se
desmenuzaba el dolor, se quedaba allí, segregado, latente, en la oscuridad más
amordazada.
Sé cuáles son mis faltas, también soy consciente de mi
carácter, de mi forma de actuar, de los errores cometidos, de lo que puedo
mejorar (y de lo que debo) uno de mis mayores problemas (vaya sí lo es) la
timidez y el bloqueo que esto supone, si a eso le sumas la crítica y terquedad
que habita en mí (como buena capricornio), lo hace, porque no decirlo, todo más
complicado. También puedo decir que soy emocional, cínica, que me rio de mí
misma e intento tirar balones fuera a todo lo que se aprecia insustancial,
aunque a veces no lo logre. También sé que a mis 34 años me sigo emocionando
como a una niña, a veces excesivamente infantil, otras muy soñadora en la que
agradezco y aprecio el cariño, también conozco el miedo, aunque no deje que
este se visualice, creo que si se reciben malas noticias, si no se habla
constantemente de ellas, no se les da valor, importancia, nombre, éstas a larga
fenecen.
Por eso hoy quiero hablaros del 2018, porque cuando algo ha transitado,
asimilado, debemos liberarlo, hay etapas en la vida en la que las buenas
intenciones, la visión positiva, el restar importancia, el seguir, forma una
extraña y perturbadora bola que uno no puede digerir, no sabe lo que sucede,
pero siente que algo no va bien, nota inestabilidad, falta de algo que no tiene
nombre, a la vez que sobran muchas otras y es entonces cuando con todas estas
emociones dispares, hay una crisis. Uno se sobrepasa. No sabe gestionar
correctamente los tiempos, en eso como sabéis, soy una experta. Para mí
ese año e inicio de este, fue eso, un exceso de un todo y un nada, de una etapa
no cerrada. Y es que cuesta decir adiós a las personas que amamos, darse cuenta
que ya no volverás a estar con ellas, que ese hecho te deja muy adentro una
brecha que el tiempo disimula, pero no cura. Esa es la encargada de que tu
carácter, tus faltas, se agraven o difuminen, se contemplen desde fuera y
digan: estás herida. A partir de ahí sobre ti se ciernen miedos que
desconocías, y constantemente te recuerdan que es difícil liberarse de ellos. Y
es que ese dolor siempre ha estado allí, dormido, profundo y relegado; pero
allí. Perdí a mi padre muy joven, demasiado, en un momento donde la
adolescencia brota cruel, donde uno no es consciente de lo efímero del tiempo.
Pero no quiero, ni la intención de esta entrada es que su recuerdo se empañe,
no se lo merece, él no. Todo lo contrario, solo visualizarlo me arranca una
sonrisa y hace que mi alma brille con alegría. Así que os explicaré que a partir de
ese momento, en mi familia llevamos un control un poquito más exhaustivo, de
ahí mi fobia a los médicos, (siento si hay alguno por aquí, pero no puedo
evitarlo) la cuestión es que hace unos cuatro años, el resultado de éstas fue negativo, y terminé con un pase exclusivo a salas de espera, pruebas, médicos y tiempo, acabó bien, muy bien, solo tengo que
seguir con los controles anuales, como todo el mundo, así que todo está
perfectamente. Pero los meses de incertidumbre, de comerse la cabeza, de pensar
y visualizar el peor escenario. ¿Alguien sabe parar esos pensamientos
negativos? Yo no.
Lo que sucede con las brechas no cerradas es que llega un
día que de repente aun habiendo pasado mucho tiempo, se despiertan con un solo zas, que te dice: sigues herida. Pueda
que suceda en un momento que sientas estrés en el trabajo, poca o nula gestión
de tiempo, has recibido algún input negativo, o cualquier cosa, la más insignificante
que puedas imaginar, pero eso hace que vuelvas a caer. Soy consciente de que esa
etapa nunca podré cerrarla, no solo porque forma parte de mis vivencias, mi
identidad, es más, porque nació del verdadero amor; lo más bello que tenemos.
Pero sí puedo decir que se puede trabajar, aprender a gestionar esas caídas, conociendo,
interpretando y admirándonos bien adentro, sin prejuicios, sin el recelo de ver
más allá, no esperando lo correcto, porque nada lo es, ahí uno, en cierta
manera puede anticiparse, liberarse, respirar.
Por eso siempre recomiendo la palabra. Escribir un diario, llevar
una libreta encima en la que se puedan apuntar frases, ideas, tonterías; ayuda.
Porque la palabra, es, eso: sanadora.
No hay que temer lo que nos muestre, al final, lo único más aterrador que
podremos visualizar será nuestro propio reflejo, y eso tampoco puede ser tan
malo, ¿no? ;) Y sobre todo si uno necesita ayuda, porque no consigue
gestionarlo, que la pida. Sin miedo, ni vergüenza.
Perdonad por la largura de esta divagación, termino, ya
¡palabra! Llega diciembre, familia, amigos, comida, regalos, más comida, amor,
empacho... En mi caso puedo decir que se termina un año del que me siento bien,
más completa, más certera. Más yo que nunca. Tanto yo, yo, yo (¡qué egocéntrica!)
me delata, ¿no os parece? Creo que mis letras se están dibujando hacia una
nueva etapa que cada vez veo más real, concibo un algo que no hoy, ni mañana,
pero sí un quizás, una posibilidad que está latente. Gran parte de este más, es sin duda gracias a vosotros,
vuestra comprensión, afecto. Y vuestras manos que acogen maravillosamente en
este camino. Y no es por nada, pero a mí las manos, me encantan, :)
Os mando un gran abrazo cargado con todo mi cariño, y os
agradezco que me permitáis autodescubrirme, aprender, mejorar y ser libre en
este pequeño gran mundo en el que tantos transitamos.
Ahora es cuando lo estropeo, pero permitídmelo, no, mejor: ignoradme, no lo puedo evitar:
Mil gracias de corazón: David Serrano Ramal, Pedro Fabelo, Marta Navarro, Mirella S.,
Miguel Pina, Rosa Berros Canuria, KirkeBuscapina, Marigem, Mamen Piriz García, Francisco Moroz, Josep Mª Panadés, Estrella Amaranto, Chelo, I.Harolina Payano T., David Rubio Sánchez, María Pilar, Emerencia, Miry Calabrese,
Raul Ariel Victoriano, Hola, me llamo Julio David, Javier Rodríguez-Morán, Yessykan, Dulcinea del Atlantico, Conxita C., Conchi, Pepe,
El Baile de Norte, Paola Panzieri, Tara, Mila Gomez, Bruno, Julia C. Cambil, Auroratris,
María Delgado, Jorge Valín, Alma de gato..., y a todos aquellos que aunque no estén tan
presentes, les guardo un gran aprecio, pero sobre todo admiración.
Besos, y abrazos.







