La primera vez que
la vi lo supe. Fue un flechazo, no hubo palabras, no hicieron falta. Algo
dentro de mí se despertó con una fuerza desesperada y desde ese momento, la
necesité. Ella no se dio cuenta tan pronto o quizás no quiso hacerlo. Pero la
verdad es que poco importaba, el hambre que yo sentía era más fuerte que la
poca predisposición que ella pudiera poner. Coleccioné todo de Marta, sus
gestos se convirtieron en el fetiche de nuestra relación. El que más me gustaba
era su extraña forma al sonreír. Cuando algo le agradaba fruncía el labio de
una manera muy peculiar, si no la conocías ese tic podía parecer otra
cosa y luego llegaba aquella preciosa y amplia sonrisa. Mi sonrisa. Porque todo
de ella era mío, desde entonces y para siempre. Ya había habido otras, pero
ninguna igual. Lo sabía, no tenía dudas.
Coincidíamos en la
cafetería del centro comercial cercano a su casa. Marta pedía un té con leche,
yo un café largo. Ella leía un libro, yo escribía en mi libreta todo lo que
quería hacerle. Aquellos silencios eran agradables, en aquel momento compartir toda esa intimidad hacía que me sintiera completo, no podía pedir más. Y sabía
que ella sentía lo mismo, se la veía relajada, feliz.
Al tiempo hubo
pequeños cambios, la moda animalista llegó con fuerza y
permitieron la entrada de mascotas, me pareció una desconsideración para los
clientes habituales, pero aun así seguimos yendo cada tarde. Hasta que lo
descubrí, me lo había estado ocultando y no me lo mostró hasta entonces, tenía
un perro. Un perro. Soy alérgico al pelo de esos animales y ella debía haberlo
sabido, yo conocía todo de nosotros, por el contrario Marta me había estado
escondiendo a esa cosa. No me gustó,
no podía consentir secretos entre nosotros. Todas las relaciones fracasan con
la mentira y la nuestra desde ese momento dejó de ser tan idílica, me había
fallado. Intenté acercarme para mostrar el desagrado que sentía, pero me
ignoró, como siempre que intentaba que profundizáramos. Esa desconsideración
fue la que lo desencadenó todo.
No podíamos
compartir asiento en la barra, cada vez que me acercaba empezaban los picores y
estornudos, entonces ella me miraba sin comprender que hacía yo
allí. Ya no existían los silencios ni la intimidad, los tenía con ese animal que
estaba alejándonos de nuestro maravilloso idilio. No podía permitirlo, no podía
dejar que todo lo que habíamos creado terminara de esa manera, toda la culpa la
tenía ese asqueroso chucho. Así que
aquella tarde decidí no ir a nuestro templo, esperaba que me echara de menos
tanto como yo lo hacía, con la misma desesperación. Al salir del trabajo la
esperé durante horas en la puerta de su casa, allí sentado, en el primer
escalón. Medité como arreglar todo lo que se había roto, apareció y nada más verme lo supe. Su cara no era placida,
tenía un punto de terror en la mirada que paradójicamente en vez de molestarme, me
excitó.
―Hola cariño, te
estaba esperando.
―¿Cariño? Disculpe,
usted… ¿Lo conozco? Un momento, sí, es, es… ¿No es el de la cafetería? ¿Qué
hace aquí? Quiero decir, ¿cómo sabe dónde vivo? ¿Qué hace aquí? ¿Qué…?
Divagó y me
preguntó tantas cosas a la vez, se la notaba nerviosa y eso para mis ojos la
convertía en alguien más exquisito. El pánico rondaba sus facciones, el rictus
de su sonrisa era frío y distante y yo necesitaba que me recibiera como
merecía, quería ver el fruncido. Mi sonrisa. Empecé a alterarme y cuando eso
pasa no soy la persona encantadora que tanto la deseaba, me convertía en un
hombre peligroso y cruel.
―¿Así vas a
recibirme? ¿Así?― Exigí humillado y despreciado.
―Pero, pero… es que
no sé qué hace aquí. No lo conozco. Mire lo mejor es que se marche, por favor,
váyase y le prometo que no llamaré a la policía, ¿de acuerdo?
―¡A mí no me hables
así! ¿Cómo te atreves si quiera? Llevamos meses juntos, compartimos cada puta tarde.
Empecé a descontrolarme y lo notaba por como me miraba, con miedo, sí, con terror y
angustia y ya no podía hacer nada, solo hacerla mía. Todo lo que había apuntado
en la libreta, todo lo que había deseado hacerle, esa noche era nuestro
momento, no teníamos más opciones. Debió notar el cambio, las respiraciones mudaron, la urgencia crispó en el aire allanando el cercano desenlace.
Y entonces cometió la peor decisión de su vida, huir de mí. Es cuando el juego
empezó, dejó de ser mi amada para convertirse en mi presa.
Tres días más
tarde.
―Señor Fernández,
disculpe, quería comentarle que quizás la idea de traer mascotas a la cafetería
no es buena idea. Desde que instauró la nueva norma muchos de los clientes fijos han ido
fallando. Por ejemplo, se acuerda de aquella pareja tan extraña, la que llegaba
junta pero no se dirigía la palabra en ningún momento, pues él hace cuatro días
que no aparece y hoy será el tercero para ella. Señor Fernández, ¿me está
escuchando?
―¡Dios mío, chico!
Lee esta noticia.
<El asesino en
serie apodado el Fetiche ha atacado
de nuevo. A primera hora de esta mañana en la Comisaría Central han recibido una
carta anónima, ésta informaba de la localización del cuerpo. Varios
Agentes de la Ley se han personado en el Parque del Estanque para comprobar que la
información recibida era certera. Allí efectivamente han encontrado el cuerpo sin vida de
Marta Gutiérrez Barrobes, de 28 años. El modus operandi confirmaría que
podría tratarse del Fetiche,
siendo para este vil asesino su cuarta víctima. Las condiciones
en las que han hallado el cuerpo han sido desoladoras para la familia. Los
Agentes solicitan cualquier tipo de información de la que se
disponga, exigen máxima colaboración ciudadana. Por ahora lo único que se conoce y así lo han confirmado familiares y
amigos, es que la víctima no tenía pareja estable…>
―Es la chica, es
ella… ¡La de la fotografía es ella!
―Llama a la
policía, ¡debemos avisarlos! ¡Ahora mismo!
Relato presentado en el: EL TINTERO DE ORO, concurso literario mensual.