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viernes, 21 de junio de 2024

La inclemencia de la elegida

 


Al verla un fuego interno coreó súplica, rompió, retumbó miseria. Una contemplativa que anidaba temor al balbuceo, de no ser capaz de expresar ninguna frase coherente, de avergonzarme más de lo que estaba en su presencia. Exquisita representación que se efectuaba en mi cabeza, adulada por la noche, visualizaba los aleatorios escenarios. Tú y yo. En el crepúsculo abrigado por la posibilidad, como telarañas invisibles. Nunca nombrada, era pecado, secreto que solo concebía el deseo de hacerlo, apetito que no saciaría esta obsesión en la que se celaba anhelo. Hambre que no es permitida aplacar.

<<Me viste, sí, lo hiciste>> Pero ajena miraste en otra dirección, una opuesta a este místico conjunto. Nunca comprendiste lo que es la verdadera indigencia. Fatalidad de una pasión no correspondida, inaccesible perdedor de aquel que siente el todo y le corresponden con vacío. Castigo. Encogimiento que obtuvo burlas, cosquilleos de sentimientos nunca formulados. Y ahora, en esta sala deshabitada, en aquel remoto pasado, exiges una clemencia que no te pertenece. Ruegas amor por nosotros, por mí. No sabes que solo soy un proscrito. Un ser no reconocido al que robaron sus dones. Un día fui el todo, nombrado como Arcángel Chamuel, a él debiste implorarle piedad.


sábado, 18 de enero de 2020

Cielo oscuro


Me desboco en el desconsuelo, en la necesidad y plenitud de verme arrastrada hacia tus sombras, grietas que cosechan incertidumbre, desconsuelo, hambre. Alimentándonos, devorando, codiciando. Sujeto entre mis dedos la ilusión de una prosperidad que no albergamos, que no nos reconoce, que se desvanece cuando creemos contemplarla. Y yo, yo simplemente recurro a ti, a la inestabilidad que me proporciona este nosotros. Araño con la firmeza del desconocimiento al saber que no aguarda más que miseria, que el culpable de esta desdicha que oprime y expira sus últimos alientos no son otros, sino una necia que espera misericordia. Tu risa, el calor de esas manos que acarician con tibieza y aun así embaucan con placer. Uno se vuelve egoísta ansiado sin medida ese apetito, recurriendo a él como una parte del todo, como un algo que embravece a esta corrosiva e impenetrable atmósfera. Y es allí entre los susurros de palabras vacías, arrebatos e inestabilidad, amanecemos en este, el nuestro, cielo oscuro.

No te quiero, no, tampoco anhelo que tú lo hagas, la vergüenza de este ahora que hemos creado es tan precario que el ansia de otros juegos se desvanece, oprime y exige realidad. Y quizás en este no nuestro hubiera permitido lo poco que nos otorgábamos, la nada pretendida. La necesidad se pagaba con más necesidad. El deseo nos engrandecía lo suficiente para hacer de ello una posibilidad, pero ahora que sujeto entre mis brazos a esta pequeña vida me precipito en el vacío de saber que si puedo hacerlo, amar. Una emoción que desvanece el egoísmo que tan presente y eficaz he arrastrado en el tiempo. Empiezo a no reconocerme, a mirarte y no ver a otro igual, a sentir que por un momento, un solo momento, puedo ser algo mejor. No para ti, ni para mí, pero sé, siento; que lo seré para él.
 



martes, 26 de junio de 2018

La sombra del recuerdo

Aguarda entre la bruma de aquella inhóspita y desencantada sala. Desconocidos sonríen sin comprensión, la soledad les aprisiona en su cerco. Quebranto del llanto y su desconsuelo que se desvanece entre posibilidades que fenecerán al alba, pero no importa, no. Ilusión pasajera, demorada por el fútil mañana sin nombre. El desahogo les prestará las alas para continuar. Mentiras e indigentes conversaciones, bálsamo para este tiempo que demora en segundos perdidos, copas y pausas mal asimiladas. El presente es lo único que les queda. Todos los movimientos obtienen la respuesta buscada. No hay sorpresas, es un camino conocido. La medida es la única regla a seguir. Allí solitarias almas esperan la señal. Una mujer cabizbaja, el pelo le tapa gran parte de la cara, pero se intuye un perfil agradable. Está sola. Y parece que nadie más que él se ha dado cuenta de ese detalle. El molesto humo de un cigarro hace bizquear a nuestro perspicaz caballero. Parpadea y ya no está. —No importa­— Puede tomar otra copa, lo percibe; hoy es su noche.




Un misterioso sonido lo dirige hacia la antesala. Ella, sí; su suerte de la noche. Un viejo tocadiscos que conoció de otros tiempos, despierta de su abandono con un leve gruñido; óxido, como todo lo que les rodea. Suenan los acordes de Floyd Lee y su desgarradora voz. Es entonces cuando empieza la íntima danza, lánguidos movimientos, cadencia, sensualidad que se pavonea. Solos, los dos, nadie más puede admirar la belleza de ese momento. Ella se gira y lo mira, sus ojos; brillan bajo los focos de la oscuridad y él como si de una fuerza inexplicable tratara se acerca fascinado. 

—Hola muñeca, te vi sola; en aquella mesa. —Señala la dirección. No hay esfuerzo, ni tampoco pretensión.

—Lo sé —asiéndole del cuello le susurra—No hablemos, hoy no; por favor. Muévete cariño y si te portas como yo espero, te prometo que esta noche nunca la olvidarás.  

Durante minutos solo se escucha la música, movimientos rítmicos, respiraciones que ansían su fin. La palabra aquí no ampara el recuerdo del todo, no es necesaria, ni útil. De repente es consciente de su suerte y la rectitud del miedo lo abriga con fuerza, los demonios son celosos, merodean en la inconsciencia, desalentados, truncados, acechan en la viveza y corroen en desapego, no puede perder esta oportunidad.  

—No vivo muy lejos. ¿Te apetece tomar la última copa en mi casa?

—Tienes mucha prisa. Estoy bien aquí, no debes preocuparte, yo ya te escogí; no iré a ningún sitio sin ti. 

No le preocupa que pueda leerlo con tanta facilidad, con un suspiro se recupera, mudando del malestar y conquistando de nuevo a la fortuna. Pero no lo entiende. ¿Por qué esperar? Desea besarla, acariciarla, tocarla y no lo hará en presencia de otros. Eso le pone nervioso. Hace muchos años que se siente así; perturbado, desubicado, solo.  

—Hace demasiado tiempo que estás aquí. —Le dice.  

Debe estar perdiendo facultades, no puede permitirse ser tan transparente, nadie debería verlo tan de cerca, ni saber quién es, sus pensamientos le pertenecen. Su oscuridad no es compartida.  

—Quizá, pero contigo sé que lo olvidaré todo. 

Con una risa le hace saber que no puede engañarla, que poco importa lo que diga o haga, ella está allí por las mismas razones. 

—Entonces, ¿por qué te engañas?

—No te entiendo, ¿qué quieres decir?

—Ya lo sabes. —Exhala pesarosa.

—No dime. —Algo le dice que no debería insistir.

—En fin, creí que esta noche no sería como las otras. ¿Lo recuerdas? Si, lo haces. No sé porque siempre lo niegas, nuestra justa sentencia. Cada madrugada lo rememoramos y más tarde simplemente desaparecemos. Nadie nos recuerda, no existimos, somos una pesadilla de un tiempo que se perdió entre sombras, con mentiras y angustia, un mal pensamiento. Estamos predestinados a revivir la misma escena una y otra vez, hasta que nos perdonemos y sabemos que eso nunca, nunca sucederá. Así que Carlos, hazme un favor; hoy no hablemos, por un instante solo quiero bailar.

—¿Cómo sabes mi nombre? ¿A qué estás jugando? ¡Suéltame! ¡Suéltame, joder! No sé de qué hablas. Te he dicho que me sueltes. Estás loca, ¡loca!

—Shhh… tranquilo, ya empieza. Atento, reconoce lo que hicimos.

 


La entrada del primer rayo de luz los volvió unos espectadores, ante ellos se proyectó a dos jóvenes que entraban en el bar, iban armados, sin ninguna lógica ni razón empezaron a disparar a todos los parroquianos, reían, chillaban, disfrutaban de la masacre, pero cometieron un error; una bala fue directa al conducto de gas y lo hizo explosionar. En ese momento la secuencia se precipitó, el crepitar del fuego lo corroyó todo a su paso, los gritos fueron la única seña de un tiempo en el que existió vida. 

—Hasta mañana querido amor, espero que llegue el día en que podamos decirnos adiós. 

  
Relato presentado en el: , concurso literario mensual.
 

lunes, 13 de noviembre de 2017

El último mensaje



Contemplo tus manos y me adentro entre sueños, es allí donde la necesidad grita. Suspiro, las miro, esas manos que tanto deseo, las imagino, etéreas, recorriéndome, impregnándose de la superficie; de mi piel. Retengo ese pensamiento y ésta se eriza en respuesta, no importa donde me encuentre acabo ruborizada. Es entonces cuando reviso el entorno, no quiero, no puedo delatarme. Desde tu regreso mis nervios están crispados, alterados, emocionados. El deseo es tan fuerte que a penas logro controlarlo. ¿Cómo hacer? ¿Cómo comportarme? No puedo, y sé, lo sé, estás con ella, la escogiste antes que a mí. Yo que te entregué el alma, pero no fue suficiente acabé relegada. Y no te culpo por ello, no, pero me lo prometiste no regresarías, nunca más volvería a verte y ahora de nuevo estás aquí. Y tus manos. Las evoco, a ellas, sí. Agarradas con fuerza y necesidad, viajando por el cuerpo que tanto deseabas, con qué rapidez la pasión se tornaba necesidad, aire, como ilusa de mí dejaba que hicieran todo lo que les placía. Yo era el tributo con el que te alimentabas. Pero era solo eso. Nada más. Más tarde llegó ella y todo cambió, las llamadas se convirtieron en breves mensajes y al tiempo el silencio era nuestra única seña. Te busqué; desesperada, me ofrecí; rebajándome, pero lo dejaste claro no era ella. Eso sí, y te lo agradecí entre lágrimas e impotencia, te compadeciste prometiéndome lejanía. Ahora has roto esa promesa, y yo, te admiro desde la distancia, aprisiono el recuerdo, entre los muslos; y suspiro. Cadencia, hambre, nostalgia de un pasado caótico.

El primer día de tu regreso ya me llegaron las noticias, volaron, vi maldad entre los murmullos, sonrisas complacientes, crueldad vestida de compañía. Intenté que no se notara, pero solo tu nombre ya es capaz de arrancarme el aliento y con él la vida. Lo supieron, y yo, no pude o no quise hacer nada para que no se me notara la inquietud. Eso todavía te pertenece, mi dolor, recuérdalo, será tuyo para siempre. No quise buscarte, ni siquiera intenté moverme por los mismos círculos de antes; los nuestros. Por temor a encontrarte, a verte, sabía que delataría a esos gritos que nunca fueron acallados. Porque nadie ha conseguido arrancar de mí las mismas suplicas. Y lo intenté, juró que lo intenté. Pero acabé conformándome con copias baratas, hasta yo me transformé en una de ellas. Imité sonrisas, conversaciones, gestos, pero toda aquella farsa no era suficiente. Y fue entonces cuando toqué hondo, no quieras saber de lo que fui capaz para olvidarte, no me hagas volver hacia atrás para admirar en lo que me convertí. Esa no era yo. Fútil copia capaz de cualquier cosa para extirparte de la piel. Ahora has logrado lo que no conseguiste la primera vez, que la odie. Esa inocencia que transmite, esa calma que respira. ¿Por qué a ella se la has entregado? ¿Por qué a mí solo supiste darme sufrimiento? Celos, ahogo, soledad. Nunca estaba completa. Ni siquiera cuando compartíamos sala. Necesidad y más necesidad, y tu voz reclamando, exigiendo todo de mí; todo. Disfrutabas de la ansiedad, te relamías y glorificabas, los dos lo sabíamos, nunca habría nadie más, solo tú. No nos mentíamos. Por eso ahora la detesto a ella y no a ti. Deberías ser tú el portador de todo el resentimiento, pero no puedo, por más que lo intento la lógica solo responde a que se ha quedado con la parte buena, mientras que yo solo conozco la escabrosa, la insana y el recuerdo de esas malditas manos que hoy todavía siguen aprisionándome el corazón.

Hubiera vivido con el silencio de ese odio lo prometo, pero lo estropeaste, no debiste enviarme ese mensaje fue demasiado para mi frágil aliento, no lo esperaba, ¿qué querías? No tenía nada que dar, todo te fue entregado. Golpeaste demasiado adentro, tenía que terminarlo, con eso, con nosotros, tenía que hacerlo; discúlpame. Sé que ella lo entenderá, sé que a la larga cuando no estés a su lado comprenderá por todo lo que yo tuve que vivir. Como a cada segundo que no disponga de tu presencia el aire dejará de entrar en sus pulmones. Y me perdonará por los dos, por ti.

Esta noche cuando nos encontremos seremos el pago, una sola moneda que entregaremos al barquero para que este nos conduzca al inframundo que tanto nos merecemos. Lejos muy lejos, con un último beso todo terminará. Entonces sé que por fin me alcanzará la paz. Y tú mi querido amor, poseerás lo que siempre mereciste. A mí.

Relato presentado en el: , concurso literario mensual.

jueves, 5 de octubre de 2017

La secuencia de Marta



La primera vez que la vi lo supe. Fue un flechazo, no hubo palabras, no hicieron falta. Algo dentro de mí se despertó con una fuerza desesperada y desde ese momento, la necesité. Ella no se dio cuenta tan pronto o quizás no quiso hacerlo. Pero la verdad es que poco importaba, el hambre que yo sentía era más fuerte que la poca predisposición que ella pudiera poner. Coleccioné todo de Marta, sus gestos se convirtieron en el fetiche de nuestra relación. El que más me gustaba era su extraña forma al sonreír. Cuando algo le agradaba fruncía el labio de una manera muy peculiar, si no la conocías ese tic podía parecer otra cosa y luego llegaba aquella preciosa y amplia sonrisa. Mi sonrisa. Porque todo de ella era mío, desde entonces y para siempre. Ya había habido otras, pero ninguna igual. Lo sabía, no tenía dudas. 

Coincidíamos en la cafetería del centro comercial cercano a su casa. Marta pedía un té con leche, yo un café largo. Ella leía un libro, yo escribía en mi libreta todo lo que quería hacerle. Aquellos silencios eran agradables, en aquel momento compartir toda esa intimidad hacía que me sintiera completo, no podía pedir más. Y sabía que ella sentía lo mismo, se la veía relajada, feliz.

Al tiempo hubo pequeños cambios, la moda animalista llegó con fuerza y permitieron la entrada de mascotas, me pareció una desconsideración para los clientes habituales, pero aun así seguimos yendo cada tarde. Hasta que lo descubrí, me lo había estado ocultando y no me lo mostró hasta entonces, tenía un perro. Un perro. Soy alérgico al pelo de esos animales y ella debía haberlo sabido, yo conocía todo de nosotros, por el contrario Marta me había estado escondiendo a esa cosa. No me gustó, no podía consentir secretos entre nosotros. Todas las relaciones fracasan con la mentira y la nuestra desde ese momento dejó de ser tan idílica, me había fallado. Intenté acercarme para mostrar el desagrado que sentía, pero me ignoró, como siempre que intentaba que profundizáramos. Esa desconsideración fue la que lo desencadenó todo.

No podíamos compartir asiento en la barra, cada vez que me acercaba empezaban los picores y estornudos, entonces ella me miraba sin comprender que hacía yo allí. Ya no existían los silencios ni la intimidad, los tenía con ese animal que estaba alejándonos de nuestro maravilloso idilio. No podía permitirlo, no podía dejar que todo lo que habíamos creado terminara de esa manera, toda la culpa la tenía ese asqueroso chucho. Así que aquella tarde decidí no ir a nuestro templo, esperaba que me echara de menos tanto como yo lo hacía, con la misma desesperación. Al salir del trabajo la esperé durante horas en la puerta de su casa, allí sentado, en el primer escalón. Medité como arreglar todo lo que se había roto, apareció y nada más verme lo supe. Su cara no era placida, tenía un punto de terror en la mirada que paradójicamente en vez de molestarme, me excitó.

―Hola cariño, te estaba esperando.

―¿Cariño? Disculpe, usted… ¿Lo conozco? Un momento, sí, es, es… ¿No es el de la cafetería? ¿Qué hace aquí? Quiero decir, ¿cómo sabe dónde vivo? ¿Qué hace aquí? ¿Qué…?

Divagó y me preguntó tantas cosas a la vez, se la notaba nerviosa y eso para mis ojos la convertía en alguien más exquisito. El pánico rondaba sus facciones, el rictus de su sonrisa era frío y distante y yo necesitaba que me recibiera como merecía, quería ver el fruncido. Mi sonrisa. Empecé a alterarme y cuando eso pasa no soy la persona encantadora que tanto la deseaba, me convertía en un hombre peligroso y cruel.

―¿Así vas a recibirme? ¿Así?― Exigí humillado y despreciado.

―Pero, pero… es que no sé qué hace aquí. No lo conozco. Mire lo mejor es que se marche, por favor, váyase y le prometo que no llamaré a la policía, ¿de acuerdo?

―¡A mí no me hables así! ¿Cómo te atreves si quiera? Llevamos meses juntos, compartimos cada puta tarde.

Empecé a descontrolarme y lo notaba por como me miraba, con miedo, sí, con terror y angustia y ya no podía hacer nada, solo hacerla mía. Todo lo que había apuntado en la libreta, todo lo que había deseado hacerle, esa noche era nuestro momento, no teníamos más opciones. Debió notar el cambio, las respiraciones mudaron, la urgencia crispó en el aire allanando el cercano desenlace. Y entonces cometió la peor decisión de su vida, huir de mí. Es cuando el juego empezó, dejó de ser mi amada para convertirse en mi presa. 
 

Tres días más tarde.

―Señor Fernández, disculpe, quería comentarle que quizás la idea de traer mascotas a la cafetería no es buena idea. Desde que instauró la nueva norma muchos de los clientes fijos han ido fallando. Por ejemplo, se acuerda de aquella pareja tan extraña, la que llegaba junta pero no se dirigía la palabra en ningún momento, pues él hace cuatro días que no aparece y hoy será el tercero para ella. Señor Fernández, ¿me está escuchando?

―¡Dios mío, chico! Lee esta noticia.

<El asesino en serie apodado el Fetiche ha atacado de nuevo. A primera hora de esta mañana en la Comisaría Central han recibido una carta anónima, ésta informaba de la localización del cuerpo. Varios Agentes de la Ley se han personado en el Parque del Estanque para comprobar que la información recibida era certera. Allí efectivamente han encontrado el cuerpo sin vida de Marta Gutiérrez Barrobes, de 28 años. El modus operandi confirmaría que podría tratarse del Fetiche, siendo para este vil asesino su cuarta víctima. Las condiciones en las que han hallado el cuerpo han sido desoladoras para la familia. Los Agentes solicitan cualquier tipo de información de la que se disponga, exigen máxima colaboración ciudadana. Por ahora lo único que se conoce y así lo han confirmado familiares y amigos, es que la víctima no tenía pareja estable…>

―Es la chica, es ella… ¡La de la fotografía es ella!

―Llama a la policía, ¡debemos avisarlos! ¡Ahora mismo!  
 
Relato presentado en el: , concurso literario mensual.


martes, 6 de junio de 2017

Epístola




Suspiro, cada vez que te veo, suspiro.
Encojo, cada vez que estás cerca, encojo.
Expreso, y sí lo creo, un día seré lo suficiente valiente para acercarme a ti y declarar este sentimiento que se expande muy adentro, convirtiéndome en una enfermedad precisada de extinguir.   

Llego tarde, como cada vez que no estás solo. Lo intento, alcanzarte, pero no lo logro, claro que no. Mi cobardía es más fuerte que el afecto que desprenden estos cuatro reglones.  

Vuelvo a suspirar, y me encojo, de nuevo, encojo. 

Mi espalda encorvada no es precisamente lo más llamativo de mi ser, pero aún así te escudriño. Me observas y en mi cabeza se recitan preguntas, ¿a qué estoy esperando? Pero no hay nada tangible entre nosotros para poder albergar futuro. Así que actúo, a tus espaldas, eliminando pruebas, alejando todo lo que impide que me ames como yo lo hago. Esta vez he ido demasiado lejos, lo sé, pero no podía permitirlo, no. 

El amor que siento es tan fuerte que cedo a que estés con otras, pero nunca, ¡Jamás! te casarás con nadie que no sea yo. Ella, esa innombrable no te quería, no como lo hago yo, lo vi, sí, en sus ojos y sus últimas palabras lo confirmaron. 

—      Por favor no me mates, me alejaré de Claudio, tú eres mejor para él. Te lo prometo. ¡Por favor! 

Cobarde, ¿lo ves? Gimoteó, suplicó, no luchó, no se ganó siquiera mi respeto. Yo soy capaz de todo lo que me pidas, tú eres mi amor. Sólo deseo que llegue ese día, el momento que entre las sombras que nos separan divises esa verdad, como la única.

 

Atentamente; TUYA, siempre.
 
 

martes, 18 de octubre de 2016

Génesis

 
 


Llega un momento en que las palabras ya no obran magia, y los silencios son incapaces de sostenerse. Se precisa de un solo hecho que sea capaz de validar tanta palabra perdida entre motas incorpóreas.
Miedo a dar el paso, el inicio a esta elección que dejará atrás pérdidas irreales.
Observadora entre pausas pero nunca obrando en afán de consecuencia se encontraba Gabriela. Unos dirían que era prudente, muchos otros retraída, ella sabía que todo aquello era una máscara que mostraba a un público reservado a no escuchar.
No podía permitírselo, por alguna extraña razón se sentía diferente al resto. Dentro de ella habitaban emociones necesitadas de erupción, secuencias cometidas que si lograban hacer acto de presencia se apoderarían de ella, arrollando cualquier posibilidad de volver atrás.
Pero el cambio estaba ahí. Una noche que ahora la contempla, imagen etérea, botas altas, labios de melocotón, aguijones, ambigüedad que aguarda entre sombras. Avergonzada por la necesidad al mismo tiempo se ahoga por el propio egoísmo.
Un solo error y sería condenada, es inútil. Se acerca a ella sigilosamente con una intensidad que la doblega, haciéndola estremecer, sentir que cada centímetro de su piel es entregado. Urge, sí el deseo, a saciarse con la secuencia originaria, en su ahora.
-          Hola gatito.