Vacío que permanece sin vocablos, ni constancia. Silencio
perturbado por la disculpa. Se muestra, decide que no quiere mantenerse
hermética, callada. Explosiona en la reserva de su dejadez. Insidia de un
mañana sin esperanza. La palabra habita enfermiza, procurándole un poder capaz
de raspar la fortaleza. Miedo mostrado con saña, un ciclo que se despide sin
oportunidades. Años resguardada,
permisión de un tiempo en el que se procuró olvido. Recuerdos reprimidos.
Empeño por no nombrar. Pero no. Se desencadena, diluye bajo el mando de un
egoísmo insano, alejando, consumiendo, exorcizando. Se evade del camino con la única verdad
existente. Pérdida e incredulidad, hoy ha de decir adiós.
─Jaime, la niña. Han vuelto a llamar del colegio, esta vez
ni siquiera he podido excusarla. Cada vez va a peor, y yo, yo… te lo juro
cariño, me avergüenza decirlo, pero le tengo un miedo absoluto.
─Vamos Cande, son cosas de críos, no vayas hacer un mundo.
Es más activa que el resto, eso mismo le pasaba a mi hermano Matías, tampoco es
tan grave.
─Te recuerdo que tu hermano ha pasado más tiempo en la
cárcel que siendo un ciudadano modelo, y no, no es como él. Ella es diferente…
¡mierda! Calla, calla, ya llega el autobús y no quiero que note nada raro, solo
faltaría que se diera cuenta de lo que estamos hablando, la última vez no hizo
más que observarme durante horas con una extraña sonrisa, a saber que estaba
pensado, todavía se me eriza la piel al recordarlo. Así que conversa tú con
ella, pregúntale, a ver qué razón nos da para que tengamos que volver a
concertar cita con el tutor.
Naturaleza desestabilizada, aterradora muestra del precio
para ser escuchada, repercusión y pauta de una eternidad que va acompañada del
pecado, sucio, por la repulsa del odio y abandono. Regresa atrás, a veces, eso
es alimento.
─Padre, madre. Buenas tardes.
─Mmm… Sí, sí, buenas tardes, hija.
─¿Sucede algo madre? La noto angustiada.
─¿Qué? No, claro que no. Tu padre, sí, él quiere hablar
contigo. Voy a poner una lavadora, adiós.
─Padre, debería llevar a madre a un especialista, no creo
que sea sano estar siempre tan exaltada. ¿No le parece?
─Ingrid, ayer hablamos de que no nos hablaras con tanto
respeto, somos familia, hija. De esta manera solo haces que mamá se inquiete
más, ¿no te parece?
─Comprendo, padre, intentaré mejorar mi conducta.
─No, quise. Pfff… olvídalo. A ver, han llamado del colegio,
¿qué ha pasado esta vez? Recuerda que ya te han echado de cinco centros, y
hemos tenido que cambiar de ciudad varias veces, no podemos estar siempre yendo
de un lado a otro, pequeña.
─Lo siento, padre. Pero esos niños no hay quien los soporte,
a parte, no debieron coger mis cosas, ni siquiera rozarlas con sus sucias
manos, pero ya lo he solucionado, dudo que lo vuelvan a intentar.
─¿Qué hiciste, hija?
Escondida, al acecho, coexistiendo en el centro de la
miseria, allí, donde todo empezó y anida la oscuridad, es y será ama y señora
de su voluntad. La temeridad emprende un nuevo camino y éste todo lo reclama.
─Me hice escuchar papá,
siempre dices que todos tenemos voz y derecho, solo que yo he encontrado una
manera más divertida de hacerlo.




