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martes, 24 de septiembre de 2024

Amor quebrado. El amparo de la soledad

 


Soledad, bendita compañía para aquellos que se sostienen a ellos mismos. Me toco el bolsillo, un par de euros y algunos céntimos tintinean. Calderilla para aquella mujer que tanto veneré, para mí, un tesoro. Un amor imposible, barato, corroído y sin alma.

Nos consumismos en el ardoroso recuerdo de una pasión demacrada. Fluctuamos entre las sombras de una mentira, y amé. Adoré cada parte curva, melancólica, de naturaleza corrompida. Conocimos el egoísmo, le dimos la mano nos entregamos a él, a la necesidad que imperaba en nuestros cuerpos. Fatalidad que se visualiza en el presente, pero entonces, ay, entonces. Quisimos serlo todo.

∞

Me observas en silencio con resquemor, como si no hubiese sido capaz de cumplir las promesas nunca nombradas. Creando un nuevo surco entre los dos, una distancia insalvable, arrasando con las pocas ganas que nos quedaban.

—Alberto, ha llegado otro aviso.

—Estoy esperando que Jaime me diga si compra el coche y así poder hacer frente a los pagos.

—Ya. Claro. ¿Y no te avergüenza? —Ahora me miras con inquina, un odio que no comprendo y al mismo tiempo creo merecer.

—Vergüenza, ¿de qué?

—Pues que tus amigos vean lo bajo que has caído.

—Preciosa —respondo con sorna— podría contestarte, devaluarte como el parásito en el que te convertiste al ser mi mujer. Pero ambos sabemos que no merece la pena. Que perderías algo más que el dinero que ya no disfrutas.  

Esto te duele, lo veo en tu cara. Pecaste al casarte conmigo, creíste que tendrías el futuro salvaguardado, cinco años más tarde eres consciente de la verdad. No nos queda nada, más que el oxígeno que nos obliga a emerger. Cuando las cosas empezaron a ir mal, pensé, deseé que a un siendo un ser caprichoso me acogerías con tu aliento, lucharíamos para salir de ese pozo oscuro que arrasó con todo. Per una vez las luces se apagaron, la actuación finalizó. No así tus menosprecios, las ganas de carcomernos.

—¡Eres un cobarde! ¡Un malnacido! Te he dado mis mejores años, para qué, eh, para terminar consumida por la humillación. Pero no creas que voy a quedarme a mendigar.

—Lo sé, María. Adiós—Y ahí es cuando por fin el resquicio de la máscara desaparece y los defectos que una vez pensé que ensalzaban tu carisma, hoy pervierten el poco afecto que todavía amparaba.

∞

Han pasado algunos meses, nunca volveré ser aquel al que llamaban señor con un respeto inhumano, reconocido empresario, qué iluso fue el poder que albergaba entre los dedos, estos que se han adueñado de un tic, uno que continuamente me obliga a desenterrar, a devolverme a esta realidad, unas monedas son las que me muestran lo perdido y hallado. 


jueves, 5 de septiembre de 2024

Crepúsculo y destierro para Esmeralda

 


Bella infanta de rizos rubios que al primer corte desaparecieron, pero no así la vanidad que quedó implantada en su organismo. Adoraba la admiración que otros le profesaban. Era tan fácil obtener el todo con ella. Niñita de papá en el pasado, mujer de otros en el ahora, pero siempre agasajada entre algodones de pieles y brillos.

Aprendió o simplemente nació en su interior un hambre voraz. Un puchero, un guiño, caricias que regalaba en la mentira de la inconciencia. Despliegues que agujeraban la cartera de otros como un arma letal. Una vida, un negocio, en el que escudriñaba proveedores que mantuvieran el estatus del que se creía merecedora.

Todo expuesto por semanas en un sumario que utilizaba como diario, mofándose de aquellos incautos, de la obsesión, de las temeridades que cometían en nombre de un amor ciego. Inalcanzable. El ego creció creyéndose indestructible, la ofensa pública para quien quisiera o tolerara escucharla y ese fue el error.

Un vídeo, dos, tres resurgieron como tormenta en todas las redes sociales, destruyendo ese pequeño mundo codicioso abandonándola a la nada. Solo quedando el recuerdo de un me gusta que desdibujó aquella bonita estampa.

 

Palabras: 192


*Hace muchísimo que no me presento a ningún reto de escritura, disculpad cualquier error que pueda cometer. Podéis entrar en el link del Tintero de Oro, el tema a seguir es: MICRORRETO: LAS REDES SOCIALES.

Mil gracias por vuestro tiempo, ;)

Besos, y abrazos.


sábado, 18 de enero de 2020

Cielo oscuro


Me desboco en el desconsuelo, en la necesidad y plenitud de verme arrastrada hacia tus sombras, grietas que cosechan incertidumbre, desconsuelo, hambre. Alimentándonos, devorando, codiciando. Sujeto entre mis dedos la ilusión de una prosperidad que no albergamos, que no nos reconoce, que se desvanece cuando creemos contemplarla. Y yo, yo simplemente recurro a ti, a la inestabilidad que me proporciona este nosotros. Araño con la firmeza del desconocimiento al saber que no aguarda más que miseria, que el culpable de esta desdicha que oprime y expira sus últimos alientos no son otros, sino una necia que espera misericordia. Tu risa, el calor de esas manos que acarician con tibieza y aun así embaucan con placer. Uno se vuelve egoísta ansiado sin medida ese apetito, recurriendo a él como una parte del todo, como un algo que embravece a esta corrosiva e impenetrable atmósfera. Y es allí entre los susurros de palabras vacías, arrebatos e inestabilidad, amanecemos en este, el nuestro, cielo oscuro.

No te quiero, no, tampoco anhelo que tú lo hagas, la vergüenza de este ahora que hemos creado es tan precario que el ansia de otros juegos se desvanece, oprime y exige realidad. Y quizás en este no nuestro hubiera permitido lo poco que nos otorgábamos, la nada pretendida. La necesidad se pagaba con más necesidad. El deseo nos engrandecía lo suficiente para hacer de ello una posibilidad, pero ahora que sujeto entre mis brazos a esta pequeña vida me precipito en el vacío de saber que si puedo hacerlo, amar. Una emoción que desvanece el egoísmo que tan presente y eficaz he arrastrado en el tiempo. Empiezo a no reconocerme, a mirarte y no ver a otro igual, a sentir que por un momento, un solo momento, puedo ser algo mejor. No para ti, ni para mí, pero sé, siento; que lo seré para él.
 



martes, 17 de diciembre de 2019

Cuento invertido: La ratita presumida o mejor dicho, el juego de las vanidades






─Me lo habéis prometido ─todos callaron, expectantes, con cara de no haber roto nunca un plato, y creyendo que así conseguirían manipularla. Tenían razón.

─Si tata, pero tienes que entender que a nosotros nos interesa todo lo referente a la familia ─insistió con remilgo ─era la sobrina más pequeña, pero su voz se hacía escuchar más fuerte que las demás, reclamaba todo aquello que quería sin ninguna vergüenza.

─Lo sé, pequeñaja. Pero la semana pasada apenas dormimos unas horas y luego el domingo anduvisteis atolondrados, luego la yaya me riñe porque no descansáis, así que esta es la última vez, todos al catre, ¡venga! ¡colocaros! ─mirándolos con falsa autoridad intentó no en vano hacerse la interesante.

∞

<<¿Os acordáis de las Navidades pasadas? Cuando la tía Gertrudis explicó aquella historia de la ratita presumida. ¿No? Ya veo, aunque os hagáis los despistados a mí no me engañáis, desde luego sois unos pilluelos de mucho cuidado, está bien; os diré que después de eso indagué un poquito sobre la historia, me pareció que el cuento tenía algunos flecos que no casaban, y recordaba que en el diario de nuestra tatarabuela había algunas anotaciones que no se tuvieron muy en cuenta, así que me puse a ello, pero os confieso que encontrar justo ese escrito fue una ardua tarea, en la que las telarañas acompañaron mis pesquisas, así que ahora os pediré que os mantengáis en silencio y escuchéis atentamente, ya que hoy descubriremos otra verdad velada entre mentiras.>>

∞

Hace muchos, muchos años en una remota villa existió una acaudalada familia de ratones, en aquellos tiempos donde el mercadeo y los trapicheos no eran vistos o simplemente detectados como correspondía, esta familia consiguió hacerse un nombre, un hueco en la alta sociedad, se codearon con los que se creían que eran importantes, comieron y vistieron como si fueran uno más de ellos, eso sí, a costa del beneficio de otros, pero como siempre pasa o debería, hubo una denuncia y posteriormente un encarcelamiento, eso hizo que todas las riquezas y bienes fueran embargados y más tarde entregados a todos las víctimas que habían sufrido dichas estafas.

Y es ahí donde verdaderamente empieza la historia de nuestra ratita, una niña que había coexistido entre algodones, en la que solo obtenía atención, regalos y palabras de agradecimiento. Nunca una reprimenda. A la larga ese hecho la convirtió en una niña malcriada que estaba acostumbrada a conseguir todo lo que quería solo porque ella así lo decidía, el problema es que al no darle valor a las cosas, no entendía de esfuerzo y como tal la pataleta estaba asegurada. Y eso es lo que pasó, la familia venida a menos no pudo seguir sufragando todos los gastos que ella requería y al verse en una posición tan precaria decidió que en vez de ponerse a trabajar como todo ser honrado buscaría un marido con posibles.

Era toda una belleza. A corta distancia no solo la lindura la acompañaba, seguía conservando los ropajes de otros tiempos como el lazo rojo del que tanto se ha hablado, y que en verdad nunca se quitaba, así que vestía y se comportaba como una auténtica princesita, pero es que también sabía entretener y divertir a unos y otros, y eso hacía que el encanto fuera un juego asegurado. El primero en intentar cortejarla fue un gallo, el Sr. Quiquiriquí estuvo durante días señalándole lo bonita que le parecía, que con él madrugaría todas las mañanas, verían los primeros rayos de sol y le cantaría palabras de amor a cada momento. Como os imagináis nuestra ratita eso de madrugar le pareció de lo más ordinario, así que declinó la oferta al momento. Con este fuera de juego apareció un perro, el Sr. Guau viendo en que había fallado el anterior le prometió días interminables de sueño y modorra, que harían lo menos e indispensable, pero siempre con un amor, el suyo, del todo verdadero. Esa era la vida que ella deseaba, pero no para la de su marido, aspiraba a uno que ambicionara algo más que la desidia así que pasados unos días terminó por declinar la oferta de muy malos modos. Pasaron algunos meses en los que los posibles cortejos quedaron paralizados, se comentaba que ratita era una esnob y poco a poco todos aquellos que en algún momento se habían quedado embelesados por su belleza terminaron por detestar su exquisitez. Ella por el contrario creyéndose más que todos aquellos ignorantes siguió con su objetivo, esperando el día en que podría vivir como se merecía, entre tesoros.

Fue entonces cuando conoció o mejor vislumbró a un ratón, el Sr. Iiii, se presentó ante todo el pueblo menos a nuestra ratita, ese desplante hizo que la curiosidad de ella se despertara y quisiera saber más de este nuevo miembro de la comunidad, más tarde eso sí, cuando descubrió por otros que era un simple jornalero empezó a perder el interés, las aspiraciones que tenía eran otras, a parte, había sido un grosero. Pero por casualidades de la vida, siempre se lo encontraba, allí donde fuera él aparecía o a la inversa, ya no sabría qué decir, de lo que sí estaba segura es que despertaba en ella sentimientos que no sabía describir, y es que nuestra ratita estaba tan acostumbrada a ser el centro de atención que su diminuta cabecita no comprendía como alguien era capaz de ignorarla. Contra más pasaba éste, más se obsesionaba ella.

Así que el día que apareció un gato, el Sr. Miau, ratita respiró un poco más tranquila, éste vestía con clase, hablaba con una finura que solo proporciona la clase alta, se le veía que tenía posibles y el interés que le expresó era el que ella requería y merecía. El cortejo fue rápido y la boda no se hizo esperar. Se invitó a todo el pueblo, mostrándoles toda la riqueza y engreimiento que pudieran ansiar. Todos comentaron la suerte que estas dos almas tan iguales habían tenido al encontrarse y en cierta manera hasta se alegraron de que ratita al fin hubiera logrado su propósito. Ella egoístamente deseo que el Sr. Iiii también hubiera asistido a la boda, quería, necesitaba mostrarle lo fingidamente feliz que se sentía, pero no fue así, lo que tampoco esperó es que una vez pasados los meses su marido no fuera lo que ella estuvo esperando durante tanto tiempo, resultó ser un mentiroso, vago y presumido gato que no aportaba nada en el hogar y del que ratita sin esperarlo tuvo que hacer frente, y no solo eso, sino que un día desapareció con lo poco que tenían y con esa huida aparecieron ante ella muchas deudas de las que hacerse cargo, llegó un período que poco le importó de que trabajara siempre y cuando pudiera seguir adelante. Con los meses esa niña malcriada que un día fue acabó desapareciendo, convirtiéndose en alguien sensato y maduro. Y cuando ya se valía por ella misma y no necesitaba de otros recibió un mensaje del Sr. Iiii en el que le pedía una cita, ésta recordando todo lo pasado, simplemente la denegó.

Bueno, no fue así, pero podría haberlo sido, ¿no os parece? Desde ese mismo momento los señores ratones, simplemente fueron felices por ser ellos mismos y de sus propias capacidades, no ansiaron más de lo que tenían, porque con el amor les bastaba.

∞

─¡Tata! ¡Tata! ¿Qué le pasa?

─Se ha dormido, creo que también deberíamos intentarlo, quizás mañana nos explique otra historia, ¿no os parece?

─Sííí ─gritaron todos.
 
Fin.

Anterior cuento: Cuento invertido: Los tres cochinitos, ;) ¡Gracias!
 

miércoles, 3 de octubre de 2018

El cobijo de la soledad




Vislumbro soledad, paso del tiempo, cuerpos extraños que transitaron cercanos, pero nunca se quedaron, no les pedí que lo hicieran, tampoco ansié ni comprendí de esa cercanía que da derecho a obtener más de lo acordado.
 
No he amado, no he querido hacerlo. Me obligué a creer que aquello era un error, una debilidad, querer a la larga simboliza sufrimiento, así que simplemente le negué ese poder, desechándolo, apartándolo, buscando otras castas alternativas que con tan poco futuro se amparaban. He preferido pues mercadear con la pasión, sin necesidad de sentirme abocada a un amanecer de gratitud y complacencia. Y no me importó el mañana, este lo veía lejano, insoluto, ahora en cambio se perfila perverso y poco amable. 
 
Ayer recibí una noticia. Punzante escenario que aboca a los cambios y allí en ese momento, por primera vez, concebí la necesidad de expresar y sentir la compañía de la mano amiga, de la candidez del que está a tu lado y te la sostiene mientras aunque con mentiras te susurra que todo irá bien. No existe ninguna, a las cercanías, a todas; a su tiempo las aparté. Las alejé con la mentira de una llamada que nunca se realizó. Con la incertidumbre de un mañana diferente, más amable. En mi condición les ofrecí ese algo que se desvela sin nombre, cifrado, pero esa era la única manera que tenía de dar parte de lo soy, un amor perfilado o quizás una sombra del poco aprecio que conservo de la persona que hasta hace unas horas era. Y la realidad, ahora, acecha cercana mostrándome que no otorgué nada, solo lo que creía que un día me haría despertar de este letargo en el que siempre he aguardado escondida, nunca encontraron más de lo que les mostré y una vez lo comprendieron, simplemente desaparecieron. Una buena excusa para alejarse y yo, por su puesto, no retenerlos.
 
La desesperación esta vez si hizo que despertara de la somnolencia en la que había estado estacionada, desfigurada cogí el teléfono y llamé a mi hermano. Me sorprendió, no; no lo hizo, no tenía mi número. Se quedó sin palabras, mudo ante la revelación de que quien le llamaba era su hermana, una hermana que no dudó en abandonar el hogar pronto, muy pronto y no mirar nunca hacia atrás. 
 
—¿Almudena? —silencio— ¿Qué quieres? —la tirantez se desplegó fría, culpable, irritada.
 
—Bueno… yo, yo solo quería saber si estabais todos bien. No debí llamar, no es un buen momento.
 
Colgué, poco tenía que decirle <Hermano, tengo malas noticias> Y por primera vez en años, lloré. No sentí rabia, tampoco miedo. Era desconsuelo, una pena que en su inmensidad me abrasaba y hacía que se despedazara toda la tibieza que habitaba en el alma. La mía. Me recompuse rápido, aprendí hacerlo. Nuestra infancia fue dudosa, enfermiza, intolerable en muchos aspectos. No conservo de ella grandes recuerdos, otros en cambio me han convertido en lo que soy, este ser que no crea lazos, que no siente empatía, que poco le ha importado el sufrimiento y la desventura de otros. Siempre necesité de poco, lo único que pedí a cambio es que no se me echara en falta. Y ahora, hoy, me doy cuenta de que lo he logrado, pero no siento orgullo por ello.
 
Qué cruel es el destino, se desmonta y perfila entre juegos de azar. ¿Qué le diría? ¿Qué? Ganaste, sí, lo hiciste. Ya me he dado cuenta de los errores cometidos. Pero de poco sirve ser consciente de ello, el tiempo ya se ha consumido y yo, estoy sola. Sola. Así quedará exhibido en estos pocos días que se resguardarán entre alientos de vida. Solo quisiera, solo; volver a empezar de nuevo. Y a esa mano, a esa.
 
—Shhh… hermana, tranquila. Estoy aquí contigo.
 


lunes, 24 de septiembre de 2018

El círculo del amor




Vacío mi alma y saboreo su nombre. Amapola. Ella. Hay días donde el recuerdo se presta al habla. Almaceno insignificantes momentos y otros que debí cercarlos quedaron escurridos en la ceguera del deseo adolescente.
Después de pasar varios años de su corta existencia dando tumbos de un lugar a otro, con una madre que confundía el amor de un hombre, con la necesidad de no sentirse sola. Ésta, finalmente, optó por renunciar al único amor verdadero que hallaría en su vida.
Todo el pueblo hablaba sobre aquello, es lo que suele pasar en las comunidades pequeñas, observar y criticar es más sencillo que admirar los errores propios. Prejuzgar antes si quiera que a uno lo señalen. La hija de Asunción después de tantos años había vuelto al pueblo y no a pedir ayuda o quizás a preocuparse de una mujer mayor que necesitaba ya de cuidados, sino que vino para abandonar a su hija. Se había enamorado, otra vez; y sentía celos de ésta.
Durante un tiempo ambas mujeres, abuela y nieta se desvanecieron. Asunción debía tener miedo de que en el pueblo las señalaran, pero no podían esconderse enteramente, así que al tiempo se descubrió. Sola, en un banco de la plaza, lugar que frecuentábamos los más jóvenes, nos observaba de reojo, pero el miedo infundado de los que se suponía que la querían le impedía relacionarse con el resto. No diré que fui yo el que propició el encuentro, nunca tuve esa clase de valor por el que a uno lo admiran. Fue mi hermano. Se acercó temblorosa, despertando en mí sentimientos que hasta la fecha desconocía, ternura y protección. Francisco al darse cuenta de su estado y para reconfortarla le apretó el hombro y de nuevo sentí otro extraño sentimiento, celos, de no ser yo el que la resguardara. Pocos días bastaron para que se integrara. Era bonita, dulce, portadora de una tímida sonrisa que cuando salía a relucir mostraba unos preciosos hoyuelos, símbolo de una niñez perdida.
En ese momento agradecí al destino y sus extrañas razones, a partir de allí nos hicimos inseparables, venía casi todas las tardes a casa, nos pasábamos horas sin hacer poco más que balancearnos en el columpio del jardín trasero, solos. Ahora que lo recuerdo, nunca supe más de ella que lo que mi madre le explicaba a mi padre, habladurías; de esas que guardan un halo de maldad a la par que lástima. Poco me importaba.
Entre silencio y silencio lanzaba pesarosos suspiros, fueron estos los que terminaron de adueñarse de mi corazón. La necesidad que se estaba despertando crecía con más voluntad. Tenerla cerca, oler el perfume que despendía, a flores, a piel limpia. Hizo que los largos meses que se sucedieron me descubriera expuesto, molesto. El letargo de la niñez se desvanecía. Amapola hizo que deseara, que la deseara. Pero no parecía darse cuenta de ello o no quería, yo por el contrario moría de ganas de mostrarle mis sentimientos, mi necesidad, el ciego y anhelante amor que me desequilibraba. Pero el miedo a una negativa, a perder aquello que simbolizábamos me impedía dar ese paso.
No hizo falta.
Una simple nota sellaría el futuro de ambos o quizás solo el mío. El encuentro fue rápido, precipitado, apenas guardo un digno recuerdo de aquella noche, donde la magia debería habernos alcanzado, yo era joven, muy joven. Ella también, pero en aquel arrebato se notaba más acostumbrada a lo que yo en ese momento le entregaba. No pude más que seguirla en aquella basta precipitación, avergonzado del poco control ofrecido, un reclamo del que no me arrepiento, pero del que sí debí intuir las señales, los mensajes contradictorios que enviaba.
Durante semanas no supe nada de Amapola, lo intenté, pero desapareció. Horrorizado creí lo peor, miles de conjeturas y desvaríos rondaban incesantes por mi cabeza: había sido poco cuidadoso, seguro que le habría hecho daño, me amonestaba y castigaba. En ese lapso de tiempo mi vida se convirtió en un infierno, no podía dormir, no sabía qué hacer, solo quería disculparme, verla. Saber de ella, confirmar que estaba bien. Estar a su voluntad. Le hubiese dado todo lo que era, si con ello podía ganarme su perdón y volver de nuevo a compartir todos aquellos silencios. 
El destino obró de nuevo sin que yo hiciera nada por contradecirlo y quizás concediéndome el reclamo que con tanta esperanza solicitaba. Una tarde apareció su abuela, me miró con desprecio y solo quiso hablar con mi madre. No pintaba nada, sentí que no era así que tenía mucho que decir. Si ella estaba allí, era a causa de los errores cometidos, yo podría yo… pero no se me permitió la entrada, simplemente se me dio una orden, la cual acaté.
Nos casamos, estaba embarazada. Nuestro matrimonio era una ilusión por mi parte, una reconciliación por la suya. Nunca más volvió a pasar lo de aquella noche, tenía miedo de volver a perderla, así que bajo el abandono escondí el abrigo del deseo, Amapola a su vez, se excusó con el embarazo o puede que en el despreció que sentía hacia mí. La culpa y el remordimiento es un pago demasiado alto.
No diré que aquello fue lo que esperé de un matrimonio, yo crecí en un hogar donde siempre existió el cariño y la muestra de él, por el contrario en el nuestro apenas se intercambian concisas palabra. Lo único que abracé con fuerza fue el regalo que me dio, mi hija. Me alimentaba del inmenso amor que sentía por ella, de la alegría de verla crecer, adoraba la viveza y consuelo que desprendía y mi alma se contentaba con aquello. Con el infinito afecto que completaba a mi solitario corazón. Era lo único que amedrantaba a esta efímera e insustancial existencia. Lo que no comprendía era porque nuestra hija no quería estar con su madre. Aquello fue lo que empezó a romper nuestra mentira, a ella, a nuestra pequeña Julia no podía culparla. Pero nunca se lo dije. Simplemente la distancia que había entre nosotros se amplió.
 



Los años pasaron. Durante una época quise creer que el tiempo curaría el error, que un día miraría a su hija y se enamoraría perdidamente de ella y quizás, solo quizás también lo haría de mí. Un sentimiento desesperado del que nunca se ha sentido querido, allí me encontraba. Frágil ante el inexistente atisbo de anhelo. Pero lo único que conseguimos fue alejarnos más. El yerro que sentí durante tanto tiempo se fue apaciguando y ante nosotros se manifestaron otros sentimientos, rencor y desconocimiento. En aquella etapa de descubrimiento al fin pude abandonar a la culpa. Empecé a darme cuenta de pequeños detalles, sonrisas que otros se ganaban y por el contrario las castas y ásperas miradas que a nosotros se nos ofrecía. Caricias veladas en escuetos saludos, que aguardaban más pasión del que nunca tuvimos. He de confesar que perdí el poco respeto que podía tenerle, odié los segundos de aire compartido y desprecié sentir que había sido una simplemente moneda, una oportunidad. Un iluso que creyó ser un monstruo.
Y el valor al fin me alcanzó.
—Amapola, tenemos que hablar. —Temblaba de miedo, pero esta vez no había ninguna mano que reconfortara. En realidad nunca la hubo.
—Ahora no puedo, he quedado que me recogería tu hermano, para llevarme… con tu madre. Ya sabes que los miércoles vamos al centro juntas.
—Hoy no irás.
—¿Perdona? —me miró después de meses sin hacerlo, con incredulidad, pero allí estaba, una mirada; lo que siempre deseé— No digas tonterías, me esperan.
—Hoy no irás —repetí— tenemos que hablar. Esto —nos señalé a ambos— no funciona, la realidad es que nunca lo ha hecho y ya no puedo seguir enamorado de una imagen proyectada, de esta mentira que hemos creado y de la culpa que me ha corroído durante diez años. Tú quisiste que aquello pasara, lo propiciaste. Nunca entenderé las razones ¿por qué? Dímelo.
—Tengo que irme, Fran me espera. —cogió el bolso a toda prisa, quería huir.
—¡No! —Grité y entonces lo supe, todo encajó. Todas sus sonrisas, sus palabras, sus gestos solo tenían un portador. Volví al pasado a aquellas tardes que venía a casa, las que creí que era por mí, los suspiros que lanzaba mirando hacia la casa. Todo se materializó. —Es de Francisco.
—¿El qué?
—La niñ… -No me dejó terminar.
—¿Qué? Cállate no digas eso. ¡Cállate!
Nunca comprenderé porque reaccioné con tanta tranquilidad, no entré en cólera ni arrebaté con todo lo que nos rodeaba, supongo que ante mí se liberó el remordimiento que tanto tiempo me había ahogado, por fin podía respirar y la condena de aquel niño que un día fui se apaciguó, se perdonó. Solo quería saber la verdad.
—¿Seguís viéndoos? —No contestó, pero su cara la delató.
—Dime entonces, ¿por qué no te casaste con él? ¿Por qué me engañasteis?
—Él… él no quería hacerse cargo y yo tenía miedo, ya sé lo que es vivir de un lado a otro, conformándote con cualquier cosa, y tú… tú me mirabas con añoranza, no podía, no quería…
—Entonces, solo se trataba de ti.
—Y el bebé, la niña merecía más de lo que yo tuve.
—¿Yo no merecía nada?
—Intenté quererte.
—No es verdad, no lo hiciste. ¿Por qué sigues con él?
—No fue inmediato, tardé meses en volver a aceptarlo. Pero es que yo, yo… le amo. —Ese fue el único momento en que la vi avergonzarse.
—Pero él no, te recuerdo que se casó con otra. —Fui cruel, pero la realidad era necesaria. Después de haber sido un peón, ni siquiera existía entre ellos algo que fuera real. Algo que merecería o justificara el dolor de otros.
—Sé lo que soy para él, pero igualmente lo acepto. —Le caían las lágrimas puede que por verse descubierta o porque todo ante ella se desmoronaba. Pero en ese punto solo veía que ya no era mi responsabilidad y lo sentía, pero durante todos estos años no tuvieron ningún reparo o lástima de lo que pudiera sentir.
Temí que esperara que todo siguiera igual, lo nuestro nunca existió y lo único que me importaba era la niña, mi hija, porque sí lo era, desde el momento en que me enteré del embarazo.
—Esto se ha acabado, si así me lo pides y por respeto a nuestra hija Julia, no explicaré las razones. Puedes ir a vivir y hacer con tu vida lo que quieras, pero no seguirás bajo este techo, tú lo has dicho; la niña merece más de lo que tú tuviste. Ahora eso sí, cuando veas a mi hermano dile que no quiero que volváis a acercaros a nosotros.
—¡Por favor! No digas eso, yo, lo haré mejor ahora. Cuidaré de ti y de la niña te lo prometo, pero no me dejes. —La realidad del futuro le sobrevino con ansiedad.
—¿Qué no te deje? ¿Cuándo hemos estado juntos? Una sola noche. De la que obtuve una penitencia de dolor e ignorancia, me hiciste creer que había cometido una atrocidad. Ya he pagado ese precio, Amapola. No estoy dispuesto a aceptar nada más. Pudiste decirme la verdad, no hubiera permitido que te quedaras sola. Pero tu elección fue someterme y maltratarme haciendo creer  lo peor. Y no solo eso, ¡joder! Es mi hermano. ¿Crees si quiera que quiera o pueda estar cerca de ti? Vete y te prometo que te seguiré respetando como la madre de Julia. Pero no te atrevas a pedir nada más. Nunca. —Se marchó.
No he vuelto a saber de ella, no se quedó en el pueblo, supuse que mi hermano se desquitó y la volvió abandonar a su suerte, para Francisco estar con Amapola nunca fue una opción. No le importó que ella lo antepusiera ante otros. Ante todo. Que su amor hacia él fuera de renuncia a los demás. No he vuelto a hablar con mi hermano, el egoísmo tiene diferentes capas, en él descubrí demasiadas, dudo que un día pueda perdonarlo. Nuestra hija dejó de preguntar por su madre a los pocos meses, los lazos que creó con ella fueron frágiles, nunca supo proveer y recibir amor. A veces me pregunto si es que no le enseñaron lo que significaba el amor, luego al revivir el tiempo que pasó con nosotros comprendo que confundió lo que éste simbolizaba. Por eso solo espero que allí donde esté, sepa cuidarse y valerse por sí misma. Ya no puedo guardarle rencor.
Han pasado muchos años, los recuerdos se entremezclan en este hoy, donde mi pequeña Julia cumple veintisiete años, es una mujer inteligente, independiente, amable y cariñosa. Estoy orgulloso de ver en lo que se ha convertido, pero sobre todo agradecido, porque ella, mi querida hija, ha roto ese círculo amargo donde el egoísmo residía con fuerza e imposibilitaba amar correctamente.
 

martes, 12 de septiembre de 2017

La frase

 
Sitúa a los demás en tu lista de prioridades y lograrás el final deseado.

 
Antonio se repetía aquella frase cada día, como una oración. La leyó un día que acompañó a su madre a la consulta del médico, esta vez para a una simple revisión de rodilla. Y desde entonces, la creyó certera, tenía que ser así, no podía ser de otra manera. Con cuarenta y dos años, seguía viviendo con una madre aquejada de cualquier mal que la hiciera ser el centro de atención, e ir a todas las consultas médicas existentes. Él como hijo único y buen hombre, antes niño, había decidido dedicar su vida en exclusiva a esa madre quejumbrosa y doliente, que estaba arrastrándolo al ahogo a pasos agigantados. ¿Y por qué tanto valor a esa frase? La razón es que en ese momento de su vida, no podía más. A penas la miraba con el respeto que una vez le tuvo, solo rezaba, eso sí, en secreto, que por fin uno de todos aquellos médicos le dijera que su mal no tenía solución, y que fuera la guadaña, los ángeles o quién estuviera dispuesto a velar por todas aquellas necesidades egoístas, el que cuidara de ella, porque él, ya no podía más, ya no.

Ahora repitiendo aquella frase lo veía claro, era una patraña, una mierda. ¿La razón? Diremos que durante un tiempo Antonio había puesto el corazón y el alma, y a cambio había recibido dolor y desprecio. Nunca más volvería a cometer el mismo error. Con una madre ya tenía más que suficiente para añadirle ahora a una Mariana. Porque él podía comprender que su compañera de trabajo no se hubiera dado cuenta de sus sentimientos, ni tampoco de las intenciones, y eso que para dicha causa le había estado enviando varios mensajes silenciosos. Como recibirla cada mañana con un café a su gusto, extra dulce con un toque de canela y mucha nata. ¡Ojalá, se le cariara esa preciosa sonrisa! Ni que reparara, ni le agradecería todas las tardes que se quedaba más horas para terminar el trabajo que ella durante la jornada no terminaba. Mientras, la susodicha, se podía dedicar a sus quehaceres, como ir al gimnasio, de compras o citas que en principio era con amigas. Pero la ingenuidad se fue perdiendo y al final comprendió que Mariana sabía perfectamente lo que estaba pasando, y necesitaba de un tonto para aprovecharse. Y claro, Antonio era ese tontorrón que no conocía de la vida más allá de médicos, madres y trabajo remunerado. Todo lo demás era una incógnita para su realidad. Y siendo francos, tampoco es que un día bajara un halo de luz y le mostrara el camino diciéndole: —Mariana, no es para ti.— No, la realidad es que una tarde terminó el trabajo antes de tiempo y pensó, que después de tantos meses velando por sus necesidades, bien podrían tomar algo juntos, se lo había ganado, o eso caviló. Y recordaba, bueno, conocía su agenda al completo, y los miércoles era el día que quedaba con las amigas en la Cafetería Lama, pero resultó que las amigas se convirtieron en un simple individuo con barba, gafas de bohemio, y un traje caro.
En ese momento después de años opresivos con una madre enferma y una compañera de trabajo, que pudo ser la segunda mujer más importante de su vida, obró en él un cambio radical. Y no es que de repente atrajera todas las miradas, eso no, claro. Simplemente dejó de hacer lo que los demás le exigían para hacer lo que él necesitaba.
Lo primero fue dejar el trabajo, llevaba en aquella empresa desde los veintidós años, nada más salir de la facultad enganchó con las prácticas y allí se quedó, nunca se preguntó si le gustaba o le llenaba lo que hacía, era trabajo, era dinero, era seguridad. Mariana no se lo tomó muy bien, rememorando la escena anterior ‘luz cegadora’, diremos que cuando la encontró con las manos entrelazadas del bohemio chic, en ningún momento se disculpó ni intentó disimular, pero en ese momento sí que le pudo la emoción de verse abandonada por el compañero de vida, perdón, empresarial. ¿Quién le haría ahora el trabajo? ¿Quién? Antonio fue claro, tú.

Y así con una tarea menos de su limitada lista, se fue para casa y descubrió algo que no esperaba, pero que le dio el necesario y apremiante último empujón, al fin y al cabo las costumbres hacen del hombre necesidades. Y allí estaba su madre, aquejada de la rodilla, cadera, brazo y todo tipo de hueso, articulación o músculo inexistente, subida a un taburete, ¡de puntillas! buscando en el armario más elevado un paquete de galletas. Decir que también tenía azúcar a su haber.

—¡Está loca! ¿Puede saber que está haciendo? ¡Por favor, madre, podría caer!

—¡Oh, que susto! Bueno, yo… quería una galleta, te olvidaste de ponérmela en la mesita esta mañana, ya sabes, que una no me hace daño.

—Pero si esta mañana no podía ni pestañear, ¿Cómo puede ahora comportarse como una experta equilibrista?

—Yo, yo… me encuentro mejor, ¡he mejorado! Sí, eso es, estoy perfectamente. Ahora hijo bájame, del esfuerzo creo que me estoy mareando. ¡Sí! me mareo, estoy cada vez peor, creo que es el azúcar, no debe ser la tensión, no será la musculatura del brazo derecho, que al estirarlo habrá enviado una señal negativa a mi cerebro y ahora, cógeme hijo, cógeme.

Pero Antonio no se movió, ni habló, solo procesó cada mentira, cada día, mes, año perdido entre invenciones y tretas. Y allí estaba ella, en el taburete, pálida por primera vez en su vida, y la vio, pero esta vez de verdad, frágil, pequeña, y sintió lástima. Porque comprendió que para ella, todas aquellas argucias eran la única manera que creía que serían capaces de retenerlo a su lado. Y en cierta manera odió al padre que los abandonó, porque le incrustó el miedo a la soledad de la peor manera existente, y se prometió, que este nuevo Antonio como el anterior, no la iba abandonar, por mucho que ahora quisiera tirarla por la ventana.

—Vamos madre la llevaré a la habitación para que descanse.

—Gracias hijo, no te irás, ¿verdad? No volveré a subir a ese taburete te lo prometo, todo volverá a ser como antes.

—No madre, no me iré. Pero todo ha cambiado, más tarde hablaremos.

Así fue como Antonio empezó a manejar sus tiempos, a pasos pequeños, después de todo ese niño de cuarenta y dos años todavía seguía presente, es difícil cambiar los hábitos. Abrió una pequeña tienda de coleccionables, resultó que todos aquellos años había adquirido un gran número de utilitarios que el tiempo se encargó de valorizar al alza. Y la madre por primera vez, respiró, y los males que tanto la habían aquejado fueron desapareciendo poco a poco, un milagro habría obrado con menos fuerza.

 
Ya no recordaba aquella frase tan a menudo, pero sí era más feliz, es difícil medir la amplitud de esa palabra, se sentía seguro, tranquilo y comprendió que el amor no necesita de compañía con la verdad se basta. Pero como todo el mundo le gusta leer un final notable, diremos que contrataron a una asistenta que resultó una enamorada de las bellas personas, y qué decir, que Antonio era una bellísima persona.
Así pues, ¿cuándo llega el momento de cada uno? Será cuando uno menos se lo espera, o puede que sea cuando elimine lo que mal le hace. Lo que sí es seguro, es que si se hace con amor, se es feliz desde la primera toma.

miércoles, 2 de agosto de 2017

La canción





Otra vez, aquí. Merodeadores.
Acechando con un sigilo impredecible, creen que no sé que me observan, que no los presiento, cercanos, contradictorios, crueles. Repitiendo esa maléfica canción, la que me había hecho creer que tenía el derecho a olvidarlos, que al fin podía permitir no tenerlos tan presentes. Pero no, me lo hacen saber. El tiempo ni perdona, ni olvida. Me reconocen, siempre me reconocen y regresan a mí, sin perdón, sin excusas, sin palabras.
Es entonces cuando el silencio grita y su peor momento aguarda en la noche. No descanso, los viejos trucos ya no sirven, hace tiempo que dejaron de funcionar, lamparilla, televisor, voz baja, no, ellos están ahí. Espectadores entre las sombras, curiosos en la desgracia que andan paleando. Susurran, rechinan, no tengo derecho a olvidar y yo me rindo, les cedo este pulso que creí haber ganado.
Es entonces ante la agonía que me destruye que remuevo, dando un giro a esta miseria en la que estoy envuelta, ¡Detente!, ¡Detente! Es imposible, no quieren.
Lo permito, cojo el camino fácil y ganan, de nuevo me someto ante ellos. Y las veo entre la oscuridad, las diviso a ellas, a sus sonrisas tétricas cargadas de carcoma pestilente. Porque lo saben, tienen el poder, siempre lo tendrán. Soy parte de esa esencia manchada, sospechas que nunca desaparecerán.
Y no busco el perdón de otros, es el mío el que ruego. La salvación del alma perdida es la que purga entre todo este desconcierto.
Deseché el amor, no lo defendí, y hoy esa pena anhelante del pasado me consume. Sus caras son bocetos inanimados que el tiempo se empeña en desdibujar, sus voces un timbre extinguido del que solo aguardo un grito. El de mi destrucción.
—¡No te marches, mamá! ¡Por favor!
El egoísmo fue más fuerte y ahora en la soledad, pago esa pena. No existe clemencia para esta causa, ni excusa, ni lamento. Porque hoy lo sé, los pasos recorridos no pueden mirar hacia atrás. 
 
 

lunes, 21 de noviembre de 2016

El primogénito (versión extendida)





Podéis creer o no, lo que sí os confirmo es que si seguís leyendo perderéis esa opción, la de elegir.  

La finca de mis antepasados es una edificación añeja. A parte de mis abuelos, habitan en ella, humedades, ratas y sonidos que son imposibles de identificar, pero que han logrado perdurar en el tiempo y a su manera formar parte del mobiliario. Sillas que se arrastran, canicas que caen, un frío que hiela la sangre depende que sala.   

En el pueblo se la conoce como la casona del pacto, yo siempre creí que eran tonterías de gentes retrogradas, con poca cultura, que se aferra con mano de hierro a sus creencias. Ya no.  

Hace unas semanas recibí un mensaje de mi madre, me pedía que fuera a cuidar de los abuelos, no se encontraban bien. Puesto que mi vida está en un stand by infinito, era sin duda la persona idónea para el cargo. No lo pensé, ni valoré, necesitaba un cambio inmediato, por lo que actúe con un ansia desmedida. Mis prisas me la han jugado y ahora sé que todo aquello era una trampa urdida con un fin que no permitía replica.   

Nunca llegué a comprender porque mis padres no los sacaban de aquel sitio que se deterioraba junto a ellos, al fin y al cabo disponemos de una de las grandes fortunas mundiales. Ponían excusas de lo más cutres, nadie querría por decisión propia vivir de esa manera, sentí que los tenían relegados y abandonados así que acepté, llevaba tiempo sin vida a parte de un sofá que ya era poco cómodo y un televisor sin programación.  

Nada más llegar vi a unos ancianos activos y saludables, supuse que se trataba de una llamada de atención y yo podía iniciar mi transformación dándoles cariño.  

La vida allí era tranquila, no diré que aburrida porque venía de otra que daba realmente pena. Mis abuelos irradiaba un halo de luz esplendida, mérito mío pensé, ¡Ja! Iluso, siempre fui el más tonto de la familia. Pero yo en mi momento de ego inalcanzable no veía más que les hacía bien a unos pobres ancianitos. Si fui consciente de una cosa y era de la prisas que tenían porque aprendiera el funcionamiento de la finca, donde cortar la leña, las fechas del cultivo, el cuidado de los diferentes animales, que comían, como limpiarlos, hasta los partos. De la casa, se mezclaban las tareas de mantenimiento con realizar pequeñas y grandes obras, a latas de conserva y limpieza en general. Todo aquello me sobrepasaba en conocimiento, pero les veía tan ilusionados que cada día les atendía y dejaba que hicieran conmigo lo que quisieran.  

En pocas semanas ya controlaba la finca, mis manos empezaron a ser callosas, no me doblegaban las tareas a realizar, podía alimentarme sin necesidad de nadie, la verdad sentí orgullo propio. Me estaba haciendo un verdadero hombre. Me chocó que los abuelos paulatinamente fueran perdiendo interés por mí, contra más conocimiento adquiría menos atención recibía.  

Justo en ese momento fui consciente de la verdad, no había ido a salvar a nadie, sino a mí mismo. Era yo el que requería de atención urgente, mi soledad se había vestido de ansiedad por ser útil para alguien. 

Y esta misma camisa de necesidades me obligaba a buscarlos cada día con angustia, algo dentro de mí debía estar notando que una pieza del puzzle no terminaba de encajar. Por el contrario ellos se quejaban de mi dependencia y cada vez me costaba más encontrarlos, casi parecía que jugáramos al escondite. 

Hasta la mañana de la nota:  

<Hijo, compréndelo. Existe un pacto en nuestro linaje, éste exige que un primogénito perdure en la finca, así el resto goza de sus frutos.
Te lo encomendamos a ti.
¡Ah! No intentes salir, morirías asfixiado o peor exiliado en las sombras. Nosotros estamos bien, no nos busques.> 

Nada más, al parecer no merecía más explicación que esa. Una broma de mal gusto, que me sentó francamente mal.  

Subí acelerado a la habitación y llené el macuto con las cuatro pertenencias que tenía. No encontré las llaves del coche, ni tampoco el coche. ¿Sería posible que también me lo hubieran robado? Pero no iba aguantar por más tiempo en ese sitio, tenía que avisar a mis padres, los abuelos no estaban en sus cabales, decidí que iría al pueblo andando, los esperaría en el mesón, depende la hora hasta comería y luego volvería a lo que un día llamé vida.  

Con lo que no conté es que algo muy extraño pasaba, cada vez que me acercaba al portón de la valla, ésta se alejaba más y el aire en mis pulmones se esfumaba. Tonterías pensé, el disgusto porque me rechacen hasta mis propios abuelos. Pero fueron pasando las horas y la situación era la misma, yo acercándome, la puerta alejándose y el aire que llegaba a mis pulmones ya ni era una boqueada. No podía seguir, me sentía desfallecer.  

Dentro de mi lógica empecé a valorar que verdad habría en aquella nota, desde luego la broma estaba perfectamente ejecutada, pero para todo existe una respuesta sólo tenía que buscar la trampa.

A la mañana siguiente intenté volver a salir, pero sucedió lo mismo, más andaba, más lejos estaba la salida, mi respiración como la de un asmático, eso no estaba bien. Recorrí toda la finca buscando una salida, pero aquello era imposible.  

Estaba realmente asustado. Por no decir que me acojonaba que también fuera verdad lo de las sombras, en pocos días adquirí una visión camaleónica y no había punto que no observara al escuchar cualquier sonido.  

Todo aquello me hizo sentir como un ser fracasado, utilizado por un propósito monetario, era un instrumento para que otros vivieran a cuerpo de rey. No podía permitirlo, llegados a este punto me importaba muy poco lo que me sucediera, pero tenía algo muy claro y es que la ofensa la iban a pagar todos.  

Aún recuerdo la última noche, pasé el día bastante tranquilo, sólo algunos nervios de última hora promovidos por aquello de no saber que esperar. Pero nada que pudiera superar mis ganas de venganza. Me quedé esperando a que el sol desapareciera sentado en los escalones de la terraza. Una pena que no tuviera el suficiente tiempo para arreglar el que flojeaba, después de todo algo bueno había sacado y es que me había vuelto un auténtico manitas. Cuando ya estaba oscuro como una cueva de murciélagos fui en busca de las sombras.  

—      ¿Hola? ¿holaaaa? ¿Hay alguien ahí? Sé que estáis aquí, os escucho murmurar. Va, salid por favor, tenemos que hablar.  

De repente se escuchó un carraspeo de ultratumba seguido de una vocecilla de un timbre agudo que para nada validaba el sonido anterior, aún hoy me pregunto si el que habló era él o ella. 

—      Muchacho, ¿eres consciente que todo esto es un poco extraño? Deberías estar muerto de miedo y escondido en cualquier rincón.

—      Si, ya me lo imagino, pero me mueven otras metas y urge que hablemos.

—      Si nos haces perder el tiempo, habrá represalias.

—      Estoy seguro de que saldréis muy favorecidos.

—      Entonces, dinos. ¿De qué quieres hablar?  

Esto último lo dijo en un tono de grillo irritado, intenté concentrarme en el asunto no quería estropear más mi destino.

—      Es sobre el pacto, he estado haciendo números y está totalmente obsoleto precisa de nuevas y mejores reglas. ¿Cuándo se realizó? No recuerdo ninguna generación de mis antepasados que no fuera rica, estoy seguro que habéis salido perjudicados. Un alma para extra alimentar a cientos de ellas, ¿no lo veis?

Se escuchó un clamor que afirmaba mis palabras. 

—      Fue culpa de nuestro antecesor era demasiado blando, por suerte el de arriba lo quiso para él, creo que ahora se dedica a pintar alas.

—      Pues va siendo hora de cambiar los tratos.

—      Primero dinos, ¿qué es lo que ofreces?

—      Finalizar de una vez por todas con esta alianza.

—      Te hemos avisado, no nos hagas perder el tiempo. – dijo bastante enfadado.

—      De verdad que no es mi intención, dejad que termine de exponerlo.

—      Adelante, sigue.

—      Ofrezco a toda mi familia a cambio de que el trato que una vez se firmó desaparezca.

—      ¿Estás seguro de lo que dices?

—      Sí, creo que va siendo hora que aprendan a moverse por otro tipo de intereses y si vosotros cumplís vuestra parte, tendré toda la vida para enseñarles.

—      Te diría que no, pero ya son demasiados siglos sin vacaciones y estamos muy agotados. Así que...


 
Epílogo 

Han pasado tres años, al principio no se tomaron muy bien el cambio pero después de que la tozuda de tía Gertrudis muriera asfixiada, vieron que no había nada que hacer, desde entonces cada uno realiza sus tareas en la finca sin rechistar y me idolatran, como corresponde. 

Soy el que maneja los hilos, y no voy a negar que desde que realice estas pequeñísimas modificaciones, todas las carencias que un día tuve han desaparecido.

No he vuelto a sentirme ni solo, ni poco querido. Ahora sí que soy el primogénito.







 



 

 

Este relato se lo dedico Ramón Márquez Ruiz de Seres de Luz Blog y David Rubio, es por ellos y gracias a su maravillosa idea por la que he desarrollado unas cuantas líneas de más a esta historia El primogénito, ;)