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lunes, 9 de diciembre de 2019

El último viaje


 


No recuerdo a mi padre, se marchó de casa cuando apenas tenía cuatro años, eso hace que a veces me pregunte cómo uno es capaz de resguardar los primeros recuerdos y otros en cambio se almacenan en algún oscuro lugar del que no existe acceso.

Es como si una parte de mi hubiera sido arrancada el mismo día de su partida, ese día en que no evoco siquiera su sonrisa, olor, voz, un simple abrazo, pero si vienen a mi flashes como los sonidos de la vía del tren, el aviso del próximo destino, el llanto de mi madre, de sus ruegos requiriendo que no nos abandonara. Como me empujaba hacía ese hombre sin rostro. Nada sirvió. A partir de ahí, todo se volvió negro, o quizás siempre fue así, una mujer miserable, amargada que buscaba cualquier excusa para despreciar o culpar. La pequeñez de los momentos en los que se abrigaba, en el falso amor y en el rencor de saber que ese hombre se había marchado para no volver, con otra familia a la que entregar lo que ella demandaba, y sobre todo que no sería nunca la elegida. Yo solo fui una ficha a la que manejar, todo valía para retenerlo, aunque solo se tratara de unos escasos años de idas y frías salidas. Nunca existió amor, tampoco necesidad. Supongo que por esa razón fui una niña solitaria, sumisa, que intentaba no molestar, jugar en el silencio de la contemplación, la anciana Greta, nuestra vecina, se asemejaba a ese carácter, observador y reservado, hablaba poco, y cuando lo hacía era para revelar detalles sobre el pasado, así que no me sorprendió el día que decidió explicarme la historia de cómo se conocieron mis padres. Él era comercial, de los que van de puerta en puerta ofreciendo cualquier producto que uno pueda imaginar, no debió percibir el error que cometería al llamar a la puerta de mi madre, tampoco sé si llegó a venderle algo, pero sí que iniciaron una mísera relación, una aventura que hubiera tenido un rápido fin si no se hubiera hecho público el embarazo.  Por eso sé que cuando ya no le serví a su propósito me detestó con más fuerza. Hizo que creciera con una animadversión a los trenes, estaciones ferroviarias o cualquier pase en el que existiría alguna vía, la razón, el odio al abandono, a la culpa, a la necesidad de señalar a un objeto para no hacerlo sobre ella misma, sobre él. Durante un tiempo quise anclarme en esas emociones, a esa enfermedad, buscando un punto de conexión, necesitaba  y pensaba, que era la única manera de conseguir su cariño. Me amparaba en la desdicha de creer que si me parecía a ella, llegaría el día que no necesitaría vivir en aquel recuerdo, en él, su marcha, y seríamos felices.

Con el tiempo ese inexistente lazo se fue rompiendo, la incomprensión y la escasa respuesta hizo que me descubriera sublevándome. Empecé coleccionando recortes de trenes, los guardaba como un tesoro, y los admiraba cada noche antes de dormir, esperando ansiosa el día que ella los encontrara, quería, necesitaba, ver su reacción, me hacía sentir rebelde, mezquina, feliz y un algo que todavía no era capaz de describir. Sabía lo que podía provocar ese secreto, pero no me importaba, era mío.

Durante años logré pasar tan desapercibida que mi sola presencia no formaba parte de aquel plano, nunca lo descubrió y sentí rechazo, incomodidad y rabia. Greta la observadora, sí notó el cambio del que me estaba despertando y así me lo hacía saber  <<Niña, tu mirada no es limpia. Algo tramas y no es bueno>> Yo sonreía y fingía que no entendía lo que quería decirme. Pero lo sabía, dentro de mi habitaba una necesidad mayor, el odio se alimentaba de más odio, ya no tenía que intentar parecerme a ella, poco a poco, simplemente me convertí en una versión peor. Jugaba a desestabilizarla, a incomodarla. Me gustaba ver que tenía ese tipo de poder, no era como ella, no gritaba, ni exigía, no, yo cavilaba, cada paso, movimiento y palabra era tan mesurada que la perturbaba sin darse cuenta desde donde le provenía el golpe. Por las noches inducida por el primer sueño le ponía sonidos de locomotoras, silbatos, al cabo de unas semanas empezó a estar más irritable de lo costumbre, su agitación se hizo más presente, más visible, dejó de dormir. Allí debí detenerme, pero verla empeorar, hacía que me sintiera bien, con una paz que me impedía parar, disfrutaba viéndola caer, hundirse y me justificaba, sí, lo hacía, por el dolor que me había infringido desde que nací. Así que seguí. Pero llegó el momento en que ese juego empezó a aburrirme, trastornarla se convirtió en algo demasiado sencillo, necesitaba de otros nuevos alicientes.

Fue entonces cuando recibió la nota: Cande, cometí un error al marcharme. Nunca debí subir a ese tren. Llegaré a las once de la noche. Estaré esperándote en la vía número cuatro. Te necesito.

No miró el remitente, tampoco se fijó en la letra, solo vio lo que anhelaba, ese día anduvo como loca haciendo planes, repitiendo sin parar que ella sabía que llegaría el día que regresaría. Así que no me esperó, ni vio venir el empujón que le di justo antes de que pasara el tren, el último. Ahora sé cuál es mi cometido, y esto solo acaba de empezar.   


 
Relato presentado en el: EL TINTERO DE ORO, concurso literario mensual.



jueves, 28 de noviembre de 2019

Obra inacabada




Burbujeaste ante mí, exasperada por la atención que otros no quisieron darte. Oliste la desesperación que habitaba en este juego inmundo de necesidades. Y yo, yo, me presté a ti, poseíste mis actos, deslizándote tan adentro que apretabas y ahogabas. Disfrutabas al saber qué poder se te había entregado. Fiel siervo, perro enamorado de lo que solo podré decir que tocó miseria. Y es que te amé, nada más verte, lo hice. Qué iluso, pueril e insostenible tener que creer que después de tanto tiempo se dibujaría ante mí un borroso trazo, etérea apariencia en la que me anclé, a ella, a los dos. Arrastrándome al creer que lo habíamos logrado. Triste mezquindad. Pero erraste, no debiste traicionar el amor, el nuestro, podía, sí, lo hice, permitir tus juegos sucios, pero era solo por la cobardía de creer que sino pecaba me abandonarías, pero tu insano egoísmo erigió otros escenarios en los que no quisiste hacerme partícipe, no iba, no podía permitir que jugaras con otros como lo hacías conmigo, todo eso nos pertenecía, era nuestro vínculo, lo único de lo que me proveíste y me negué a soltarlo. Poco importaron tus suplicas, justificaciones, la verdad es que en ese momento te vi pequeña, me diste pena, repulsión, por el contrario, yo, quedé liberado, por una vez sentí cual era mi dictamen, el renacimiento del conocimiento. He de agradecértelo, sí, gracias a ti sé cuál es mi camino. Tú siempre serás la primera, la mejor, me reconociste en el momento exacto en el que todo empezó, lo comprendiste, el despertar de tu obra, la mía, y entonces sonreíste.  
 

 

Relato presentado en el: EL TINTERO DE ORO, concurso literario mensual.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

La sonrisa de Elda

Elda no tenía sonrisa. Durante años se la dibujó para que otros se la vieran puesta y se sintieran tranquilos. Por aquello que dicen que si todo el mundo es feliz, todo el mundo aguarda tranquilo. Pero ya no. En la última época había decidido salir de casa sin ella dibujada. Lo primero que notó fue el ahorro para esta causa, las pinturas que usaba eran caras y el tiempo invertido algo no merecido. Al ser menos esclava de todo ese esfuerzo notó una profunda mejora. Ya no tenía que demostrar.

La gente que la rodeaba, eso sí, empezó a mostrar su descontento. ¿Qué le pasaba a Elda? ¿Por qué razón no era la misma de siempre? ¿A qué se debía ese cambio? Y el desagrado empezó a materializarse con pocas muestras de cariño, antes rifadas, ahora limitadas. Lo primero que desapareció fueron las llamadas y los mensajes, las invitaciones se convirtieron en algo escaso. Pero ella seguía convincente y sin sonrisa, por lo que decidió ignorar cada desplante. Debían comprender que la elección eran suya y no de otros.

Lejos de perjudicarla, todo aquello le proporcionó una fortaleza de la que antes desconocía. <Si no me quieren como soy, entonces es que nunca me quisieron> Se decía. <E indicaremos que todas aquellas nuevas emociones la dejaban un poco más serena>
Se dedicaba a pequeñas cosas, las grandezas quedaron limitadas y hasta un tanto olvidadas, no necesitaba de más. Uno de los nuevos proyectos en los que se embarcó fue arreglar la parte trasera de la casa, plantaría flores; sí, pero debía decidir cuales. Así que preguntó a varios vecinos que se les veía mañosos y sus jardines eran auténticas obras de arte, éstos incrédulos no la vieron capacitada para dicha labor, pero que decir que Elda en todo aquel proceso estaba autodescubriéndose y se reconoció perseverante, y ante la malicia de ver que no querían ayudarla no se resignó como lo hubiera hecho la antigua Elda, no, se compró un gran libro de jardinería y lo estudió sin tregua, a penas durmió hasta terminarlo.
Era una decisión difícil, debía tomárselo con calma, no podía errar en el proceso. Una vez lo tuvo claro, empezó con la dura tarea. <Recordemos que las preocupaciones de Elda hasta hace bien poco eran otras muy distintas> Y cavó y cavó, tan hondo como las profundidades de sus miedos y entre palada y palada se hirió las manos, rompió las uñas, cada herida era una muestra del gran camino en el que se estaba adentrando, la mejor parte de aquel extraño bucle fue cuando por fin pudo colocar las semillas elegidas. No lo hizo rápido todo lo contrario se tomó tanto tiempo que llegó el atardecer, pero no tenía prisa así que en ningún momento se apresuró, las colocó con cuidado y cariño. Y solo cuando estuvo muy segura de que todo estaba perfecto, empezó a cubrirlas. Puñados de tierra húmeda se le colaban entre las heridas proveyéndola de un molesto picor, pero no paró, no, en ningún momento ceso en su empeño, quería sentirlo, necesitaba sentirlo, por eso decidió no usar los guantes. Los vecinos la veían y susurraban, <pobre niña> <qué torpe> <no lo terminará>, pero ella no hacía caso, algo en su interior estaba emergiendo y aunque todavía no sabía de qué trataba, bullía con fuerza.
Cada día lo regaba, le hablaba a ese pequeño terreno de tierra, le cantaba <cuantos berridos aguantaron aquella pequeña comunidad> pero la estima que impregnaba toda aquella estampa seguía removiendo algo desconocido para Elda, nuevas sensaciones que seguían sin nombre. Lo que no pudo negar es que en varios momentos flaqueó, el proceso era lento, no le fue entregado a la primera, pero la constancia finalmente la recompensó, un primer brote surgió; frágil y delicadeza perenne. Vida y emoción eso fue lo que sintió Elda al verlo y por primera vez no necesitó del simbolismo del maquillaje, porque pudo hacerlo, sí señores, nació sin más, sonrió de corazón. Entonces lo comprendió, lo pequeño si nace del amor es enorme para el alma. 
En las semanas que se sucedieron, nuevos brotes aparecieron y todos pudieron admirar el precioso jardín de Elda. Pero no se trata de demostrar sino de encontrar, y eso fue lo que pasó, lo verdaderamente importante es que ella por primera vez y no la última, floreció con una grandiosa y sincera sonrisa. 
 
Daniel Ridgway (1839-1924) - Picking Poppies
 
¡Ah! Antes de finalizar… disculpen a la voz en off a veces se le olvida que no puede formar parte de las historias, ;)

jueves, 5 de octubre de 2017

La secuencia de Marta



La primera vez que la vi lo supe. Fue un flechazo, no hubo palabras, no hicieron falta. Algo dentro de mí se despertó con una fuerza desesperada y desde ese momento, la necesité. Ella no se dio cuenta tan pronto o quizás no quiso hacerlo. Pero la verdad es que poco importaba, el hambre que yo sentía era más fuerte que la poca predisposición que ella pudiera poner. Coleccioné todo de Marta, sus gestos se convirtieron en el fetiche de nuestra relación. El que más me gustaba era su extraña forma al sonreír. Cuando algo le agradaba fruncía el labio de una manera muy peculiar, si no la conocías ese tic podía parecer otra cosa y luego llegaba aquella preciosa y amplia sonrisa. Mi sonrisa. Porque todo de ella era mío, desde entonces y para siempre. Ya había habido otras, pero ninguna igual. Lo sabía, no tenía dudas. 

Coincidíamos en la cafetería del centro comercial cercano a su casa. Marta pedía un té con leche, yo un café largo. Ella leía un libro, yo escribía en mi libreta todo lo que quería hacerle. Aquellos silencios eran agradables, en aquel momento compartir toda esa intimidad hacía que me sintiera completo, no podía pedir más. Y sabía que ella sentía lo mismo, se la veía relajada, feliz.

Al tiempo hubo pequeños cambios, la moda animalista llegó con fuerza y permitieron la entrada de mascotas, me pareció una desconsideración para los clientes habituales, pero aun así seguimos yendo cada tarde. Hasta que lo descubrí, me lo había estado ocultando y no me lo mostró hasta entonces, tenía un perro. Un perro. Soy alérgico al pelo de esos animales y ella debía haberlo sabido, yo conocía todo de nosotros, por el contrario Marta me había estado escondiendo a esa cosa. No me gustó, no podía consentir secretos entre nosotros. Todas las relaciones fracasan con la mentira y la nuestra desde ese momento dejó de ser tan idílica, me había fallado. Intenté acercarme para mostrar el desagrado que sentía, pero me ignoró, como siempre que intentaba que profundizáramos. Esa desconsideración fue la que lo desencadenó todo.

No podíamos compartir asiento en la barra, cada vez que me acercaba empezaban los picores y estornudos, entonces ella me miraba sin comprender que hacía yo allí. Ya no existían los silencios ni la intimidad, los tenía con ese animal que estaba alejándonos de nuestro maravilloso idilio. No podía permitirlo, no podía dejar que todo lo que habíamos creado terminara de esa manera, toda la culpa la tenía ese asqueroso chucho. Así que aquella tarde decidí no ir a nuestro templo, esperaba que me echara de menos tanto como yo lo hacía, con la misma desesperación. Al salir del trabajo la esperé durante horas en la puerta de su casa, allí sentado, en el primer escalón. Medité como arreglar todo lo que se había roto, apareció y nada más verme lo supe. Su cara no era placida, tenía un punto de terror en la mirada que paradójicamente en vez de molestarme, me excitó.

―Hola cariño, te estaba esperando.

―¿Cariño? Disculpe, usted… ¿Lo conozco? Un momento, sí, es, es… ¿No es el de la cafetería? ¿Qué hace aquí? Quiero decir, ¿cómo sabe dónde vivo? ¿Qué hace aquí? ¿Qué…?

Divagó y me preguntó tantas cosas a la vez, se la notaba nerviosa y eso para mis ojos la convertía en alguien más exquisito. El pánico rondaba sus facciones, el rictus de su sonrisa era frío y distante y yo necesitaba que me recibiera como merecía, quería ver el fruncido. Mi sonrisa. Empecé a alterarme y cuando eso pasa no soy la persona encantadora que tanto la deseaba, me convertía en un hombre peligroso y cruel.

―¿Así vas a recibirme? ¿Así?― Exigí humillado y despreciado.

―Pero, pero… es que no sé qué hace aquí. No lo conozco. Mire lo mejor es que se marche, por favor, váyase y le prometo que no llamaré a la policía, ¿de acuerdo?

―¡A mí no me hables así! ¿Cómo te atreves si quiera? Llevamos meses juntos, compartimos cada puta tarde.

Empecé a descontrolarme y lo notaba por como me miraba, con miedo, sí, con terror y angustia y ya no podía hacer nada, solo hacerla mía. Todo lo que había apuntado en la libreta, todo lo que había deseado hacerle, esa noche era nuestro momento, no teníamos más opciones. Debió notar el cambio, las respiraciones mudaron, la urgencia crispó en el aire allanando el cercano desenlace. Y entonces cometió la peor decisión de su vida, huir de mí. Es cuando el juego empezó, dejó de ser mi amada para convertirse en mi presa. 
 

Tres días más tarde.

―Señor Fernández, disculpe, quería comentarle que quizás la idea de traer mascotas a la cafetería no es buena idea. Desde que instauró la nueva norma muchos de los clientes fijos han ido fallando. Por ejemplo, se acuerda de aquella pareja tan extraña, la que llegaba junta pero no se dirigía la palabra en ningún momento, pues él hace cuatro días que no aparece y hoy será el tercero para ella. Señor Fernández, ¿me está escuchando?

―¡Dios mío, chico! Lee esta noticia.

<El asesino en serie apodado el Fetiche ha atacado de nuevo. A primera hora de esta mañana en la Comisaría Central han recibido una carta anónima, ésta informaba de la localización del cuerpo. Varios Agentes de la Ley se han personado en el Parque del Estanque para comprobar que la información recibida era certera. Allí efectivamente han encontrado el cuerpo sin vida de Marta Gutiérrez Barrobes, de 28 años. El modus operandi confirmaría que podría tratarse del Fetiche, siendo para este vil asesino su cuarta víctima. Las condiciones en las que han hallado el cuerpo han sido desoladoras para la familia. Los Agentes solicitan cualquier tipo de información de la que se disponga, exigen máxima colaboración ciudadana. Por ahora lo único que se conoce y así lo han confirmado familiares y amigos, es que la víctima no tenía pareja estable…>

―Es la chica, es ella… ¡La de la fotografía es ella!

―Llama a la policía, ¡debemos avisarlos! ¡Ahora mismo!  
 
Relato presentado en el: , concurso literario mensual.


viernes, 22 de septiembre de 2017

La indiferencia del amor




Hablan, pero no se comprenden. Miran, pero ya no se ven. El tacto ha quedado relegado, lejano en esta historia, donde el final aparece fronterizo. Y es que en este momento solo les queda la nada de un pasado que pudo haber sido, pero finalmente no lograron cimentar.

 ∞

El amor es difícil, Carmen lo sabía, no se mentía al respecto. Lo adivinaba como etapas donde la paciencia y el hábito van de la mano, pero todos aquellos peajes que se iban perdiendo hacían que el tiempo malgastara la razón. En ese momento se encontraban galopando entre perdones y promesas incumplidas, eso le provocaba resentimiento, más bien, aborrecía a la persona que dormía profundamente a su lado. Y no lograba comprender como todas las preocupaciones que tanto la perturbaban, él simplemente las dejaba pasar. Ahora, toda aquella simpleza que antes la había llenado o dado la tranquilidad que creía como correcta, se le tornaba carente, diluida, insostenible. No tuvieron hijos, fue una elección o quizás la naturaleza obró para ese fin y ellos tomaron su palabra como propia, exponiéndola a unos y a otros que así lo habían elegido. Lo que no esperaban es que aquello en vez de unirlos, terminaría por separarlos. ¿Cuánto tiempo se puede guardar una mentira? Días, meses, años, pero el silencio de la emoción no expresada siempre termina por germinar en desdicha. Y Carmen ya no podía guardar nada para ella, su mundo interior andaba enfadado, gritaba, exponía en un sin sentido la frustración. El maltrato verbal asomó con fuerza, la cruel indiferencia se mostró hiriente. Y los días precederos a esa tormenta interior se mostraron con una fría y simple nota.
 
<<Pablo, lo nuestro ha terminado. Adiós>>

∞

Nada más, solo seis palabras. Esa nota fue la responsable de desencadenar lo que hoy es ese hombre, antes imperturbable hoy vil.  Los días que siguieron fueron un despertar para Pablo, lo primero que pensó es que Carmen volvería, no tenía donde ir, no era una mujer dada a las relaciones, así que con pocos amigos podía contar. Eso le dejó muy tranquilo, con solo rozar ese pensamiento la perdonó y se prometió que cuando regresara nunca se lo echaría en cara. Pero las semanas se sucedieron impávidas, y noviembre llamó a su puerta, en ese momento el perdón ya no estaba tan cercano, todo lo contrario, empezó a engendrar un sentimiento desconocido, que arañaba la superficie pidiendo permiso para salir. Pero aun así, siguió sereno, comprensivo, callado. Hasta el día clave, el día que se conocieron, el veinte de noviembre. Se sacudió del molesto duermevela y lo que tanto había callado salió con desmesura, mudando en rencor. ¡Lo habían abandonado! A él, que le dio su vida, que le permitió manejarla a su antojo, él, que había renunciado a las elecciones, para cederle el único mando. Carmen era la culpable. Le había hecho perder todo lo que pudo ser y no fue. Y la buscó, fue entonces cuando la buscó, cogió el teléfono, marcó los números y para su desventura le respondió.  

—¿Carmen? ¿Carmen? ¿Estás ahí?

—Si, ¿qué quieres?

—No estás en casa, ¡no estás en casa!

—Pablo, hace dos meses que me fui. Por favor, no me digas que ahora te has dado cuenta.

—Tienes que volver.

—No.

—¿Cómo que no? Tienes que volver, todo esto no tiene sentido.

—Sé que para ti nada tiene sentido, pero no puedo volver. Es tarde para nosotros. Nunca fuimos felices.

—Pero yo te necesito, ¡y tú también! Llevamos quince años juntos, ¡joder! ¿Cómo cojones puedes decir que nunca fuimos felices?

—Porque es así, nos conformamos con compartir la vida pero olvidamos que también teníamos que respirar.

—Deja de decir tonterías y dime donde estás que voy a buscarte. ¡Dímelo!

—Sé feliz, Pablo. 

Y colgó. Por más que llamó y llamó, nunca más atendió a su llamada. Al tiempo, el número simplemente dejó de existir. Y del rencor pasó a un ferviente odio, culparla de su miseria era más fácil que afrontar la realidad de su vida. Ya no había lógica, no confiaba en los demás, nada se sostenía, todo se había vuelto extraño. La bebida fue la solución escogida, el camino fácil se dijo, la compañera que creyó que nunca le mentiría.

∞

Carmen muy al contrario empezó a buscar parte de la vida que había perdido, para reencontrarse con su pasado y averiguar quien era ella en este presente. No lo tuvo fácil, pero no se rindió. Sentía que todos aquellos baches le daban más fuerza, era todo un reto salir de la zona de confort y luchar por uno mismo. El tiempo fue el encargado de que ella acariciara aquello que llaman felicidad, sintiendo que ahora formaba parte de algo. Que su mundo antes silencioso se volvía sólido, tangible, real. 
 

∞
 


Los meses dejaron paso a los años, y aquel hombre que un día despertó sumergido en oscuridad, se encontró frente al espejo del baño observando su dejadez. Ya no había excusas, era él, su imagen y en lo que se había convertido. Y lloró, pero no se justificó por ello, ni tampoco buscó culpables, solo lloró. Sus mentiras quedaron relegadas y comprendió que la vida desde el principio era suya y no de otros. Apartó el caos a manotazos, lavándose la cara con furia, arañándose la piel, buscándose muy adentro y lo consiguió, se vio. La emoción le hizo despertar pero esta vez de verdad, el primer día de Pablo fue subir ese pequeño peldaño que lo alejaría de la desidia. Porque observándose encontró a su propia verdad, sin culpables, sin excusas, solo a él.


Relato presentado en el: , concurso literario mensual.
 

martes, 12 de septiembre de 2017

La frase

 
Sitúa a los demás en tu lista de prioridades y lograrás el final deseado.

 
Antonio se repetía aquella frase cada día, como una oración. La leyó un día que acompañó a su madre a la consulta del médico, esta vez para a una simple revisión de rodilla. Y desde entonces, la creyó certera, tenía que ser así, no podía ser de otra manera. Con cuarenta y dos años, seguía viviendo con una madre aquejada de cualquier mal que la hiciera ser el centro de atención, e ir a todas las consultas médicas existentes. Él como hijo único y buen hombre, antes niño, había decidido dedicar su vida en exclusiva a esa madre quejumbrosa y doliente, que estaba arrastrándolo al ahogo a pasos agigantados. ¿Y por qué tanto valor a esa frase? La razón es que en ese momento de su vida, no podía más. A penas la miraba con el respeto que una vez le tuvo, solo rezaba, eso sí, en secreto, que por fin uno de todos aquellos médicos le dijera que su mal no tenía solución, y que fuera la guadaña, los ángeles o quién estuviera dispuesto a velar por todas aquellas necesidades egoístas, el que cuidara de ella, porque él, ya no podía más, ya no.

Ahora repitiendo aquella frase lo veía claro, era una patraña, una mierda. ¿La razón? Diremos que durante un tiempo Antonio había puesto el corazón y el alma, y a cambio había recibido dolor y desprecio. Nunca más volvería a cometer el mismo error. Con una madre ya tenía más que suficiente para añadirle ahora a una Mariana. Porque él podía comprender que su compañera de trabajo no se hubiera dado cuenta de sus sentimientos, ni tampoco de las intenciones, y eso que para dicha causa le había estado enviando varios mensajes silenciosos. Como recibirla cada mañana con un café a su gusto, extra dulce con un toque de canela y mucha nata. ¡Ojalá, se le cariara esa preciosa sonrisa! Ni que reparara, ni le agradecería todas las tardes que se quedaba más horas para terminar el trabajo que ella durante la jornada no terminaba. Mientras, la susodicha, se podía dedicar a sus quehaceres, como ir al gimnasio, de compras o citas que en principio era con amigas. Pero la ingenuidad se fue perdiendo y al final comprendió que Mariana sabía perfectamente lo que estaba pasando, y necesitaba de un tonto para aprovecharse. Y claro, Antonio era ese tontorrón que no conocía de la vida más allá de médicos, madres y trabajo remunerado. Todo lo demás era una incógnita para su realidad. Y siendo francos, tampoco es que un día bajara un halo de luz y le mostrara el camino diciéndole: —Mariana, no es para ti.— No, la realidad es que una tarde terminó el trabajo antes de tiempo y pensó, que después de tantos meses velando por sus necesidades, bien podrían tomar algo juntos, se lo había ganado, o eso caviló. Y recordaba, bueno, conocía su agenda al completo, y los miércoles era el día que quedaba con las amigas en la Cafetería Lama, pero resultó que las amigas se convirtieron en un simple individuo con barba, gafas de bohemio, y un traje caro.
En ese momento después de años opresivos con una madre enferma y una compañera de trabajo, que pudo ser la segunda mujer más importante de su vida, obró en él un cambio radical. Y no es que de repente atrajera todas las miradas, eso no, claro. Simplemente dejó de hacer lo que los demás le exigían para hacer lo que él necesitaba.
Lo primero fue dejar el trabajo, llevaba en aquella empresa desde los veintidós años, nada más salir de la facultad enganchó con las prácticas y allí se quedó, nunca se preguntó si le gustaba o le llenaba lo que hacía, era trabajo, era dinero, era seguridad. Mariana no se lo tomó muy bien, rememorando la escena anterior ‘luz cegadora’, diremos que cuando la encontró con las manos entrelazadas del bohemio chic, en ningún momento se disculpó ni intentó disimular, pero en ese momento sí que le pudo la emoción de verse abandonada por el compañero de vida, perdón, empresarial. ¿Quién le haría ahora el trabajo? ¿Quién? Antonio fue claro, tú.

Y así con una tarea menos de su limitada lista, se fue para casa y descubrió algo que no esperaba, pero que le dio el necesario y apremiante último empujón, al fin y al cabo las costumbres hacen del hombre necesidades. Y allí estaba su madre, aquejada de la rodilla, cadera, brazo y todo tipo de hueso, articulación o músculo inexistente, subida a un taburete, ¡de puntillas! buscando en el armario más elevado un paquete de galletas. Decir que también tenía azúcar a su haber.

—¡Está loca! ¿Puede saber que está haciendo? ¡Por favor, madre, podría caer!

—¡Oh, que susto! Bueno, yo… quería una galleta, te olvidaste de ponérmela en la mesita esta mañana, ya sabes, que una no me hace daño.

—Pero si esta mañana no podía ni pestañear, ¿Cómo puede ahora comportarse como una experta equilibrista?

—Yo, yo… me encuentro mejor, ¡he mejorado! Sí, eso es, estoy perfectamente. Ahora hijo bájame, del esfuerzo creo que me estoy mareando. ¡Sí! me mareo, estoy cada vez peor, creo que es el azúcar, no debe ser la tensión, no será la musculatura del brazo derecho, que al estirarlo habrá enviado una señal negativa a mi cerebro y ahora, cógeme hijo, cógeme.

Pero Antonio no se movió, ni habló, solo procesó cada mentira, cada día, mes, año perdido entre invenciones y tretas. Y allí estaba ella, en el taburete, pálida por primera vez en su vida, y la vio, pero esta vez de verdad, frágil, pequeña, y sintió lástima. Porque comprendió que para ella, todas aquellas argucias eran la única manera que creía que serían capaces de retenerlo a su lado. Y en cierta manera odió al padre que los abandonó, porque le incrustó el miedo a la soledad de la peor manera existente, y se prometió, que este nuevo Antonio como el anterior, no la iba abandonar, por mucho que ahora quisiera tirarla por la ventana.

—Vamos madre la llevaré a la habitación para que descanse.

—Gracias hijo, no te irás, ¿verdad? No volveré a subir a ese taburete te lo prometo, todo volverá a ser como antes.

—No madre, no me iré. Pero todo ha cambiado, más tarde hablaremos.

Así fue como Antonio empezó a manejar sus tiempos, a pasos pequeños, después de todo ese niño de cuarenta y dos años todavía seguía presente, es difícil cambiar los hábitos. Abrió una pequeña tienda de coleccionables, resultó que todos aquellos años había adquirido un gran número de utilitarios que el tiempo se encargó de valorizar al alza. Y la madre por primera vez, respiró, y los males que tanto la habían aquejado fueron desapareciendo poco a poco, un milagro habría obrado con menos fuerza.

 
Ya no recordaba aquella frase tan a menudo, pero sí era más feliz, es difícil medir la amplitud de esa palabra, se sentía seguro, tranquilo y comprendió que el amor no necesita de compañía con la verdad se basta. Pero como todo el mundo le gusta leer un final notable, diremos que contrataron a una asistenta que resultó una enamorada de las bellas personas, y qué decir, que Antonio era una bellísima persona.
Así pues, ¿cuándo llega el momento de cada uno? Será cuando uno menos se lo espera, o puede que sea cuando elimine lo que mal le hace. Lo que sí es seguro, es que si se hace con amor, se es feliz desde la primera toma.

jueves, 22 de junio de 2017

Puerto claridad


 
Aquella sala olía a moho. Habitación oscura, incomunicada, sucia y vacía en alma. No era la sala, no, era ella. Restó diez años a su tiempo y vio lo que en verdad había ganado, nada. Sumó sus pérdidas y fueron aquellos malditos diez años. Pertenencias cero, un coche que bien podría llevar ya al desguace, quizás en chatarra sacara beneficio, y una planta.  

La condenada planta, un regalo de su última pareja. Iba acompañada por un dardo envenenado. <<Natalia, no puedes tener nada a tu cargo, no sé como sobrevives a ti misma.>> Lo que él no sabía, ni nunca averiguaría es que la rabia que sintió hacía sus palabras obraron a favor de aquella maceta con hojas.  

No le dijo ninguna mentira, del último puesto de trabajo la echaron por faltar varios días, sin excusas, pero, ¿qué sabían ellos? Siempre tuvo problemas de sueño, no descansaba bien por las noches. Su familia, bueno, eso sí era un tema aparte, sus padres se avergonzaban de ella, cabe decir que era lo opuesto a su hermana, pero prefería ser una indigente que conformarse a casarse con un hombre como su cuñado.  

¿Y ahora qué? En su lista de contactos no tenía a nadie al que no hubiera pedido algún favor en el pasado. Sola. Esa palabra retumbó en su cabeza y le hizo ser consciente del caos que la alcanzaba. Pero, ¿y si? Podría intentar que su hermana, no, lo desechó al momento, la miraría por encima del hombro como si fuera una apestada, se olió, sí, una buena ducha le sentaría muy bien. Ideas, ideas. Siempre había sido una abnegada para las soluciones, en el colegio la escogían la última en todas las actividades, eso la marcó y borró de su mente el esfuerzo que representaba.  

Buscó en el bolso algunas monedas, un café, con una buena taza seguro que vería más luz en este parco camino. Pero la suerte hacia tiempo que la había abandonado. Mientras cavilaba qué hacer, se le cruzó un vecino, holandés o eso le dijo, la miraba con lascivia, una imagen cruzó por su cabeza, solo esperaba que la necesidad no la llevara a tan baja escala.  

—Me ha dicho un pajarito que Marcos, se ha marchado para no volver.
—Siempre tan gracioso François, solo a ti se te podría ocurrir ser desagradable con una cancioncita. ¿Quieres algo?
—Venga mon amour, no seas fierecilla, ese hombre era poco para ti, yo podría cuidarte mejor, eh Belle, ¿oui?
—No te lo tomes a mal pero antes me quito de en medio, así que desaparece de mi vista, ¡lárgate!
—Me gustan enfadadas —pasándose la lengua sobre los dientes, continuó— ya volverás y te domaré, sabes que tengo razón lionne.
—Sueña con ello, cucaracha.
—Venga, venga, petite, no te sulfures. —poniéndole varios billetes en el bolsillo de la tejana, le dijo— Un pequeño adelanto de lo que devendrá, no me gustan tan flaca.

Lo miró a él, luego al bolsillo, y volvió a mirarlo. Dudó, pero no tenía nada a lo acogerse, y por fin una idea surcó en su mente, no iba a venderse tan fácilmente.

—¿Ves aquella chatarra de allí? Es tuya por el dinero, no esperes más de mí.

El regusto vomitivo de aquella conversación le dio el estímulo necesario. Siempre le pasaba lo mismo, se mantenía dormida durante largos periodos de tiempo y una vez que la amenaza o limitación de otros sobrevolaba sobre ella, actuaba. <<Desastre, desastre>> Pensó para sus adentros. Un buen desayuno, eso terminaría por enseñarle el camino.

Al entrar en la cafetería, vio un cartel en el se precisaba personal.

—Hola, buenos días. ¿Todavía buscan a alguien?

La señora entrada en años y carnes, la observó, una mirada evaluativa, sintió la hondura especulativa y no dudó en que pudiera descubrir sus más oscuros secretos.

—Eso depende, ¿tienes experiencia?
—Bueno… la verdad, es que no mucha, pero me esforzaré sin con ello gano el puesto.
—Mira guapa, no te engañaré, no creo que des el perfil, siéntate, desayuna que buena falta te hace, y luego ya hablaremos.
 
Al terminar, se levantó y pagó la cuenta, dejando una generosa propina. Fue a despedirse.

—¿Ya te vas? ¿No habíamos quedado en charlar?— Eso descolocó a Natalia, pero volvió a su mesa.
—No te he visto nunca por aquí y eso es muy extraño, soy mayor pero nunca olvido una cara. Por cierto mi nombre es Candela.
—Yo soy Natalia.
—Encantada, mira niña este trabajo no creo que sea adecuado para ti, pero he visto que llevas una planta, muy bien cuidada, por cierto.
—Ah, bueno, sí, no se preocupe.— Haciendo el intento de levantarse.
—No he terminado. Mi hijo tiene un vivero, no muy lejos de aquí. Lo negará pero sé que necesita personal, y su carácter es…— quedó callada— bueno, podría decirse que no es agradable en trato, eso hace que el personal no dure mucho, exige que sus plantas sean tratadas con delicadeza. Por lo que puedo ver, tú tienes buena mano, te aferras a ella como si nada te quedara— poco sabía cuantas verdades había en aquella frase— Así que, si te interesa, el puesto es tuyo, ahora mismo lo llamo para avisarlo.
—¿Por qué cree que yo tengo posibilidades para conservar ese trabajo?
—Sé reconocer la necesidad de amor, y tú Natalia, tienes mucho que dar. No hay más que ver como brillan esas hojas. Y bueno, siendo egoísta mi hijo sé que también posee esa misma balanza, así que el tiempo ya os dirá.

 


¿Quién sabe? Pero si se quedaba con esta última sensación, podía creer que en su cuento, el puerto al fin clareaba.

 

martes, 30 de mayo de 2017

Resuello


Día 1
Aborrezco que otros tengan más razón que yo, siempre me viene a la cabeza una madre demasiado autoritaria, que nunca mostró afecto y comprensión. Me retuerzo en la incoherencia por saber que esta vez las palabras de Gabriel estaban por encima de las mías, y lo sé, no debí embarcarme en este propósito, pero necesitaba demostrarles que podía hacerlo y si era una locura, con más fuerza sería capaz de sacarla adelante, encontraría el punto de cordura en todo este proceso.
Ilusa y creída, una perfecta estúpida, yo una todopoderosa que no he necesitado nunca de nadie para ganarme un nombre y ahora veo como este baile está por concluir.
¡Qué dolor! Mis costillas, me oprimen, al oxígeno le cuesta entrar, en un esfuerzo severo estallo en carcajadas como si así lograra esclarecer un futuro tan negro como este lugar, sobrepasada por el agudo e insoportable sufrimiento, mi estabilidad mental se desequilibra. Un regusto a sangre pasea a sus anchas por el paladar, siempre he detestado ese sabor, como a hierro oxidado.
El tiempo pasa y sólo me hago una pregunta, ¿Cuánto aguantará mi cuerpo? ¿Y mi hora? Necesito saber cuando será, ni siquiera en el peor momento de mi triste existencia logro ser paciente ¡Ya! Que sea ya, por clemencia.
Maldito ego desconsiderado, quedará sobre la eternidad, cuando al fin encuentren mis huesos. El recuerdo de mi persona será, aquí yace Emma la necia. 

Día 3
Hoy lloro y lloro, lo hago en silencio sepulcral, un mutismo que pasea a sus anchas por la placida estancia de esta tumba autoimpuesta. Silencio, tanto silencio, que tiemblo incontrolablemente. Líquidos que ya no aguardan en mi cuerpo caen sobre las mejillas magulladas, viendo pasar el tiempo que no aflorará y vuelvo a compadecerme. Alma ennegrecida, logré mis metas acarreando faltas hacia otros, nadie más que estas lágrimas que derramo serán las que pesen sobre mi muerte.
De ayer no recuerdo nada, dormité gran parte del día, pero hoy por más que lo intento no consigo que eso suceda. Y lo deseo con todas mis fuerzas, una muerte dulce, sin dolor, sin agonía, pero es como si el karma me sonriera desde la distancia, anunciándome de que eso no iba a suceder.
Y hay algo que echo más en falta que nada y es la luz, sensación de candor, de abrazo, de vida. El tiempo termina, sólo pido la oportunidad de redimir, de volver a empezar, esta vez sé que lo haría bien, pero es tarde, ya no quedan opciones.

Día 4
Habito en un duermevela perenne, no logro reconocer cuando estoy consciente o es un sueño, el dolor de las costillas es apenas un cosquilleo y todo se desvanece como en un trance vacío de emociones, nada, quietud, eternidad sombría que acecha, reclamando lo que le pertenece y entonces lo veo, ¡Oh el final! Unas luces acuden en mi busca, es la hora, dejaré este mundo con tantos puntos suspensivos que compadezco la existencia ya vivida.
— ¡La he localizado! ¡Está aquí! ¡Aquí! Te tengo.


Día 2

En un tiempo pasado.
—       Sigue sin haber noticias de Emma, es como si se la hubiera tragado la tierra.
—       ¡Joder! No puede ser, tenemos que encontrarla, haced lo que sea necesario. Maldita mujer del demonio, terca e inconsciente.
—       Mis chicos ya lo hacen Gabriel, sólo podemos esperar.
Una hora más tarde.
—       Señor, han localizado la señal GPS del móvil.
—    ¿Dónde la sitúa?
—    En el Gran Pozo MTDE.
—       Llevadme hasta ella.