Hablan, pero no se
comprenden. Miran, pero ya no se ven. El tacto ha quedado relegado, lejano en
esta historia, donde el final aparece fronterizo. Y es que en este momento solo
les queda la nada de un pasado que pudo haber sido, pero finalmente no lograron
cimentar.
∞
El amor es difícil,
Carmen lo sabía, no se mentía al respecto. Lo adivinaba como etapas donde la
paciencia y el hábito van de la mano, pero todos aquellos peajes que se iban
perdiendo hacían que el tiempo malgastara la razón. En ese momento se encontraban
galopando entre perdones y promesas incumplidas, eso le provocaba resentimiento,
más bien, aborrecía a la persona que dormía profundamente a su lado. Y no lograba
comprender como todas las preocupaciones que tanto la perturbaban, él
simplemente las dejaba pasar. Ahora, toda aquella simpleza que antes la había
llenado o dado la tranquilidad que creía como correcta, se le tornaba carente,
diluida, insostenible. No tuvieron hijos, fue una elección o quizás la
naturaleza obró para ese fin y ellos tomaron su palabra como propia, exponiéndola
a unos y a otros que así lo habían elegido. Lo que no esperaban es que aquello
en vez de unirlos, terminaría por separarlos. ¿Cuánto tiempo se puede guardar
una mentira? Días, meses, años, pero el silencio de la emoción no expresada
siempre termina por germinar en desdicha. Y Carmen ya no podía guardar nada
para ella, su mundo interior andaba enfadado, gritaba, exponía en un sin
sentido la frustración. El maltrato verbal asomó con fuerza, la cruel
indiferencia se mostró hiriente. Y los días precederos a esa tormenta interior
se mostraron con una fría y simple nota.
<<Pablo, lo
nuestro ha terminado. Adiós>>
∞
Nada más, solo seis
palabras. Esa nota fue la responsable de desencadenar lo que hoy es ese hombre,
antes imperturbable hoy vil. Los días que
siguieron fueron un despertar para Pablo, lo primero que pensó es que Carmen
volvería, no tenía donde ir, no era una mujer dada a las relaciones, así que
con pocos amigos podía contar. Eso le dejó muy tranquilo, con solo rozar ese
pensamiento la perdonó y se prometió que cuando regresara nunca se lo echaría
en cara. Pero las semanas se sucedieron impávidas, y noviembre llamó a su
puerta, en ese momento el perdón ya no estaba tan cercano, todo lo contrario,
empezó a engendrar un sentimiento desconocido, que arañaba la superficie
pidiendo permiso para salir. Pero aun así, siguió sereno, comprensivo, callado.
Hasta el día clave, el día que se conocieron, el veinte de noviembre. Se
sacudió del molesto duermevela y lo que tanto había callado salió con desmesura,
mudando en rencor. ¡Lo habían abandonado! A él, que le dio su vida, que le permitió manejarla a su antojo, él, que había renunciado a las elecciones,
para cederle el único mando. Carmen era la culpable. Le había hecho perder todo
lo que pudo ser y no fue. Y la buscó, fue entonces cuando la buscó, cogió el
teléfono, marcó los números y para su desventura le respondió.
—¿Carmen? ¿Carmen?
¿Estás ahí?
—Si, ¿qué quieres?
—No estás en casa,
¡no estás en casa!
—Pablo, hace dos
meses que me fui. Por favor, no me digas que ahora te has dado cuenta.
—Tienes que volver.
—No.
—¿Cómo que no?
Tienes que volver, todo esto no tiene sentido.
—Sé que para ti
nada tiene sentido, pero no puedo volver. Es tarde para nosotros. Nunca fuimos
felices.
—Pero yo te
necesito, ¡y tú también! Llevamos quince años juntos, ¡joder! ¿Cómo cojones
puedes decir que nunca fuimos felices?
—Porque es así, nos
conformamos con compartir la vida pero olvidamos que también teníamos que
respirar.
—Deja de decir tonterías
y dime donde estás que voy a buscarte. ¡Dímelo!
—Sé feliz, Pablo.
Y colgó. Por más
que llamó y llamó, nunca más atendió a su llamada. Al tiempo, el número
simplemente dejó de existir. Y del rencor pasó a un ferviente odio, culparla de
su miseria era más fácil que afrontar la realidad de su vida. Ya no había
lógica, no confiaba en los demás, nada se sostenía, todo se había vuelto
extraño. La bebida fue la solución escogida, el camino fácil se dijo, la
compañera que creyó que nunca le mentiría.
∞
Carmen muy al
contrario empezó a buscar parte de la vida que había perdido, para reencontrarse
con su pasado y averiguar quien era ella en este presente. No lo tuvo fácil,
pero no se rindió. Sentía que todos aquellos baches le daban más fuerza, era todo
un reto salir de la zona de confort y luchar por uno mismo. El tiempo fue el encargado
de que ella acariciara aquello que llaman felicidad, sintiendo que ahora formaba
parte de algo. Que su mundo antes silencioso se volvía sólido, tangible, real.
∞
Los meses dejaron
paso a los años, y aquel hombre que un día despertó sumergido en oscuridad, se
encontró frente al espejo del baño observando su dejadez. Ya no había excusas,
era él, su imagen y en lo que se había convertido. Y lloró, pero no se justificó
por ello, ni tampoco buscó culpables, solo lloró. Sus mentiras quedaron relegadas
y comprendió que la vida desde el principio era suya y no de otros. Apartó el
caos a manotazos, lavándose la cara con furia, arañándose la piel, buscándose
muy adentro y lo consiguió, se vio. La emoción le hizo despertar pero esta vez
de verdad, el primer día de Pablo fue subir ese pequeño peldaño que lo alejaría
de la desidia. Porque observándose encontró a su propia verdad, sin culpables,
sin excusas, solo a él.
Relato presentado en el: EL TINTERO DE ORO, concurso literario mensual.