Suspiro, cada vez que te veo, suspiro.
Encojo, cada vez que estás cerca, encojo.
Expreso, y sí lo creo, un día seré lo suficiente valiente
para acercarme a ti y declarar este sentimiento que se expande muy adentro, convirtiéndome
en una enfermedad precisada de extinguir.
Llego tarde, como cada vez que no estás solo. Lo intento,
alcanzarte, pero no lo logro, claro que no. Mi cobardía es más fuerte que el
afecto que desprenden estos cuatro reglones.
Vuelvo a suspirar, y me encojo, de nuevo, encojo.
Mi espalda encorvada no es precisamente lo más llamativo de
mi ser, pero aún así te escudriño. Me observas y en mi cabeza se recitan
preguntas, ¿a qué estoy esperando? Pero no hay nada tangible entre nosotros
para poder albergar futuro. Así que actúo, a tus espaldas, eliminando pruebas, alejando
todo lo que impide que me ames como yo lo hago. Esta vez he ido demasiado
lejos, lo sé, pero no podía permitirlo, no.
El amor que siento es tan fuerte que cedo a que estés con
otras, pero nunca, ¡Jamás! te casarás con nadie que no sea yo. Ella, esa innombrable no te quería, no
como lo hago yo, lo vi, sí, en sus ojos y sus últimas palabras lo confirmaron.
— Por
favor no me mates, me alejaré de Claudio, tú eres mejor para él. Te lo prometo.
¡Por favor!
Cobarde, ¿lo ves? Gimoteó, suplicó, no luchó, no se ganó
siquiera mi respeto. Yo soy capaz de todo lo que me pidas, tú eres mi amor. Sólo
deseo que llegue ese día, el momento que entre las sombras que nos separan divises
esa verdad, como la única.
Atentamente; TUYA, siempre.

