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martes, 6 de junio de 2017

Epístola




Suspiro, cada vez que te veo, suspiro.
Encojo, cada vez que estás cerca, encojo.
Expreso, y sí lo creo, un día seré lo suficiente valiente para acercarme a ti y declarar este sentimiento que se expande muy adentro, convirtiéndome en una enfermedad precisada de extinguir.   

Llego tarde, como cada vez que no estás solo. Lo intento, alcanzarte, pero no lo logro, claro que no. Mi cobardía es más fuerte que el afecto que desprenden estos cuatro reglones.  

Vuelvo a suspirar, y me encojo, de nuevo, encojo. 

Mi espalda encorvada no es precisamente lo más llamativo de mi ser, pero aún así te escudriño. Me observas y en mi cabeza se recitan preguntas, ¿a qué estoy esperando? Pero no hay nada tangible entre nosotros para poder albergar futuro. Así que actúo, a tus espaldas, eliminando pruebas, alejando todo lo que impide que me ames como yo lo hago. Esta vez he ido demasiado lejos, lo sé, pero no podía permitirlo, no. 

El amor que siento es tan fuerte que cedo a que estés con otras, pero nunca, ¡Jamás! te casarás con nadie que no sea yo. Ella, esa innombrable no te quería, no como lo hago yo, lo vi, sí, en sus ojos y sus últimas palabras lo confirmaron. 

—      Por favor no me mates, me alejaré de Claudio, tú eres mejor para él. Te lo prometo. ¡Por favor! 

Cobarde, ¿lo ves? Gimoteó, suplicó, no luchó, no se ganó siquiera mi respeto. Yo soy capaz de todo lo que me pidas, tú eres mi amor. Sólo deseo que llegue ese día, el momento que entre las sombras que nos separan divises esa verdad, como la única.

 

Atentamente; TUYA, siempre.
 
 

lunes, 3 de octubre de 2016

El árbol



De pequeños siempre jugábamos en aquel árbol. Recuerdo que miles de veces intenté convencer a Marcos para alejarnos de ese cerco invisible al que él llamaba hogar, pero no quería avanzar y yo aún sin entender la razón, le consentía. Nunca antes había tenido un amigo tan singular.  

Fuimos creciendo y seguí yendo a aquel árbol, pero entonces sí empecé a advertir que algo de todo aquello no era normal, ya contaba con la edad de trece años y Marcos seguía siendo el mismo chiquillo de ocho con ropas extravagantes y poses aristocráticas.  

Supongo que la realidad al fin vino a mí cuando nuestras conversaciones se vieron afectadas, estaba en pleno apogeo hormonal ansioso por hablar de María la hija del panadero y Marcos insistía en corretear como si fuéramos chicuelos. Eso me molestó. 

-          Sabes Marcos, ¡estoy harto! Llevo años viniendo a este estúpido árbol y siempre hacemos lo que tú dices, ¡Pues no! ¡Se acabó! A partir de ahora iré al pueblo y si no quieres venir, ¡Allá tú! ¡Dejaremos de ser amigos! 

No dijo nada, sólo me examinó. Su mirada se volvió negrusca como si las pupilas se hubieran adueñado de sus ojos, retrocedió dos pasos para colocarse detrás del tronco y yo extrañado por esa renuncia fui tras de él, pero no lo hallé. Parecía que el árbol lo hubiese engullido, palpé en busca del hueco del que supuse que estaría escondido pero no encontré nada, solo una frialdad que erizó todo el vello de mi cuerpo, me asusté mucho y gallina de mí, huí.  

No he conseguí volver a ese árbol, ni siquiera recordaba esta historia hasta hoy, cuando mi hija Alejandra me ha explicado que ha hecho un nuevo amiguito, el que vive en la llanura del bosque.