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Al despertarse Mario sintió un dolor agudo en el pecho, el
desazón propio de tener que escoger algo tan importante, no dejaba de ser un
chico de quince años y no quería tener que elegir entre los dos mundos. Solo
deseaba que todo siguiera igual. Pequeñas lágrimas regaron su cara, se abrazó
sintiendo miedo al desenlace.
Pero era inteligente y no podía pasar el último día
llorando arrinconado en su habitación, se despejó y ese día lo
aprovecho como nunca lo había hecho. No se separó en ningún momento de sus
padres, los abrazó, les dijo palabras cariñosas, jugó con su hermano pequeño, del
que hasta la fecha se podría decir que había ignorado. Disfrutó de la cotidianidad
en todas sus formas. Porque dentro de él ya sabía la decisión tomada, al fin y
al cabo Ana estaba en el otro mundo y nunca podría abandonarla, era su chica.
Pero cuando se acercaba la hora de irse a dormir, algo
dentro en su interior se removió, vio como su madre besaba en la mejilla a su
padre. Ese pequeño acto le hizo comprender que nunca más estaría con su familia,
que no volvería a verlos desparecerían para siempre y el miedo lo golpeó.
Con la duda naciente y dos caminos a escoger, se fue a
dormir.
Volvió a aprovechar la noche como durante de día, jugó, rió,
bailó, y se abrazó a sus amigos pero sobretodo a Ana. Cuando era el momento de
despertar las voces le reclamaron la elección.
Pero antes de decidirse Mario les hizo una pregunta.
-
¿Qué será de mis padres?
-
Creerán que has muerto.
-
Entonces sufrirán por mi causa.
-
A veces los actos de unos hacen que otros padezcan.
-
Pero yo no quiero que ellos sufran por mí.
-
Debes escoger Mario, el tiempo se termina.
Observó todo a su alrededor y con lágrimas en los ojos y un
gesto que solo él y Ana conocían les dijo adiós, ella lo miró con expresión
extraña sin comprender lo que estaba pasando.
¿Sería el fin?
Epílogo:
Doce años más tarde.
Mario solía ir a por comida preparada, vivía solo y a parte
de que cocinar le daba pereza no era lo suyo. Llegó y había bastante gente
esperando el turno, así que preguntó quien era el último.
Escuchó como una dulce vocecita le decía que era ella, se giró para comprobar
de quien se trataba. Quedó en shock sin oxígeno que poder respirar, regresando a él un mundo que por un tiempo creyó haber inventado, cuando al fin volvió en sí se abalanzó sobre ella y atropelladamente le dijo:
-
Eres.. ¿eres Ana?
-
Si, ¿nos conocemos?
No hizo falta que le contestara ya que al volver a mirarlo lo
reconoció y con una sonrisa de auténtica felicidad se lanzó a su cuello, fundiéndose
en un abrazo con el que quedaron unidos para el resto de sus días.
Porque los sueños solo finalizan si uno lo desea.
Fin