Era obsesivo, lo sabía, era plenamente consciente que era
retorcidamente monomaníaco.
No podía evitarlo, por mucho que lo intentara al final
terminaba obsesionándose con la manera de no obsesionarse. Y la rueda seguía,
no existía fin.
Su casa impecable, todo en su sitio ni una mota de polvo, bien
desinfectada, cd’s clasificados por el alfabeto. La ropa, ay la ropa, debía
estar por tamaño y color y no permitía que nadie interfiriera en su orden. La
comida era escrupuloso, solo comía lo que él mismo cocinara, claro está que
usaba sus propios cubiertos. Todo en un orden meticuloso, como si de una casa
de catálogo se tratara.
Cuando salía de casa comprobaba que hubiera cerrado la
puerta contando mentalmente veintinueve veces, si se descontaba volvía a empezar.
Y miles de rutinas de las que se había acostumbrado como certeras.
Eso le había llevado a que nadie aguantara convivir con él. La
verdad que no le importaba, su causa era justa en su cerebro, aunque una
vocecilla interior le decía de vez en cuando que todo aquello no era normal,
pero no podía luchar con esa fuerza.
Pero estos últimos años todo había empeorado, su última
adquisición era gravemente voluble, le perjudicaba tener controladas a las
otras.
La odiaba, la odiaba con todas sus fuerzas, durante el día
no se mitigaba y durante la noche se reproducía mil veces en su cabeza sin
dejarle dormir. Sobretodo durante periodos estivales, donde por causas
incomprensibles para él había muchas.
Na, na, na, na, na.. una y otra vez sin fin, na, na, na, na,
na…
No podía soportarlo más, tenía que erradicar el problema. Sonrío,
¡claro que sí!, como no lo había pensado antes. Cogió una aguja de punto de
cruz y zas se perforó los oídos.
Ya nunca más tendría que escuchar un hit del verano, na, na,
barbacoa, na, na, mayonesa, na, na, bombaaaaaa.