lunes, 18 de noviembre de 2019

La escritura, vosotros y un: ¡GRACIAS!

 
 


Parece mentira, que yo, fielmente sierva del Grinch, me vea escribiendo una entrada de retroceso, en la que la cercanía de la Navidad nos acoge en sus garras y con ella no solo muestra los buenos propósitos, sino los errores cometidos.

De tanto en tanto me dejo acoger por el silencio, los que me leéis desde hace tiempo, bien que lo sabéis, me resguardo en un mundo interior del que la emoción se mantiene latente, pero privada. Vendría a ser algo así como la necesidad de un duelo, y no logro o alcanzo sobrevenirlo si no es en soledad.

Seguramente y lo entiendo, vaya si lo comprendo, estas pausas hayan causado molestia, enfado o incomprensión por eso os pido disculpas, la primera entrada después de tanta carencia, dije todo lo contrario, que no las pediría, pero erré, porque no se trataba de pedir disculpas a vosotros sino a mí misma. Como sabéis soy muy de flagelarme. Por eso, y también porque no me importa rectificar, darme cuenta cuando me equivoco, ni siquiera afrontar la realidad de una elección inexacta, pero ante todo hay una cosa que no podría soportar y es provocar dolor con algo tan bello como la palabra.

Y es que la escritura libera, pero a veces también muestra y eso que nos es enseña es corrosivo, doloroso. Aviva un tipo de sufrimiento que se resguarda en la emoción y bloquea el paso de tal manera que uno no alcanza caminar y seguir, haciendo que se pregunte, ¿seguir el qué?

Cuando abrí el blog, madre mía, parece que haya pasado una eternidad y no es así, fue en el año 2015, la intención del mismo, si esta existía, fue la de hacer pequeñas reflexiones, eso me llevó a conocer un mundo totalmente nuevo, amplio y si de algo estoy cien por cien segura maravilloso, he sido muy afortunada al toparme con todos vosotros los que estáis y los que por una razón u otra ya no están tan presentes. Para lo que no lo sepáis, me costó mucho tirarme a la piscina y abrir el blog, casi ni lo hago, si no llega a ser por mi gran amiga Maria creo que esto no llega a suceder, no puedo saber si me hubiera arrepentido porque lo que no se vive no puede echarse de menos, pero lo que sí sé, es que hubiera sido un gran error. Poco a poco fui introduciendo, cuentos, relatos, poesía y hasta fijaros que valiente puede ser una: alguna reseña de libros, eso hizo que las reflexiones fueran quedando apartadas, silenciadas, para la introspección privada, solitaria. Ya no se desmenuzaba el dolor, se quedaba allí, segregado, latente, en la oscuridad más amordazada.

Sé cuáles son mis faltas, también soy consciente de mi carácter, de mi forma de actuar, de los errores cometidos, de lo que puedo mejorar (y de lo que debo) uno de mis mayores problemas (vaya sí lo es) la timidez y el bloqueo que esto supone, si a eso le sumas la crítica y terquedad que habita en mí (como buena capricornio), lo hace, porque no decirlo, todo más complicado. También puedo decir que soy emocional, cínica, que me rio de mí misma e intento tirar balones fuera a todo lo que se aprecia insustancial, aunque a veces no lo logre. También sé que a mis 34 años me sigo emocionando como a una niña, a veces excesivamente infantil, otras muy soñadora en la que agradezco y aprecio el cariño, también conozco el miedo, aunque no deje que este se visualice, creo que si se reciben malas noticias, si no se habla constantemente de ellas, no se les da valor, importancia, nombre, éstas a larga fenecen.
 
Por eso hoy quiero hablaros del 2018, porque cuando algo ha transitado, asimilado, debemos liberarlo, hay etapas en la vida en la que las buenas intenciones, la visión positiva, el restar importancia, el seguir, forma una extraña y perturbadora bola que uno no puede digerir, no sabe lo que sucede, pero siente que algo no va bien, nota inestabilidad, falta de algo que no tiene nombre, a la vez que sobran muchas otras y es entonces cuando con todas estas emociones dispares, hay una crisis. Uno se sobrepasa. No sabe gestionar correctamente los tiempos, en eso como sabéis, soy una experta. Para mí ese año e inicio de este, fue eso, un exceso de un todo y un nada, de una etapa no cerrada. Y es que cuesta decir adiós a las personas que amamos, darse cuenta que ya no volverás a estar con ellas, que ese hecho te deja muy adentro una brecha que el tiempo disimula, pero no cura. Esa es la encargada de que tu carácter, tus faltas, se agraven o difuminen, se contemplen desde fuera y digan: estás herida. A partir de ahí sobre ti se ciernen miedos que desconocías, y constantemente te recuerdan que es difícil liberarse de ellos. Y es que ese dolor siempre ha estado allí, dormido, profundo y relegado; pero allí. Perdí a mi padre muy joven, demasiado, en un momento donde la adolescencia brota cruel, donde uno no es consciente de lo efímero del tiempo. Pero no quiero, ni la intención de esta entrada es que su recuerdo se empañe, no se lo merece, él no. Todo lo contrario, solo visualizarlo me arranca una sonrisa y hace que mi alma brille con  alegría. Así que os explicaré que a partir de ese momento, en mi familia llevamos un control un poquito más exhaustivo, de ahí mi fobia a los médicos, (siento si hay alguno por aquí, pero no puedo evitarlo) la cuestión es que hace unos cuatro años, el resultado de éstas fue negativo, y terminé con un pase exclusivo a salas de espera, pruebas, médicos y tiempo, acabó bien, muy bien, solo tengo que seguir con los controles anuales, como todo el mundo, así que todo está perfectamente. Pero los meses de incertidumbre, de comerse la cabeza, de pensar y visualizar el peor escenario. ¿Alguien sabe parar esos pensamientos negativos? Yo no.

Lo que sucede con las brechas no cerradas es que llega un día que de repente aun habiendo pasado mucho tiempo, se despiertan con un solo zas, que te dice: sigues herida. Pueda que suceda en un momento que sientas estrés en el trabajo, poca o nula gestión de tiempo, has recibido algún input negativo, o cualquier cosa, la más insignificante que puedas imaginar, pero eso hace que vuelvas a caer. Soy consciente de que esa etapa nunca podré cerrarla, no solo porque forma parte de mis vivencias, mi identidad, es más, porque nació del verdadero amor; lo más bello que tenemos. Pero sí puedo decir que se puede trabajar, aprender a gestionar esas caídas, conociendo, interpretando y admirándonos bien adentro, sin prejuicios, sin el recelo de ver más allá, no esperando lo correcto, porque nada lo es, ahí uno, en cierta manera puede anticiparse, liberarse, respirar.

Por eso siempre recomiendo la palabra. Escribir un diario, llevar una libreta encima en la que se puedan apuntar frases, ideas, tonterías; ayuda. Porque la palabra, es, eso: sanadora. No hay que temer lo que nos muestre, al final, lo único más aterrador que podremos visualizar será nuestro propio reflejo, y eso tampoco puede ser tan malo, ¿no? ;) Y sobre todo si uno necesita ayuda, porque no consigue gestionarlo, que la pida. Sin miedo, ni vergüenza.

Perdonad por la largura de esta divagación, termino, ya ¡palabra! Llega diciembre, familia, amigos, comida, regalos, más comida, amor, empacho... En mi caso puedo decir que se termina un año del que me siento bien, más completa, más certera. Más yo que nunca. Tanto yo, yo, yo (¡qué egocéntrica!) me delata, ¿no os parece? Creo que mis letras se están dibujando hacia una nueva etapa que cada vez veo más real, concibo un algo que no hoy, ni mañana, pero sí un quizás, una posibilidad que está latente. Gran parte de este más, es sin duda gracias a vosotros, vuestra comprensión, afecto. Y vuestras manos que acogen maravillosamente en este camino. Y no es por nada, pero a mí las manos, me encantan, :)

Os mando un gran abrazo cargado con todo mi cariño, y os agradezco que me permitáis autodescubrirme, aprender, mejorar y ser libre en este pequeño gran mundo en el que tantos transitamos.

Ahora es cuando lo estropeo, pero permitídmelo, no, mejor: ignoradme, no lo puedo evitar:

…puede que nos quiten la vida, pero jamás nos quitarán... la libertad
<William Wallace>


lunes, 11 de noviembre de 2019

La voz de Ingrid


Vacío que permanece sin vocablos, ni constancia. Silencio perturbado por la disculpa. Se muestra, decide que no quiere mantenerse hermética, callada. Explosiona en la reserva de su dejadez. Insidia de un mañana sin esperanza. La palabra habita enfermiza, procurándole un poder capaz de raspar la fortaleza. Miedo mostrado con saña, un ciclo que se despide sin oportunidades. Años  resguardada, permisión de un tiempo en el que se procuró olvido. Recuerdos reprimidos. Empeño por no nombrar. Pero no. Se desencadena, diluye bajo el mando de un egoísmo insano, alejando, consumiendo, exorcizando. Se evade del camino con la única verdad existente. Pérdida e incredulidad, hoy ha de decir adiós.

─Jaime, la niña. Han vuelto a llamar del colegio, esta vez ni siquiera he podido excusarla. Cada vez va a peor, y yo, yo… te lo juro cariño, me avergüenza decirlo, pero le tengo un miedo absoluto.

─Vamos Cande, son cosas de críos, no vayas hacer un mundo. Es más activa que el resto, eso mismo le pasaba a mi hermano Matías, tampoco es tan grave.

─Te recuerdo que tu hermano ha pasado más tiempo en la cárcel que siendo un ciudadano modelo, y no, no es como él. Ella es diferente… ¡mierda! Calla, calla, ya llega el autobús y no quiero que note nada raro, solo faltaría que se diera cuenta de lo que estamos hablando, la última vez no hizo más que observarme durante horas con una extraña sonrisa, a saber que estaba pensado, todavía se me eriza la piel al recordarlo. Así que conversa tú con ella, pregúntale, a ver qué razón nos da para que tengamos que volver a concertar cita con el tutor.

Naturaleza desestabilizada, aterradora muestra del precio para ser escuchada, repercusión y pauta de una eternidad que va acompañada del pecado, sucio, por la repulsa del odio y abandono. Regresa atrás, a veces, eso es alimento.

─Padre, madre. Buenas tardes.

─Mmm… Sí, sí, buenas tardes, hija.

─¿Sucede algo madre? La noto angustiada.

─¿Qué? No, claro que no. Tu padre, sí, él quiere hablar contigo. Voy a poner una lavadora, adiós.

─Padre, debería llevar a madre a un especialista, no creo que sea sano estar siempre tan exaltada. ¿No le parece?

─Ingrid, ayer hablamos de que no nos hablaras con tanto respeto, somos familia, hija. De esta manera solo haces que mamá se inquiete más, ¿no te parece?

─Comprendo, padre, intentaré mejorar mi conducta.

─No, quise. Pfff… olvídalo. A ver, han llamado del colegio, ¿qué ha pasado esta vez? Recuerda que ya te han echado de cinco centros, y hemos tenido que cambiar de ciudad varias veces, no podemos estar siempre yendo de un lado a otro, pequeña.

─Lo siento, padre. Pero esos niños no hay quien los soporte, a parte, no debieron coger mis cosas, ni siquiera rozarlas con sus sucias manos, pero ya lo he solucionado, dudo que lo vuelvan a intentar.

─¿Qué hiciste, hija?



Escondida, al acecho, coexistiendo en el centro de la miseria, allí, donde todo empezó y anida la oscuridad, es y será ama y señora de su voluntad. La temeridad emprende un nuevo camino y éste todo lo reclama.

─Me hice escuchar papá, siempre dices que todos tenemos voz y derecho, solo que yo he encontrado una manera más divertida de hacerlo.
 

lunes, 4 de noviembre de 2019

Cuento invertido: Los tres cochinitos


─Porfa, porfa, vuelve a contárnoslo.
─Está bien, pero será la última vez, ¿entendido?
─Sííí ─contestaron todos mis sobrinos.


Existe un viejísimo cuento en el que se hace víctima a tres malhechores, así que os pediré que estéis muy atentos a mis palabras ya que en ellas se haya la autenticidad de un secreto mal compartido, del que hoy descubriremos la verdad.
Siempre se ha dicho que el culpable de aquel fatídico día fue un lobo hambriento, nunca se valoró que pudieran ser otros los que cometieron las faltas, ninguna pregunta de más, nada; podríamos decir que egoístamente se le excluyó al no hacerle partícipe de su propia leyenda. Solo reconociéndose una versión de los hechos, tres idénticas transcripciones que se sostenían y por mala fortuna testimoniaban, dándose por válidas, eso concluyó en un juicio rápido y a una cazuela hirviendo como castigo. ¿Imprudencia? ¿Negligencia? Realmente, ¿qué sucedió?
Nuestra tatarabuela justa como pocas, nunca creyó la versión expuesta, es más, a la familia le confió que estos tres tocinitos de cielo no tenían nada. No hay más que recordar la escena de la película Hannibal, ¿apacibles? ¡Ja! La cuestión es que durante un período de tiempo estuvo investigando entre los círculos más cercanos de ambas partes, los que se hacían llamar víctimas y la del fiero lobo, después de mucho tiempo del que tuvo que hurgar entre todo aquel silencio que se sostenía entre cuchicheos y mentirijillas, lo descubrió.
La sorpresa fue mayúscula y es que por increíble que pueda parecer, el lobo de sanguinario no tenía nada, todo lo contrario, se asemejaba más a un gatito de angora ya que era vegano.
Eso le supuso ser la mofa de estos tres sujetos y como empezaréis a sospechar sus comportamientos fueron extremadamente crueles, no teniendo suficiente con meterse con el pobre animal, decidieron ir más allá. Como sabían que hicieran lo que hicieran, nunca les hincaría el colmillo en sus magras carnes, le robaban todo lo que encontraban en su despensa: verduras, frutas, legumbres… dejándosela siempre vacía y si se quejaba, lo maltrataban. Sí, lo que escucháis. La cuestión es que llegó un momento en que éste no pudo aguantarlo más y decidió que les devolvería el escarmiento, solo una vez, para que aprendieran la lección.  
 
 
Pero su ingenuidad era tal, que nada salió como debía.
En aquel momento los tres hermanos se encontraban en un proceso lentísimo de rehabilitación, hacía años que habían recibido unas casitas en herencia, otra de las mentiras que se añadió a la historia, hicieron creer que estaban construyéndose nuevos hogares, pero era todo falso, así también pudieron estafar al seguro. Imaginaos que seres más espantosos. Al ser trillizos el legado les tocó un poco a suerte, y para no decir que todo era falso señalaremos que sí existió una casita de paja, un hogar por cierto nada confortable, que le tocó al más perezoso. Éste con tal de no arrimar el hombro era capaz de cualquier trapicheo, siendo el que más inquina profesaba hacia nuestro pobre lobo. El siguiente con menos fortuna recibió la casita de madera, más lustrosa que la anterior, pero con el poco manteamiento que le dedicaba se hallaba carcomida y podrida por algunas zonas. Resulta que el cochinito poseía cero personalidad, por lo que siempre cumplía con todas las órdenes que le requerían sus hermanos, sin preguntarse si obraba bien o mal. Y ya por último el más afortunado, el de la casita de ladrillo, creyéndose ser el mejor ya que a raíz del bien obtenido su nivel adquisitivo había aumentado, se le subió a la cabeza, eso hizo que sus malos comportamientos se avivaran y resultaran excusados al creerse superior a todos los demás.
Ante la desesperación, el lobo hizo correr la voz de que su primo de los Highlander iba a pasar el verano en la pequeña villa, era mentira, ni siquiera tenía familia por aquella zona, pero aun así y viendo que los villanos al enterarse del chismorreo empezaron a portarse mejor con él, siguió con el bulo. Explicando a quien quisiera escucharlo historias de su magnánimo primo, de lo valiente y valeroso que era, de como le gustaba el solomillo al punto, cada vez sintiéndose más seguro añadía más y más valía a este primo misterioso. El problema de la mentira es que llega el momento en que esta se descubre. El verano se inició y allí solo se escuchaban historias, pero nadie aparecía, cada vez que le preguntaban, rehuía la respuesta y al sentirse acorralado empezó a notársele la farsa. Así pues, los tres hermanos enfadados y creyéndose estafados. Juraron vengarse.
Ese mismo día quedaron a medianoche para dirigirse hacia la encantadora casita del lobo, con la intención de pegarle un buen susto, lo que pasa es que estos brabucones ni siquiera se fijaron que justo esa noche había luna llena, y éste por muy bonachón que fuera, esos días donde el satélite se mostraba entero se volvía un poco loco. Diréis, pero si era vegano, y sí, creía fielmente en su decisión de no utilizar productos animales, pero continuaba recordando el sabor de un buen filete. Acaso eso, ¿alguna vez se olvida ?
Así que no esperaron su reacción, tampoco acabar acorralados, ni que intentara comérselos, ya no diremos el miedo que pasaron hasta poder esconderse en la casita de ladrillo, porque huir, correr y destrozar todo a su paso temiendo lo peor, fue justo lo que sucedió. Ese día se llevaron el sobresalto de su vida. Un buen escarmiento, si no fuera por una pequeña traba y es que toda esa escena la vio el típico vecino cotilla, ese que siempre está pendiente de todo, pero no para bien. Resultó ser el viejo buitre de la villa, como buena ave carroñera aceptó bajo mano un buen cheque y terminó corroborando la versión de estos tres delincuentes. Eso fue lo que sucedió, entre los cuatro tejieron una mentira tras otra hasta que el lobo sin poder hacer nada para impedirlo, acabó con un castigo que no merecía.


─Y ahora que ya sabéis lo que ocurrió aquel engañoso día, todos a la cama.
─Noooo, otra vez porfa, tata. ¡Porfi!
─Pero habíamos quedado… si es que sois unos pillos, de acuerdo, pero luego a dormir. 

 

Fin.