lunes, 5 de noviembre de 2018

La huella del mañana






Como un susurro me poso en tu espalda, ágil y efímera naturaleza que encarna el deseo que dispenso por un simple roce. Delicada sombra que se adentra en los tortuosos sueños donde retengo la esencia de la necesidad. Soplo justo en ese punto donde tiempo atrás hacías que me estremeciera. Y siento la pérdida. Pérdida de ver la poca atención que muestras a estos apegos que con tanta pasión profeso a tu persona. A veces me lo concedes y asientes, es en ese precario segundo cuando al fin creo que lo notas, cada silencio, cada puntada de la memoria de nuestros cuerpos, lo que una vez retuvimos. Me estremezco y venero con la sutileza de un pasado que aguarda a la espera de aquél instante, de un hoy que tan lejano nos dejó en sentimiento, para así lograr que por fin te convenzas de que sigo cercana, a la espera, porque nunca me alejé del todo. De alguna manera siempre estaré atada a ti. 
 
Adormecida en el llanto del desconsuelo formo parte de una inmensidad que se sostiene entre muros desaplomados. En la devastación de las emociones corrompidas por el dolor. Esas que tan bien procuraste para ambos. 
 
Así que no me culpes, no. Te lo pido, por favor. El odio que profeso hacia las demás mujeres, esas que se postran en tu cama, que en vano intentan complacerte; como respuesta te diría: ellas no saben quién eres. A penas logran ver a través de todas esas capas con las que también logras cubrirte. A mí nunca pudiste engañarme, esa fue una de las razones por la que tu saña a la larga se convirtió en mi perdición. Una sonrisa que si se admira cercana, provoca destemplanza. Una calidez aprisionada en la mentira. Capas y capas, en las que es difícil adentrarse y descubrir todo el odio que anida en tu alma. En su ceguera tampoco entrevén el futuro que las acompañará, la humillación con la que más tarde lograrás someterlas.
 
Yo las libro de todos tus pecados, les hago un favor, a ellas, a ti; a mí. Alejarlas es fácil. Todo el mundo teme aquello que no conoce, que no puede comprender como verdad. Se avergüenzan del desconocimiento. De las palabras que no contienen lógica. Una taza que cae, una fotografía que reluce en la insensatez de ver reflejada otra cara. Risas lejanas. Un grifo que se abre. Es fácil. El miedo, a veces, es la virtud del salvador. 
 
Ahora después de tantos meses, empiezo a verte molesto, sí. Y eso por extraño que parezca no apacigua mi aliento, todo lo contrario, me procura fuerza para seguir en este punto. Este lugar que tan lejano debió quedarme y del que nunca debí ansiar cobijo. Porque amor, yo, no te abandonaré. Nunca. 
 
Aunque esta vez me inquietaste. Llevabas meses intentándolo, acechar a una nueva presa para llevarla más tarde a tu colección, no puedo negar que después de tanto tiempo podría agradecer un poco de compañía y así dejar de sentir esta soledad, este vacío que custodia mis días. Pero no puedo permitirlo, no. Y temí que en tu afán de logro, serías descuidado, que cometerías cualquier falta y te descubrirían. Eso no podemos permitirlo. Tú presente, querido, ha de ser otro. 
 
Cuando la vi, a ella, a tu última conquista, no diré que no me molestara, que no sintiera celos o temor a un posible y dramático desenlace. No puedo permitir que mi corta existencia sea un simple número al azar, si en algún momento de esta desventura fui una elección, seré la última. Yo me entregué por completo a tus horrores, así que si está en mi mano, te haré pagar el mismo precio. 
 
No esperaba lo que sucedió, reconocimiento, ser vista después de tanto tiempo, fue extraño, incómodo. La desidia en este plano habita con la fuerza de mi arraigo. Nunca creí que la suerte apareciera de esta manera, por fin existía la posibilidad de ser recompensada y que se me devolviera un pago que nunca quise concederte. Ella me ve, tiene percepción del mundo invisible. Ya no estoy sola. Mientras le explico de lo que eres capaz, me escucha con un brillo extraño en los ojos. Y tú, pobre infeliz, poco sabes del complot que estamos erigiendo en tu causa, ella, querido, es más sádica de lo que puedas imaginar. Me ha explicado sus planes, lo que te hará, pero no me importa, yo solo quiero tu alma. Lo que haga con tu cuerpo, es cosa suya. Tiembla amor. Bebe, saborea este té especiado que con tanta paciencia y mimo te está preparando, porque pronto, muy pronto, volveremos a estar juntos. Esto solo acaba de empezar.
 
 
 

miércoles, 3 de octubre de 2018

El cobijo de la soledad




Vislumbro soledad, paso del tiempo, cuerpos extraños que transitaron cercanos, pero nunca se quedaron, no les pedí que lo hicieran, tampoco ansié ni comprendí de esa cercanía que da derecho a obtener más de lo acordado.
 
No he amado, no he querido hacerlo. Me obligué a creer que aquello era un error, una debilidad, querer a la larga simboliza sufrimiento, así que simplemente le negué ese poder, desechándolo, apartándolo, buscando otras castas alternativas que con tan poco futuro se amparaban. He preferido pues mercadear con la pasión, sin necesidad de sentirme abocada a un amanecer de gratitud y complacencia. Y no me importó el mañana, este lo veía lejano, insoluto, ahora en cambio se perfila perverso y poco amable. 
 
Ayer recibí una noticia. Punzante escenario que aboca a los cambios y allí en ese momento, por primera vez, concebí la necesidad de expresar y sentir la compañía de la mano amiga, de la candidez del que está a tu lado y te la sostiene mientras aunque con mentiras te susurra que todo irá bien. No existe ninguna, a las cercanías, a todas; a su tiempo las aparté. Las alejé con la mentira de una llamada que nunca se realizó. Con la incertidumbre de un mañana diferente, más amable. En mi condición les ofrecí ese algo que se desvela sin nombre, cifrado, pero esa era la única manera que tenía de dar parte de lo soy, un amor perfilado o quizás una sombra del poco aprecio que conservo de la persona que hasta hace unas horas era. Y la realidad, ahora, acecha cercana mostrándome que no otorgué nada, solo lo que creía que un día me haría despertar de este letargo en el que siempre he aguardado escondida, nunca encontraron más de lo que les mostré y una vez lo comprendieron, simplemente desaparecieron. Una buena excusa para alejarse y yo, por su puesto, no retenerlos.
 
La desesperación esta vez si hizo que despertara de la somnolencia en la que había estado estacionada, desfigurada cogí el teléfono y llamé a mi hermano. Me sorprendió, no; no lo hizo, no tenía mi número. Se quedó sin palabras, mudo ante la revelación de que quien le llamaba era su hermana, una hermana que no dudó en abandonar el hogar pronto, muy pronto y no mirar nunca hacia atrás. 
 
—¿Almudena? —silencio— ¿Qué quieres? —la tirantez se desplegó fría, culpable, irritada.
 
—Bueno… yo, yo solo quería saber si estabais todos bien. No debí llamar, no es un buen momento.
 
Colgué, poco tenía que decirle <Hermano, tengo malas noticias> Y por primera vez en años, lloré. No sentí rabia, tampoco miedo. Era desconsuelo, una pena que en su inmensidad me abrasaba y hacía que se despedazara toda la tibieza que habitaba en el alma. La mía. Me recompuse rápido, aprendí hacerlo. Nuestra infancia fue dudosa, enfermiza, intolerable en muchos aspectos. No conservo de ella grandes recuerdos, otros en cambio me han convertido en lo que soy, este ser que no crea lazos, que no siente empatía, que poco le ha importado el sufrimiento y la desventura de otros. Siempre necesité de poco, lo único que pedí a cambio es que no se me echara en falta. Y ahora, hoy, me doy cuenta de que lo he logrado, pero no siento orgullo por ello.
 
Qué cruel es el destino, se desmonta y perfila entre juegos de azar. ¿Qué le diría? ¿Qué? Ganaste, sí, lo hiciste. Ya me he dado cuenta de los errores cometidos. Pero de poco sirve ser consciente de ello, el tiempo ya se ha consumido y yo, estoy sola. Sola. Así quedará exhibido en estos pocos días que se resguardarán entre alientos de vida. Solo quisiera, solo; volver a empezar de nuevo. Y a esa mano, a esa.
 
—Shhh… hermana, tranquila. Estoy aquí contigo.