viernes, 22 de septiembre de 2017

La indiferencia del amor




Hablan, pero no se comprenden. Miran, pero ya no se ven. El tacto ha quedado relegado, lejano en esta historia, donde el final aparece fronterizo. Y es que en este momento solo les queda la nada de un pasado que pudo haber sido, pero finalmente no lograron cimentar.

 

El amor es difícil, Carmen lo sabía, no se mentía al respecto. Lo adivinaba como etapas donde la paciencia y el hábito van de la mano, pero todos aquellos peajes que se iban perdiendo hacían que el tiempo malgastara la razón. En ese momento se encontraban galopando entre perdones y promesas incumplidas, eso le provocaba resentimiento, más bien, aborrecía a la persona que dormía profundamente a su lado. Y no lograba comprender como todas las preocupaciones que tanto la perturbaban, él simplemente las dejaba pasar. Ahora, toda aquella simpleza que antes la había llenado o dado la tranquilidad que creía como correcta, se le tornaba carente, diluida, insostenible. No tuvieron hijos, fue una elección o quizás la naturaleza obró para ese fin y ellos tomaron su palabra como propia, exponiéndola a unos y a otros que así lo habían elegido. Lo que no esperaban es que aquello en vez de unirlos, terminaría por separarlos. ¿Cuánto tiempo se puede guardar una mentira? Días, meses, años, pero el silencio de la emoción no expresada siempre termina por germinar en desdicha. Y Carmen ya no podía guardar nada para ella, su mundo interior andaba enfadado, gritaba, exponía en un sin sentido la frustración. El maltrato verbal asomó con fuerza, la cruel indiferencia se mostró hiriente. Y los días precederos a esa tormenta interior se mostraron con una fría y simple nota.
 
<<Pablo, lo nuestro ha terminado. Adiós>>


Nada más, solo seis palabras. Esa nota fue la responsable de desencadenar lo que hoy es ese hombre, antes imperturbable hoy vil.  Los días que siguieron fueron un despertar para Pablo, lo primero que pensó es que Carmen volvería, no tenía donde ir, no era una mujer dada a las relaciones, así que con pocos amigos podía contar. Eso le dejó muy tranquilo, con solo rozar ese pensamiento la perdonó y se prometió que cuando regresara nunca se lo echaría en cara. Pero las semanas se sucedieron impávidas, y noviembre llamó a su puerta, en ese momento el perdón ya no estaba tan cercano, todo lo contrario, empezó a engendrar un sentimiento desconocido, que arañaba la superficie pidiendo permiso para salir. Pero aun así, siguió sereno, comprensivo, callado. Hasta el día clave, el día que se conocieron, el veinte de noviembre. Se sacudió del molesto duermevela y lo que tanto había callado salió con desmesura, mudando en rencor. ¡Lo habían abandonado! A él, que le dio su vida, que le permitió manejarla a su antojo, él, que había renunciado a las elecciones, para cederle el único mando. Carmen era la culpable. Le había hecho perder todo lo que pudo ser y no fue. Y la buscó, fue entonces cuando la buscó, cogió el teléfono, marcó los números y para su desventura le respondió.  

—¿Carmen? ¿Carmen? ¿Estás ahí?

—Si, ¿qué quieres?

—No estás en casa, ¡no estás en casa!

—Pablo, hace dos meses que me fui. Por favor, no me digas que ahora te has dado cuenta.

—Tienes que volver.

—No.

—¿Cómo que no? Tienes que volver, todo esto no tiene sentido.

—Sé que para ti nada tiene sentido, pero no puedo volver. Es tarde para nosotros. Nunca fuimos felices.

—Pero yo te necesito, ¡y tú también! Llevamos quince años juntos, ¡joder! ¿Cómo cojones puedes decir que nunca fuimos felices?

—Porque es así, nos conformamos con compartir la vida pero olvidamos que también teníamos que respirar.

—Deja de decir tonterías y dime donde estás que voy a buscarte. ¡Dímelo!

—Sé feliz, Pablo. 
 
Y colgó. Por más que llamó y llamó, nunca más atendió a su llamada. Al tiempo, el número simplemente dejó de existir. Y del rencor pasó a un ferviente odio, culparla de su miseria era más fácil que afrontar la realidad de su vida. Ya no había lógica, no confiaba en los demás, nada se sostenía, todo se había vuelto extraño. La bebida fue la solución escogida, el camino fácil se dijo, la compañera que creyó que nunca le mentiría.


Carmen muy al contrario empezó a buscar parte de la vida que había perdido, para reencontrarse con su pasado y averiguar quien era ella en este presente. No lo tuvo fácil, pero no se rindió. Sentía que todos aquellos baches le daban más fuerza, era todo un reto salir de la zona de confort y luchar por uno mismo. El tiempo fue el encargado de que ella acariciara aquello que llaman felicidad, sintiendo que ahora formaba parte de algo. Que su mundo antes silencioso se volvía sólido, tangible, real. 
 
 


Los meses dejaron paso a los años, y aquel hombre que un día despertó sumergido en oscuridad, se encontró frente al espejo del baño observando su dejadez. Ya no había excusas, era él, su imagen y en lo que se había convertido. Y lloró, pero no se justificó por ello, ni tampoco buscó culpables, solo lloró. Sus mentiras quedaron relegadas y comprendió que la vida desde el principio era suya y no de otros. Apartó el caos a manotazos, lavándose la cara con furia, arañándose la piel, buscándose muy adentro y lo consiguió, se vio. La emoción le hizo despertar pero esta vez de verdad, el primer día de Pablo fue subir ese pequeño peldaño que lo alejaría de la desidia. Porque observándose encontró a su propia verdad, sin culpables, sin excusas, solo a él.

 

martes, 12 de septiembre de 2017

La frase

 
Sitúa a los demás en tu lista de prioridades y lograrás el final deseado.

 
Antonio se repetía aquella frase cada día, como una oración. La leyó un día que acompañó a su madre a la consulta del médico, esta vez para a una simple revisión de rodilla. Y desde entonces, la creyó certera, tenía que ser así, no podía ser de otra manera. Con cuarenta y dos años, seguía viviendo con una madre aquejada de cualquier mal que la hiciera ser el centro de atención, e ir a todas las consultas médicas existentes. Él como hijo único y buen hombre, antes niño, había decidido dedicar su vida en exclusiva a esa madre quejumbrosa y doliente, que estaba arrastrándolo al ahogo a pasos agigantados. ¿Y por qué tanto valor a esa frase? La razón es que en ese momento de su vida, no podía más. A penas la miraba con el respeto que una vez le tuvo, solo rezaba, eso sí, en secreto, que por fin uno de todos aquellos médicos le dijera que su mal no tenía solución, y que fuera la guadaña, los ángeles o quién estuviera dispuesto a velar por todas aquellas necesidades egoístas, el que cuidara de ella, porque él, ya no podía más, ya no.

Ahora repitiendo aquella frase lo veía claro, era una patraña, una mierda. ¿La razón? Diremos que durante un tiempo Antonio había puesto el corazón y el alma, y a cambio había recibido dolor y desprecio. Nunca más volvería a cometer el mismo error. Con una madre ya tenía más que suficiente para añadirle ahora a una Mariana. Porque él podía comprender que su compañera de trabajo no se hubiera dado cuenta de sus sentimientos, ni tampoco de las intenciones, y eso que para dicha causa le había estado enviando varios mensajes silenciosos. Como recibirla cada mañana con un café a su gusto, extra dulce con un toque de canela y mucha nata. ¡Ojalá, se le cariara esa preciosa sonrisa! Ni que reparara, ni le agradecería todas las tardes que se quedaba más horas para terminar el trabajo que ella durante la jornada no terminaba. Mientras, la susodicha, se podía dedicar a sus quehaceres, como ir al gimnasio, de compras o citas que en principio era con amigas. Pero la ingenuidad se fue perdiendo y al final comprendió que Mariana sabía perfectamente lo que estaba pasando, y necesitaba de un tonto para aprovecharse. Y claro, Antonio era ese tontorrón que no conocía de la vida más allá de médicos, madres y trabajo remunerado. Todo lo demás era una incógnita para su realidad. Y siendo francos, tampoco es que un día bajara un halo de luz y le mostrara el camino diciéndole: —Mariana, no es para ti.— No, la realidad es que una tarde terminó el trabajo antes de tiempo y pensó, que después de tantos meses velando por sus necesidades, bien podrían tomar algo juntos, se lo había ganado, o eso caviló. Y recordaba, bueno, conocía su agenda al completo, y los miércoles era el día que quedaba con las amigas en la Cafetería Lama, pero resultó que las amigas se convirtieron en un simple individuo con barba, gafas de bohemio, y un traje caro.
En ese momento después de años opresivos con una madre enferma y una compañera de trabajo, que pudo ser la segunda mujer más importante de su vida, obró en él un cambio radical. Y no es que de repente atrajera todas las miradas, eso no, claro. Simplemente dejó de hacer lo que los demás le exigían para hacer lo que él necesitaba.
Lo primero fue dejar el trabajo, llevaba en aquella empresa desde los veintidós años, nada más salir de la facultad enganchó con las prácticas y allí se quedó, nunca se preguntó si le gustaba o le llenaba lo que hacía, era trabajo, era dinero, era seguridad. Mariana no se lo tomó muy bien, rememorando la escena anterior ‘luz cegadora’, diremos que cuando la encontró con las manos entrelazadas del bohemio chic, en ningún momento se disculpó ni intentó disimular, pero en ese momento sí que le pudo la emoción de verse abandonada por el compañero de vida, perdón, empresarial. ¿Quién le haría ahora el trabajo? ¿Quién? Antonio fue claro, tú.

Y así con una tarea menos de su limitada lista, se fue para casa y descubrió algo que no esperaba, pero que le dio el necesario y apremiante último empujón, al fin y al cabo las costumbres hacen del hombre necesidades. Y allí estaba su madre, aquejada de la rodilla, cadera, brazo y todo tipo de hueso, articulación o músculo inexistente, subida a un taburete, ¡de puntillas! buscando en el armario más elevado un paquete de galletas. Decir que también tenía azúcar a su haber.

—¡Está loca! ¿Puede saber que está haciendo? ¡Por favor, madre, podría caer!

—¡Oh, que susto! Bueno, yo… quería una galleta, te olvidaste de ponérmela en la mesita esta mañana, ya sabes, que una no me hace daño.

—Pero si esta mañana no podía ni pestañear, ¿Cómo puede ahora comportarse como una experta equilibrista?

—Yo, yo… me encuentro mejor, ¡he mejorado! Sí, eso es, estoy perfectamente. Ahora hijo bájame, del esfuerzo creo que me estoy mareando. ¡Sí! me mareo, estoy cada vez peor, creo que es el azúcar, no debe ser la tensión, no será la musculatura del brazo derecho, que al estirarlo habrá enviado una señal negativa a mi cerebro y ahora, cógeme hijo, cógeme.

Pero Antonio no se movió, ni habló, solo procesó cada mentira, cada día, mes, año perdido entre invenciones y tretas. Y allí estaba ella, en el taburete, pálida por primera vez en su vida, y la vio, pero esta vez de verdad, frágil, pequeña, y sintió lástima. Porque comprendió que para ella, todas aquellas argucias eran la única manera que creía que serían capaces de retenerlo a su lado. Y en cierta manera odió al padre que los abandonó, porque le incrustó el miedo a la soledad de la peor manera existente, y se prometió, que este nuevo Antonio como el anterior, no la iba abandonar, por mucho que ahora quisiera tirarla por la ventana.

—Vamos madre la llevaré a la habitación para que descanse.

—Gracias hijo, no te irás, ¿verdad? No volveré a subir a ese taburete te lo prometo, todo volverá a ser como antes.

No madre, no me iré. Pero todo ha cambiado, más tarde hablaremos.

Así fue como Antonio empezó a manejar sus tiempos, a pasos pequeños, después de todo ese niño de cuarenta y dos años todavía seguía presente, es difícil cambiar los hábitos. Abrió una pequeña tienda de coleccionables, resultó que todos aquellos años había adquirido un gran número de utilitarios que el tiempo se encargó de valorizar al alza. Y la madre por primera vez, respiró, y los males que tanto la habían aquejado fueron desapareciendo poco a poco, un milagro habría obrado con menos fuerza.

 
Ya no recordaba aquella frase tan a menudo, pero sí era más feliz, es difícil medir la amplitud de esa palabra, se sentía seguro, tranquilo y comprendió que el amor no necesita de compañía con la verdad se basta. Pero como todo el mundo le gusta leer un final notable, diremos que contrataron a una asistenta que resultó una enamorada de las bellas personas, y qué decir, que Antonio era una bellísima persona.
Así pues, ¿cuándo llega el momento de cada uno? Será cuando uno menos se lo espera, o puede que sea cuando elimine lo que mal le hace. Lo que sí es seguro, es que si se hace con amor, se es feliz desde la primera toma.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Un regreso con lectura



Hoy voy a ser crítica y no con el entorno, el pobrecillo no me ha hecho nada de nada, sino conmigo misma. Hay una cosa que no se me da nada bien, y es controlar el tiempo, siempre me quejo de lo mismo pero no hay manera de que se porte como es debido y me permita hacer todo aquello que quiero o necesito, así que finalmente parte del mes agosto me tomé un respiro, para mí. Desde el principio eso sí, le dejé un mensaje bien claro: Mira chico, estas semanas son mías así que lo mejor que puedes hacer es desaparecer y dejarme disfrutar un poco. 

Y me tomó en cuenta, vaya que lo hizo.  

Así que ahora me encuentro de vuelta, rutina, trabajo, estudio, la vida… 
Y la depresión postvacacional está haciendo de las suyas, porque la ubicación está perdida entre obligaciones y deseo. 

Pero siguiendo, ¿qué he hecho estas semanas? Sobre todo leer, (vale y vaguear, ¡mucho!) y como todavía me siento entumecida y creo que mi imaginación anda inexistente y sobrepasada entre silencios, haré un pequeño resumen de las lecturas y podréis comprobar que muchas de ellas son recomendaciones de compañeros.

Por orden de lectura:

Kant y el vestido rojo de Lamia Berrada-Berca


 
 
Es una recomendación de Ziortza Moya Milo, https://zmoyamilo.blogspot.com.es/2017/06/libro-kant-y-el-vestido-rojo.html casi, casi, lo deseché pero fui a la librería y apareció. Eso sin ninguna duda fue una llamada, porque lo sé, estaba allí esperándome. Suerte la mía que lo cogí. Es liberador.
 
 
Poesía entre Altibajos de Flora Rodríguez
 


Este libro es de nuestra querida amiga y compañera Flora Rodríguez, https://elmundoentrealtibajos.wordpress.com/libros/, las palabras se expanden con la emoción de verse cobijazas entre ellas. Flora sabe hacerlo, toca el alma entre versos. No digo más, bueno sí, ¿todavía no lo tienes?
 
 
Perdón de Ida Hegazi Høyer
 

Yo por desgracia no tengo la suerte de saber realizar reseñas dignas para ser leídas, ni apreciadas. Pero este libro dentro de su contexto y la dureza que contiene, deja un halo de comprensión. Muy recomendado, palabra.
 
Tarde, mal y nunca de Carlos Zanón
 

No suelo leer novela negra, sobre todo por la crudeza que destila y en mi perspectiva juiciosa ver ese lado virulento de la sociedad, hace que me contenga (y muchas veces aparte) porque no hay manera que logre comprender sus razones. Pero una vez lo cogí no lo solté.
Sobran las palabras.
 
Orgullo y prejuicio de Jane Austen
 
 
Necesitaba con urgencia una dosis de romanticismo eso sí del bueno, aunque ya lo había leído en otras ocasiones, no pude resistirme de nuevo y a parte tenía doble aliciente ya que compré el de la imagen (la tapa es preciosa), y bueno falta decir que Marigem Saldelapuro, nos induce a ello solo hay que leer su blog y lo descubriréis, ;)
 
¿Y ahora qué pasa, ya no lees?  
 
Pues sí, me encuentro inmersa en lectura de La vida invisible de Eurídice Guimäo de Martha Batalha, la responsable es Kirke Libris y su reseña http://buscapina7.blogspot.com.es/2017/06/la-vida-invisible-de-euridice-guimao.html.
 
 
 
A parte tengo otros adquiridos y regalados (¡Gracias!) que están pendientes. Como veréis intento alternar géneros, así siempre estoy abierta a más. Porque las palabras no limitan, expanden.  
 
¿Y vuestras vacaciones cómo han ido? 
 
Yo ahora me voy a pelear con las musas, ¡será posible!
Nunca, nunca, estamos contentos, ;)
 

miércoles, 2 de agosto de 2017

La canción





Otra vez, aquí. Merodeadores.
Acechando con un sigilo impredecible, creen que no sé que me observan, que no los presiento, cercanos, contradictorios, crueles. Repitiendo esa maléfica canción, la que me había hecho creer que tenía el derecho a olvidarlos, que al fin podía permitir no tenerlos tan presentes. Pero no, me lo hacen saber. El tiempo ni perdona, ni olvida. Me reconocen, siempre me reconocen y regresan a mí, sin perdón, sin excusas, sin palabras.
Es entonces cuando el silencio grita y su peor momento aguarda en la noche. No descanso, los viejos trucos ya no sirven, hace tiempo que dejaron de funcionar, lamparilla, televisor, voz baja, no, ellos están ahí. Espectadores entre las sombras, curiosos en la desgracia que andan paleando. Susurran, rechinan, no tengo derecho a olvidar y yo me rindo, les cedo este pulso que creí haber ganado.
Es entonces ante la agonía que me destruye que remuevo, dando un giro a esta miseria en la que estoy envuelta, ¡Detente!, ¡Detente! Es imposible, no quieren.
Lo permito, cojo el camino fácil y ganan, de nuevo me someto ante ellos. Y las veo entre la oscuridad, las diviso a ellas, a sus sonrisas tétricas cargadas de carcoma pestilente. Porque lo saben, tienen el poder, siempre lo tendrán. Soy parte de esa esencia manchada, sospechas que nunca desaparecerán.
Y no busco el perdón de otros, es el mío el que ruego. La salvación del alma perdida es la que purga entre todo este desconcierto.
Deseché el amor, no lo defendí, y hoy esa pena anhelante del pasado me consume. Sus caras son bocetos inanimados que el tiempo se empeña en desdibujar, sus voces un timbre extinguido del que solo aguardo un grito. El de mi destrucción.
—¡No te marches, mamá! ¡Por favor!
El egoísmo fue más fuerte y ahora en la soledad, pago esa pena. No existe clemencia para esta causa, ni excusa, ni lamento. Porque hoy lo sé, los pasos recorridos no pueden mirar hacia atrás. 
 
 

miércoles, 5 de julio de 2017

Sonrisa

Hace tiempo que no escribo ninguna reflexión, o mejor dicho abstracción personal. Aviso que estás cuatro letras que acompañarán a esta entrada, siempre, siempre, serán bajo mi manto e ignorancia, pero es que hoy me apetece muchísimo hablar sobre algo muy importante: la sonrisa. Eso que es tan necesario pero muchas veces olvidamos, por las circunstancias o simplemente porque no nos acompaña.  

Os tengo que confesar que hay dos cosas que genéticamente custodian a mi familia, el pedir perdón por todo, (casi de forma mecánica y extraña) y reír. Sino fuera blanca como una hoja de papel, (mis amigas dicen que deslumbro al sol), podría creer que tengo descendía directa con el mundo asiático. Y es que mis reacciones desprovistas de cualquier maldad (¡palabra!) me llevan siempre a buscar el lado bueno y reír, aunque el momento no acompañe. Bueno, y que mi humor como diría mi madre (que a ella le perdono todo), es muy cínico, ;)

Este año me salté la entrada de celebración del blog, nada menos, que dos años desde su nacimiento. En aquellos momentos estaba apartadita de la blogosfera, (¡poca vergüenza, la mía!) Así que aunque tarde, en cierta manera os quiero agradecer que gran parte de mis sonrisas son vuestras, ¡Gracias! Existen escritos que se quedan un tiempo de más con uno, como una medida cautelar, es un lapso de tiempo necesario para el proceso de comprensión de cada palabra, emoción y necesidad, de todo aquello que precisa la expresión. Y cuando al fin localizas ese punto que andaba entre motas, te descubres en su hallazgo sonriendo, completa. La escritura para mí, siempre lo diré, es una salvadora y tiene un don mágico, genera felicidad perenne. Así que como aficionada de la nada y del todo, necesito zambullirme constantemente hacia esa ilusión e intento por todos los medios acompañarlo a la vida. 

¿Cuándo las obligaciones nos han dejado tan cegados? Dándole el poder para que los miedos sean los encargados de llevar las riendas. Y lo peor, ¿por qué se lo permitimos? 

El ambiente general está sobrecargado y enfadado, yo, como sujeto práctico no logro comprender la razón que nos lleva a estar constantemente enfuruñados, lo encuentro vacío e innecesario. Claro, lo sé, existen momentos que son difíciles de sostener, que encuentras esa locura lo suficiente justificada para decir basta, para cerrar y bloquear, pero… y si buscamos un poquito de luz en este mundo irracional, y una vez localizada aprovechamos para coger su mano. ¿No sería más fácil para nuestro aliento? 

Tengo 32 años, y sé, que mi mirada muchas veces es infantil, pero válgame señor que no quiero oscurecerla, no quiero perder a esa niña que habita tan adentro, es ella la encargada de que vea belleza en tanta indiferencia. Y no diré que hubo varios momentos de mi existencia que me acogí como un hábito al ahogo y no permití ver esperanza en el camino, claro que no, pero si lo arrinconas, si lo dejas ir, lo logras. Os lo aseguro.  

Porque si existe algo que me enamore, y es que el amor es muy amplio, son esas personas que bajo todo su dolor se descubren sonriendo, eso es valor, y yo sin ninguna duda, quiero formar parte de este grupo.  

Busquemos un motivo para apartar a la tristeza, esa fiel y solitaria compañera, y seamos un poquito más felices.

 


Para finalizar porque ya me estoy pasando, lo sé, os vuelvo agradecer vuestro cariño y os doy las gracias, pero ¡muchas, muchas gracias! En la magnitud de la palabra sois alas, emoción que cada día se renueva convirtiéndose en historia, logrando que el conocimiento se transforme en un precioso aprendizaje. ¿Quién osaría no ser feliz con tanto aliento?

¡Felices vacaciones! :)

 

miércoles, 28 de junio de 2017

Alma

“Ahora, con más años por detrás que por delante, los misterios se desvelaron”. O al menos eso le dijo el último cirujano que la operó. Ella quería ser linda como antaño, guardaba el recuerdo de un tiempo donde los hombres se peleaban por ganarse su afecto, ahora en cambio, su único hijo deseaba deshacerse de ella, dejarla abandonada en el retiro de cuatro paredes malolientes y que ni la memoria de su persona se conservara.

Su querida abuela, como la extrañaba, siempre le decía.

—Pequeña el tiempo no perdona y también pasará para ti, busca el que ame tu alma.

Pero con una belleza deslumbrante lo único que coleccionó fueron hombres poderosos. Que la proveyeron de joyas, ropajes, seguridad, recuerdos vacíos que ahora a golpe de bisturí intentaba rememorar.

Y se acordó de él, Pablo, su verdadero amor. No tenía dinero, ni posición, ni futuro, pero su cariño, sus besos, era lo único hermoso que conservaba y la hacía perdurar en ese sombrío lugar en el que se hospedaba. Hacía diez años que había fallecido, se lo comentó una conocida, como de pasada, y lloró desconsoladamente aquella pérdida. Ella que lo renegó, deseó con todas sus fuerzas que otro pasado aconteciera a esta penumbra que ahora la alcanzaba.

Observándose en el espejo, lo veía, claro que lo veía, su mirada en otra época vivaz, estaba cansada, el tiempo no remitía y se desvanecía.

Aquel doctor no estaba bien valorado, pero después de tantas intervenciones y a su edad, no le quedaban opciones. Los profesionales se negaban a asistirla, en cambio ese hombre en cuanto le enseñó la chequera, tardó poco en presupuestarle unas nuevas inyecciones. Todo tenía un precio.

Recostándose en aquella cochambrosa camilla, divagó y soñó con él, una mano que la sostenía y un quizás con nombre a eternidad se alzó en ese último suspiro.




Relato que presenté en la Comunidad Escribiendo que es gerundio <Todo comienza con una frase>.

jueves, 22 de junio de 2017

Puerto claridad


 
Aquella sala olía a moho. Habitación oscura, incomunicada, sucia y vacía en alma. No era la sala, no, era ella. Restó diez años a su tiempo y vio lo que en verdad había ganado, nada. Sumó sus pérdidas y fueron aquellos malditos diez años. Pertenencias cero, un coche que bien podría llevar ya al desguace, quizás en chatarra sacara beneficio, y una planta.  

La condenada planta, un regalo de su última pareja. Iba acompañada por un dardo envenenado. <<Natalia, no puedes tener nada a tu cargo, no sé como sobrevives a ti misma.>> Lo que él no sabía, ni nunca averiguaría es que la rabia que sintió hacía sus palabras obraron a favor de aquella maceta con hojas.  

No le dijo ninguna mentira, del último puesto de trabajo la echaron por faltar varios días, sin excusas, pero, ¿qué sabían ellos? Siempre tuvo problemas de sueño, no descansaba bien por las noches. Su familia, bueno, eso sí era un tema aparte, sus padres se avergonzaban de ella, cabe decir que era lo opuesto a su hermana, pero prefería ser una indigente que conformarse a casarse con un hombre como su cuñado.  

¿Y ahora qué? En su lista de contactos no tenía a nadie al que no hubiera pedido algún favor en el pasado. Sola. Esa palabra retumbó en su cabeza y le hizo ser consciente del caos que la alcanzaba. Pero, ¿y si? Podría intentar que su hermana, no, lo desechó al momento, la miraría por encima del hombro como si fuera una apestada, se olió, sí, una buena ducha le sentaría muy bien. Ideas, ideas. Siempre había sido una abnegada para las soluciones, en el colegio la escogían la última en todas las actividades, eso la marcó y borró de su mente el esfuerzo que representaba.  

Buscó en el bolso algunas monedas, un café, con una buena taza seguro que vería más luz en este parco camino. Pero la suerte hacia tiempo que la había abandonado. Mientras cavilaba qué hacer, se le cruzó un vecino, holandés o eso le dijo, la miraba con lascivia, una imagen cruzó por su cabeza, solo esperaba que la necesidad no la llevara a tan baja escala.  

—Me ha dicho un pajarito que Marcos, se ha marchado para no volver.
—Siempre tan gracioso François, solo a ti se te podría ocurrir ser desagradable con una cancioncita. ¿Quieres algo?
—Venga mon amour, no seas fierecilla, ese hombre era poco para ti, yo podría cuidarte mejor, eh Belle, ¿oui?
—No te lo tomes a mal pero antes me quito de en medio, así que desaparece de mi vista, ¡lárgate!
—Me gustan enfadadas —pasándose la lengua sobre los dientes, continuó— ya volverás y te domaré, sabes que tengo razón lionne.
—Sueña con ello, cucaracha.
—Venga, venga, petite, no te sulfures. —poniéndole varios billetes en el bolsillo de la tejana, le dijo— Un pequeño adelanto de lo que devendrá, no me gustan tan flaca.

Lo miró a él, luego al bolsillo, y volvió a mirarlo. Dudó, pero no tenía nada a lo acogerse, y por fin una idea surcó en su mente, no iba a venderse tan fácilmente.

—¿Ves aquella chatarra de allí? Es tuya por el dinero, no esperes más de mí.

El regusto vomitivo de aquella conversación le dio el estímulo necesario. Siempre le pasaba lo mismo, se mantenía dormida durante largos periodos de tiempo y una vez que la amenaza o limitación de otros sobrevolaba sobre ella, actuaba. <<Desastre, desastre>> Pensó para sus adentros. Un buen desayuno, eso terminaría por enseñarle el camino.

Al entrar en la cafetería, vio un cartel en el se precisaba personal.

—Hola, buenos días. ¿Todavía buscan a alguien?

La señora entrada en años y carnes, la observó, una mirada evaluativa, sintió la hondura especulativa y no dudó en que pudiera descubrir sus más oscuros secretos.

—Eso depende, ¿tienes experiencia?
—Bueno… la verdad, es que no mucha, pero me esforzaré sin con ello gano el puesto.
—Mira guapa, no te engañaré, no creo que des el perfil, siéntate, desayuna que buena falta te hace, y luego ya hablaremos.
 
Al terminar, se levantó y pagó la cuenta, dejando una generosa propina. Fue a despedirse.

—¿Ya te vas? ¿No habíamos quedado en charlar?— Eso descolocó a Natalia, pero volvió a su mesa.
—No te he visto nunca por aquí y eso es muy extraño, soy mayor pero nunca olvido una cara. Por cierto mi nombre es Candela.
—Yo soy Natalia.
—Encantada, mira niña este trabajo no creo que sea adecuado para ti, pero he visto que llevas una planta, muy bien cuidada, por cierto.
—Ah, bueno, sí, no se preocupe.— Haciendo el intento de levantarse.
—No he terminado. Mi hijo tiene un vivero, no muy lejos de aquí. Lo negará pero sé que necesita personal, y su carácter es…— quedó callada— bueno, podría decirse que no es agradable en trato, eso hace que el personal no dure mucho, exige que sus plantas sean tratadas con delicadeza. Por lo que puedo ver, tú tienes buena mano, te aferras a ella como si nada te quedara— poco sabía cuantas verdades había en aquella frase— Así que, si te interesa, el puesto es tuyo, ahora mismo lo llamo para avisarlo.
—¿Por qué cree que yo tengo posibilidades para conservar ese trabajo?
—Sé reconocer la necesidad de amor, y tú Natalia, tienes mucho que dar. No hay más que ver como brillan esas hojas. Y bueno, siendo egoísta mi hijo sé que también posee esa misma balanza, así que el tiempo ya os dirá.

 


¿Quién sabe? Pero si se quedaba con esta última sensación, podía creer que en su cuento, el puerto al fin clareaba.

 

jueves, 15 de junio de 2017

Casi te olvido




Estas palabras andaban escondidas, buscando luz entre la confusión, hoy las expongo y una parte de mí se siente desnuda, pero también liberada. Hace tanto que no estás, que he olvidado. 

Apenas hablo de ti porque mi alma se rompe en el recuerdo de un pasado que nunca tendrá futuro. Un mecanismo de defensa, guardarte como un pasaje conocido pero anidarlo en el retiro de la memoria.  

Un amor verdadero que ensayo para no sentir en este presente que hoy se desvanece. Pero nada se aguarda tan adentro, el tiempo se encarga de rasgar y como no, revolver.  

Día señalado como pocos me hicieron el mejor regalo de mi vida. Por un momento casi creí que fueras tú el que lo hubieras ideado.  

La pluma, aquella que acarició tus trazos convirtiéndolos en bellas palabras, porque si hay algo que puedo afirmar, es que intento alcanzarte. 

En mi soledad lo comprendí, casi.

 
  
Tu memoria.
El recuerdo.
Nuestro corazón.

lunes, 12 de junio de 2017

El duro

"¿Nunca os habéis cruzado con alguien a quien no deberíais haber puteado? Ese soy yo”.

Desde que vio el Gran Torino se creía Clint Eastwood, nada más lejos de la realidad. El tipo o tipazo como gustéis del Sr. Paco, como hacia que le llamaran, era orondo y malformado, como el de un pequeño roedor que se guarda la comida por miedo a una futura hambruna. Sus mejillas infladas reposaban demasiado cerca del cuello, el cuerpo diminuto cacareaba en un orden extraño y difícil de entender, imposible identificar cintura de cadera, pierna de brazo, o lo que era lo mismo, nada de ello. En lo único que se asemejaba al grande era la repetición sin medida de sus frases y claro está, su mala baba. Infligir su poder era la orden diaria en aquella pequeña tienda de barrio, y si en unas de estas te daba por infringir su voluntad, aquello podía convertirse en una hecatombe en toda regla. Los complejos le medían y provocaban a ser un sujeto sin corazón y el poder que albergaba sobre tres empleados, la furia.

Llegó el momento de la rebelión, aquello era imposible de sostener, las cajeras no duraban más del período de prueba, ni las necesidades de trabajo y sueldo eran suficientes para aguantar el vocabulario y las artimañas soeces del jefazo, así pues, el encargado tomó las medidas oportunas para finiquitar con el problema de raíz.

— Es por un bien común, sé que existe más miedo que razón, pero si todo sigue como el plan establecido Paquito estará fuera en unos días. Dudo que los dueños de la franquicia quieran que se identifique su nombre con este sujeto.

Carlos guardó silencio a la espera de que Pili o María dijeran alguna cosa al respecto, al ver que no se pronunciaban continuó.

— Bien, adelante.

La ansiedad y el deseo de castigo les llevó a colgar un video en Youtube titulado: El Gran Clint de Mercabarrio, en él se veía al Sr. Paco acosando a sus empleados con algunas frases como "Soy el sargento de artillería…", "Anda… Alégrame el día", "Morir no es…"





Relato que presenté en la Comunidad de Relatos Compulsivos. Palabras obligatorias: infligirinfringir y hecatombe.