lunes, 20 de noviembre de 2017

Reseñando, ¿me habré vuelto Absurda?

Antes de empezar tengo que hacer un inciso o mejor todavía, un gran, grandioso recordatorio; a mí reseñar no se me da nada bien, pero nada de nada. Puedo decir que leo, que me ha parecido esa lectura, hasta podría atreverme a recomendarla a otros, pero no mucho más, por suerte tenemos a otros grandes blogueros que sí lo hacen; extraen, recomiendan y yo puedo garantizar que mis lecturas en la última época (la gran mayoría) venga va… sinceridad, casi todas; todas, han sido gracias a ellos.

Pero mira por donde nuestro querido Pedro Fabelo, me pidió que una vez leyera sus letras le escribiera unas líneas. ¿Cómo se le pudo ocurrir semejante despropósito? No tengo ni idea. Lo que si sé es que no pude negarme, ¿cómo hacerlo? A ver quién se atreve a decirle que no a este gran escritor. ¿Lo veis? Lo que yo decía.

Y es que todo empezó con un agradecimiento y un avance de sus letras, un plan estratégico infalible muy al estilo Dr. Maligno, ya que a raíz de allí y yo como fiel seguidora de su blog https://pedrofabelo.blogspot.com.es/, y sus textos, (no olviden pasar por allí), acabé realizando la compra y no de uno, no, no, sino de dos de sus libros publicados hasta la fecha:

―Absurdamente. Antología del absurdo Vol. I

―Absurdamente. Antología del absurdo Vol. II

¿Qué encontraremos en ellos? Pues como ya explica el propio autor será la recopilación de diferentes piezas de humor absurdo, ironía, sarcasmo y citándole; en el segundo volumen se añadieron varias piezas totalmente inéditas.

Y ahora la parte en la que explico que me pasó a mí al leer sus libros: empezaré diciéndoos que en un fin de semana quedaron totalmente fulminados y que quedé con ganas de más, eso como ya sabréis es muy buena señal, ¿verdad? Un síntoma seguro de que la lectura es buena. Pero no solo encontraremos humor entre sus letras, hay mucho más, crítica social y económica de la inteligente que se viste de sonrisa y encima te la regala. Emoción de la bonita, y no quiero destripar el libro que es el miedo que tengo al escribir esta humilde opinión, pero hay un relato sobre Robin Williams que los que apreciamos y recordamos con cariño a este gran actor, enternece. Hallaremos relatos y microrrelatos sobre tolerancia, tópicos, diversidad, comprensión y cuentos con finales diferentes a lo esperado, estos últimos mejorados. Muy mejorados. Y hasta hay incursiones de filósofos, ¡qué suerte tiene Pedro! Ya querría yo comentar más de una cita con alguno de ellos.


En el segundo volumen, eso sí, se percibe más a la persona que se esconde detrás de las palabras, así que para finalizar y espero no haberte defraudado, le tengo que dar las gracias a esa Olympia años 70, a ella y su procedencia le debemos agradecer hoy tus historias.


Por lo tanto si os encontráis en uno de esos días grises, que a uno aunque se niegue a reconocerlo le acompañan algunas veces como a una mala sombra, que mejor que reír y para ello Pedro Fabelo nos facilita la tarea, sí, sí, no lo duden. Alegría garantizada totalmente concebida por el autor.


 
 Y pronto, muy pronto... haré otra (NO) reseña de otros grandes amigos blogueros.

lunes, 13 de noviembre de 2017

El último mensaje



Contemplo tus manos y me adentro entre sueños, es allí donde la necesidad grita. Suspiro, las miro, esas manos que tanto deseo, las imagino, etéreas, recorriéndome, impregnándose de la superficie; de mi piel. Retengo ese pensamiento y ésta se eriza en respuesta, no importa donde me encuentre acabo ruborizada. Es entonces cuando reviso el entorno, no quiero, no puedo delatarme. Desde tu regreso mis nervios están crispados, alterados, emocionados. El deseo es tan fuerte que a penas logro controlarlo. ¿Cómo hacer? ¿Cómo comportarme? No puedo, y sé, lo sé, estás con ella, la escogiste antes que a mí. Yo que te entregué el alma, pero no fue suficiente acabé relegada. Y no te culpo por ello, no, pero me lo prometiste no regresarías, nunca más volvería a verte y ahora de nuevo estás aquí. Y tus manos. Las evoco, a ellas, sí. Agarradas con fuerza y necesidad, viajando por el cuerpo que tanto deseabas, con qué rapidez la pasión se tornaba necesidad, aire, como ilusa de mí dejaba que hicieran todo lo que les placía. Yo era el tributo con el que te alimentabas. Pero era solo eso. Nada más. Más tarde llegó ella y todo cambió, las llamadas se convirtieron en breves mensajes y al tiempo el silencio era nuestra única seña. Te busqué; desesperada, me ofrecí; rebajándome, pero lo dejaste claro no era ella. Eso sí, y te lo agradecí entre lágrimas e impotencia, te compadeciste prometiéndome lejanía. Ahora has roto esa promesa, y yo, te admiro desde la distancia, aprisiono el recuerdo, entre los muslos; y suspiro. Cadencia, hambre, nostalgia de un pasado caótico.

El primer día de tu regreso ya me llegaron las noticias, volaron, vi maldad entre los murmullos, sonrisas complacientes, crueldad vestida de compañía. Intenté que no se notara, pero solo tu nombre ya es capaz de arrancarme el aliento y con él la vida. Lo supieron, y yo, no pude o no quise hacer nada para que no se me notara la inquietud. Eso todavía te pertenece, mi dolor, recuérdalo, será tuyo para siempre. No quise buscarte, ni siquiera intenté moverme por los mismos círculos de antes; los nuestros. Por temor a encontrarte, a verte, sabía que delataría a esos gritos que nunca fueron acallados. Porque nadie ha conseguido arrancar de mí las mismas suplicas. Y lo intenté, juró que lo intenté. Pero acabé conformándome con copias baratas, hasta yo me transformé en una de ellas. Imité sonrisas, conversaciones, gestos, pero toda aquella farsa no era suficiente. Y fue entonces cuando toqué hondo, no quieras saber de lo que fui capaz para olvidarte, no me hagas volver hacia atrás para admirar en lo que me convertí. Esa no era yo. Fútil copia capaz de cualquier cosa para extirparte de la piel. Ahora has logrado lo que no conseguiste la primera vez, que la odie. Esa inocencia que transmite, esa calma que respira. ¿Por qué a ella se la has entregado? ¿Por qué a mí solo supiste darme sufrimiento? Celos, ahogo, soledad. Nunca estaba completa. Ni siquiera cuando compartíamos sala. Necesidad y más necesidad, y tu voz reclamando, exigiendo todo de mí; todo. Disfrutabas de la ansiedad, te relamías y glorificabas, los dos lo sabíamos, nunca habría nadie más, solo tú. No nos mentíamos. Por eso ahora la detesto a ella y no a ti. Deberías ser tú el portador de todo el resentimiento, pero no puedo, por más que lo intento la lógica solo responde a que se ha quedado con la parte buena, mientras que yo solo conozco la escabrosa, la insana y el recuerdo de esas malditas manos que hoy todavía siguen aprisionándome el corazón.

Hubiera vivido con el silencio de ese odio lo prometo, pero lo estropeaste, no debiste enviarme ese mensaje fue demasiado para mi frágil aliento, no lo esperaba, ¿qué querías? No tenía nada que dar, todo te fue entregado. Golpeaste demasiado adentro, tenía que terminarlo, con eso, con nosotros, tenía que hacerlo; discúlpame. Sé que ella lo entenderá, sé que a la larga cuando no estés a su lado comprenderá por todo lo que yo tuve que vivir. Como a cada segundo que no disponga de tu presencia el aire dejará de entrar en sus pulmones. Y me perdonará por los dos, por ti.

Esta noche cuando nos encontremos seremos el pago, una sola moneda que entregaremos al barquero para que este nos conduzca al inframundo que tanto nos merecemos. Lejos muy lejos, con un último beso todo terminará. Entonces sé que por fin me alcanzará la paz. Y tú mi querido amor, poseerás lo que siempre mereciste. A mí.

jueves, 2 de noviembre de 2017

La sorpresa de la Sra. Ruiz

―Fernando, ¿dónde está el crío? Tu hijo otra vez, ¡dios! Que no aprende. Desastre, tras desastre. ¿Dónde está? ¿Dónde?

―Va mujer, seguro que no es para tanto. Chiquilladas de la edad. Una mala etapa.


―¿Una mala etapa? El niño tiene cuarenta años, ¡cuarenta! Y sigue viviendo a cuerpo de rey, y eso, mira, ya lo tengo más que aceptado, pero sus estropicios eso sí que no, me niego, no pienso tolerarlos.  


―Relájate Manoli, siempre estás exagerando, seguro que no es tan grave.


―¿Qué vi en ti? ¿Qué? Como puedes vivir tan tranquilo, normal que Nicolasín nos haya salido de esta manera, mano dura era lo que necesitaba y no tanta comprensión. Que sepas que todo esto es por tu culpa. A mi edad debería estar disfrutando de la jubilación, viajando y pegándome comilonas, que me sirvieran como una reina, pero no, claro que no, era mucho pedir. Aquí me tienes limpiando las trastadas del niño. Pero esta vez ha ido demasiado lejos.


―Sí, sí, mi culpa y ahora, ¿dime qué sucede? Deja de divagar y dilo de una vez, al final me perderé la serie.


―A mí no me hables así o te juro que os abandono, ¡me largo! Y no quiero discutir Fernando, pero es que solo sabéis crisparme los nervios. Mi pobre madre, una santa en vida, siempre me lo decía; deja a ese hombre es poco para ti. Y te prometo que porque ya no está presente que sino me iba.

―Venga calabacita, no te pongas así, ¿qué haría yo sin ti? Cálmate y explícamelo, ¿quieres?


―¡Oh! Fer… hacía mucho que no me llamabas así, ahora mismo te lo explico caramelito. Resulta que esta mañana he ido a recoger su habitación, ya sabes lo desordenado que llega a ser, con toda esa plaga de alimañas que guarda en la vitrina, ¿desde cuando una araña es un animal de compañía? Hasta para eso nos ha salido raro el chiquillo. Y me he dado cuenta de que había un objeto brillante, así que me he acercado, los dos sabemos el miedo que me provocan esos bichos, pero he pensado; este insensato a ver si va a perder algo de valor, es entonces cuando lo he visto. ¡Qué calamidad! No podía ser un hombre responsable, como el hijo de la Puri la vecina del quinto, o como…


―Mujer, ¡dilo ya!


―Una mano, Fernando. ¡Una mano!


―Y te pones así, ¿por eso? Estos animales comen proteína. Siempre estás quejándote de la economía doméstica así que pensamos como reducir los gastos. El chico está muy encariñado con sus tarántulas y no quería deshacerse de ellas. Lo ha hecho por el bien familiar.


―Pero, pero… ¿dónde está el resto del cuerpo?


―Qué tonterías, ¿dónde va estar? En el congelador. Cada semana le damos una porción y así Nicolás no tiene que pasar por la tienda de animales. ¿No estás contenta? ¿Por qué me miras así? ¿No lo hemos hecho bien?

―Pero, pero… y… el muerto, ¿quién era?


―Ah... por eso no te preocupes, es una pequeña venganza de nuestro hijo. Está escarmentando a todo aquel que se ha reído de él a lo largo de su vida, colegio, instituto… ya sabes. Puedes estar muy orgullosa, ¿ves como si tiene iniciativa? Y ahora calladita, que empieza la serie y no quiero perdérmela. ¿Queda claro?


Nunca de los nunca se había escuchado menos ruido en la casa de los Ruiz. Es más, la señora del hogar no volvió abrir la boca en su corta y perecedera existencia.


Relato presentado en la Comunidad: Escribiendo que es gerundio <Alrededor de un tema>

jueves, 26 de octubre de 2017

Hogar, dulce hogar



Sweety era la chica más linda del pueblo y no es que quisiera creerse más diestra en belleza que otras, simplemente era una realidad. Todos los muchachos andaban completamente locos por la chica, pero ella no estaba por la labor ni siquiera eso le importaba. Su madre era otro cantar, una mujer que no guardaba gracia alguna ni dentro ni fuera de ella, la engrandecía ver que todas sus frustraciones pasadas se esfumaban gracias a su preciosa hija.

—Mamá, no iré a la fiesta.— Se pronunció arrugando el vestido escogido para la ocasión.

—Si quieres que te deje hacer el curso de programación, irás.

—¡No lo entiendo! A mí no me interesan esos bailes, ni tampoco los chicos con los que me obligas a ir. Siempre intentan sobrepasarse.

—No digas tonterías. Eres una desagradecida, si no quisieran ir contigo te quejarías y terminarías por conformarte con cualquiera y, y... —Divagó sin control —Qué poco valor le das a tu situación, si yo fuera tú, si yo...

—Pero es que no lo eres, y yo no quiero ir. Por favor mamá, por favor.

—Cariño no insistas y arréglate, ¿quieres? Ahora mismo estoy demasiado feliz para que lo estropees con niñerías. ¿Cómo puedes quejarte? No te entiendo, por fin hemos conseguido una cita con el delantero del equipo local, es tan guapo e importante. ¡Os admirarán con envidia! Ojalá pudiera ver y escuchar los comentarios de la gente. Y tú protestando y queriendo estudiar, ¡paparruchas!

En las últimas semanas Sweety se había resignado a creer que le tocaría vivir la vida de otro, en este caso, la de su madre. Había intentado hablar con ella, expresar sus emociones y necesidades, pero lo único que había conseguido es que accediera en permitir que hiciera un curso básico de programación, nada más, y tenía un condicionante clave, todo seguiría como la madre dispusiera. Su padre era otra historia, ya no hablaban, a penas lo veía, no se conocían. Vivir en el mismo techo no determina compartir camino, el de ellos hacía años que se había distanciado.

—Está bien, voy a ducharme.

Con dieciocho años y pocas opciones tenía claro una cosa, su desventura la hacía prisionera y eso debía cambiarlo. Cogió unas tijeras de costura y se cortó el pelo, mechón a mechón, la preciosa melena iba desapareciendo, con cada trasquilón Sweety recuperaba una parte de ella que le era totalmente desconocida. Lo mismo hizo con el vestido y los zapatos, todo lo que su madre le había comprado para convertirla esa noche en una deslumbrante muñeca. Se sintió tan plena, que destrozó todo lo que encontró a su paso y no sentía que la identificara. La fiesta terminó de golpe ante los gritos de su histérica madre.

—¡Qué estás haciendo! ¡Por dios! ¡Estás loca! ¡El pelo! ¡Oh!, y la ropa. ¿Por qué Sweety? Lo has estropeado todo. ¿Por qué lo has hecho?

—Se acabó mama, no aguanto más. Ahora tendrás que quererme por lo que soy sin condiciones. No volverás a mostrarme ni exhibirme como un bonito trofeo. 

—¡Niña egoísta! Eres una desagradecida, todo lo he hecho por ti, con tu belleza podrías comerte el mundo sin ningún esfuerzo, no tendrías que conformarte con una miserable vida como la mía. Y no quieres verlo, pero está bien, tú ganas. No permitiré que me avergüences.

Con un fuerte portazo se fue de la habitación, pero ese día no solo se cerró esa puerta otra mucho más importante quedó clausurada, la que aspiraba la vida de su hija como propia. Y Sweety pudo hacer el curso que quería y luego otro más. Entre libros y vestidos anduvo reencontrándose y cada vez que eso pasaba era más y más libre. Su mundo crecía y esta vez sin adornos. Solo para ella y sus decisiones.

sábado, 14 de octubre de 2017

El mercader



Epifanía tenía un reino para ella sola, uno que heredó siendo muy niña. Recibido por aquel tipo de leyes sin ley que se encarga de delimitar el linaje por sangre. ¡Qué distinguida aberración lograr algo sin merecerlo! Pero hay circunstancias en el que uno nace con estrella y ésta permite el poder sin lucha ya que es del todo innecesaria. No era una reina justa, más bien una aburrida y en su bostezo habitaba un trasfondo de crueldad del cual comparecía con gran maestría.

―Epifanía, no cree que debería ser un poco más, a ver cómo decírselo mi querida ilustrísima señora, ¿benevolente?— Le dijo la criada que para su desvergüenza la había criado desde niña.

―No, no lo creo. Lo único que sé es que ellos están aquí para distraerme y si no lo logran sintiéndolo mucho haré que se esfumen.― Pero la realidad es que no sentía nada de todo lo que decía, no había más que ver el empadronamiento de la villa en la última década habían desaparecido cientos de ellos.

Margot que así se llamaba la criada gozó de una impunidad no merecida, la adquiría a base de mantener feliz a su señora, ofreciéndole todo lo que le pedía y hasta disfrutaba de las aberraciones cometidas, eso sí, a sus ojos se comportaba como una auténtica beata. 
 
―¡Oh, mi señora! ¿No podría apretar menos la soga? Creo que el aire empieza a no llegarle correctamente a los pulmones.― Comentó deleitándose con el macabro espectáculo.

―Siempre tan dispuesta a cuidar de otros. Se olvida que ellos están aquí para mi disfrute, pero tiene razón. Dejad que respire, no quiero que muera antes de tiempo.

Así fueron sucediéndose los tiempos, donde las atrocidades se sumaban a pares. Ningún reino vecino se atrevió a intervenir por miedo a futuras represalias, conocían bien de lo que era capaz Epifanía y todo aquel que estuviera bajo su mando. El temor les hizo comportarse de la forma más cobarde. 
 
 
 

Un día apareció un mercader que gritaba a unos y otros <¡Destellos cristalinos! Cómprenlos y descubrirán su belleza interior> El rumor de las maravillas que decían que tenía aquel extraño cristal llegaron a los oídos de Epifanía, por lo que ordenó que lo llevarán ante ella. 

―Mi señora…

―¡Habéis tardado muchísimo!― Le cortó― ¡Esto es una vergüenza!

―Pero si solo hace cinco minutos que salí de la sala― Contestó nerviosa la criada, empezaba a perder el poco poder que tenía en la mente de su señora.

―¡Tonterías! ¡Que no se repita! Acérquese quiero verlos.

―Mi nombre es Cristóbal, provengo de unas de las familias…

―¡He dicho que quiero verlos!

―Pero debo advertirla…

―Como vuelva a abrir la boca haré que le corten la lengua, así que muéstremelos, ¡Ya!
 
Lo que el Mercader quería revelar era el poder que poseía, ya que con solo posar los ojos éste buscaba la belleza interior, y si no la encontraba acababa convirtiéndote en una figura de cristal.

Por suerte sucedió lo esperado. Y con él, un final feliz.
 
 
Relato que presenté en la Comunidad: Escribiendo que es gerundio <Palabras obligatorias>

 

jueves, 5 de octubre de 2017

La secuencia de Marta



La primera vez que la vi lo supe. Fue un flechazo, no hubo palabras, no hicieron falta. Algo dentro de mí se despertó con una fuerza desesperada y desde ese momento, la necesité. Ella no se dio cuenta tan pronto o quizás no quiso hacerlo. Pero la verdad es que poco importaba, el hambre que yo sentía era más fuerte que la poca predisposición que ella pudiera poner. Coleccioné todo de Marta, sus gestos se convirtieron en el fetiche de nuestra relación. El que más me gustaba era su extraña forma al sonreír. Cuando algo le agradaba fruncía el labio de una manera muy peculiar, si no la conocías ese tic podía parecer otra cosa y luego llegaba aquella preciosa y amplia sonrisa. Mi sonrisa. Porque todo de ella era mío, desde entonces y para siempre. Ya había habido otras, pero ninguna igual. Lo sabía, no tenía dudas. 

Coincidíamos en la cafetería del centro comercial cercano a su casa. Marta pedía un té con leche, yo un café largo. Ella leía un libro, yo escribía en mi libreta todo lo que quería hacerle. Aquellos silencios eran agradables, en aquel momento compartir toda esa intimidad hacía que me sintiera completo, no podía pedir más. Y sabía que ella sentía lo mismo, se la veía relajada, feliz.

Al tiempo hubo pequeños cambios, la moda animalista llegó con fuerza y permitieron la entrada de mascotas, me pareció una desconsideración para los clientes habituales, pero aun así seguimos yendo cada tarde. Hasta que lo descubrí, me lo había estado ocultando y no me lo mostró hasta entonces, tenía un perro. Un perro. Soy alérgico al pelo de esos animales y ella debía haberlo sabido, yo conocía todo de nosotros, por el contrario Marta me había estado escondiendo a esa cosa. No me gustó, no podía consentir secretos entre nosotros. Todas las relaciones fracasan con la mentira y la nuestra desde ese momento dejó de ser tan idílica, me había fallado. Intenté acercarme para mostrar el desagrado que sentía, pero me ignoró, como siempre que intentaba que profundizáramos. Esa desconsideración fue la que lo desencadenó todo.

No podíamos compartir asiento en la barra, cada vez que me acercaba empezaban los picores y estornudos, entonces ella me miraba sin comprender que hacía yo allí. Ya no existían los silencios ni la intimidad, los tenía con ese animal que estaba alejándonos de nuestro maravilloso idilio. No podía permitirlo, no podía dejar que todo lo que habíamos creado terminara de esa manera, toda la culpa la tenía ese asqueroso chucho. Así que aquella tarde decidí no ir a nuestro templo, esperaba que me echara de menos tanto como yo lo hacía, con la misma desesperación. Al salir del trabajo la esperé durante horas en la puerta de su casa, allí sentado, en el primer escalón. Medité como arreglar todo lo que se había roto, apareció y nada más verme lo supe. Su cara no era placida, tenía un punto de terror en la mirada que paradójicamente en vez de molestarme, me excitó.

―Hola cariño, te estaba esperando.

―¿Cariño? Disculpe, usted… ¿Lo conozco? Un momento, sí, es, es… ¿No es el de la cafetería? ¿Qué hace aquí? Quiero decir, ¿cómo sabe dónde vivo? ¿Qué hace aquí? ¿Qué…?

Divagó y me preguntó tantas cosas a la vez, se la notaba nerviosa y eso para mis ojos la convertía en alguien más exquisito. El pánico rondaba sus facciones, el rictus de su sonrisa era frío y distante y yo necesitaba que me recibiera como merecía, quería ver el fruncido. Mi sonrisa. Empecé a alterarme y cuando eso pasa no soy la persona encantadora que tanto la deseaba, me convertía en un hombre peligroso y cruel.

―¿Así vas a recibirme? ¿Así?― Exigí humillado y despreciado.

―Pero, pero… es que no sé qué hace aquí. No lo conozco. Mire lo mejor es que se marche, por favor, váyase y le prometo que no llamaré a la policía, ¿de acuerdo?

―¡A mí no me hables así! ¿Cómo te atreves si quiera? Llevamos meses juntos, compartimos cada puta tarde.

Empecé a descontrolarme y lo notaba por como me miraba, con miedo, sí, con terror y angustia y ya no podía hacer nada, solo hacerla mía. Todo lo que había apuntado en la libreta, todo lo que había deseado hacerle, esa noche era nuestro momento, no teníamos más opciones. Debió notar el cambio, las respiraciones mudaron, la urgencia crispó en el aire allanando el cercano desenlace. Y entonces cometió la peor decisión de su vida, huir de mí. Es cuando el juego empezó, dejó de ser mi amada para convertirse en mi presa. 
 

Tres días más tarde.

―Señor Fernández, disculpe, quería comentarle que quizás la idea de traer mascotas a la cafetería no es buena idea. Desde que instauró la nueva norma muchos de los clientes fijos han ido fallando. Por ejemplo, se acuerda de aquella pareja tan extraña, la que llegaba junta pero no se dirigía la palabra en ningún momento, pues él hace cuatro días que no aparece y hoy será el tercero para ella. Señor Fernández, ¿me está escuchando?

―¡Dios mío, chico! Lee esta noticia.

<El asesino en serie apodado el Fetiche ha atacado de nuevo. A primera hora de esta mañana en la Comisaría Central han recibido una carta anónima, ésta informaba de la localización del cuerpo. Varios Agentes de la Ley se han personado en el Parque del Estanque para comprobar que la información recibida era certera. Allí efectivamente han encontrado el cuerpo sin vida de Marta Gutiérrez Barrobes, de 28 años. El modus operandi confirmaría que podría tratarse del Fetiche, siendo para este vil asesino su cuarta víctima. Las condiciones en las que han hallado el cuerpo han sido desoladoras para la familia. Los Agentes solicitan cualquier tipo de información de la que se disponga, exigen máxima colaboración ciudadana. Por ahora lo único que se conoce y así lo han confirmado familiares y amigos, es que la víctima no tenía pareja estable…>

―Es la chica, es ella… ¡La de la fotografía es ella!

―Llama a la policía, ¡debemos avisarlos! ¡Ahora mismo!  
 
Relato presentado en el: , concurso literario mensual.


jueves, 28 de septiembre de 2017

El minutero

 


Custodia del cruel abrazo. Imberbes sentimientos se descubren sosteniendo aquella mano que nunca dio alimento. Caricias superfluas, necesitadas de una estima que no recibieron. La palabra amor se engrandece entre miseria y culpa, admitiendo cada golpe recibido con vergüenza. Pero esperan, esperan, anticipándose a su desenlace. No existen mentiras, el alma sabia conoce la verdad. Acecha entre inquinas, palabras muertas, promesas delicadas. La perspectiva se contempla feroz, inhumana, solitaria.  

Y allí entre residuales, mota a mota percibe luz, cortejo esperado, minuto vencido, perdón inminente. La manecilla inicia de nuevo. No precisa de trucos, la costumbre ya es dueña. Las partes aguardan sólidas, estáticas, perpetuas, contemplando la desagradable escena. Carne desnutrida, mutismo que desboca en avaricia, ventanas cerradas, la luz ha partido. Suspiros cifrados, conversaciones malgastadas, personalidad calcinada. La huida no marca este camino, solo una mano es su historia, la vencedora de un pasado capaz de aislar la custodia del cruel abrazo.


Microrrelato que presenté en la Comunidad de Relatos Compulsivos.
 

viernes, 22 de septiembre de 2017

La indiferencia del amor




Hablan, pero no se comprenden. Miran, pero ya no se ven. El tacto ha quedado relegado, lejano en esta historia, donde el final aparece fronterizo. Y es que en este momento solo les queda la nada de un pasado que pudo haber sido, pero finalmente no lograron cimentar.

 

El amor es difícil, Carmen lo sabía, no se mentía al respecto. Lo adivinaba como etapas donde la paciencia y el hábito van de la mano, pero todos aquellos peajes que se iban perdiendo hacían que el tiempo malgastara la razón. En ese momento se encontraban galopando entre perdones y promesas incumplidas, eso le provocaba resentimiento, más bien, aborrecía a la persona que dormía profundamente a su lado. Y no lograba comprender como todas las preocupaciones que tanto la perturbaban, él simplemente las dejaba pasar. Ahora, toda aquella simpleza que antes la había llenado o dado la tranquilidad que creía como correcta, se le tornaba carente, diluida, insostenible. No tuvieron hijos, fue una elección o quizás la naturaleza obró para ese fin y ellos tomaron su palabra como propia, exponiéndola a unos y a otros que así lo habían elegido. Lo que no esperaban es que aquello en vez de unirlos, terminaría por separarlos. ¿Cuánto tiempo se puede guardar una mentira? Días, meses, años, pero el silencio de la emoción no expresada siempre termina por germinar en desdicha. Y Carmen ya no podía guardar nada para ella, su mundo interior andaba enfadado, gritaba, exponía en un sin sentido la frustración. El maltrato verbal asomó con fuerza, la cruel indiferencia se mostró hiriente. Y los días precederos a esa tormenta interior se mostraron con una fría y simple nota.
 
<<Pablo, lo nuestro ha terminado. Adiós>>


Nada más, solo seis palabras. Esa nota fue la responsable de desencadenar lo que hoy es ese hombre, antes imperturbable hoy vil.  Los días que siguieron fueron un despertar para Pablo, lo primero que pensó es que Carmen volvería, no tenía donde ir, no era una mujer dada a las relaciones, así que con pocos amigos podía contar. Eso le dejó muy tranquilo, con solo rozar ese pensamiento la perdonó y se prometió que cuando regresara nunca se lo echaría en cara. Pero las semanas se sucedieron impávidas, y noviembre llamó a su puerta, en ese momento el perdón ya no estaba tan cercano, todo lo contrario, empezó a engendrar un sentimiento desconocido, que arañaba la superficie pidiendo permiso para salir. Pero aun así, siguió sereno, comprensivo, callado. Hasta el día clave, el día que se conocieron, el veinte de noviembre. Se sacudió del molesto duermevela y lo que tanto había callado salió con desmesura, mudando en rencor. ¡Lo habían abandonado! A él, que le dio su vida, que le permitió manejarla a su antojo, él, que había renunciado a las elecciones, para cederle el único mando. Carmen era la culpable. Le había hecho perder todo lo que pudo ser y no fue. Y la buscó, fue entonces cuando la buscó, cogió el teléfono, marcó los números y para su desventura le respondió.  

—¿Carmen? ¿Carmen? ¿Estás ahí?

—Si, ¿qué quieres?

—No estás en casa, ¡no estás en casa!

—Pablo, hace dos meses que me fui. Por favor, no me digas que ahora te has dado cuenta.

—Tienes que volver.

—No.

—¿Cómo que no? Tienes que volver, todo esto no tiene sentido.

—Sé que para ti nada tiene sentido, pero no puedo volver. Es tarde para nosotros. Nunca fuimos felices.

—Pero yo te necesito, ¡y tú también! Llevamos quince años juntos, ¡joder! ¿Cómo cojones puedes decir que nunca fuimos felices?

—Porque es así, nos conformamos con compartir la vida pero olvidamos que también teníamos que respirar.

—Deja de decir tonterías y dime donde estás que voy a buscarte. ¡Dímelo!

—Sé feliz, Pablo. 

Y colgó. Por más que llamó y llamó, nunca más atendió a su llamada. Al tiempo, el número simplemente dejó de existir. Y del rencor pasó a un ferviente odio, culparla de su miseria era más fácil que afrontar la realidad de su vida. Ya no había lógica, no confiaba en los demás, nada se sostenía, todo se había vuelto extraño. La bebida fue la solución escogida, el camino fácil se dijo, la compañera que creyó que nunca le mentiría.


Carmen muy al contrario empezó a buscar parte de la vida que había perdido, para reencontrarse con su pasado y averiguar quien era ella en este presente. No lo tuvo fácil, pero no se rindió. Sentía que todos aquellos baches le daban más fuerza, era todo un reto salir de la zona de confort y luchar por uno mismo. El tiempo fue el encargado de que ella acariciara aquello que llaman felicidad, sintiendo que ahora formaba parte de algo. Que su mundo antes silencioso se volvía sólido, tangible, real. 
 

 


Los meses dejaron paso a los años, y aquel hombre que un día despertó sumergido en oscuridad, se encontró frente al espejo del baño observando su dejadez. Ya no había excusas, era él, su imagen y en lo que se había convertido. Y lloró, pero no se justificó por ello, ni tampoco buscó culpables, solo lloró. Sus mentiras quedaron relegadas y comprendió que la vida desde el principio era suya y no de otros. Apartó el caos a manotazos, lavándose la cara con furia, arañándose la piel, buscándose muy adentro y lo consiguió, se vio. La emoción le hizo despertar pero esta vez de verdad, el primer día de Pablo fue subir ese pequeño peldaño que lo alejaría de la desidia. Porque observándose encontró a su propia verdad, sin culpables, sin excusas, solo a él.


Relato presentado en el: , concurso literario mensual.
 

martes, 12 de septiembre de 2017

La frase

 
Sitúa a los demás en tu lista de prioridades y lograrás el final deseado.

 
Antonio se repetía aquella frase cada día, como una oración. La leyó un día que acompañó a su madre a la consulta del médico, esta vez para a una simple revisión de rodilla. Y desde entonces, la creyó certera, tenía que ser así, no podía ser de otra manera. Con cuarenta y dos años, seguía viviendo con una madre aquejada de cualquier mal que la hiciera ser el centro de atención, e ir a todas las consultas médicas existentes. Él como hijo único y buen hombre, antes niño, había decidido dedicar su vida en exclusiva a esa madre quejumbrosa y doliente, que estaba arrastrándolo al ahogo a pasos agigantados. ¿Y por qué tanto valor a esa frase? La razón es que en ese momento de su vida, no podía más. A penas la miraba con el respeto que una vez le tuvo, solo rezaba, eso sí, en secreto, que por fin uno de todos aquellos médicos le dijera que su mal no tenía solución, y que fuera la guadaña, los ángeles o quién estuviera dispuesto a velar por todas aquellas necesidades egoístas, el que cuidara de ella, porque él, ya no podía más, ya no.

Ahora repitiendo aquella frase lo veía claro, era una patraña, una mierda. ¿La razón? Diremos que durante un tiempo Antonio había puesto el corazón y el alma, y a cambio había recibido dolor y desprecio. Nunca más volvería a cometer el mismo error. Con una madre ya tenía más que suficiente para añadirle ahora a una Mariana. Porque él podía comprender que su compañera de trabajo no se hubiera dado cuenta de sus sentimientos, ni tampoco de las intenciones, y eso que para dicha causa le había estado enviando varios mensajes silenciosos. Como recibirla cada mañana con un café a su gusto, extra dulce con un toque de canela y mucha nata. ¡Ojalá, se le cariara esa preciosa sonrisa! Ni que reparara, ni le agradecería todas las tardes que se quedaba más horas para terminar el trabajo que ella durante la jornada no terminaba. Mientras, la susodicha, se podía dedicar a sus quehaceres, como ir al gimnasio, de compras o citas que en principio era con amigas. Pero la ingenuidad se fue perdiendo y al final comprendió que Mariana sabía perfectamente lo que estaba pasando, y necesitaba de un tonto para aprovecharse. Y claro, Antonio era ese tontorrón que no conocía de la vida más allá de médicos, madres y trabajo remunerado. Todo lo demás era una incógnita para su realidad. Y siendo francos, tampoco es que un día bajara un halo de luz y le mostrara el camino diciéndole: —Mariana, no es para ti.— No, la realidad es que una tarde terminó el trabajo antes de tiempo y pensó, que después de tantos meses velando por sus necesidades, bien podrían tomar algo juntos, se lo había ganado, o eso caviló. Y recordaba, bueno, conocía su agenda al completo, y los miércoles era el día que quedaba con las amigas en la Cafetería Lama, pero resultó que las amigas se convirtieron en un simple individuo con barba, gafas de bohemio, y un traje caro.
En ese momento después de años opresivos con una madre enferma y una compañera de trabajo, que pudo ser la segunda mujer más importante de su vida, obró en él un cambio radical. Y no es que de repente atrajera todas las miradas, eso no, claro. Simplemente dejó de hacer lo que los demás le exigían para hacer lo que él necesitaba.
Lo primero fue dejar el trabajo, llevaba en aquella empresa desde los veintidós años, nada más salir de la facultad enganchó con las prácticas y allí se quedó, nunca se preguntó si le gustaba o le llenaba lo que hacía, era trabajo, era dinero, era seguridad. Mariana no se lo tomó muy bien, rememorando la escena anterior ‘luz cegadora’, diremos que cuando la encontró con las manos entrelazadas del bohemio chic, en ningún momento se disculpó ni intentó disimular, pero en ese momento sí que le pudo la emoción de verse abandonada por el compañero de vida, perdón, empresarial. ¿Quién le haría ahora el trabajo? ¿Quién? Antonio fue claro, tú.

Y así con una tarea menos de su limitada lista, se fue para casa y descubrió algo que no esperaba, pero que le dio el necesario y apremiante último empujón, al fin y al cabo las costumbres hacen del hombre necesidades. Y allí estaba su madre, aquejada de la rodilla, cadera, brazo y todo tipo de hueso, articulación o músculo inexistente, subida a un taburete, ¡de puntillas! buscando en el armario más elevado un paquete de galletas. Decir que también tenía azúcar a su haber.

—¡Está loca! ¿Puede saber que está haciendo? ¡Por favor, madre, podría caer!

—¡Oh, que susto! Bueno, yo… quería una galleta, te olvidaste de ponérmela en la mesita esta mañana, ya sabes, que una no me hace daño.

—Pero si esta mañana no podía ni pestañear, ¿Cómo puede ahora comportarse como una experta equilibrista?

—Yo, yo… me encuentro mejor, ¡he mejorado! Sí, eso es, estoy perfectamente. Ahora hijo bájame, del esfuerzo creo que me estoy mareando. ¡Sí! me mareo, estoy cada vez peor, creo que es el azúcar, no debe ser la tensión, no será la musculatura del brazo derecho, que al estirarlo habrá enviado una señal negativa a mi cerebro y ahora, cógeme hijo, cógeme.

Pero Antonio no se movió, ni habló, solo procesó cada mentira, cada día, mes, año perdido entre invenciones y tretas. Y allí estaba ella, en el taburete, pálida por primera vez en su vida, y la vio, pero esta vez de verdad, frágil, pequeña, y sintió lástima. Porque comprendió que para ella, todas aquellas argucias eran la única manera que creía que serían capaces de retenerlo a su lado. Y en cierta manera odió al padre que los abandonó, porque le incrustó el miedo a la soledad de la peor manera existente, y se prometió, que este nuevo Antonio como el anterior, no la iba abandonar, por mucho que ahora quisiera tirarla por la ventana.

—Vamos madre la llevaré a la habitación para que descanse.

—Gracias hijo, no te irás, ¿verdad? No volveré a subir a ese taburete te lo prometo, todo volverá a ser como antes.

No madre, no me iré. Pero todo ha cambiado, más tarde hablaremos.

Así fue como Antonio empezó a manejar sus tiempos, a pasos pequeños, después de todo ese niño de cuarenta y dos años todavía seguía presente, es difícil cambiar los hábitos. Abrió una pequeña tienda de coleccionables, resultó que todos aquellos años había adquirido un gran número de utilitarios que el tiempo se encargó de valorizar al alza. Y la madre por primera vez, respiró, y los males que tanto la habían aquejado fueron desapareciendo poco a poco, un milagro habría obrado con menos fuerza.

 
Ya no recordaba aquella frase tan a menudo, pero sí era más feliz, es difícil medir la amplitud de esa palabra, se sentía seguro, tranquilo y comprendió que el amor no necesita de compañía con la verdad se basta. Pero como todo el mundo le gusta leer un final notable, diremos que contrataron a una asistenta que resultó una enamorada de las bellas personas, y qué decir, que Antonio era una bellísima persona.
Así pues, ¿cuándo llega el momento de cada uno? Será cuando uno menos se lo espera, o puede que sea cuando elimine lo que mal le hace. Lo que sí es seguro, es que si se hace con amor, se es feliz desde la primera toma.