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jueves, 7 de agosto de 2025

Las hebras. Destino o azar

 



Planta de maternidad.

 

—¡Oh! Jaime. Mira nuestro bebé, le sale del dedo meñique dos hilos, ¿te lo puedes creer? El amor está conectado a él.

—¡Córtalos!

—No.

—Te lo suplico. No podemos permitir que viva en el desamparo.

—Ni hablar. Sería una locura, una pérdida irrecuperable. Este regalo que le han cedido es algo metafísico, valioso y exquisito, no se puede renegar del destino.

—Eso es azar, Bego, y resulta perturbable que la felicidad plena corresponda a una conexión. ¿No ves que es una estafa? ¡Una mentira! Como un susurro inconexo que se va segmentado en el ADN de cualquier iluso, no, qué digo, instigado para que crea en él. Se volverá loco buscándolo.

—¿Cómo puedes ser así? Me das lástima, estás corrompido por el fracaso. Sobrevives como un individuo moribundo, y esto provoca que no te abras a esta bendita posibilidad.

—¿Cómo la nuestra? ¿Cómo nosotros? Míranos y dime si ha merecido la pena. Hazlo, por favor, otro desenlace será desastroso y no podré perdonarte. Lo peor es que cuando él lo descubra tampoco lo hará.

A los pocos años aquellas diferencias los separarían definitivamente.


23 años más tarde.

 

No lo hizo, su madre no cortó las pequeñas hebras que lo conectaban a otro núcleo, uno que supuraba nostalgia y desazón. Cuando se creía inmune se resquebrajaba permitiendo que algún que otro sujeto se adentrara en su propia validación. Nunca salía bien, más tarde llegaban los llantos, represalias, desgarros, desesperación, y volvía a verse abocado a la soledad. ¿Qué le pasaba? Era como si le faltara una pieza.

Entonces conoció a Mónica, y ávido de deseo, apostó todo lo que era para agarrarse a esa verdad como única. Pasaron los años, muchos de ellos con baches que socavaban y se despreciaban en la realidad. Rozaron tanto el perdón que al final quedó difuso e irreversible. Y llegó un punto que el final era tan penitente y certero como aquel adiós que se dijeron con frialdad.


Otros 18 años sujetos al declive.

 

—Ay, mi pequeño, con la bonita pareja que hacíais.

—Mamá, es imposible que siga siendo tu pequeño —rió antes de volver a ponerse serio— Nunca fuimos felices, siempre nos faltó algo o peor, nos amoldamos a ese vacío que termina germinando rechazo. Es mejor así.

—No digas tonterías siempre serás mi bebé, y lo sé, cariño; pero sabes qué, esta no es la única oportunidad que tienes para encontrar el amor. Piensa que ha sido como una prueba.

Y le explicó la historia de su nacimiento. Orgullosa, insensible, con una indolencia casi mecánica, como si su obra no tuviera repercusiones, entonces comprendió la razón del agujero que siempre lo acompañaba, del que hasta ese momento se sentía responsable, por no dar más, por no saber hacerlo. Las barreras que siempre alzaba para protegerse. Para no herir. Y cuando terminó de relatarlo lo hizo con una sonrisa, como si le cediera un premio. Un salvoconducto.

—¿Por qué no hiciste caso a mi padre? Y más sabiendo cómo terminó vuestra historia. Dímelo, mamá, necesito que me contestes con sinceridad.

—Siempre anhelé que me quisieran, lo nuestro nunca funcionó, pero tú tienes una segunda oportunidad, hijo, ¿no lo ves? Opciones, algo que muchos nunca tendrán.

Y la vio vulnerable, por una vez comprendió que la altivez era una máscara en la que se escondía, solo era un ser deseoso de un afecto que le fue negado. No pudo perdonarla, no inmediatamente, porque tomó decisiones en su nombre, la omisión puede ser más perjudicial que una mentira, si hubiera conocido el qué, el ciclo de su vida sería distinto.  

 

Actualidad.

 

Los años pasaron, pero no en la añoranza, aprendió que la soledad escogida no es un castigo, y cuando menos lo esperaba apareció su gran amor, un cachorrito que llamó chincheta, y lo acompañó con un cariño imposible de doblegar.

 

∞

 

He roto con la tragedia, ¿eh? Si es que los perros tienen ese poder. Y no lo digo porque sea como Eleanor Abernathy, la loca de los gatos de los Simpson, pero versión perruna, no qué va. Iba a escribir un relato de humor, pero nada, que me ha salido un dramón insalubre, así que mejor terminarlo con un buen amigo, de esos que están siempre cerquita.

Si habéis llegado hasta aquí, os lo agradezco mil.

Muchos besos, y algún que otro abrazo.




viernes, 18 de marzo de 2022

Grandes corazones

 



Adormecida en el suspiro del ayer. De un tiempo que no aporta caridad, perpetua corteza que nos deja la certeza de la pérdida, recubierta de preguntas sin respuesta, que solo albergan sentimientos confusos, incoherentes y llenos de temor. Anhelo.

Sumergida en la fluctuación de lo difuminado, entumecida y zambulléndose en la incoherencia de la propia soledad.

Pérdida que se recubre en nostalgia, castigo y clamor, por una estación que ya no acompañará, el cariño que se dejó perder. Por un adiós que no pretendimos recibir. Un solo día, solo ése, el que marcó el fin.

Añoranza del abrazo, comprensión, y la unión que este proporcionaba. La sencillez en la que se adornaba todo a su alrededor, tiempo efímero que evoca continuamente la presencia del pasado de esa época que continuamente quedará incompleta. Vacío, pero con el regalo de una sonrisa que siempre nacerá del corazón.


Eso es lo que habéis dejado, amor. 


Para mis dos tuyupas, siempre seréis eternas. 


martes, 16 de febrero de 2021

Los amores de Ángela

 




Un simple baile es el causante, el detonante de que algo mude, es escuchar la primera nota y se despierta en ella una emoción desconocida. Aquellos cadenciosos movimientos parece que se cortejan entre ellos, pie, cadera, hombro y la cabeza, ¿qué le pasa? Instintivamente se zarandea. Turbada por esa reacción es consciente de que es la primera vez que se enamora. Así que intenta imitarlos.

―Deja de bailar.

―Pero madre, esta canción es muy bonita. Mira, mira, como se mueven.

―Hija, haces el ridículo, nos abochornas.

―Pero…

―¡Basta! No repliques. Fernando, haz el favor de decirle que pare.

―Josefina, es una muchacha, no importa si…

―Estoy harta. No pienso tolerar que siempre os pongáis en mi contra. Vivo por y para vosotros, todo lo que hago es por esta familia, y lo único que recibo es crítica y censura. Sin mí no seríais nada. Qué digo, no sois nada. Para casa, ¡ya! Espero que esta vez penséis un poquito en las consecuencias y os deis cuenta que siempre termináis estropeando todas las salidas. Vamos, rápido.

El padre como tantas otras veces queda mudo, ensimismado en un mundo que él ha creado, apacible, inamovible, donde la cobardía le impide contratacar.

Ángela se resiste, es joven, pero es consciente de que aquello no está bien, pero al ver que su padre no dice nada, calla, se retrae refugiándose en otro tipo de vergüenza. 

∞

―Vicente te espera, esta vez no lo estropees, no tendrás otra oportunidad. No entiendo como ese hombre ha mostrado interés por ti. Así que haz y di todo lo que él quiera, nada de excusas. No podré volver a disculparme por tu comportamiento infantil. Ángela, tienes que empezar a darte cuenta de que esta es tu gran oportunidad. Ojalá me hubiera cortejado alguien tan importante, no tendría que estar remendando los calcetines viejos de tu padre. Viviría como merezco, y no en este cuchitril que llamamos casa.

―A mí me gusta nuestro hogar.

―¿Qué te he dicho, Ángela? Es que no escuchas, él es mejor que tú. ¿Lo entiendes?

―Si, madre, no se preocupe, no lo olvidaré. 

∞

Esta vez el encogimiento de Ángela es otro, hizo y dijo todo lo que Vicente quería, como su madre le ordenó, de aquello han pasado cuatro años, el interés de él peregrinó una vez conseguida la meta, desconoce su paradero, escuchó rumores, habladurías de que se había comprometido, pero poco le importa, siempre que viene a su memoria le invade un mal recuerdo, en cambio ella acabó convertida en una moneda olvidada y repudiada, la del hombre que supuestamente la quería, y una madre que la culpa de sus propios errores.

El llanto hace tiempo que se le quedó coartado ante la súplica de una sonrisa, la mirada que antes se alzaba orgullosa permanece vaga, desbaratada en la incertidumbre de un tiempo poco favorable. La eternidad se ofrece belicosa ante unas creencias que quedaron rotas. Pero hay algo que aunque no lo exija nace de la libertad de su propia rebeldía. Justo en ese momento de duda es cuando vuelve a escuchar aquellas mismas notas que la desquebrajaron siendo una cría, no quiere, no, pero estas la aclaman y se acompañan de un suave movimiento. Por segundos se libra de la sonrisa impuesta, sintiéndose menos excusada en apariencia. La niña interior se asoma, valora si debe salir, pero queda retenida por el miedo. En su dilema, brinca con fuerza, aun así se mantiene alejada, forzada. Las ligaduras pasadas le impiden arrojarse. Pero una nueva nota florece provocando otro leve movimiento, el entumecido da paso a un giro, y con un último titubeo la opresión se desecha. Lo está haciendo, está danzando.  

―Gira, gira, pequeño sol, Mamá nunca te lo impedirá. ―Se regocija, grita y ríe mientras rodea con los brazos a su hijo. ―Y justo en ese momento, Ángela vuelve a enamorarse.  


sábado, 18 de enero de 2020

Cielo oscuro


Me desboco en el desconsuelo, en la necesidad y plenitud de verme arrastrada hacia tus sombras, grietas que cosechan incertidumbre, desconsuelo, hambre. Alimentándonos, devorando, codiciando. Sujeto entre mis dedos la ilusión de una prosperidad que no albergamos, que no nos reconoce, que se desvanece cuando creemos contemplarla. Y yo, yo simplemente recurro a ti, a la inestabilidad que me proporciona este nosotros. Araño con la firmeza del desconocimiento al saber que no aguarda más que miseria, que el culpable de esta desdicha que oprime y expira sus últimos alientos no son otros, sino una necia que espera misericordia. Tu risa, el calor de esas manos que acarician con tibieza y aun así embaucan con placer. Uno se vuelve egoísta ansiado sin medida ese apetito, recurriendo a él como una parte del todo, como un algo que embravece a esta corrosiva e impenetrable atmósfera. Y es allí entre los susurros de palabras vacías, arrebatos e inestabilidad, amanecemos en este, el nuestro, cielo oscuro.

No te quiero, no, tampoco anhelo que tú lo hagas, la vergüenza de este ahora que hemos creado es tan precario que el ansia de otros juegos se desvanece, oprime y exige realidad. Y quizás en este no nuestro hubiera permitido lo poco que nos otorgábamos, la nada pretendida. La necesidad se pagaba con más necesidad. El deseo nos engrandecía lo suficiente para hacer de ello una posibilidad, pero ahora que sujeto entre mis brazos a esta pequeña vida me precipito en el vacío de saber que si puedo hacerlo, amar. Una emoción que desvanece el egoísmo que tan presente y eficaz he arrastrado en el tiempo. Empiezo a no reconocerme, a mirarte y no ver a otro igual, a sentir que por un momento, un solo momento, puedo ser algo mejor. No para ti, ni para mí, pero sé, siento; que lo seré para él.
 



lunes, 24 de septiembre de 2018

El círculo del amor




Vacío mi alma y saboreo su nombre. Amapola. Ella. Hay días donde el recuerdo se presta al habla. Almaceno insignificantes momentos y otros que debí cercarlos quedaron escurridos en la ceguera del deseo adolescente.
Después de pasar varios años de su corta existencia dando tumbos de un lugar a otro, con una madre que confundía el amor de un hombre, con la necesidad de no sentirse sola. Ésta, finalmente, optó por renunciar al único amor verdadero que hallaría en su vida.
Todo el pueblo hablaba sobre aquello, es lo que suele pasar en las comunidades pequeñas, observar y criticar es más sencillo que admirar los errores propios. Prejuzgar antes si quiera que a uno lo señalen. La hija de Asunción después de tantos años había vuelto al pueblo y no a pedir ayuda o quizás a preocuparse de una mujer mayor que necesitaba ya de cuidados, sino que vino para abandonar a su hija. Se había enamorado, otra vez; y sentía celos de ésta.
Durante un tiempo ambas mujeres, abuela y nieta se desvanecieron. Asunción debía tener miedo de que en el pueblo las señalaran, pero no podían esconderse enteramente, así que al tiempo se descubrió. Sola, en un banco de la plaza, lugar que frecuentábamos los más jóvenes, nos observaba de reojo, pero el miedo infundado de los que se suponía que la querían le impedía relacionarse con el resto. No diré que fui yo el que propició el encuentro, nunca tuve esa clase de valor por el que a uno lo admiran. Fue mi hermano. Se acercó temblorosa, despertando en mí sentimientos que hasta la fecha desconocía, ternura y protección. Francisco al darse cuenta de su estado y para reconfortarla le apretó el hombro y de nuevo sentí otro extraño sentimiento, celos, de no ser yo el que la resguardara. Pocos días bastaron para que se integrara. Era bonita, dulce, portadora de una tímida sonrisa que cuando salía a relucir mostraba unos preciosos hoyuelos, símbolo de una niñez perdida.
En ese momento agradecí al destino y sus extrañas razones, a partir de allí nos hicimos inseparables, venía casi todas las tardes a casa, nos pasábamos horas sin hacer poco más que balancearnos en el columpio del jardín trasero, solos. Ahora que lo recuerdo, nunca supe más de ella que lo que mi madre le explicaba a mi padre, habladurías; de esas que guardan un halo de maldad a la par que lástima. Poco me importaba.
Entre silencio y silencio lanzaba pesarosos suspiros, fueron estos los que terminaron de adueñarse de mi corazón. La necesidad que se estaba despertando crecía con más voluntad. Tenerla cerca, oler el perfume que despendía, a flores, a piel limpia. Hizo que los largos meses que se sucedieron me descubriera expuesto, molesto. El letargo de la niñez se desvanecía. Amapola hizo que deseara, que la deseara. Pero no parecía darse cuenta de ello o no quería, yo por el contrario moría de ganas de mostrarle mis sentimientos, mi necesidad, el ciego y anhelante amor que me desequilibraba. Pero el miedo a una negativa, a perder aquello que simbolizábamos me impedía dar ese paso.
No hizo falta.
Una simple nota sellaría el futuro de ambos o quizás solo el mío. El encuentro fue rápido, precipitado, apenas guardo un digno recuerdo de aquella noche, donde la magia debería habernos alcanzado, yo era joven, muy joven. Ella también, pero en aquel arrebato se notaba más acostumbrada a lo que yo en ese momento le entregaba. No pude más que seguirla en aquella basta precipitación, avergonzado del poco control ofrecido, un reclamo del que no me arrepiento, pero del que sí debí intuir las señales, los mensajes contradictorios que enviaba.
Durante semanas no supe nada de Amapola, lo intenté, pero desapareció. Horrorizado creí lo peor, miles de conjeturas y desvaríos rondaban incesantes por mi cabeza: había sido poco cuidadoso, seguro que le habría hecho daño, me amonestaba y castigaba. En ese lapso de tiempo mi vida se convirtió en un infierno, no podía dormir, no sabía qué hacer, solo quería disculparme, verla. Saber de ella, confirmar que estaba bien. Estar a su voluntad. Le hubiese dado todo lo que era, si con ello podía ganarme su perdón y volver de nuevo a compartir todos aquellos silencios. 
El destino obró de nuevo sin que yo hiciera nada por contradecirlo y quizás concediéndome el reclamo que con tanta esperanza solicitaba. Una tarde apareció su abuela, me miró con desprecio y solo quiso hablar con mi madre. No pintaba nada, sentí que no era así que tenía mucho que decir. Si ella estaba allí, era a causa de los errores cometidos, yo podría yo… pero no se me permitió la entrada, simplemente se me dio una orden, la cual acaté.
Nos casamos, estaba embarazada. Nuestro matrimonio era una ilusión por mi parte, una reconciliación por la suya. Nunca más volvió a pasar lo de aquella noche, tenía miedo de volver a perderla, así que bajo el abandono escondí el abrigo del deseo, Amapola a su vez, se excusó con el embarazo o puede que en el despreció que sentía hacia mí. La culpa y el remordimiento es un pago demasiado alto.
No diré que aquello fue lo que esperé de un matrimonio, yo crecí en un hogar donde siempre existió el cariño y la muestra de él, por el contrario en el nuestro apenas se intercambian concisas palabra. Lo único que abracé con fuerza fue el regalo que me dio, mi hija. Me alimentaba del inmenso amor que sentía por ella, de la alegría de verla crecer, adoraba la viveza y consuelo que desprendía y mi alma se contentaba con aquello. Con el infinito afecto que completaba a mi solitario corazón. Era lo único que amedrantaba a esta efímera e insustancial existencia. Lo que no comprendía era porque nuestra hija no quería estar con su madre. Aquello fue lo que empezó a romper nuestra mentira, a ella, a nuestra pequeña Julia no podía culparla. Pero nunca se lo dije. Simplemente la distancia que había entre nosotros se amplió.
 



Los años pasaron. Durante una época quise creer que el tiempo curaría el error, que un día miraría a su hija y se enamoraría perdidamente de ella y quizás, solo quizás también lo haría de mí. Un sentimiento desesperado del que nunca se ha sentido querido, allí me encontraba. Frágil ante el inexistente atisbo de anhelo. Pero lo único que conseguimos fue alejarnos más. El yerro que sentí durante tanto tiempo se fue apaciguando y ante nosotros se manifestaron otros sentimientos, rencor y desconocimiento. En aquella etapa de descubrimiento al fin pude abandonar a la culpa. Empecé a darme cuenta de pequeños detalles, sonrisas que otros se ganaban y por el contrario las castas y ásperas miradas que a nosotros se nos ofrecía. Caricias veladas en escuetos saludos, que aguardaban más pasión del que nunca tuvimos. He de confesar que perdí el poco respeto que podía tenerle, odié los segundos de aire compartido y desprecié sentir que había sido una simplemente moneda, una oportunidad. Un iluso que creyó ser un monstruo.
Y el valor al fin me alcanzó.
—Amapola, tenemos que hablar. —Temblaba de miedo, pero esta vez no había ninguna mano que reconfortara. En realidad nunca la hubo.
—Ahora no puedo, he quedado que me recogería tu hermano, para llevarme… con tu madre. Ya sabes que los miércoles vamos al centro juntas.
—Hoy no irás.
—¿Perdona? —me miró después de meses sin hacerlo, con incredulidad, pero allí estaba, una mirada; lo que siempre deseé— No digas tonterías, me esperan.
—Hoy no irás —repetí— tenemos que hablar. Esto —nos señalé a ambos— no funciona, la realidad es que nunca lo ha hecho y ya no puedo seguir enamorado de una imagen proyectada, de esta mentira que hemos creado y de la culpa que me ha corroído durante diez años. Tú quisiste que aquello pasara, lo propiciaste. Nunca entenderé las razones ¿por qué? Dímelo.
—Tengo que irme, Fran me espera. —cogió el bolso a toda prisa, quería huir.
—¡No! —Grité y entonces lo supe, todo encajó. Todas sus sonrisas, sus palabras, sus gestos solo tenían un portador. Volví al pasado a aquellas tardes que venía a casa, las que creí que era por mí, los suspiros que lanzaba mirando hacia la casa. Todo se materializó. —Es de Francisco.
—¿El qué?
—La niñ… -No me dejó terminar.
—¿Qué? Cállate no digas eso. ¡Cállate!
Nunca comprenderé porque reaccioné con tanta tranquilidad, no entré en cólera ni arrebaté con todo lo que nos rodeaba, supongo que ante mí se liberó el remordimiento que tanto tiempo me había ahogado, por fin podía respirar y la condena de aquel niño que un día fui se apaciguó, se perdonó. Solo quería saber la verdad.
—¿Seguís viéndoos? —No contestó, pero su cara la delató.
—Dime entonces, ¿por qué no te casaste con él? ¿Por qué me engañasteis?
—Él… él no quería hacerse cargo y yo tenía miedo, ya sé lo que es vivir de un lado a otro, conformándote con cualquier cosa, y tú… tú me mirabas con añoranza, no podía, no quería…
—Entonces, solo se trataba de ti.
—Y el bebé, la niña merecía más de lo que yo tuve.
—¿Yo no merecía nada?
—Intenté quererte.
—No es verdad, no lo hiciste. ¿Por qué sigues con él?
—No fue inmediato, tardé meses en volver a aceptarlo. Pero es que yo, yo… le amo. —Ese fue el único momento en que la vi avergonzarse.
—Pero él no, te recuerdo que se casó con otra. —Fui cruel, pero la realidad era necesaria. Después de haber sido un peón, ni siquiera existía entre ellos algo que fuera real. Algo que merecería o justificara el dolor de otros.
—Sé lo que soy para él, pero igualmente lo acepto. —Le caían las lágrimas puede que por verse descubierta o porque todo ante ella se desmoronaba. Pero en ese punto solo veía que ya no era mi responsabilidad y lo sentía, pero durante todos estos años no tuvieron ningún reparo o lástima de lo que pudiera sentir.
Temí que esperara que todo siguiera igual, lo nuestro nunca existió y lo único que me importaba era la niña, mi hija, porque sí lo era, desde el momento en que me enteré del embarazo.
—Esto se ha acabado, si así me lo pides y por respeto a nuestra hija Julia, no explicaré las razones. Puedes ir a vivir y hacer con tu vida lo que quieras, pero no seguirás bajo este techo, tú lo has dicho; la niña merece más de lo que tú tuviste. Ahora eso sí, cuando veas a mi hermano dile que no quiero que volváis a acercaros a nosotros.
—¡Por favor! No digas eso, yo, lo haré mejor ahora. Cuidaré de ti y de la niña te lo prometo, pero no me dejes. —La realidad del futuro le sobrevino con ansiedad.
—¿Qué no te deje? ¿Cuándo hemos estado juntos? Una sola noche. De la que obtuve una penitencia de dolor e ignorancia, me hiciste creer que había cometido una atrocidad. Ya he pagado ese precio, Amapola. No estoy dispuesto a aceptar nada más. Pudiste decirme la verdad, no hubiera permitido que te quedaras sola. Pero tu elección fue someterme y maltratarme haciendo creer  lo peor. Y no solo eso, ¡joder! Es mi hermano. ¿Crees si quiera que quiera o pueda estar cerca de ti? Vete y te prometo que te seguiré respetando como la madre de Julia. Pero no te atrevas a pedir nada más. Nunca. —Se marchó.
No he vuelto a saber de ella, no se quedó en el pueblo, supuse que mi hermano se desquitó y la volvió abandonar a su suerte, para Francisco estar con Amapola nunca fue una opción. No le importó que ella lo antepusiera ante otros. Ante todo. Que su amor hacia él fuera de renuncia a los demás. No he vuelto a hablar con mi hermano, el egoísmo tiene diferentes capas, en él descubrí demasiadas, dudo que un día pueda perdonarlo. Nuestra hija dejó de preguntar por su madre a los pocos meses, los lazos que creó con ella fueron frágiles, nunca supo proveer y recibir amor. A veces me pregunto si es que no le enseñaron lo que significaba el amor, luego al revivir el tiempo que pasó con nosotros comprendo que confundió lo que éste simbolizaba. Por eso solo espero que allí donde esté, sepa cuidarse y valerse por sí misma. Ya no puedo guardarle rencor.
Han pasado muchos años, los recuerdos se entremezclan en este hoy, donde mi pequeña Julia cumple veintisiete años, es una mujer inteligente, independiente, amable y cariñosa. Estoy orgulloso de ver en lo que se ha convertido, pero sobre todo agradecido, porque ella, mi querida hija, ha roto ese círculo amargo donde el egoísmo residía con fuerza e imposibilitaba amar correctamente.
 

martes, 19 de junio de 2018

La fragilidad de los peludos

Hoy os quiero hablar de mis chicos. Y he pensado que la mejor manera es que sean ellos los que muestren y expliquen su historia, o lo que yo percibo; porque muchas veces cuando les hablo (sí, lo hago) me miran muy raro.


Si os fijáis dos de ellos son perros de caza; no es su caso. Estos animales son criados para un único fin y si no cumplen su propósito, muchos serán olvidados y/o maltratados.
 

La podenca vino a vivir con nosotros hace diez años, el día de todos los Santos. Allí donde las haya es una líder ingobernable, mitad perro, mitad gato, mitad ratona —si os contara sus batallitas veríais que completa— a parte tiene una enorme fuerza interior; eso incuestionablemente la convierte en la jefaza del grupo. No hay quién se atreva a toserle en la oreja sin que le haga saber que eso está muy mal, que la educación es lo primero. En aquel momento tenía sarna, es una enfermedad que afecta a la piel y no solo es por la gravedad de la misma, sino que es muy contagiosa. Imaginad las camadas que terminan infectadas y qué pocas serán tratadas. Era una perrita enclenque, llenita de clapas por todo el cuerpo, su confianza estaba muy dañada. Si te acercabas, se alejaba. Nos costó muchos meses ganarnos su afecto. Estaba tan falta de todo, que tenía los cuatro colmillos, ni siquiera se le habían caído los de leche. Ahora después de tantos años sigue siendo independiente, porque es la marca de la casa, pero de vez en cuando algún abrazo sí le robo.
La segunda en llegar fue Vilma, una bulldog muy cariñosa y obediente. Le encanta comer y dormir; digo yo, que como a todo el mundo. La historia de ella es la más dulce de los tres y eso nos suaviza al resto, sobre todo por sus ronquidos y ruiditos extraños. Llegó un día por sorpresa, me la trajeron al trabajo a primerísima hora de la mañana y tuvo que pasarse bastantes horas allí, porque yo resido un poco lejos y no podía hacer el viaje de ida y vuelta y cumplir con el horario.
A veces hace carotas como si estuviera enfadada, pero nada más lejos de la realidad, lo que le pasa es que es muy pensadora. Es la más dependiente del grupo y por eso aunque ya tenga sus añitos, la seguimos tratando como a una cachorrita.

Y el último de la fila, ah no, perdón; mi pequeño vagabundo, un Terrier Alemán. Otro que llegó sin esperarlo, porque sí, los tres son un valioso e inesperado regalo. Suerte la nuestra. Fue en Semana Santa del año pasado. En la zona donde vivo se caza el jabalí; yo cuando lo miro siempre pienso: éste pobre, ¿qué iba a cazar? ¿Qué? La cuestión es que él debió pensar lo mismo y por eso según me dijeron; no servía. Es muy poquita cosa, también le costó un tiempo adaptarse a su nueva vida, gruñía como modo de expresión —si estaba dormido tenías que ir con cuidado— A las otras me las tenía un poco mordiditas, pero muy conciliadoras lo aceptaron y no se lo tuvieron en cuenta. Desde fuera parecía un animal agresivo, pero la realidad es que tenía miedo y ese era su escudo. Ahora todo aquello es pasado y se parece más a un peluche recién sacado de la lavadora, como dice mi ahijada, ¿qué hace pelucón? 

La razón de esta entrada es que se acercan las vacaciones y con ello aumentan los abandonos. Hay que ser responsable, crear más conciencia sobre este hecho; no son un juguete, son seres nobles, cariñosos, inseparables, con un amor tan inmenso que emociona. Da igual las veces que salgas y entres de casa, como si es cada diez segundos siempre te recibirán con alegría. No comprenden los enfados y si lo miráramos bajo su prisma y aprendiéramos un poco de ellos, tampoco lo haríamos. Son una pócima mágica, si algún día estoy enfuruñada solo con pasar un minuto con ellos ya se me ha olvidado, ¿enfadada yo? Nunca.
Y lo más importante no entienden porque no estás allí, con ellos, NO, no lo comprenden. Y todos nosotros tampoco deberíamos.
¿Qué esperamos de la vida? Amor; y ellos sin ninguna duda, son la definición más fiel a esa palabra.  

martes, 5 de junio de 2018

Por siempre jamás

En cuanto nos advertimos, nos enamoramos. Podría decirse que es un hecho excesivamente manido, pero qué queréis que os diga, es la verdad. 

Nadie me había comprendido como lo hizo él. Y eso que nuestro primer encuentro y la situación en sí, fue un tanto extraña, incómoda por mi parte, poco corriente por la suya. Señalándolo desde la opinión generalizada de la sociedad, esa que nos tiene marcados por cánones de normalidad y buen ver. Allí estaba yo; sosteniendo una pala y mi querido amor observando la hazaña sin abrir boca. 

A ver, no voy a mentir, ya he tenido otras relaciones y en aquellos momentos del pasado también creí estar cien por cien enamorada, poco sabedora de lo que eso significa. Porque yo cuando siento, siento de manera excesiva, descontrolada, exhalo credulidad por donde piso, pero no duraron mucho. Como os digo toda la culpa la tiene la sociedad y no yo; eso nunca. Es ella la que tiene la manía de tildar de gente rara a los que no seguimos el camino marcado. ¿Y qué camino es ese? ¡Vete tú a saber! En el pasado siempre he tenido problemas para confraternizar con otros, interactuar o ya dramatizando: lograr algún tipo de conversación medio decente. Eso ha acabado por convertirse en un problema serio de socialización, en consecuencia, he tenido que soportar demasiadas veces que se me tachara y vapuleara, y yo; y el mundo interior que he ido cosechando no ha necesitado de muchas excusas para alejarse.

Lo que os decía, él por fin era: ÉL, en mayúscula. Tirando a la factoría Disney a la papelera de reciclaje, porque tengo mucha conciencia del medio ambiente y reseteando cualquier canal propio de esas mentiras para no dar pie a más milongas, existía, al fin, sí; un príncipe a mi medida. Mitad ogro, mitad humanoide descarriado. Descarriado, mmmm… qué palabra más dulce, como mi precioso hombretón. Bueno, ¡basta! No voy a seguir por ahí que seguro que más de una intenta arrebatármelo, y éste es mío. 

 
Allí nos encontrábamos la pala, él y claro, yo; bueno tampoco deberíamos olvidarnos de mi lucido delirio. El fondo quizás no fuera el más acertado, las urracas chirriaban con un digno cabreo, si me ponía en su pellejo seguro que yo estaría igual, la falta de comida suele generar muy mal carácter y estas famélicas pequeñajas estaban esperando su festín.

Recuerdo que se acercó y levantó la mano, pero no fue un saludo corriente, el movimiento se parecía más a el de un noble que quiere que le besen el dorsal. Fue entonces cuando miré la escena desde todos los ángulos, es algo que hago desde niña, desvanecerme y admirar el espectáculo, pero esta vez era diferente, sentía un fuerte arraigo interior, el corazón batallaba a toda leche. Esperé que no se notara mucho, ni tampoco que lo había reconocido como mi otra mitad; a ver, no quería que sintiera que ya tenía todo el camino hecho. Soy muy digna aquí donde me veis. Calculé mentalmente y hasta hice trampa, lo confieso; conté con los dedos. Valoré el tiempo que tardaría en hablar con coherencia y no balbucear ñoñerías. Y cuando al fin logré sostenerme entre la contradicción, fui al grano.
 
—Ei, ¿Qué tal? —Directa, y clara. Un diez para mí.

No dijo nada, nada de nada. El tío era más tenebroso que el escenario en el que nos encontrábamos, y yo cada vez me sentía más atraída. No podía evitarlo, mi última pareja al conocer mis hobbies desapareció del barrio, sin más. Nada más se supo. Bueno más tarde lo localicé, pero de eso ya si lo preferís hablamos otro día. Así que al ver a alguien tan digno, que ni se inmutaba con el panorama; lo poco que podía hacer por él era amarlo.
 
—¿Eres nuevo por la zona? —Cada vez mejor. Ver maratones de telebasura estaba dando sus frutos.

Nada, ni mu. Se me terminaba el repertorio. Y como os dije al principio, aunque con mis coloquios anteriores no os lo haya parecido, no se me da bien la comunicación. Tenía que brillar. Las palabras empezaban a atragantarse y era consciente de que eso pronto haría mella entre los dos.

—Bueno… pues… supongo que… —caída en picado.

Empezaba a sentir la pérdida y era consciente de que no podría arreglarlo, a parte claro, debía tomar una importante decisión. Al fin y al cabo había visto como enterraba a Jonathan, mi último amor verdadero. Sí ese, el desaparecido. ¡Ja!

Me arrancó la pala de las manos y dijo.

—Este es mi territorio, a estas urracas las alimento solo yo, si quieres que compartamos suelo deberás pagarlo.

Supongo que otra de las cosas que no soporto de esta sociedad es que te subestime, así que; Él porque nunca llegué a conocer su verdadero nombre y Jonathan comparten desde ese día y para siempre lecho conyugal.
 

 
 

miércoles, 29 de noviembre de 2017

La sonrisa de Elda

Elda no tenía sonrisa. Durante años se la dibujó para que otros se la vieran puesta y se sintieran tranquilos. Por aquello que dicen que si todo el mundo es feliz, todo el mundo aguarda tranquilo. Pero ya no. En la última época había decidido salir de casa sin ella dibujada. Lo primero que notó fue el ahorro para esta causa, las pinturas que usaba eran caras y el tiempo invertido algo no merecido. Al ser menos esclava de todo ese esfuerzo notó una profunda mejora. Ya no tenía que demostrar.

La gente que la rodeaba, eso sí, empezó a mostrar su descontento. ¿Qué le pasaba a Elda? ¿Por qué razón no era la misma de siempre? ¿A qué se debía ese cambio? Y el desagrado empezó a materializarse con pocas muestras de cariño, antes rifadas, ahora limitadas. Lo primero que desapareció fueron las llamadas y los mensajes, las invitaciones se convirtieron en algo escaso. Pero ella seguía convincente y sin sonrisa, por lo que decidió ignorar cada desplante. Debían comprender que la elección eran suya y no de otros.

Lejos de perjudicarla, todo aquello le proporcionó una fortaleza de la que antes desconocía. <Si no me quieren como soy, entonces es que nunca me quisieron> Se decía. <E indicaremos que todas aquellas nuevas emociones la dejaban un poco más serena>
Se dedicaba a pequeñas cosas, las grandezas quedaron limitadas y hasta un tanto olvidadas, no necesitaba de más. Uno de los nuevos proyectos en los que se embarcó fue arreglar la parte trasera de la casa, plantaría flores; sí, pero debía decidir cuales. Así que preguntó a varios vecinos que se les veía mañosos y sus jardines eran auténticas obras de arte, éstos incrédulos no la vieron capacitada para dicha labor, pero que decir que Elda en todo aquel proceso estaba autodescubriéndose y se reconoció perseverante, y ante la malicia de ver que no querían ayudarla no se resignó como lo hubiera hecho la antigua Elda, no, se compró un gran libro de jardinería y lo estudió sin tregua, a penas durmió hasta terminarlo.
Era una decisión difícil, debía tomárselo con calma, no podía errar en el proceso. Una vez lo tuvo claro, empezó con la dura tarea. <Recordemos que las preocupaciones de Elda hasta hace bien poco eran otras muy distintas> Y cavó y cavó, tan hondo como las profundidades de sus miedos y entre palada y palada se hirió las manos, rompió las uñas, cada herida era una muestra del gran camino en el que se estaba adentrando, la mejor parte de aquel extraño bucle fue cuando por fin pudo colocar las semillas elegidas. No lo hizo rápido todo lo contrario se tomó tanto tiempo que llegó el atardecer, pero no tenía prisa así que en ningún momento se apresuró, las colocó con cuidado y cariño. Y solo cuando estuvo muy segura de que todo estaba perfecto, empezó a cubrirlas. Puñados de tierra húmeda se le colaban entre las heridas proveyéndola de un molesto picor, pero no paró, no, en ningún momento ceso en su empeño, quería sentirlo, necesitaba sentirlo, por eso decidió no usar los guantes. Los vecinos la veían y susurraban, <pobre niña> <qué torpe> <no lo terminará>, pero ella no hacía caso, algo en su interior estaba emergiendo y aunque todavía no sabía de qué trataba, bullía con fuerza.
Cada día lo regaba, le hablaba a ese pequeño terreno de tierra, le cantaba <cuantos berridos aguantaron aquella pequeña comunidad> pero la estima que impregnaba toda aquella estampa seguía removiendo algo desconocido para Elda, nuevas sensaciones que seguían sin nombre. Lo que no pudo negar es que en varios momentos flaqueó, el proceso era lento, no le fue entregado a la primera, pero la constancia finalmente la recompensó, un primer brote surgió; frágil y delicadeza perenne. Vida y emoción eso fue lo que sintió Elda al verlo y por primera vez no necesitó del simbolismo del maquillaje, porque pudo hacerlo, sí señores, nació sin más, sonrió de corazón. Entonces lo comprendió, lo pequeño si nace del amor es enorme para el alma. 
En las semanas que se sucedieron, nuevos brotes aparecieron y todos pudieron admirar el precioso jardín de Elda. Pero no se trata de demostrar sino de encontrar, y eso fue lo que pasó, lo verdaderamente importante es que ella por primera vez y no la última, floreció con una grandiosa y sincera sonrisa. 
 
Daniel Ridgway (1839-1924) - Picking Poppies
 
¡Ah! Antes de finalizar… disculpen a la voz en off a veces se le olvida que no puede formar parte de las historias, ;)

martes, 12 de septiembre de 2017

La frase

 
Sitúa a los demás en tu lista de prioridades y lograrás el final deseado.

 
Antonio se repetía aquella frase cada día, como una oración. La leyó un día que acompañó a su madre a la consulta del médico, esta vez para a una simple revisión de rodilla. Y desde entonces, la creyó certera, tenía que ser así, no podía ser de otra manera. Con cuarenta y dos años, seguía viviendo con una madre aquejada de cualquier mal que la hiciera ser el centro de atención, e ir a todas las consultas médicas existentes. Él como hijo único y buen hombre, antes niño, había decidido dedicar su vida en exclusiva a esa madre quejumbrosa y doliente, que estaba arrastrándolo al ahogo a pasos agigantados. ¿Y por qué tanto valor a esa frase? La razón es que en ese momento de su vida, no podía más. A penas la miraba con el respeto que una vez le tuvo, solo rezaba, eso sí, en secreto, que por fin uno de todos aquellos médicos le dijera que su mal no tenía solución, y que fuera la guadaña, los ángeles o quién estuviera dispuesto a velar por todas aquellas necesidades egoístas, el que cuidara de ella, porque él, ya no podía más, ya no.

Ahora repitiendo aquella frase lo veía claro, era una patraña, una mierda. ¿La razón? Diremos que durante un tiempo Antonio había puesto el corazón y el alma, y a cambio había recibido dolor y desprecio. Nunca más volvería a cometer el mismo error. Con una madre ya tenía más que suficiente para añadirle ahora a una Mariana. Porque él podía comprender que su compañera de trabajo no se hubiera dado cuenta de sus sentimientos, ni tampoco de las intenciones, y eso que para dicha causa le había estado enviando varios mensajes silenciosos. Como recibirla cada mañana con un café a su gusto, extra dulce con un toque de canela y mucha nata. ¡Ojalá, se le cariara esa preciosa sonrisa! Ni que reparara, ni le agradecería todas las tardes que se quedaba más horas para terminar el trabajo que ella durante la jornada no terminaba. Mientras, la susodicha, se podía dedicar a sus quehaceres, como ir al gimnasio, de compras o citas que en principio era con amigas. Pero la ingenuidad se fue perdiendo y al final comprendió que Mariana sabía perfectamente lo que estaba pasando, y necesitaba de un tonto para aprovecharse. Y claro, Antonio era ese tontorrón que no conocía de la vida más allá de médicos, madres y trabajo remunerado. Todo lo demás era una incógnita para su realidad. Y siendo francos, tampoco es que un día bajara un halo de luz y le mostrara el camino diciéndole: —Mariana, no es para ti.— No, la realidad es que una tarde terminó el trabajo antes de tiempo y pensó, que después de tantos meses velando por sus necesidades, bien podrían tomar algo juntos, se lo había ganado, o eso caviló. Y recordaba, bueno, conocía su agenda al completo, y los miércoles era el día que quedaba con las amigas en la Cafetería Lama, pero resultó que las amigas se convirtieron en un simple individuo con barba, gafas de bohemio, y un traje caro.
En ese momento después de años opresivos con una madre enferma y una compañera de trabajo, que pudo ser la segunda mujer más importante de su vida, obró en él un cambio radical. Y no es que de repente atrajera todas las miradas, eso no, claro. Simplemente dejó de hacer lo que los demás le exigían para hacer lo que él necesitaba.
Lo primero fue dejar el trabajo, llevaba en aquella empresa desde los veintidós años, nada más salir de la facultad enganchó con las prácticas y allí se quedó, nunca se preguntó si le gustaba o le llenaba lo que hacía, era trabajo, era dinero, era seguridad. Mariana no se lo tomó muy bien, rememorando la escena anterior ‘luz cegadora’, diremos que cuando la encontró con las manos entrelazadas del bohemio chic, en ningún momento se disculpó ni intentó disimular, pero en ese momento sí que le pudo la emoción de verse abandonada por el compañero de vida, perdón, empresarial. ¿Quién le haría ahora el trabajo? ¿Quién? Antonio fue claro, tú.

Y así con una tarea menos de su limitada lista, se fue para casa y descubrió algo que no esperaba, pero que le dio el necesario y apremiante último empujón, al fin y al cabo las costumbres hacen del hombre necesidades. Y allí estaba su madre, aquejada de la rodilla, cadera, brazo y todo tipo de hueso, articulación o músculo inexistente, subida a un taburete, ¡de puntillas! buscando en el armario más elevado un paquete de galletas. Decir que también tenía azúcar a su haber.

—¡Está loca! ¿Puede saber que está haciendo? ¡Por favor, madre, podría caer!

—¡Oh, que susto! Bueno, yo… quería una galleta, te olvidaste de ponérmela en la mesita esta mañana, ya sabes, que una no me hace daño.

—Pero si esta mañana no podía ni pestañear, ¿Cómo puede ahora comportarse como una experta equilibrista?

—Yo, yo… me encuentro mejor, ¡he mejorado! Sí, eso es, estoy perfectamente. Ahora hijo bájame, del esfuerzo creo que me estoy mareando. ¡Sí! me mareo, estoy cada vez peor, creo que es el azúcar, no debe ser la tensión, no será la musculatura del brazo derecho, que al estirarlo habrá enviado una señal negativa a mi cerebro y ahora, cógeme hijo, cógeme.

Pero Antonio no se movió, ni habló, solo procesó cada mentira, cada día, mes, año perdido entre invenciones y tretas. Y allí estaba ella, en el taburete, pálida por primera vez en su vida, y la vio, pero esta vez de verdad, frágil, pequeña, y sintió lástima. Porque comprendió que para ella, todas aquellas argucias eran la única manera que creía que serían capaces de retenerlo a su lado. Y en cierta manera odió al padre que los abandonó, porque le incrustó el miedo a la soledad de la peor manera existente, y se prometió, que este nuevo Antonio como el anterior, no la iba abandonar, por mucho que ahora quisiera tirarla por la ventana.

—Vamos madre la llevaré a la habitación para que descanse.

—Gracias hijo, no te irás, ¿verdad? No volveré a subir a ese taburete te lo prometo, todo volverá a ser como antes.

—No madre, no me iré. Pero todo ha cambiado, más tarde hablaremos.

Así fue como Antonio empezó a manejar sus tiempos, a pasos pequeños, después de todo ese niño de cuarenta y dos años todavía seguía presente, es difícil cambiar los hábitos. Abrió una pequeña tienda de coleccionables, resultó que todos aquellos años había adquirido un gran número de utilitarios que el tiempo se encargó de valorizar al alza. Y la madre por primera vez, respiró, y los males que tanto la habían aquejado fueron desapareciendo poco a poco, un milagro habría obrado con menos fuerza.

 
Ya no recordaba aquella frase tan a menudo, pero sí era más feliz, es difícil medir la amplitud de esa palabra, se sentía seguro, tranquilo y comprendió que el amor no necesita de compañía con la verdad se basta. Pero como todo el mundo le gusta leer un final notable, diremos que contrataron a una asistenta que resultó una enamorada de las bellas personas, y qué decir, que Antonio era una bellísima persona.
Así pues, ¿cuándo llega el momento de cada uno? Será cuando uno menos se lo espera, o puede que sea cuando elimine lo que mal le hace. Lo que sí es seguro, es que si se hace con amor, se es feliz desde la primera toma.