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viernes, 5 de septiembre de 2025

En la sombra. Traición engendrada

 



—Sigue ahí.

 

La inclemencia del tiempo no priva ni adormece el sentimiento de apego, de la miseria de residir en la penumbra, de admirar la obra que otros ejecutaron. Magnánima, y a la vez insustancial. Late como un corazón desprovisto de atención. Repercute en la necesidad de escucha. Desaparecieron otras épocas donde la desconfianza imposibilitaba saltar esa barrera, donde la permanencia era un modo de visionar el todo.

 

—Me da lástima.

 

A ella se la produjo la primera opresión, las miradas calumniadoras, el temor a tener voz, ahora estaba vacía, ya no se anclaba en expectativas que renuncian fácilmente con un perdón. Los secretos son hilos que se expanden, la omisión de los actos; recintos enfangados.

 

—¿A qué temes pequeña?

 

Comprendió que los castigos son ceremonias de buena ventura, enseñanzas. Su presencia es un recordatorio del pasado, de lo que hizo, en lo que se convirtió.

 

—Es peligrosa. No te acerques.

 

Cuando todavía tenía fe, gritó. Lo que sucedió aquel día la privó de esa libertad, intentó explicarlo a unos y otros, pero nadie quiso escucharla. Era más sencillo descartarla, silenciarla, que visionar la realidad. El mal uso de un apellido, el suyo estaba en desuso, no tenía valor. Hay monedas que no lo tienen. Ella era un céntimo, un simple círculo; diminuto. Se puede esconder, y nadie lo echará en falta. Se puede caer y, aun así, nadie se agachará a recogerlo.

 

—Lleva meses aquí. Ni siquiera habla.

 

Quizás en otro tiempo. Aquellos dedos acusatorios que la sentenciaron, canalizando la venganza en nombre de la posición y no del deber hoy sería responsable de otros tormentos, pero no de los que había sido juzgada.

 

—Los de arriba nos han avisado que debemos ignorarla, es una orden. Paso de perder los privilegios por esta tipa. Vámonos.

 

Todos se alejan, como una infección silenciosa, apesta en podredumbre. Hasta en este lugar donde la luz se provee de lobreguez nadie ni nada permanece a su lado. Inclemente como un ser desconectado de la vida. Alimaña que busca cobijo, pero sabe, reconoce que nunca hallará consuelo.

 

—Me quedo.

 

El amor hace que se cometan sacrificios, se usa como escusa rigiéndose en la justificación. Ilusa flor enamorada, Mario, mi querido amor, él lo era todo, una galaxia que absorbía la esencia de lo que nos rodeaba, un agujero negro, taimado y engañoso. Ciega, medié en creencia. Firmé documentos en nombre de ese ser que adoraba, no vi la traición. ¿Cómo verla? ¿Cómo esperar otro desenlace? Uno se acoge a la devoción para más tarde coexistir en el rechazo.

 

—¿Quieres explicarme tu historia?

 

Debo pedir perdón, pero solo por no ver quién era, pero no por lo que pagaré mientras exhale cada aliento de desdicha, no por la oscuridad que me acompañará el resto de la existencia. Lo único que queda de esa burla es saber que no volverá a menospreciar al monstruo en el que me convirtió. Y él lo supo, sí, cuando estas manos sin valor lograron adormecerlo, vio de lo que era capaz por él. Solo por él.

 

—Vamos, Clara, deja de insistir.

—¿No ves cómo le cambia la cara cuando le hablo? Pero tienes razón, mejor marchémonos, no merece la pena.   

 

Todo se rige por el recelo, injusticia y control, somos un rebaño adiestrado, el coste de navegar a la deriva es demasiado alto y el miedo un aliado que se adentra en las entrañas. No importa, ya no, un día yo amé, lo hice con tal certeza que rehusé de otros posibles. Ahora no podrán quebrantarme porque, aunque sea en una falsa neblina; le vencí.

 

∞

 

Hola, a todos.

 

1, 2, 3… activando modo ironía.

Un relato ideal para San Valentín, o como en mi caso, le tengo preferencia a Sant Jordi, ¿quién no escogería un libro? Romanticismo al límite de la desazón, ¿verdad? :)

Si habéis llegado hasta aquí: MIL GRACIAS.

Besos y abrazos.



miércoles, 19 de febrero de 2025

Esquela al desamor

 



Lo único que te pido a cambio es que, cuando hables conmigo, cuides tus palabras. Que tus palabras sean justas. Que sean del tamaño de tus sentimientos. Porque si tú me dices no, para mí es no. Y si me dices llueve, para mí está lloviendo. Y si me dices amor, para mí es amor.

<<Rosario Castellanos>>

 

∞

 

Llueve, en esta habitación se desgarra el lamento de aquello que pudo nutrirnos, y por el contrario nos demoramos en descifrarlo.

Recuerdo el primer amor, la primera vergüenza, como con vacilación unas manos se palpaban con torpeza, impregnados del desconcierto que supone el reconocimiento. Los inexpertos primeros besos, incómodos y al mismo tiempo parían una latitud imperecedera. Las miradas, no lo sabíamos, pero ellas eran las que alimentaba nuestra alma. El pulso se desbocaba en el ensayo por alcanzar la adultez. Qué ingenuos e ilusos fuimos, con qué prisa quisimos recorrer las estaciones.

Ese primer apego, inofensivo, fugaz; desapareció. Y entonces brotó la compulsión, el fervor, la necesidad animal, ya no valía el reconocimiento, impulsaba el salvajismo y llegaste tú, con tus juegos, con esa indecisión que lejos de frenarme, me atraía como una larva.

Creí que serías el amor verdadero, el de para siempre, la mentira con la que fui segmentada desde la niñez, lo deseé, no razoné, era instintivo, pero debí darme cuenta, nunca fui tu igual.

Era cariño, compañía, un escudo al que refugiarse, y me esforcé, dios sabe que lo hice, años y más años soportando desplantes, frustraciones, malas contestaciones; obligaciones. Qué error se comete al creer que al querer le corresponde esa palabra. Permití en nombre de la ternura, toda esa ignorancia. Eludiendo como se me degradaba en posiciones donde tus suelas pisoteaban con fervor mis sentimientos. Pero no fue tu culpa, o puede que en algo si la tuvieras, debiste soltarme, pero no, como sabemos, era cómoda esa inexactitud concebida.

Hoy miro atrás e interpreto a la muerte desde otra perspectiva, comprendo que hay símiles, otras guadañas, porque aquella que fui, penó lentamente, se extinguió en cada poso, en la inseguridad de no saberse amada.

Créeme cuando te digo que lo único que pido, es que, si me dices amor, para mí es amor.



 

viernes, 3 de junio de 2022

Amargo desenlace

 

Escultura de Carlos Aguilar. 


¿Se puede morir por amor? La parte racional en la que viví anclada durante años me diría que no, ese pasado que ya no recuerdo, se suma a las incoherencias de las decisiones mal tomadas. No creí en el amor, o ya puesto, no juzgué que pudiera gobernarme de tal modo que dejara de existir como persona, para transformarme en la calcomanía de este ahora.

Conocí a Hugo, me impresionó, admiré partes de él, que en otro tiempo detestaba en otros hombres, pero en él de alguna manera creaba una fascinación enfermiza, erradicaba los valores que con tanta saña defendí en el pasado. Y terminé por desaparecer. Obsesionándome en la contradicción.

La metamorfosis suele ser hermosa, la mía por el contrario fue cruenta.

El primer error fue no decir lo que no podía tolerar, lo que no permitía como ser humano. Verlo con otras mujeres, compartiendo el placer que solo debía corresponderme a mí, percibir la satisfacción en sus caras una vez perpetradas, esas risas de menosprecio y a él; a él, cediéndome una caricia de complacencia. En cada trazo perdía una parte del alma.

Así que terminé siendo una sierva, una que idolatra a su dueño, esperando en cada provocación una recompensa.

Hasta que llegó el día, el final de todo, o más bien de la nada. Terminó conmigo, no sentía nada, dijo barbaridades, que había cambiado, que no le motivaba, no le parecía risueña, ni fuerte, era una sombra de un recuerdo del que se debió obnubilar por la belleza de la reciprocidad, pero se había dado cuenta que ni eso valía la pena. Yo no lo valía.

Me hundí, algo dentro de mi agonizó, o no, quizás solo renací, muté en un ser rencoroso y carente de empatía. Ese fue el momento exacto en el que cometí el peor de los pecados. Y es entonces cuando uno se da cuenta que no se puede morir por amor, pero se puede matar por él.




lunes, 13 de noviembre de 2017

El último mensaje



Contemplo tus manos y me adentro entre sueños, es allí donde la necesidad grita. Suspiro, las miro, esas manos que tanto deseo, las imagino, etéreas, recorriéndome, impregnándose de la superficie; de mi piel. Retengo ese pensamiento y ésta se eriza en respuesta, no importa donde me encuentre acabo ruborizada. Es entonces cuando reviso el entorno, no quiero, no puedo delatarme. Desde tu regreso mis nervios están crispados, alterados, emocionados. El deseo es tan fuerte que a penas logro controlarlo. ¿Cómo hacer? ¿Cómo comportarme? No puedo, y sé, lo sé, estás con ella, la escogiste antes que a mí. Yo que te entregué el alma, pero no fue suficiente acabé relegada. Y no te culpo por ello, no, pero me lo prometiste no regresarías, nunca más volvería a verte y ahora de nuevo estás aquí. Y tus manos. Las evoco, a ellas, sí. Agarradas con fuerza y necesidad, viajando por el cuerpo que tanto deseabas, con qué rapidez la pasión se tornaba necesidad, aire, como ilusa de mí dejaba que hicieran todo lo que les placía. Yo era el tributo con el que te alimentabas. Pero era solo eso. Nada más. Más tarde llegó ella y todo cambió, las llamadas se convirtieron en breves mensajes y al tiempo el silencio era nuestra única seña. Te busqué; desesperada, me ofrecí; rebajándome, pero lo dejaste claro no era ella. Eso sí, y te lo agradecí entre lágrimas e impotencia, te compadeciste prometiéndome lejanía. Ahora has roto esa promesa, y yo, te admiro desde la distancia, aprisiono el recuerdo, entre los muslos; y suspiro. Cadencia, hambre, nostalgia de un pasado caótico.

El primer día de tu regreso ya me llegaron las noticias, volaron, vi maldad entre los murmullos, sonrisas complacientes, crueldad vestida de compañía. Intenté que no se notara, pero solo tu nombre ya es capaz de arrancarme el aliento y con él la vida. Lo supieron, y yo, no pude o no quise hacer nada para que no se me notara la inquietud. Eso todavía te pertenece, mi dolor, recuérdalo, será tuyo para siempre. No quise buscarte, ni siquiera intenté moverme por los mismos círculos de antes; los nuestros. Por temor a encontrarte, a verte, sabía que delataría a esos gritos que nunca fueron acallados. Porque nadie ha conseguido arrancar de mí las mismas suplicas. Y lo intenté, juró que lo intenté. Pero acabé conformándome con copias baratas, hasta yo me transformé en una de ellas. Imité sonrisas, conversaciones, gestos, pero toda aquella farsa no era suficiente. Y fue entonces cuando toqué hondo, no quieras saber de lo que fui capaz para olvidarte, no me hagas volver hacia atrás para admirar en lo que me convertí. Esa no era yo. Fútil copia capaz de cualquier cosa para extirparte de la piel. Ahora has logrado lo que no conseguiste la primera vez, que la odie. Esa inocencia que transmite, esa calma que respira. ¿Por qué a ella se la has entregado? ¿Por qué a mí solo supiste darme sufrimiento? Celos, ahogo, soledad. Nunca estaba completa. Ni siquiera cuando compartíamos sala. Necesidad y más necesidad, y tu voz reclamando, exigiendo todo de mí; todo. Disfrutabas de la ansiedad, te relamías y glorificabas, los dos lo sabíamos, nunca habría nadie más, solo tú. No nos mentíamos. Por eso ahora la detesto a ella y no a ti. Deberías ser tú el portador de todo el resentimiento, pero no puedo, por más que lo intento la lógica solo responde a que se ha quedado con la parte buena, mientras que yo solo conozco la escabrosa, la insana y el recuerdo de esas malditas manos que hoy todavía siguen aprisionándome el corazón.

Hubiera vivido con el silencio de ese odio lo prometo, pero lo estropeaste, no debiste enviarme ese mensaje fue demasiado para mi frágil aliento, no lo esperaba, ¿qué querías? No tenía nada que dar, todo te fue entregado. Golpeaste demasiado adentro, tenía que terminarlo, con eso, con nosotros, tenía que hacerlo; discúlpame. Sé que ella lo entenderá, sé que a la larga cuando no estés a su lado comprenderá por todo lo que yo tuve que vivir. Como a cada segundo que no disponga de tu presencia el aire dejará de entrar en sus pulmones. Y me perdonará por los dos, por ti.

Esta noche cuando nos encontremos seremos el pago, una sola moneda que entregaremos al barquero para que este nos conduzca al inframundo que tanto nos merecemos. Lejos muy lejos, con un último beso todo terminará. Entonces sé que por fin me alcanzará la paz. Y tú mi querido amor, poseerás lo que siempre mereciste. A mí.

Relato presentado en el: , concurso literario mensual.

viernes, 22 de septiembre de 2017

La indiferencia del amor




Hablan, pero no se comprenden. Miran, pero ya no se ven. El tacto ha quedado relegado, lejano en esta historia, donde el final aparece fronterizo. Y es que en este momento solo les queda la nada de un pasado que pudo haber sido, pero finalmente no lograron cimentar.

 ∞

El amor es difícil, Carmen lo sabía, no se mentía al respecto. Lo adivinaba como etapas donde la paciencia y el hábito van de la mano, pero todos aquellos peajes que se iban perdiendo hacían que el tiempo malgastara la razón. En ese momento se encontraban galopando entre perdones y promesas incumplidas, eso le provocaba resentimiento, más bien, aborrecía a la persona que dormía profundamente a su lado. Y no lograba comprender como todas las preocupaciones que tanto la perturbaban, él simplemente las dejaba pasar. Ahora, toda aquella simpleza que antes la había llenado o dado la tranquilidad que creía como correcta, se le tornaba carente, diluida, insostenible. No tuvieron hijos, fue una elección o quizás la naturaleza obró para ese fin y ellos tomaron su palabra como propia, exponiéndola a unos y a otros que así lo habían elegido. Lo que no esperaban es que aquello en vez de unirlos, terminaría por separarlos. ¿Cuánto tiempo se puede guardar una mentira? Días, meses, años, pero el silencio de la emoción no expresada siempre termina por germinar en desdicha. Y Carmen ya no podía guardar nada para ella, su mundo interior andaba enfadado, gritaba, exponía en un sin sentido la frustración. El maltrato verbal asomó con fuerza, la cruel indiferencia se mostró hiriente. Y los días precederos a esa tormenta interior se mostraron con una fría y simple nota.
 
<<Pablo, lo nuestro ha terminado. Adiós>>

∞

Nada más, solo seis palabras. Esa nota fue la responsable de desencadenar lo que hoy es ese hombre, antes imperturbable hoy vil.  Los días que siguieron fueron un despertar para Pablo, lo primero que pensó es que Carmen volvería, no tenía donde ir, no era una mujer dada a las relaciones, así que con pocos amigos podía contar. Eso le dejó muy tranquilo, con solo rozar ese pensamiento la perdonó y se prometió que cuando regresara nunca se lo echaría en cara. Pero las semanas se sucedieron impávidas, y noviembre llamó a su puerta, en ese momento el perdón ya no estaba tan cercano, todo lo contrario, empezó a engendrar un sentimiento desconocido, que arañaba la superficie pidiendo permiso para salir. Pero aun así, siguió sereno, comprensivo, callado. Hasta el día clave, el día que se conocieron, el veinte de noviembre. Se sacudió del molesto duermevela y lo que tanto había callado salió con desmesura, mudando en rencor. ¡Lo habían abandonado! A él, que le dio su vida, que le permitió manejarla a su antojo, él, que había renunciado a las elecciones, para cederle el único mando. Carmen era la culpable. Le había hecho perder todo lo que pudo ser y no fue. Y la buscó, fue entonces cuando la buscó, cogió el teléfono, marcó los números y para su desventura le respondió.  

—¿Carmen? ¿Carmen? ¿Estás ahí?

—Si, ¿qué quieres?

—No estás en casa, ¡no estás en casa!

—Pablo, hace dos meses que me fui. Por favor, no me digas que ahora te has dado cuenta.

—Tienes que volver.

—No.

—¿Cómo que no? Tienes que volver, todo esto no tiene sentido.

—Sé que para ti nada tiene sentido, pero no puedo volver. Es tarde para nosotros. Nunca fuimos felices.

—Pero yo te necesito, ¡y tú también! Llevamos quince años juntos, ¡joder! ¿Cómo cojones puedes decir que nunca fuimos felices?

—Porque es así, nos conformamos con compartir la vida pero olvidamos que también teníamos que respirar.

—Deja de decir tonterías y dime donde estás que voy a buscarte. ¡Dímelo!

—Sé feliz, Pablo. 

Y colgó. Por más que llamó y llamó, nunca más atendió a su llamada. Al tiempo, el número simplemente dejó de existir. Y del rencor pasó a un ferviente odio, culparla de su miseria era más fácil que afrontar la realidad de su vida. Ya no había lógica, no confiaba en los demás, nada se sostenía, todo se había vuelto extraño. La bebida fue la solución escogida, el camino fácil se dijo, la compañera que creyó que nunca le mentiría.

∞

Carmen muy al contrario empezó a buscar parte de la vida que había perdido, para reencontrarse con su pasado y averiguar quien era ella en este presente. No lo tuvo fácil, pero no se rindió. Sentía que todos aquellos baches le daban más fuerza, era todo un reto salir de la zona de confort y luchar por uno mismo. El tiempo fue el encargado de que ella acariciara aquello que llaman felicidad, sintiendo que ahora formaba parte de algo. Que su mundo antes silencioso se volvía sólido, tangible, real. 
 

∞
 


Los meses dejaron paso a los años, y aquel hombre que un día despertó sumergido en oscuridad, se encontró frente al espejo del baño observando su dejadez. Ya no había excusas, era él, su imagen y en lo que se había convertido. Y lloró, pero no se justificó por ello, ni tampoco buscó culpables, solo lloró. Sus mentiras quedaron relegadas y comprendió que la vida desde el principio era suya y no de otros. Apartó el caos a manotazos, lavándose la cara con furia, arañándose la piel, buscándose muy adentro y lo consiguió, se vio. La emoción le hizo despertar pero esta vez de verdad, el primer día de Pablo fue subir ese pequeño peldaño que lo alejaría de la desidia. Porque observándose encontró a su propia verdad, sin culpables, sin excusas, solo a él.


Relato presentado en el: , concurso literario mensual.
 

miércoles, 10 de febrero de 2016

Ausencia

Te reconozco en suspiros, tu olor, tu aliento son parte de una piel que dejó impregnada la mía. Perdí todo lo que era por ser tú, no son reproches solo el sentimiento de vagar desnuda sin nada por lo que merezca seguirte.
 
Me ahogo en la miseria de un recuerdo olvidado, que se llevó un pasado lleno de complacencia en el que comprendí que era imposible agradarte. Poco a poco fui convirtiéndome en una difusa calcomanía, esas miradas cargadas de burla rompían la poca fuerza que habitaba en mi alma y confirmaban lo que siempre supe, nunca me amarías. 

Pero eso no me quitó las ganas de quererte, ironía de la vida luchaba por ti con más fuerza, ahora me pregunto qué hubiera ganado y sé la respuesta, trágica y dolorosa respuesta. 

No supe como lograr tu cariño pensé que si te daba un hijo me querrías por él, pero eso tampoco pudo ser. Culpa mía, claro. Más miradas de reproche, más dolor en el alma.

Allí fue mi final. Empezaste a tener una vida paralela a la nuestra desapareciendo progresivamente, las noches se convirtieron en días y llegó el momento que tus ausencias eran más eternas que los periodos compartidos.  

No te pedía explicaciones el miedo a que no volvieras era tan fuerte que te lo permitía todo. Aún así mi fe ciega en ti dudaba de la crueldad en la que serías capaz de someterme, haciendo añicos el vapor que nos sostenía. 

Recuerdo la despedida, fría como lo que nunca tuvimos. Sonó el timbre y lo supe, no debí haber abierto la puerta que guardaba mi futuro, pero lo hice. Conocí a tu hijo, lo llevaba en brazos la mujer que logró que tus ausencias fueran tan prolongadas, y dos maletas. 

Lo comprendí, cobarde fuiste, pero lo comprendí.
 
 
 
 
Concurso de Relatos "SAN VALENTÍN II, La Cara Oculta"

 

martes, 15 de diciembre de 2015

Teatro

 
 


Se ensombrecían creyéndose querer, años llenos de falsas sonrisas.
Con una monotonía desempeñada a la perfección, siguieron un trayecto que los llevó hacia lo correcto, pero solo consiguieron alejarse cada vez más.  

Cristina lloraba sin ninguna razón, la pena la nublaba.
José empatizaba con la rabia de otros, frustrado por sus propias necesidades.
Se volvieron unos desconocidos, entre sueños corroídos de recuerdos sin valor. 

Aquel viaje les abrió finalmente los ojos, las vendas cayeron entre las mentiras de una vida perdida. Miserables por quedarse, cobardes por escapar.
El sacrificio del amor no ha de ser así les decía el corazón.

Un hermoso pasado se ensombreció, y con él su brillo.
Nostálgicas presencias de una vida llena de memorias donde nunca se quisieron como debieron, pero si como correspondía.

Allí estaban observándose, siendo fuertes para encontrarse.
Rechazando el sendero con sentimientos francos.  

Una última conversación acabaría con la función de sus vidas.
Finalizada volaron bien lejos, a un destino repleto de nuevas oportunidades.
 
 
 

domingo, 1 de noviembre de 2015

El arreglo

Nunca pensé que me volvería a ver en esta situación. Ese final que sobrevuela cerca de ti a la vez que ansías que finalmente no llegue, con la incertidumbre implacable y sus miedos.
 
Conocí a Jorge hace tres años, a los pocos meses de quedar viuda. Nunca he sabido estar sola, y no me avergüenza decirlo ni comportarme según mis necesidades, y en ese momento prevalecía lo segundo. Todo fue bastante rápido, me invitó a tomar un café le gusté, unas pocas citas, y a las pocas semanas ya conocía a mis hijos y nos instalábamos a vivir a su piso.
No había amor, él quería una familia y yo a alguien que cuidara de mí y de mis hijos.
Ahora las cosas han cambiado, en nuestro acuerdo se ha introducido una tercera persona, Raquel. Él no me lo ha dicho, pero esas cosas se saben, por mi parte tampoco le he exigido nada sobre el tema, creo que merece ser feliz, y si fuera de casa encuentra necesidades que yo no pueda cubrir, al final nos favorecemos los dos. Jorge ha sido un buen padre para mis hijos y yo en todo este tiempo no he carecido de nada.
Pero ahora ha empezado a nombrar a Raquel a todas horas y por lo que lo conozco sé que pronto tomará una decisión sobre lo nuestro.
Se lo conté a Pilar, mi mejor amiga desde la infancia. Lo único que me dijo fue que ya me avisó en su momento, que debía buscar un trabajo y empezar a aprender a cuidar de mí y mis hijos sin necesidad de que otros lo hicieran, sé que es verdad. Pero en ese momento sentí como si me clavara un puñal en el corazón. Desde entonces no hemos vuelto a hablar y no creo que nos llamemos en un tiempo.
Lo estuve esperando en el saloncito de nuestra casa, a mis hijos se los llevó mi hermano todo el fin de semana. Para que así pasara, lo que pasara, no hubiera más dramas que el que viviéramos los dos. 
Al escuchar el sonido de las llaves, mi corazón se paralizó, el tiempo siempre llega y yo solo quería cerrar los ojos y escapar.
-          Hola Clara, ¿y los niños?
-          Con mi hermano, creo que ha llegado el momento de que hablemos.
-          Ah eso, supongo que sí. Mira intentaré ser lo más claro posible.
Yo respiré e intenté engullir la bola de ansiedad que llevaba días haciéndome sentir tanta intranquilidad y le dije - Adelante.
-          Sé que lo sabes desde hace meses, y que has hecho como si nada pasara, cuando llegaba tarde a casa o pasaba horas al teléfono. Para ser sinceros al principio me molestó…
-          Pero creí que no debía..
-          Clara deja que hable por favor, después podrás decir lo que quieras.
-          Vale, sigue.
-          Me molestó porque sé que nos conocimos en unas circunstancias en las que cualquiera que te hubiera dado lo mismo que yo, las hubieras aceptado. Pero me gustaste en aquel café, quise ver más que intereses y pensé que llegaría el día que me verías más que al hombre que te proporcionaba bienestar, pero no fue así ¿verdad?
-          Jorge yo creía que todo entre nosotros estaba claro, nunca me dijiste si requerías más de lo que ya te daba.
-          Pues sí lo necesité y entonces apareció ella, Raquel. Se interesó por mí como hombre, a primeras entré en ese juego por necesidad y egoísmo, esperando que llegaría el día que te despertarías y lucharías por mí, pero no fue así y ahora ya no hay marcha atrás.
-          Pero nos va muy bien, yo cuido de ti. Nunca te falta de nada, no me dejes por favor y, ¡los niños! ¿Qué les diré?
-          La verdad Clara, que nunca me quisiste y yo no pude seguir queriéndonos por los dos.
Y se fue no dijo nada más ni a donde, aunque yo sabía que era con ella. Y volví a perder, y todo porque no lo amé.