Podéis creer o no,
lo que sí os confirmo es que si seguís leyendo perderéis esa opción, la de elegir.
La finca de mis
antepasados es una edificación añeja. A parte de mis abuelos, habitan en ella,
humedades, ratas y sonidos que son imposibles de identificar, pero que han
logrado perdurar en el tiempo y a su manera formar parte del mobiliario. Sillas
que se arrastran, canicas que caen, un frío que hiela la sangre depende que sala.
En el pueblo la
conocen como la casona del pacto, yo siempre creí que eran tonterías de gentes
retrogradas, con poca cultura, que se aferra con mano de hierro a sus
creencias. Ya no.
Hace unas semanas
recibí un mensaje de mi madre, me pedía que fuera a cuidar de los abuelos, no
se encontraban bien. Puesto que mi vida está en un stand by infinito, era sin duda la persona idónea para el cargo. Ahora
sé que todo aquello era una trampa urdida con un fin que no permitía replica.
Nunca comprendí
porque mis padres no los sacaban de aquel sitio que se deterioraba junto a
ellos, al fin y al cabo disponemos de una de las grandes fortunas mundiales.
Pero acepté, llevaba tiempo sin vida a parte de un sofá que ya era poco cómodo
y un televisor sin programación.
Nada más llegar vi
a unos ancianos activos y saludables, supuse que se trataba de una llamada de atención
y yo podía iniciar mi cambio dándoles cariño.
Hasta la mañana de
la nota:
<Hijo, compréndelo. Existe un pacto en
nuestro linaje, éste exige que un primogénito perdure en la finca, así el resto
goza de sus frutos.
Te lo encomendamos a ti.
¡Ah! No intentes salir, morirías asfixiado o
peor exiliado en las sombras. Nosotros estamos bien, no nos busques.>
#ancla2
Comunidad: EDUPSIQUE: Narrativas Multiformes.
Imagen de: Francisco
de Goya






